Capítulo 16 El espectro dividido
El desayuno en casa transcurrió en un silencio tenso, masticando cada bocado de forma mecánica mientras mi mente ya recorría los pasillos de la Intendencia Central.
Tras despedirme de mi madre con un gesto breve, me colgué el zurrón al hombro.
Con el Conducto de Inducción oculto, me abrí paso directo hacia la oficina de Zael.
Mientras avanzaba hacia la Intendencia, mi mente calibraba el riesgo de revelarle a Zael lo que ocultaba el Consejo.
Crucé los grandes arcos de cristal de la Intendencia, enfocado en usar la obsesión del técnico a mi favor. Al entrar a la oficina quince, Zael me vio y abandonó de inmediato lo que estaba haciendo. Su atención se clavó en mí.
—Tu registro rompe todos los límites de resonancia establecidos, Elial —pronunció a modo de saludo, acercándose con fascinación evidente—.
He estudiado la refracción de tu impronta hasta analizar cada curva del espectro.
Albergo la certeza de que posees dos frecuencias distintas superpuestas, operando simultáneamente en tu núcleo.
Es un fenómeno vibratorio inédito, una anomalía estructural.
Se detuvo a un paso de distancia, evaluándome de arriba abajo como si yo fuera un artefacto invaluable recién desenterrado.
—La Refracción de Espectro que te hicieron en el vestíbulo arrojó datos demasiado limitados —continuó, con entusiasmo—.
Esos anillos de cuarzo son básicos. El análisis de una firma tan compleja exige precisión real.
Las verdaderas herramientas capaces de desentrañar tu resonancia aguardan en mi laboratorio en El Cénit.
Lanzó el nombre de El Cénit con total ligereza. El cambio de escenario arruinaba mi estrategia. Planeaba mostrarle el Conducto de Inducción aquí, en la seguridad del sector administrativo, pero ahora me invitaba a caminar directo hacia la boca del lobo.
—He gestionado los permisos correspondientes al amanecer —añadió Zael, mostrando una placa de acceso plateada con el sello de la alta jerarquía—.
Poseo autorización oficial para escoltar a un sujeto de estudio de interés hasta mis laboratorios.
Acompáñame y descubramos juntos la magnitud de tu propia naturaleza vibratoria.
Acepté la propuesta al instante.
Zael asintió, satisfecho con mi reacción. Se dirigió hacia un armario metálico y extrajo un conjunto de prendas blancas, impecables y planchadas con extrema precisión.
—Las instalaciones de El Cénit exigen un nivel de completa pureza —explicó, entregándome la ropa—. El ambiente en la cima mantiene un patrón de esterilidad total. Debes despojarte de tu indumentaria para realizar el ascenso.
Señaló un baúl de acero junto a la pared.
—Deposita tus pertenencias personales en ese compartimento. Te vestirás exclusivamente con este uniforme de laboratorio.
Oculté el Conducto de Inducción bajo mi ropa de trabajo en el fondo del baúl. La prueba se quedaría en la oscuridad hasta que el técnico me demostrara a quién le era verdaderamente leal. Ajusté el uniforme sobre mi cuerpo, cerré la puerta de metal y salí del vestidor.
Zael me guió a través de corredores restringidos hasta llegar a la estación de acceso, era una bóveda fortificada incrustada en la roca viva.
Dos guardias flanqueaban la entrada a un enorme tubo de cristal grueso que se perdía hacia arriba.
Superaban incluso la elegancia impecable de la guardia regular de La Corona; sus uniformes eran de un cuero tratado oscuro, mate y reforzado.
Se interpusieron en nuestro camino cruzando un par de bastones de frecuencia con un chasquido vibrante.
—El técnico tiene acceso. El operario requiere autorización —exigió el guardia, con voz mecánica.
—Viene conmigo. Es un sujeto de estudio con autorización de la Intendencia —declaró Zael.
Acto seguido, le entregó la placa de acceso plateada. Luego avanzó con naturalidad y colocó la palma sobre el Captor de Pulso. El panel destelló en azul, confirmando su jerarquía.
El guardia verificó la placa y observó mi uniforme blanco de pies a cabeza. Al confirmar la validez del permiso, asintió y me retiró el bloqueo. Las compuertas circulares de la cápsula hermética se abrieron con un siseo.
—Entra rápido —me indicó Zael, acomodándose en uno de los asientos asépticos del interior.
Me senté mientras las compuertas se sellaban herméticamente. El elevador comenzó a ascender en silencio.
La oscuridad del tubo de roca nos engulló durante el vertiginoso ascenso, hasta que la cápsula emergió finalmente hacia la luz.
Las puertas se abrieron y di el primer paso fuera del elevador.
El impacto visual fue exactamente como Istryel lo había descrito: un santuario gigantesco revestido en resina endurecida y acero pulido.
A lo largo del inmenso salón, investigadores de batas inmaculadas operaban en un silencio aséptico, manipulando la Solstrita sobre las mesas de repulsión metálica que contenían el mineral en el aire.
