Capítulo 18 El emisor inverso y el nodo central
El sol ya había cruzado su punto más alto, marcando el inicio de la tarde, cuando dejé atrás el Archivo de las Sombras y me adentré una vez más en las calles pulidas de la Zona Media.
Habíamos invertido toda la mañana en descifrar los planos que Daxen nos consiguió.
Istryel descendería a los Muelles del Sur para conseguir el cobre rojo, el magnesio, el oro y la maquinaria necesaria para construir el artefacto de las manos de Belthor, mientras que a mí me tocaba subir a la Corona para asegurar el instrumento que completaría todo el plan.
Zael no estaba.
Me dejé caer en una silla de metal contra la pared. La espera me robó casi una hora, tiempo que utilicé para repasar en silencio cada variable del trato. El ruido del pestillo cortó la quietud de la antesala.
Zael entró con la vista clavada en un fajo de documentos. Avanzó pasando las hojas con brusquedad, arrastrando su frustración en cada paso. Caminó hasta el centro de la antesala iluminada sin apartar los ojos del papel. Solo se detuvo cuando levantó la cabeza y me encontró sentado frente a él.
La sorpresa inicial en su rostro dio paso, en fracciones de segundo, a un brillo en sus ojos. Su postura se tensó y empujó sus gafas por el puente de la nariz.
—Elial —dijo, acortando la distancia entre nosotros sin molestarse en ocultar su entusiasmo—. ¿Tienes algo nuevo para mí?.
Me puse de pie con lentitud.
—Tengo algo nuevo, sí. Una ciencia que los laboratorios de El Cénit desconocen por completo. Pero tiene un precio.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi túnica y extraje el pergamino doblado.
Los ojos de Zael se clavaron en el papel como si estuviera hecho de oro líquido.
Lo desdoblé sobre el escritorio más cercano, asegurándome de mantener una mano firme sobre el borde para que supiera que aún me pertenecía.
Era la réplica exacta que Istryel había trazado con total destreza durante la madrugada: la armonía de frecuencias superpuestas extraída de las páginas del Libro de los creadores.
Zael se inclinó sobre el documento. Al principio, su expresión fue de confusión, pero a medida que sus ojos recorrían las ecuaciones y los diagramas, su respiración se cortó.
—Esto cambia la base de lo que estudiamos —susurró Zael, con la voz cargada de una fascinación casi envidiosa—.
Negó con la cabeza, acercando el rostro al papel como si intentara ver más allá de la tinta.
—En El Cénit clasificamos esta geometría como imposible.
Forzar la superposición de estas ondas debería reventar cualquier cristal calibrador por la fricción.
Pero aquí, la disonancia está perfectamente equilibrada para transmutar el metal desde su interior.
Es ciencia muerta. ¿De dónde sacaste estos planos, Elial?
—Del mismo lugar de donde proviene mi segunda frecuencia —mentí a medias, envolviendo el origen del pergamino en el misterio vibratorio que tanto lo obsesionaba—.
Es el enfoque original de los Fundadores.
Una rama de la acústica que la cima nunca ha podido estudiar por falta de las piezas originales.
Y es tuyo, Zael. Puedes quedártelo, estudiarlo y ser el único científico en todo Solheim en comprender cómo pensaban realmente los creadores.
Levanté el pergamino justo cuando él iba a tocarlo con la yema de los dedos. Zael dio un paso al frente, casi con desesperación.
—¿Qué buscas a cambio? —preguntó de inmediato, sin apartar la vista del papel.
—Busco un Emisor de Espectro Inverso. Uno calibrado con cristal de Cuarzo Hialino. Y sé que tienes acceso a eso en los laboratorios.
Zael apretó los labios. Lo acorralé, obligándolo a medir el riesgo de robar en El Cénit contra el premio invaluable que yo sostenía. Era una trampa calculada. Sabía que sería incapaz de resistirse.
—Lo reportaré como destruido por una saturación en un experimento. Se purgará del inventario hoy mismo. Tenemos un trato, Elial. Extraviaré el emisor para ti. Pero necesitaré un par de horas para sacarlo de El Cénit. Bajar con instrumental restringido no es sencillo.
—De acuerdo —dije, doblando el pergamino con el diagrama de los creadores y guardándolo de nuevo en el bolsillo interior de mi túnica—. Lo recogeré en este mismo lugar al final de la tarde.
