Solheim La Disonancia Capítulo 17 La transmutación del bronce #2
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Capítulo 17 La transmutación del bronce #2

No la interrumpí. Mientras ella buscaba una respuesta en las páginas, me acomodé en una de las sillas y estiré las piernas. Nos esperaba una larga espera bajo la luz de la lámpara de aceite.

El sótano de Zelán permanecía sumido en un completo silencio, roto únicamente por el rasgueo de la pluma de Istryel tomando notas. Las horas pasaron lentas. Cada vez que el cansancio amenazaba con vencerme, abría los ojos y veía a Istryel inamovible.

Fue justo al amanecer cuando un golpe de su mano sobre la madera me hizo dar un salto. —Lo tengo —susurró Istryel. Su voz estaba ronca por la falta de uso, pero sus ojos brillaban con una lucidez feroz—. Ya sé cómo deshacernos de las campanas.

Me froté la cara para espantar el sueño y me acerqué rápido.

—El libro lo llama Matriz de Discos Concéntricos —indicó Istryel, trazando anillos superpuestos sobre el papel—.

Es un artefacto ajustable. Discos de magnesio y cobre rojo con ranuras de oro puro.

Al girar sus engranajes, cambiamos su geometría interna para atacar la frecuencia de cualquier material.

La calibraremos exclusivamente para el Bronce Negro.

Pero necesita Oscilancia. Si logramos hacer pasar un flujo de energía a través de ella, forzará la onda a rebotar en ángulos muertos y escupirá la disonancia exacta.

Pero en lugar de destruirlas, las vamos a transmutar.

—¿No es más fácil solo destruirlas? Hacerlas polvo y ya.

—Una campana destrozada dispara la alarma al instante —cortó Istryel, con frialdad—. La transmutación es invisible. Aniquilará sus propiedades sin tocar su forma, el metal seguirá colgado, intacto a simple vista. Para cuando el Consejo note que están muertas, nosotros ya estaremos lejos.

—Un golpe limpio.

Istryel, sin embargo, no apartó la vista de las densas matrices del libro.

—En teoría. Pero alterar la estructura interna del metal genera fricción. Si la frecuencia estalla mal, la onda de choque no será invisible; reventará los tímpanos de media ciudad. Necesito calcular el margen de error exacto.

Pasó la página, anotando una variable en el margen.

—Yo me encargaré de afinar los cálculos —continuó, sin levantar la vista—. Pero el problema logístico sigue intacto. No podemos inyectar esto torre por torre. El mecanismo central del Tañido es nuestra única opción.

Suspiré, pensando en el muro que teníamos enfrente.

—Estamos a oscuras. Necesitamos información desde adentro, cualquier documento sobre la red del Tañido. La única vía posible es Daxen; por su cargo, debe tener acceso a la arquitectura del sistema. Tendré que ir a buscarlo.

Me puse en pie, sintiendo la rigidez en mis músculos tras la larga noche.

—Necesito mi túnica oficial para entrar a la Intendencia —dije, poniéndome en pie—. Iré a casa a cambiarme y de ahí directo a La Corona.

Istryel asintió, su mente ya inmersa en la física del bronce.

—Ve. Yo aislaré el margen de error de la frecuencia.

Dejé el Archivo de las Sombras. El trayecto hasta mi casa fue largo. Una vez en casa, me despojé de la ropa de calle y me vestí con mi túnica gris almidonada. Me lavé la cara con agua helada para borrar cualquier rastro de cansancio extremo y salí rumbo a la Intendencia.

Cuando llegué al edificio, la marea de administrativos ya asfixiaba los pasillos.

Me anuncié en la antesala del Departamento de Integridad Técnica y me tocó esperar.

Me senté en uno de los bancos de piedra pulida durante casi una hora, hasta que finalmente la secretaria me indicó que el Intendente me recibiría.

Entré al despacho de Daxen y cerré la puerta, aislándonos del ruido exterior. Daxen, que aparentaba siempre ser un burócrata arrogante y clasista ante los demás, relajó ligeramente su postura al comprobar que estábamos a solas.

—Dime que vienes con una solución, Elial —murmuró, manteniendo un tono de voz bajo.

—Encontramos la forma de destruir el Tañido —fui directo al asunto—. Podemos inutilizar las campanas para siempre. Podríamos propagar el golpe usando su propia infraestructura, pero ignoramos cómo opera el engranaje. Sin saber cómo están conectadas las piezas, no tenemos un plan viable.

Daxen entornó los ojos tras oir la magnitud del pedido. Se apoyó contra el borde de su escritorio de obsidiana.

—Tengo acceso a esa información, sí —concedió, frotándose la barbilla—.

Puedo conseguir los planos de toda la maquinaria.

Pero no están en una simple funda de cuero que pueda sacar de aquí bajo el brazo.

El acceso a esos documentos es extremadamente controlado y no puedo sacarlos de mi área asignada sin una razón de peso.

Se cruzó de brazos, evaluando la planificación de su propio departamento.

—Los planos están en una Lámina Espectral, ilegible a simple vista. Necesito la Reveladora de Prensa para imprimirla en papel —explicó Daxen—.

—¿Cuál es el problema? —pregunté.

