Capítulo 16 El espectro dividido #2
—Elegiste a esos hombres para gobernar —continuó mi abuelo, endureciendo el tono—, pero la ambición descontrolada ya pudre las miradas de algunos. Vigila tus espaldas. Causarán la ruina de nuestra obra.
Asimilé sus palabras. Sentí germinar una semilla de duda y precaución en mi pecho, aunque mi confianza en el proyecto aún superaba mis temores.
Un parpadeo brusco fracturó el entorno. Mi mente fue arrastrada hacia otro instante.
Me encontraba de pie en el centro de una sala circular, rodeado por las voces resonantes de los delegados.
La tensión asfixiaba el ambiente. Los consejeros gesticulaban con fiereza, argumentando que la ciudad crecía demasiado rápido.
Exigían restringir el acceso a la Oscilancia, reclamando para sí mismos el mérito de la construcción del país.
Defendí la visión original con voz firme, recordándoles que nuestro bienestar actual era el fruto del trabajo equitativo de todos los habitantes.
Busqué el apoyo del grupo de hombres en los que más confiaba, esperando su respaldo.
En su lugar, se levantaron y sumaron sus voces a la de los codiciosos.
Plantearon la construcción de un muro inmenso y el secuestro de la energía.
Observé sus rostros endurecidos y comprendí la amarga verdad: había perdido el control de mi propia ciudad.
El escenario volvió a girar violentamente.
El debate se había transformado en un juicio público.
Voces hostiles me acorralaban, acusándome de frenar el avance de Solheim y de conspirar para convertirme en su único dueño.
Intenté alzar la voz para desmentir la trampa, pero una pared de gritos coordinados ahogó mis defensas.
Habían pactado mi caída; me coronaban como el gran traidor ante los ojos de mi propio pueblo.
La visión se oscureció, teñida por la violencia física.
Vi a los guardias del nuevo régimen irrumpir en las casas de mi familia.
Arrastraron a mi abuelo y a mis padres fuera del centro de la ciudad.
Los golpes cayeron sobre ellos sin piedad, humillándolos frente a la multitud mientras los expulsaban de los hogares que ellos mismos habían forjado.
El dolor en mi pecho se convirtió en urgencia.
Mi memoria me arrastró hacia el fondo más oscuro de la mina.
Mis manos, temblorosas y manchadas de grasa, empujaron una puerta colosal forjada en una aleación impenetrable.
Oculté nuestros mayores secretos detrás de ese umbral de acero.
Utilizando un disco metálico, sellé la cerradura, vinculando el mecanismo para que únicamente mi sangre o la de mis descendientes lograra activarlo.
Inmediatamente después, emprendí el ascenso hacia los niveles superiores.
En el área de archivos, me arrodillé junto a una columna maciza.
Envolví el disco en un trozo de tela gruesa y lo sepulté dentro de una grieta oculta en la piedra.
Aquella maniobra garantizaba que nadie del Consejo profanara la bóveda ni descubriera el pasaje secreto de mi linaje.
Mi tiempo en Solheim había expirado. Marcado con el estigma de la traición, busqué a mi esposa y a mis dos hijos.
Los abracé con desesperación y huimos hacia el extremo más remoto de la isla, buscando asilo en un antiguo refugio de piedra construido por mi bisabuelo mucho antes de que la ciudad existiera.
Tuvimos que dejar nuestro propio hogar. La humillación me ahogaba. Apreté los puños en la oscuridad, jurando verlos arder a todos.
El aire regresó a mis pulmones en un jadeo violento.
Abrí los ojos de golpe. Mis manos seguían tensas, aferradas a los bordes de la plancha de cuarzo en lugar de los muros en ruinas.
El recuerdo se disolvió bajo la luz aséptica del Cénit, pero la urgencia de reducir el Consejo a cenizas ya latía en mis propias sienes.
—¡Esto es un fenómeno sin precedentes! —exclamó Zael, rompiendo el silencio del laboratorio con una voz cargada de asombro—. Llevas la resonancia de alguien más implantada en tu propio núcleo, Elial. Es el equivalente a una transferencia directa; la esencia de otra persona fundida con la tuya.
Me incorporé a medias, aún jadeando, tratando de asimilar la rabia residual de Aurel mientras el técnico se acercaba a la cama de cuarzo. Sus ojos brillaban con la avidez del descubrimiento puro.
—He aislado los espectros en el panel de proyección —continuó Zael, señalando hacia este—.
La lectura de tu impronta original, la misma que autoriza tu acceso al Nivel 8, permanece intacta.
Conserva su estructura base. Sin embargo, ahora cohabita este espacio con una firma vibratoria completamente ajena.
Y lo verdaderamente extraordinario radica en su asimilación: por alguna razón que escapa a mis registros, ambas frecuencias operan con una compatibilidad perfecta.
Se han fusionado con una armonía orgánica perfecta, anulando cualquier rechazo natural.