La mano de Zael se cerró en el vacío. Sus ojos se clavaron en mi pecho, como si pudiera ver a través de la tela los números que le acababa de arrebatar.
Me di la vuelta y salí de la oficina, cerrando la puerta. El corazón me latía con fuerza, pero mi paso por el mármol pulido de la Intendencia era firme y seguro.
Ahora tenía dos horas por delante antes de que Zael lograra sacar el emisor de los laboratorios de El Cénit. Dos horas en las que no podía hacer nada para ayudar a Istryel en los Muelles del Sur. Pero no podía quedarme quieto mientras esperaba.
Abandoné el edificio administrativo y me interné en las calles de la Zona Media.
Según los planos que Daxen nos había entregado, existía un lugar central desde donde se controlaba el Tañido.
Un mecanismo principal desde el cual se podía activar y enviar la Oscilancia a toda la red, y ese era exactamente el lugar donde necesitábamos infiltrarnos para ejecutar nuestro plan.
Basado en los planos de Daxen, tracé mentalmente el lugar donde debía estar.
Fui directo al punto que mis cálculos indicaban y me aposté en la sombra de un pórtico cercano, fingiendo revisar unos documentos mientras empezaba a observar.
Frente a mí había un bloque cuadrado de piedra caliza pulida, completamente desprovisto de ventanas y de cualquier rasgo arquitectónico que lo hiciera destacar entre los edificios de archivo de la Zona Media. Ese debía ser el punto.
La seguridad del bloque confirmaba mis sospechas.
La única entrada era una compuerta de metal. No había guardias fijos custodiándola. En su lugar, el acceso dependía exclusivamente de una placa de Cuarzo Hialino incrustada junto al marco: un Captor de Pulso. Nadie podía cruzar esa puerta sin la firma de resonancia autorizada.
Me quedé quieto, analizando el entorno con paciencia. Pronto noté un patrón. Aproximadamente cada quince minutos, una patrulla de la Guardia de la Ciudad pasaba por la calle adyacente. Los oficiales no se detenían, pero giraban la cabeza sistemáticamente para observar hacia la puerta.
Esa era nuestra única ventana de tiempo. Unos quince minutos entre rondas para burlar una placa de cuarzo y entrar en el bloque donde latía el Tañido. Tragué saliva, asimilando el desafío estratégico.
Con el reconocimiento terminado, el cielo comenzó a adquirir ese tono anaranjado incandescente que precede a la noche en Solheim. El tiempo de espera se había agotado.
Regresé a la Intendencia Central justo cuando el turno de la tarde comenzaba a vaciar los despachos. Me aposté en la sombra de un pilar cerca de la puerta principal, esperando ver aparecer a Zael.
El flujo de burócratas que abandonaban la Intendencia Central comenzó a disminuir.
Finalmente, entre las túnicas grises, distinguí el blanco de un técnico de El Cénit.
Zael caminaba con su habitual paso rápido, pero había una rigidez nueva en sus hombros.
Llevaba colgado un estuche cilíndrico de cuero oscuro.
Me interceptó cerca de los arcos de salida, en un rincón ciego lejos de la mirada de los guardias.
—Está purgado del inventario —susurró Zael, deslizando la correa del estuche hacia mi hombro con un movimiento rápido y disimulado—. Un Emisor de Espectro Inverso, tal como pediste.
—Perfecto. Cumpliste tu parte.
Sin añadir una palabra más, metí la mano en mi túnica, saqué el pergamino y se lo entregué.
En el instante en que el papel tocó las manos de Zael, sus ojos se clavaron en las matemáticas antiguas. Sin añadir una palabra, se dio la vuelta y se perdió de nuevo entre los pasillos de mármol, devorado por su propia obsesión.
Aseguré el estuche bajo mi brazo y abandoné el edificio administrativo.
El cielo sobre la Zona Media ya se había rendido a la noche, y el zumbido de las farolas de Mica de Plata comenzaba a bañar las calles pulidas con su luz blanca y fría.
Caminé con paso rápido, sintiendo cómo las piezas del plan por fin encajaban.
Ya había hecho mi parte. Ahora necesitaba reunirme con Istryel.
Me desvié hacia los Muelles del Sur, dejando atrás el aire seco y perfecto para adentrarme en la mezcla densa de salitre helado y olor a aceite quemado. Llegué al refugio de Belthor, como siempre olía a metal frío y maquinaria pesada.
