Capítulo 17 La transmutación del bronce
Con la prueba oficial del Cénit en mis manos, no podía esperar más para encontrarme con los demás. Cuando la tarde cayó sobre la ciudad, yo ya había llegado al Archivo de las Sombras.
Llegué una hora antes de lo pactado. Istryel ya aguardaba junto a una de las mesas de lectura, mientras Zelán organizaba un fardo de tomos rescatados en el extremo opuesto de la sala.
La postura de Istryel reflejaba la misma urgencia contenida que me había mantenido en vela.
Avancé hasta su posición y extraje el documento oficial del bolsillo de mi abrigo.
Desplegué el papel sobre la madera gastada.
—Zael hizo su parte —afirmé, deslizando el registro hacia ella—. Validó la aberración del conducto y tradujo la extracción forzada a este papel. Tienes frente a ti la prueba oficial del uso de conversores humanos, sellada por la ciencia de la cima.
Istryel examinó el documento en silencio. Rastreó la línea del registro y comprobó el formato oficial del Cénit. Al confirmar la validez del sello de Zael, dejó el papel sobre la madera. Poseíamos un respaldo técnico irrefutable.
—Con esto ya no hay debate posible, Elial —dijo Istryel—. Esta validación técnica es exactamente el arma que necesitamos para reclutar a los escépticos y movilizar a los demás sectores de la ciudad.
Escuchamos el crujido de la piedra. La puerta oculta cedió y Daxen cruzó la entrada, seguido de cerca por Belthor. Sin embargo, no estaban solos: una tercera silueta entró tras ellos.
Una mujer joven, de mirada escrutadora y postura impecable, cerró la puerta a sus espaldas. Istryel y yo intercambiamos una mirada fugaz.
—¿Quién es ella y qué hace aquí? —dije.
Daxen alzó una mano, calmando la tensión de la sala con su imperturbable frialdad.
—Bajen la guardia, esto es una suma estratégica —anunció el Intendente, cediéndole un espacio a la joven a su lado—. Les presento a Lia. Es mi asistente personal y mi mano derecha. Su lealtad es absoluta y sabe moverse por los círculos más venenosos de La Corona sin cometer un solo error.
Lia asintió levemente a modo de saludo. Sus ojos examinaron el archivo, a Istryel, a Zelán en el fondo, y finalmente a mí, evaluándonos con cautela.
—Daxen responde por ella, y yo respondo por mi archivo —intervino Zelán desde la penumbra, cruzándose de brazos—. Los engranajes de mi puerta no giran para cualquiera, Elial. Si está pisando este sótano, es porque confío en el juicio del Intendente.
—Y su presencia aquí es indispensable para el siguiente paso —continuó Daxen—. Lia posee un arsenal de información restringida. Conoce los secretos, las debilidades, sus fortunas y los vicios de cada miembro del Consejo y de sus respectivas familias.
Relajé la postura.
—Una aliada con acceso a la cúpula complementa nuestro plan —concedí, señalando el documento sobre la madera—. Esta es la prueba técnica que apoya nuestra palabra sobre lo que sucede en el Nivel 9, sellada por un técnico de la propia Intendencia.
Miré a la asistente de Daxen directamente a los ojos.
—Istryel y yo vimos lo que hacen allá abajo y pude conseguir este papel para confirmar la prueba que logramos traer. ¿Hay alguna manera de usar este papel para quebrar al Consejo desde adentro?
—Esa tiranía tiene rostros y nombres específicos —respondió la joven, apoyando ambas manos sobre el borde de la mesa para fijar su mirada en el documento técnico—.
Por la información que tengo, el proyecto del Sustento Negro es una operación controlada exclusivamente por la cúpula de mayor rango.
Tienen toda la información muy bien escondida, yo solo logré conseguir datos sobre un proyecto secreto pero sin detalles.
Tres hombres concentran el poder sobre esta atrocidad: el Alto Consejero Varkas, el Intendente de Seguridad y el Director de Tecnología.
Daxen asintió lentamente. Lia continuó.
—La infiltración que ustedes ejecutaron en el Nivel 9 ha fracturado esa alianza —aseguró, mostrando una sonrisa—.
Llevan días encerrados en reuniones de emergencia, consumidos por la histeria.
Todo esto los ha llevado a atacarse entre ellos.
El Intendente de Seguridad culpa a Tecnología por la ineficacia de los captores de pulso, mientras que Tecnología exige respuestas sobre cómo evadieron a los guardias de élite.
Ustedes sembraron el caos en su círculo más íntimo.
Istryel se cruzó de brazos.
—¿Cuál es la postura del resto del Consejo? —inquirió—. El pleno está conformado por siete miembros.
—Los cuatro restantes son una variable explotable —respondió Lia de inmediato—.
Uno de ellos ofrece un respaldo tibio y condicional a Varkas.
Los otros tres ignoran deliberadamente las operaciones del Nivel 9; mantienen una distancia calculada para proteger sus propios dominios y fingen ceguera ante los planes de los otros.
Lia deslizó un dedo sobre los datos sellados por Zael.
