Capítulo 15 Doble frecuencia
El sol del mediodía caía con una fuerza implacable sobre Solheim, una claridad que se sentía extraña después de haber estado en las profundidades. Istryel se alejó hacia los suburbios.
Caminé por las calles principales intentando mantener un ritmo natural. En la ciudad, el ambiente era de una tensa incertidumbre. La noticia del cierre total de las galerías ya circulaba por cada esquina.
—Dicen que el Consejo ha bloqueado los accesos —escuché murmurar a un grupo de obreros—. Están buscando a alguien allí abajo. Han sellado la mina y no dejarán que nadie baje al siguiente turno hasta que los guardias revisen cada túnel.
Aceleré el paso hacia el puerto. Mientras la montaña se convertía en una trampa mortal bajo la inspección de los centinelas, yo me dirigía hacia los muelles.
Llegué al sector de reparaciones navales un tiempo después. Divisé a Belthor inclinado sobre el casco de una barcaza de carga. Me acerqué en silencio. Belthor no levantó la vista de la soldadura hasta que estuve a su lado, pero supe que me había reconocido.
—Todo el mundo habla de lo mismo, Elial —dijo con esa voz grave, sin dejar de trabajar—. El cierre de las galerías a mediodía no es un fallo mecánico. Significa que llegaron al Nivel 9, ¿verdad?
—Lo confirmamos —respondí en un susurro, colocándome junto a él para ocultar nuestra conversación de los estibadores cercanos—. Es exactamente lo que sospechábamos, Belthor.
Él dejó la herramienta a un lado y me miró de frente. Sus ojos analizaron mi rostro con una mezcla de firmeza y preocupación contenida.
—Entonces el Consejo debe estar perdiendo la cabeza —comentó, bajando aún más la voz—.
Que alguien haya entrado a su "lugar inexistente" como si nada los va a volver locos.
Estarán interrogando a cada guardia y revisando cada libro de registro, preguntándose cómo es que nadie vio una sombra moverse en su propio santuario.
—Sí —asentí—. Y tenemos algo más que sombras, Belthor.
Sacamos una pieza de la máquina. La prueba está ahí, tallada en las cicatrices del metal por pura fricción humana.
Necesitamos a un técnico con un Lector de Espectro que sepa traducir lo que está plasmado en este tubo.
Es lo único que le servirá a Daxen si queremos convencer a alguien del Consejo de cambiar de bando.
Belthor frunció el ceño. Los chisporroteos de la soldadura cercana iluminaban a ráfagas sus facciones endurecidas.
—Un técnico de ese nivel es un riesgo —advirtió—. Podría delatarnos antes de abrir la boca. ¿Conoces a alguien?
Pensé en Zael. El técnico de El Cénit. Su fascinación por mi doble frecuencia rayaba en la obsesión, lo cual lo hacía útil, pero también altamente impredecible.
—Tengo un nombre en mente —admití, bajando la voz aún más—. Alguien de arriba. Aún no sé si es de fiar, pero podría ser nuestra única opción para interpretar esto sin hacer saltar las alarmas de la Intendencia.
Belthor gruñó una afirmación, procesando la información.
—Necesitamos reunirnos para definir qué vamos a hacer ahora que sabemos que sucede allá abajo. Creo que en dos días podríamos reunirnos —dije—. Dile a Daxen que nos veamos en el Archivo de las Sombras. Tengo algunas cosas que hacer antes.
—Dos días. De acuerdo. Tenemos suficiente para hacer un cambio radical en esta ciudad pero debemos tener cuidado para que no nos descubran.
Miré hacia los límites de la ciudad, donde la bruma perpetua del Gran Océano se arremolinaba contra los muros, ocultando la miseria de la intemperie. Recordé los ojos desesperados de Jiz en el infierno violeta del Nivel 9.
—Hice una promesa ahí abajo, Belthor. Hay una familia que necesita saber la verdad. Voy a buscar a Garek allá afuera de los muros para que me ayude.