Zael accionó un mecanismo lateral y la plancha de cuarzo se inclinó suavemente, asistiéndome hasta adoptar una posición sentada. El vértigo de la visión aún martilleaba mis sienes. El técnico caminó hacia un surtidor de agua cercano, llenó un vaso con agua y me lo entregó.
—Bebe —ordenó, con un tono que mezclaba la cortesía con la urgencia intelectual.
Tomé un trago largo. El líquido bajó por mi garganta, lo que ayudó a anclar mi mente de vuelta a la frialdad aséptica del presente.
Zael arrastró un taburete de resina endurecida y tomó asiento frente a mí, acortando la distancia.
Su actitud inicial había mutado; la curiosidad distante se había transformado en el escrutinio meticuloso de quien ajusta un lente de aumento.
Tomó una hoja de registro en blanco y la sostuvo entre sus dedos, listo para documentar mis palabras.
—Un evento de esta magnitud exige un catalizador físico de una densidad energética anómala —sentenció, clavando su mirada analítica directamente en mis ojos—. Termina tu agua, recupérate y explícame cómo lograste que algo tan científicamente imposible sucediera dentro de tu propio cuerpo.
La exigencia de Zael flotó en el aire del laboratorio. Mi mente aún vibraba con el eco de los recuerdos de Aurel. Revelar toda la verdad sobre mi linaje o sobre el Conducto de Inducción en este momento arruinaría nuestra ventaja.
Sostuve el vaso de agua vacío entre las manos y adopté una expresión de calculada incertidumbre.
—Desconozco la física del proceso —comencé, midiendo cada palabra—.
Ocurrió al descender a un sector clausurado en los subniveles, un área que simplemente no existe en los registros de la Intendencia.
Atravesaba una red de túneles muertos cuando me topé con una estructura que desafiaba cualquier plano.
Hice una pausa estratégica, asegurándome de tener toda su atención. Zael se inclinó hacia adelante, casi levitando sobre el taburete.
—¿Qué clase de estructura? —exigió el técnico, incapaz de ocultar su avidez intelectual—. La arquitectura muerta no reescribe la firma vibratoria de un hombre. ¿Qué encontraste allí abajo, Elial?
Sabiendo que lo tenía exactamente donde quería, le lancé el cebo definitivo.
—Una estructura anular colosal, forjada en un material desconocido y extremadamente denso. Carecía de diales o engranajes visibles. Cruzar su centro bastó para detonar la transferencia. El espacio resonó, una frecuencia me aplastó de golpe y colapsé mientras la oscuridad reescribía mi núcleo.
El técnico permaneció inmóvil, con la hoja de registro en sus manos. La conmoción inicial dio paso rápidamente a la avidez científica.
—¿Y cuál fue el resultado de esa reescritura? —exigió Zael, rompiendo el silencio denso del Cénit mientras se inclinaba hacia mí—. Un cambio de frecuencia de esa magnitud no ocurre sin dejar secuelas neurológicas u orgánicas. ¿Qué te hizo exactamente ese umbral, Elial?
Sellé mis labios y le sostuve la mirada, dejando que el silencio denso del Cénit llenara el espacio entre los dos.
La mirada febril de Zael me exigía una respuesta inmediata.
—Me metió algo en la cabeza —respondí, manteniendo el tono grave y pausado—.
Esa energía no estaba vacía. Venía cargada.
He empezado a ver cosas que no son mías; ecos y ráfagas de otra vida que estaban incrustados en la vibración de la máquina.
Es como si la frecuencia de su dueño original se hubiera quedado a vivir en mi cabeza.
Los ojos de Zael se abrieron ligeramente, asimilando la implicación de un registro latente grabado en la propia resonancia.
—¿Y puedes acceder a esos registros a voluntad? —inquirió Zael—. ¿Es un flujo constante o responde a algún estímulo externo?
—Vienen cuando quieren —continué, asegurándome de no revelar el contenido de las visiones—.
No decido cuándo pasan. La primera me hundió en un sueño profundo en mi casa, y la otra me asaltó de la nada mientras caminaba por la calle.
Simplemente se filtran en mi cabeza. Pero lo que sea que encendiste sobre esa cama de cuarzo fue distinto.
Funcionó como un detonador. Tu máquina hizo tanta fricción que me arrancó el recuerdo a la fuerza, el más claro que he visto hasta el momento.
El impacto de mis palabras golpeó a Zael con la fuerza de un descubrimiento revolucionario. Su postura se tensó, asombrado por la capacidad de su propio equipo.
—¿Mis instrumentos lograron interpretar y proyectar la memoria impregnada en tu núcleo?
—susurró, procesando la información a una velocidad vertiginosa—.
Estás afirmando que el cristal de mi laboratorio sirvió como llave de acceso a la consciencia de un individuo del pasado.
Eso convierte tus sentidos en un puente directo hacia la historia perdida de Solheim.
Tengo que reportar este nivel de resonancia a la Intendencia Central de inmediato.
Asentí lentamente, preparándome para cerrarle esa puerta y tender mi trampa.