Al entrar al refugio, los encontré trabajando bajo el resplandor de una lámpara industrial.
Me acerqué y dejé caer el estuche cilíndrico sobre la madera.
—Zael cumplió —anuncié, revelando el Emisor de Espectro Inverso.
Istryel levantó la vista del metal.
—Nosotros apenas tenemos el esqueleto. Forjar la matriz tomará toda la noche. Belthor tiene que fundir las aleaciones en proporciones exactas y enfriarlas. Mañana podríamos tener todo lo necesario para nuestro plan.
—Veo que pronto tendremos todo listo, pero queda un último obstáculo.
Fui a reconocer el lugar donde está el mecanismo central.
Es un bloque en una calle abierta y la puerta depende de un Captor de Pulso.
Las patrullas pasan cerca en intervalos de unos quince minutos.
Dejan la entrada libre por un rato, pero es un margen de tiempo imperfecto.
Si no encontramos cómo abrir esa placa rápido, nos verán desde la esquina.
Istryel se recostó asimilando el desafío.
—Esas placas son impenetrables. Pero tú nos has traído tecnología del Cénit.
Con esto podemos usar la Oscilancia para producir un impacto acústico.
Esa onda saturará el cristal de la puerta hasta reventarlo desde adentro.
Al perder su estructura, será físicamente imposible que la alarma de emergencia se active.
La cerradura caerá en absoluto silencio y la entrada quedará expuesta.
—Pero la placa quedará opaca e inservible. Cualquiera que la vea sabrá que algo sucede.
—Ese es el verdadero muro. Entrar, acoplar el emisor a la Matriz de Discos a pulso, forzar la tubería y detonar. Quince minutos es un margen casi imposible. O transmutamos el metal en esa ventana, o los guardias nos encontrarán junto a una cerradura rota.
Tragué saliva. Era un tiempo muy limitado.
—No podemos ir a ciegas —dijo ella—. Haremos pruebas con el emisor aquí en el taller después que terminemos la Matriz de Discos. No hay margen de error. Requerimos un ensayo de campo; buscaremos un Captor de Pulso y lo reventaremos para asegurar el acceso.
—No podemos fallar —asentí—. Todo el plan descansa sobre lo que logres con ese emisor. Estaremos listos para la prueba.
Me despedí de ellos y abandoné los muelles. El largo camino de regreso hacia mi casa en el Margen Norte me dio tiempo para asimilar el peso de nuestras decisiones.
Al cruzar la puerta de mi hogar, en la pequeña sala, mis padres estaban sentados, muy tranquilos.
Me senté en una silla frente a ellos. Sentía la urgencia de la rebelión latiendo en mis sienes, un fuego que contrastaba brutalmente con la neblina pacífica de esa habitación.
—Padre, madre. ¿Qué harían si las campanas sonaran vacías? —pregunté, evaluando sus rostros—. Si mañana el metal golpeara como siempre, pero la paz no llegara a sus cabezas.
Mi padre levantó la vista. Frunció el ceño con ese gesto con el que solía reprenderme por quejarme de nuestra vida.
—Deja de decir tonterías, Elial. ¿Por qué querríamos perder algo que nos llena de tanta calma y placer?
—Es un regalo, hijo —intervino mi madre—. Nos quita el peso de los días. Nos hace felices. Sin las campanas, solo nos quedaría el ruido y la preocupación de las cosas de afuera.
Los miré en silencio, sintiendo un nudo frío en la garganta. El efecto del Tañido era tan profundo que el trance persistía como un velo constante. Su dependencia era absoluta. Para ellos, recuperar el control de sus propias emociones no era una liberación, era una amenaza a su placer artificial.
Las mentes de Solheim estaban tan profundamente adormecidas que, incluso si mañana lográbamos silenciar y transmutar el Bronce Negro, no saldrían de su trance de inmediato. Tardarían en procesar el vacío, en que la bruma acústica se disipara y la realidad los golpeara.
La Guardia y el Consejo no se darían cuenta que perdieron el control hasta muy tarde.
Me levanté despacio, dando las buenas noches. Me encerré en mi cuarto y cerré los ojos, sabiendo que el destino de mi familia, y el de todos en Solheim, dependería de lo que Istryel lograra forjar esta noche en el taller de Belthor y de que nuestros quince minutos salieran bien.