—Esa indiferencia calculada es nuestra mayor ventaja. Podemos forzar a esos consejeros neutrales a tomar una postura definitiva contra Varkas, o hacerles enfrentar la ira de toda la ciudad por su complicidad.
Daxen apoyó ambas manos sobre la mesa.
—La evidencia es impecable —concedió Daxen—, pero necesitamos que la población en general pueda ver esta verdad, sin embargo, el Tañido no les permitirá darse cuenta de lo que les están haciendo. La ciudad no reaccionará, están bajo el control del Consejo.
—Entonces dividimos nuestra ofensiva —dije—. Esta prueba técnica sirve para tratar de convencer a los miembros del Consejo; la verdad debe llegar a nuestra gente.
Daxen asintió. Trazó una línea imaginaria sobre la mesa, dividiendo nuestros frentes de batalla.
—Lia y yo tomaremos la ofensiva política —dijo, fijando su mirada en su asistente—. Vigilaremos cada paso de esos tres consejeros neutrales.
—Y necesitarán un lugar para reunirse y que las miradas del Consejo no puedan alcanzar —intervino Zelán, dando un paso al frente desde la penumbra. El anciano custodio abarcó con un gesto las estanterías de roble negro y los textos prohibidos—. El Archivo de las Sombras es suyo.
Daxen le dedicó una breve inclinación de cabeza.
Istryel se adelantó, apoyando también las manos en la mesa.
—Nosotros cortaremos el problema de raíz —dijo—. Elial y yo encontraremos la forma de apagar el Tañido. Cualquier movimiento lo podemos informar a través de Belthor.
Daxen recogió el documento antes de marcharse.
El roce de la piedra selló la salida de Daxen, Lia y Belthor. Su eco se desvaneció casi al instante. Zelán nos dio la espalda para perderse en sus estanterías. Istryel y yo nos quedamos a solas.
Me dejé caer en una de las sillas de madera gastada. Teníamos que silenciar las campanas de la ciudad.
Istryel se sentó frente a mí. La luz cálida y parpadeante de las lámparas de aceite delineaba su rostro cansado, pero su mirada conservaba el brillo afilado de una mente que ya estaba trabajando en el problema.
Sus dedos rozaron instintivamente el pequeño artefacto prendido en el cartílago de su oreja.
—Si esta aleación muta la frecuencia al ser golpeada, podríamos forjar una réplica similar —murmuró, pensando en voz alta, pero se detuvo de inmediato—. Es inútil. Jamás lograremos fabricar un escudo acústico para cada ciudadano.
Asentí, descartando la idea junto con ella. Istryel soltó un suspiro de resignación. Me eché hacia atrás en la silla.
—Supongo que la otra opción es evacuar a cien mil personas hacia el hielo de la Periferia —dije con ironía.
Istryel soltó una risa amarga.
—Prefieren la esclavitud antes que sentir un solo segundo de realidad.
Evacuar Solheim era una fantasía. Nos quedamos en silencio de nuevo, pero la breve risa había aligerado un poco la presión aplastante del sótano.
—Entonces vayamos por la fuente —sugerí—. Las campanas de las Torres Expansoras caen exactamente a la misma hora en todos los distritos, como un solo latido que barre Solheim de un extremo a otro.
Istryel entornó los ojos, captando la idea al instante.
—Un sistema sincronizado.
—Debe existir un mecanismo central. Un engranaje maestro que sincronice los martillos de toda la ciudad. Si encontramos esa pieza y la destrozamos, las torres caerán al mismo tiempo.
Istryel movió su cabeza negando.
—Destruir el centro de mando nos podría dar un tiempo.
Sería un caos para ellos. Pero el Consejo tendría la red completa y todas las campanas a su disposición.
Encontrarán una solución rápida para forzar el sistema y accionar los martillos de otra forma.
Mientras las campanas de Bronce Negro sigan colgadas, tienen cómo controlarnos.
Si queremos un golpe letal, no podemos conformarnos con detener el engranaje.
Hay que eliminar el arma. Si aniquilamos las campanas, reponer esa infraestructura será una tarea titánica.
Me pasé las manos por el rostro, abrumado por la escala del problema.
—Si queremos acabar con todas las campanas, podemos usar su propio mecanismo central para propagar el daño. Que la máquina distribuya la destrucción. Pero es pura teoría. Ignoramos las coordenadas de esa estructura y no sabemos cómo opera su engranaje por dentro.
Istryel se quedó mirando la madera de la mesa, pero su vista parecía atravesarla. De repente, giró el rostro hacia su zurrón y sacó el volumen de cuero que habíamos rescatado del Nivel 6: el Libro de los creadores. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe que levantó una pequeña nube de polvo.
—Un problema a la vez —cortó Istryel, abriendo el libro de golpe—.
Primero las campanas. Voy a buscar el método exacto para deshacernos de ellas.
Los creadores documentaron el límite de todas las aleaciones.
Si logro aislar las propiedades del Bronce Negro, podré calcular su punto de quiebre para aniquilarlo con el mínimo esfuerzo.
Sus ojos comenzaron a recorrer las páginas con una velocidad asombrosa.