—Los protocolos de esta oficina. La lámina está en un área restringida; si los oficiales me ven salir con ella, deben reportarlo.

Todo se registra. Si alguien entra a la sala de revelado y ve el contenido de la impresión, quedamos expuestos.

Necesito que mantengas la atención de todos en los pasillos exteriores para poder operar en las sombras.

—Yo te daré esa distracción.

Daxen asintió al comprender mi estrategia. —Pero ten cuidado y evita que te arresten.

Salí del despacho dando un portazo deliberado. Al llegar a la antesala, donde varios secretarios y un par de guardias de la Intendencia mantenían el aburrido silencio habitual, transformé mi postura. Adopté la posición de un trabajador indignado por el maltrato de sus superiores.

—¡Esto es un abuso de autoridad! —grité, alzando la voz lo suficiente para que el eco rebotara en las columnas de mármol del pasillo—.

¡Tengo mi impronta de frecuencia validada en el registro y el alta lista!

¡Se supone que debo estar en mi terminal ganándome mis raciones, no esperando horas a que el Intendente Daxen decida si soy digno de su tiempo!

Los secretarios levantaron la vista de sus cromatipos, deteniendo de golpe el siseo neumático de los émbolos, escandalizados por la repentina ruptura del orden. De inmediato, los guardias del sector se acercaron. No mostraron agresividad.

—Baja la voz, operario —me ordenó uno de los guardias, interponiéndose en mi camino con las palmas abiertas en un gesto conciliador pero firme—. Estás en un área administrativa. Mantén la calma y compórtate.

—¡Que mantenga la calma! —repliqué, subiendo el tono un grado más y retrocediendo hacia el centro del pasillo para asegurarme de que todos los guardias del ala se concentraran en mí—.

¡Me tienen sin trabajar por puro capricho!

¡Daxen me trata como si fuera escoria, reteniéndome aquí mientras pierdo mi jornada laboral!

¡Exijo que se me asigne mi turno de inmediato!

Un tercer guardia apareció apresuradamente desde el pasillo transversal, abandonando su puesto de vigilancia cerca de las salas de archivo para ayudar a sus compañeros a contener mi escandalosa protesta.

Me estaban rodeando, pidiéndome paciencia, ignorando por completo que acababan de dejar el camino totalmente despejado para que Daxen se moviera hacia las sombras de la Reveladora de Prensa.

Grité sobre mis cuotas y raciones hasta que la garganta me ardió.

Tres guardias cerraron el círculo. Uno de ellos deslizó la mano hacia su bastón de frecuencia; el zumbido letal del latón despertó a centímetros de mi cadera.

Di medio paso atrás, abriendo las manos a la altura del pecho para dejar claro que no iba a atacar.

Quince minutos en la cuerda floja. Un puño cerrado y me paralizarían en el acto; un minuto de silencio y mirarían hacia el cuarto oscuro. Seguí gritando.

Justo cuando el guardia alzó el bastón para descargar el golpe, un impacto resonó al final del pasillo.

—¡Basta de este espectáculo lamentable! —bramó la voz de Daxen, cortando el aire con una autoridad tan afilada que hizo que los guardias se cuadraran al instante.

Me giré, fingiendo sorpresa. Daxen emergía de un pasillo lateral.

Caminó hacia nosotros con el ceño fruncido, ajustándose los bordados de su túnica oficial como si el simple ruido de la plebe lo hubiera manchado.

Su máscara de burócrata ofendido era impecable; necesitaba detener el alboroto antes de que la situación atrajera a la seguridad de otros niveles y arruinara la tapadera.

—Suelten a este idiota —ordenó Daxen a los guardias, fulminándome con la mirada—. Si tiene tanta energía para gritar en mis pasillos y alterar la paz de la Intendencia, veremos si tiene la misma fuerza para justificar su maldito reingreso. Entra en mi despacho, operario. ¡Ahora!

Los guardias dieron un paso atrás aliviados. Bajé la cabeza y caminé arrastrando los pies hacia su oficina.

En cuanto crucé la entrada, tiré del pomo hasta que la puerta encajó en su marco, cortando cualquier sonido del exterior. Daxen soltó un suspiro largo, y la furia de su rostro se desvaneció, reemplazada por una media sonrisa de triunfo.

—Salió a la perfección —murmuró—. Tenían los ojos tan clavados en ti que pude operar la máquina sin que nadie se asomara al cuarto oscuro.

De debajo de su túnica, extrajo unos pliegos de papel. Aún desprendían el aroma metálico del fijador y estaban ligeramente tibios por la exposición a la potente luz de Mica de Plata de la Reveladora de Prensa.

Daxen no perdió un segundo. Se giró hacia un archivador blindado, sacó una funda de cuero y deslizó los planos técnicos de la estructura del Tañido en su interior.

Se aclaró la garganta.

—Toma esto, Elial —dijo Daxen en voz alta, arrojándome la funda de cuero al pecho de forma despectiva—.

Son los registros de presión del Nivel 8.

Quiero que analices estas lecturas de condensación en tu casa antes de volver a tu terminal mañana.

Si no logras entender los números, búscate otro trabajo en los vertederos.