Capítulo 19 El sabotaje del nodo
La mañana en casa fue un suplicio. Mis padres se movían por la cocina con su habitual complacencia, envueltos en una tranquilidad ciega mientras se preparaban para otra jornada miserable.
Soporté su paz artificial el tiempo justo antes de huir hacia los Muelles del Sur.
Sabía que el taller no había dormido; Belthor tenía que fundir las aleaciones durante la madrugada.
Conociendo la terquedad de mi viejo amigo frente al yunque, la Matriz de Discos debía estar lista.
Al cruzar la puerta del taller, encontré a Istryel y a Belthor frente a la mesa de trabajo. Las ojeras oscurecían el rostro del viejo.
—¿Está lista? —pregunté, clavando la vista en la Matriz de Discos.
—La Matriz está lista —confirmó Istryel—. Ahora nos falta la prueba de campo.
—Los captores son escasos. Siempre tienen vigilancia cerca. Si fallamos, la alarma nos dejará expuestos. Necesitamos un objetivo en un punto ciego. Un lugar donde los guardias tarden en asomarse.
Belthor asintió.
—El Prisma de Ámbar es perfecto para la prueba.
Conozco bien ese lugar. Los aristócratas de La Corona reservan salones privados allí para sus excesos, y son lo suficientemente desconfiados como para exigir que sus cavas personales estén selladas con Captores de Pulso.
La parte trasera del club da a un callejón de servicio.
La seguridad se concentra en el frente. Si fallamos, las sombras nos tragarán antes de que se asomen.
—Eso resuelve el lugar que necesitamos. Pero el cansancio puede ir en nuestra contra, un solo error nos volará en pedazos o nos entregará a la guardia. Llevan muchas horas despiertos; intenten dormir un poco.
Belthor me dio la razón en silencio. Se lavó la grasa en un cubo de agua turbia y se dejó caer pesadamente sobre una silla.
A unos pasos, Istryel flexionó sus dedos rígidos para devolverles la circulación antes de dejarse caer sobre unas cajas de embalaje.
—Saldremos en cuanto el sol desaparezca —dijo, apoyando la cabeza contra la pared—. El margen de error esta noche es nulo.
En cuestión de minutos, el agotamiento la venció. Belthor ya roncaba pesadamente en su silla.
Mientras dormían, evalué la Matriz de Discos.
El ensamblaje era denso y tendríamos que cargarlo por media ciudad.
Tomé tiras de lona y modifiqué el arnés en silencio, ensanchando los agarres para mitigar la fricción.
Con el equipo listo, desplegué sobre la mesa los planos de la red del Tañido.
Estudié las juntas y las válvulas de presión del objetivo; calculé el grosor del metal y seleccioné las herramientas exactas para forzarlo, guardándolas en mi zurrón.
El frío salino del océano se coló por las rendijas, advirtiendo que el sol por fin se había ido. Me giré hacia ellos. Ya tenían los ojos abiertos en la oscuridad.
—Es hora.
Istryel se puso en pie y aseguró el Emisor Inverso contra su costado.
Belthor avanzó hacia la mesa y aferró el arnés modificado.
—Yo cargaré esta pesada Matriz.
El descanso había terminado. Abandonamos el refugio.
Dejamos atrás el frío y el olor a salitre de los Muelles, adentrándonos en el aire tibio de la Zona Media bajo la luz de las farolas de Mica de Plata.
Caminamos hasta que la sobria arquitectura administrativa dio paso a las luces cálidas del distrito de ocio.
Caminamos hasta que un bajo musical profundo comenzó a hacer vibrar los adoquines bajo nuestras botas.
Antes de alcanzar la avenida principal, nos detuvimos en las sombras.
A pocos metros, una patrulla de guardias custodiaba la entrada iluminada de El Prisma de Ámbar, lidiando con la multitud de la Zona Media.
Belthor no vaciló. Nos desvió lejos de la luz, internándonos en el callejón trasero de servicio.
El aire allí apestaba a humedad y a vino derramado.
La seguridad humana se quedaba en el frente; aquí atrás, la élite confiaba en las máquinas.
Avanzamos hasta la compuerta de acero. A su lado, aguardaba el Captor de Pulso.
Belthor se fundió con las sombras de la entrada, y yo me pegué a un muro al otro lado de la calle, escaneando la oscuridad.
Con el entorno asegurado, Istryel sacó el Emisor de Espectro Inverso.
El instrumento debía devorar la fina Oscilancia ambiental.
Ella ajustó el emisor y su núcleo se encendió con lentitud, arrastrando la energía dispersa del callejón.
La espera se prolongó hasta que el cristal brilló con mayor intensidad, confirmando que tenía suficiente energía acumulada.
La carcasa de hierro comenzó a vibrar. Barrí las sombras del callejón y me volví a girar hacia ella; ella sostuvo el instrumento con pulso firme y giró un dial.
Alineó el Emisor contra el centro del Captor de Pulso, sus músculos se tensaron para absorber el retroceso y liberó la descarga.
