Solheim La Disonancia Capítulo 19 El sabotaje del nodo #2
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Capítulo 19 El sabotaje del nodo #2

Descargué la Matriz de Discos sobre el pavimento de basalto para liberar mis manos.

Liberado del peso muerto, saqué mis herramientas y me lancé sobre la gruesa junta de metal.

No era un mecanismo sencillo; estaba sellado a presión y endurecido por años de uso.

Tuve que anclar mis botas contra el suelo, palanqueando con todo el peso de mi cuerpo.

Mis músculos quemaban y mis articulaciones crujían bajo la resistencia de la válvula.

El reloj colosal sobre nosotros devoraba los segundos.

Ocho minutos. Nueve minutos. El cálculo me golpeó como un mazo: nos quedaban unos seis minutos antes de que la patrulla regresara y ni siquiera habíamos ensamblado la Matriz.

Empujé la barra hasta saborear la sangre en mi garganta.

El metal soltó un chillido y el sello cedió.

Con el sello roto, el acceso quedó libre.

Arrojé mis herramientas, levanté la pesada Matriz de Discos a pulso y hundí su base en la tubería.

Giré el anillo de expansión con todas mis fuerzas.

Los engranajes crujieron y las bridas de cobre se abrieron en abanico, mordiendo el interior del conducto hasta sellar.

Libre del peso, retrocedí. Istryel no dudó.

Enganchó el Emisor de Espectro Inverso a la estructura.

Unos pasos golpearon el metal de las escaleras, seguidos de un grito desde las gradas. —¡La guardia! ¡Ya están cerca!

Escuché cómo se alejaba.

Istryel continuó ajustando los discos y el emisor.

Podía ver cómo el sudor bajaba por su frente.

Pasó un minuto agónico. Luego otro. Escuchaba el eco del metal arriba y mi mente dibujaba a los guardias irrumpiendo en la sala antes de que ella lograra alinear la última frecuencia.

Esperaba verlos en cada parpadeo, consciente de que no teníamos ruta de escape.

—¡Ya está! —jadeó Istryel—. ¡Lo tengo!

Arriba, el inconfundible chirrido de la compuerta exterior moviéndose retumbó en la piedra.

Istryel se giró hacia mí.

—¡Activa el Tañido! ¡Ya! —gritó Istryel, señalando el mecanismo central—. ¡Tira de la palanca! ¡Ahora!

El eco de unos pasos pesados y frenéticos repiqueteó bajando por el metal de las escaleras. Tragué saliva, convencido de que los guardias nos habían acorralado.

Tiré de la palanca principal con todo mi peso y los engranajes rugieron sobre nuestras cabezas. El siseo del vapor se convirtió en un trueno sordo. Al instante, la sala subterránea se inundó con el hedor agrio del cristal calcinado.

—¡Corran, corran! —la voz ronca de Belthor rasgó el estruendo desde las gradas.

Mis músculos reaccionaron solos. Solté el acero, agarré a Istryel y corrimos hacia las escaleras sin pensar en nada más, subiendo los peldaños de dos en dos mientras la maquinaria temblaba bajo nuestras botas.

Al llegar a la superficie, irrumpimos en el aire seco de la Zona Media. A un par de cruces de nuestra posición, las siluetas de los dos guardias venían de frente.

El sonido de las campanas inundó los distritos de piedra caliza y granito pulido.

Los guardias titubearon un instante. Los tres nos miramos y corrimos en diferentes direcciones.

Me zambullí en el callejón más cercano. Escuché las botas de los dos guardias correr a mi espalda, pero a los pocos pasos, la persecución cesó.

No me detuve a averiguar por qué. Sabía que la alerta general estaba a punto de estallar y era mejor no estar en la calle cuando eso sucediera.

Corrí por el laberinto administrativo sin mirar atrás.

A medio camino las sirenas de la Guardia estallaron, aullando desde cada torre de la ciudad.

El margen de silencio se había evaporado.

La alerta general estaba dada; los cuarteles tardarían unos minutos en escupir a sus batallones, pero mi anonimato había terminado.

Me pegué a los muros, esquivando a las pocas patrullas de ronda que se detenían, alertadas por el sonido.

Alcancé la mole de piedra de la biblioteca y me escurrí al interior.

Atravesé las salas de lectura a oscuras hasta dar con la sección de historia.

Frente a la puerta oculta, presioné el sillar y descendí por la escalera de caracol.

Sellé la roca, ahogando el infierno de la calle.

Istryel ya estaba allí. Zelán nos evaluó desde la penumbra.

Me apoyé contra las estanterías de roble hasta que el muro crujió de nuevo.

Mi viejo mentor entró tambaleándose y colapsó sobre sus rodillas.

El encierro del sótano magnificó nuestros jadeos.

Me dejé resbalar por la madera, con el pecho ardiendo y las manos temblando por el esfuerzo de la carrera.

Tardé un minuto entero en obligar a mis pulmones a retener el aire. Levanté la vista hacia Belthor.

—Las botas en las gradas... Cuando gritaste, escuché pasos sobre el metal. Estaba seguro de que la patrulla ya bajaba a la sala de control. Creí que chocaríamos de frente. ¿Cómo lograste abrirnos el camino?

El viejo esbozó una sonrisa cansada, sacando una gruesa llave de presión de su cinturón.

—Esos pasos eran míos, muchacho —explicó, limpiándose el sudor de la frente con la manga—.

Vi sus siluetas al fondo de la avenida. Estaban aún lejos y bajé a darles el primer aviso.

De inmediato, corrí en dirección contraria, alejándome un par de cruces de nuestra posición, fracturé el núcleo de una farola para que no pudiera estabilizar la energía

Belthor hizo un gesto con la mano, abriendo los dedos de golpe.

—Una trampa de tiempo. Apenas pude regresar. Justo cuando la patrulla estaba a punto de alcanzarnos, la piedra no aguantó más y estalló. Un destello blanco y cegador los desvió hacia el lado equivocado. Eso los alejó de nuestra puerta y nos regaló el tiempo que necesitábamos para escapar.

Istryel asintió desde el suelo, reconociendo la brillantez estratégica y ruda de la maniobra. Él nos había salvado la vida.

Estábamos a salvo mientras recuperábamos el aliento en la penumbra.

Arriba, el aullido de las alarmas de la Guardia ya rasgaba la noche, filtrándose por la piedra.

En medio de ese eco aterrador, con las manos aún temblando por la emoción, una sola pregunta me taladraba el pecho: ¿había funcionado la transmutación acústica del Bronce Negro?