El inmenso salón del Cénit estaba segmentado en áreas de investigación específicas, divididas por impecables paneles de cristal insonorizado.
Zael me guió con paso rápido a través de los pasillos, pasamos en medio del resto de los investigadores que estaban absortos en sus propios proyectos, hasta ingresar a una sección en el fondo de la instalación.
En el centro de la sala descansaba una plancha geométrica tallada íntegramente en Cuarzo Hialino, pulida hasta alcanzar la transparencia del hielo.
Justo encima, descendiendo desde el techo de resina endurecida, colgaba una intrincada estructura cilíndrica de metal pulido.
En su extremo inferior, apuntando directamente hacia el corazón del lecho de cuarzo, había un cristal multifacetado de un tono ámbar profundo.
—Esta es nuestra herramienta de disección espectral —explicó Zael, acariciando el borde de la cama de cuarzo con una devoción palpable—.
Su diseño nos permite explorar, capa por capa, las frecuencias base de cualquier material físico.
Funciona igual de bien para desentrañar la vibración de un mineral exótico, la composición de una toxina o las entrañas de un organismo vivo.
Desnuda la materia hasta su verdad más íntima.
Se giró hacia el panel de calibración adyacente y comenzó a ajustar una serie de diales y prismas secundarios con movimientos rápidos y precisos. El cristal superior reaccionó al instante, alineando sus facetas y emitiendo un zumbido que hizo vibrar sutilmente el aire a mi alrededor.
—Acuéstate sobre el cuarzo, Elial —ordenó el técnico, con la vista fija en las agujas de resonancia y en los haces luminosos del espectro proyectados sobre la pared de medición.
Me acerqué a la plancha transparente, la piedra irradiaba frío a través de la fina tela de mi uniforme de laboratorio.
Los recuerdos de la violenta calibración en el Nivel 8 y la tortura sónica del filtro de los creadores en la montaña cruzaron mi mente como relámpagos.
Mi naturaleza alterada siempre reaccionaba de forma hostil a estas intrusiones físicas.
—¿Será doloroso? —pregunté, deteniéndome a un paso de la cama.
Zael detuvo sus manos y me miró por encima del hombro. Su expresión era puramente clínica, enfocada en la eficiencia mecánica del proceso.
—Habrá una fase de fricción cuando el pulso del cristal intente separar tus dos frecuencias superpuestas para refractarlas de forma individual —respondió—.
Esa etapa generará una punzada aguda en tus sentidos, sí, pero será un impacto breve y manejable.
El dolor es solo información orgánica transitoria. Acuéstate y mantén el cuerpo relajado.
Me tendí sobre la superficie helada de la plancha. Zael accionó una palanca de bronce en el panel exterior y una cubierta cilíndrica de resina endurecida transparente descendió desde el techo, sellándome en el interior de una cápsula hermética.
El cristal multifacetado sobre mi pecho cobró vida al instante, emitiendo un haz de luz cegador y una vibración grave que hizo temblar el aire confinado. El Cuarzo Hialino bajo mi espalda absorbió la energía de golpe, respondiendo con un resplandor intenso que iluminó todo el habitáculo.
—Iniciando el barrido espectral —anunció la voz de Zael, distorsionada a través de los conductos acústicos de la cápsula.
Un calor denso penetró mi piel, abriéndose paso hasta la médula de mis huesos.
Cada fibra de mis músculos comenzó a vibrar en perfecta sincronía con la frecuencia de la máquina.
Dejé de sentir el frío del cuarzo en la espalda; el campo de resonancia me arrancó de la superficie, arrebatándome el peso.
La advertencia de Zael se quedó corta. La vibración de la máquina me alcanzó la médula y el aire abandonó mis pulmones.
Un calambre de pura agonía me arqueó contra el campo de resonancia; sentí mis propios huesos vibrando en direcciones opuestas, como si la frecuencia intentara partirme por la mitad desde adentro.
Apreté los párpados y la vibración me arrastró hacia un vacío absoluto.
Al abrir los ojos, el aire frío del Cénit y la dureza del cuarzo habían desaparecido, reemplazados por una brisa cálida y el confort de una terraza elevada. Frente a mí, un hombre mayor de rostro severo y mirada cansada me observaba fijamente.
—Debes ser cauteloso, Aurel —pronunció el anciano, apoyando una mano pesada sobre mi hombro. Mi propia mente reconoció el tacto al instante: era mi abuelo.
Giré la vista hacia el horizonte. Desde aquella casa en las alturas, Solheim se desplegaba como una joya inmaculada.
La arquitectura poseía un diseño más antiguo, pero la piedra y el metal brillaban con la frescura de lo recién construido.
La ciudad entera descendía en perfecta armonía hasta fundirse con las olas del Gran Océano.
Libre de muros y barreras, compartía la elegancia limpia de la actual Corona, pero desprovista de su ostentación enfermiza; aquí, la dignidad abarcaba cada calle.