La placa recibió el impacto. Comenzó a vibrar con furia, emitiendo un destello blanco-verdoso que parpadeó con violencia bajo la presión sónica.
Ella sostuvo el pulso firme durante unos segundos interminables, hasta que el cuarzo colapsó por dentro y se apagó.
Un segundo después, un clack metálico resonó en el interior de la pared.
La compuerta se deslizó levemente, la vibración forzada la hizo ceder.
El equilibrio había sido perfecto. Istryel bajó el emisor, exhalando un suspiro, y me miró con una sonrisa.
—Funciona —susurró.
Me acerqué cruzando la calle y empujé la compuerta pesada lo suficiente para comprobar que el perno había cedido por completo, y luego volví a cerrarla con cuidado, la placa quedó opaca.
—El emisor cumple su parte —murmuré, clavando la vista en el cristal muerto—. Ya tenemos la llave.
Istryel lo guardó y se ajustó la capa oscura, fundiéndose con las sombras del callejón.
—Se acabó el ensayo. Andando. —dijo Belthor.
Asentí, dándole la espalda a la música sorda de El Prisma de Ámbar. Había llegado la hora de apagar el Tañido.
Nos alejamos del callejón de El Prisma de Ámbar, dejando atrás el latido sordo de la música para sumergirnos de nuevo en el rigor arquitectónico de la Zona Media.
Mientras avanzábamos, el peso de lo que estábamos a punto de hacer se asentó en mi pecho. Después de esta noche, todo sería diferente. Íbamos a quebrar el control de La Corona desde sus cimientos.
Llegamos a las inmediaciones de los archivos de la Zona Media y nos detuvimos bajo un pórtico cercano. A unos treinta pasos se alzaba nuestro objetivo: el bloque cuadrado de piedra caliza pulida, hermético. Junto a la compuerta de metal, la placa del Captor de Pulso brillaba.
El eco de unas botas cortó la quietud de la calle. Dos guardias pasaron frente al bloque. Uno de ellos se detuvo, miró fijamente la placa de acceso en la distancia y retomó su marcha. Saqué mi reloj de bolsillo.
—El tiempo corre —susurré—. Tenemos quince minutos de ventana.
Istryel asintió y Belthor no dijo nada; se descolgó la inmensa Matriz de Discos de la espalda y me la entregó en silencio.
Ajusté el agarre, asimilando la carga, y nos quedamos en la espesa sombra del pórtico, con la respiración contenida.
Finalmente la patrulla dobló la esquina, y el eco de sus botas se desvaneció lentamente en la noche de la Zona Media.
Belthor nos hizo un gesto seco. Él se quedó atrás en la oscuridad de la calle para vigilar, listo para darnos el aviso cuando la guardia pasara en su siguiente ronda. Nuestro tiempo acababa de empezar a correr.
Istryel y yo cruzamos la calle a zancadas hacia el bloque de piedra caliza.
La tensión aumentó de golpe. Aunque ya habíamos probado abrir la puerta del club con éxito, no sabíamos si aquí funcionaría de la misma forma.
Este era el mecanismo central del Tañido; si la placa de Cuarzo Hialino fuera diferente, las alarmas se dispararían.
Para empeorar las cosas, aunque el callejón estaba oscuro, la farola de Mica de Plata más cercana proyectaba suficiente luz para dejarnos expuestos.
Istryel empuñó el Emisor de Espectro Inverso.
Inició la carga, forzando al núcleo a tragar la energía del entorno.
La máquina empezó a vibrar con furia contenida.
Dos minutos agónicos a la intemperie. Ella no apartó la mira del Captor de Pulso.
Al alcanzar la densidad necesaria, liberó la descarga.
La fuerza bruta de la onda golpeó la placa.
La estructura cedió. El cristal colapsó, volviéndose completamente opaco y muerto.
Un clack metálico resonó en el interior y la gruesa compuerta se abrió levemente. No se activó ninguna alarma.
Empujé la hoja de metal con el hombro, nos colamos al interior y la cerré. Bajamos por unas gradas de acero, guiados por el zumbido vibrante de la maquinaria pesada y el calor que emanaba de las profundidades.
Desembocamos en un cuarto subterráneo, iluminado con decenas de lámparas de Mica.
El centro de control era un monstruo mecánico.
Un reloj gigantesco dominaba el espacio, marcando los segundos con un chasquido implacable que nos vibraba en el pecho.
De sus pistones nacía una red colosal de tuberías de presión que perforaban la roca, adentrándose en túneles de mantenimiento apenas lo bastante anchos para un hombre.
Aquellas gargantas oscuras se perdían bajo la ciudad, arrastrando el pulso físico hacia cada torre expansora.
Miré mi reloj de bolsillo. Ya habíamos quemado cuatro minutos valiosos. El tiempo se nos escurría entre los dedos.
Istryel escaneó la maraña de hierro, siguiendo con la vista los pistones que nacían del reloj central hasta una sección reforzada de Cobre Rojo.
—Esa es la arteria de salida. Hay que acoplar la Matriz directo en el interior.