—Entonces nos vemos en dos días.
Dejé atrás los muelles. Atravesé la ciudad a paso rápido.
Al alcanzar la salida este, me enfundé en la lana justo antes de cruzar el límite de la Oscilancia.
Avancé con dificultad a través del laberinto de escombros y calles sepultadas bajo la nieve, alejándome de los muros de la ciudad hasta alcanzar las ruinas periféricas donde Garek tenía su refugio.
Aparté la lona de su escondite. Garek estaba en cuclillas, avivando las brasas. Al escucharme, se incorporó con mucha fluidez.
—¿Cómo está ese brazo? —pregunté, acercándome al fuego.
—Como si la montaña nunca me hubiera tocado —respondió, moviendo el hombro—. Lo que trajo Istryel me soldó los huesos en tiempo récord.
Nos sentamos junto al calor de la estufa y fui directo al asunto.
Le detallé nuestro descenso a la cápsula oculta, la maquinaria forzada del Nivel 9 y la luz violeta del Sustento Negro.
Le relaté la atrocidad en toda su magnitud: el Consejo utilizando los cuerpos de los marginados para purificar la Noxita y mantener encendida la utopía de La Corona.
—Vi a un hombre llamado Jiz allí abajo. Me suplicó que buscara a su familia y les contara la verdad. Necesito tu ayuda para encontrarlos en este laberinto de campamentos.
Garek apretó la mandíbula. Al escuchar el nombre de Jiz, sus ojos se clavaron en los míos con firmeza.
—Conozco a su familia —respondió con voz áspera, cargada de una rabia silenciosa—.
Todos aquí conocemos a Jiz. La gente de la Periferia lleva la cuenta, Elial.
Los nombres de los ganadores de la Rifa de Ingreso que jamás regresan se propagan como el vapor entre nosotros.
Llevamos el registro exacto de cada desaparecido.
Y ahora, gracias a ustedes, sabemos a qué infierno los enviaron. Vamos a ver a su familia.
Seguí a Garek por el laberinto de piedra hasta que se detuvo frente a una puerta sellada con barro congelado.
Él abrió el paso. En el interior, el calor del fuego iluminaba a una mujer.
Estaba desenredando una red de pesca en silencio, mientras una niña pequeña apilaba boyas en un rincón.
Sus manos se movían con un ritmo incansable.
Garek me presentó ante ella, eran la esposa y la hija de Jiz, él les dijo que yo venía de las entrañas de la ciudad, luego nos sentamos frente al fuego.
Le di la única buena noticia primero: Jiz seguía respirando.
Luego le relaté la verdad cruda. Le hablé de su encierro y de las cápsulas humanas que el Consejo usaba para procesar energía.
Ella detuvo el trabajo, tensó las cuerdas de la red entre sus dedos hasta blanquearse los nudillos. Asimiló la esclavitud de Jiz en silencio, clavando la vista en el fuego. Atrajo a su hija contra su costado con un instinto feroz.
Garek se puso de pie y pateó un leño suelto.
—La Rifa no es un sorteo, es un secuestro —gruñó, clavando la vista en las manos tensas de la mujer—. Mírala. Cuando el resto de los campamentos escuche esto, estallarán. Agarrarán el hierro que tengan a mano y marcharán contra el muro de la ciudad para sacarlos por la fuerza.
Intervine de inmediato, frenando su impulso. Recordé la facilidad con la que la guardia había disuelto el motín anterior usando los bastones de frecuencia, paralizando todos los sentidos en segundos.
—Una revuelta masiva terminará en una tragedia, Garek —le advertí—.
El Consejo posee el monopolio de la fuerza bruta y el control natural del Tañido.
En un choque frontal, ellos tienen la victoria asegurada.
Exponer esta verdad a toda la Periferia en este momento provocará un derramamiento de sangre inútil.
Debemos ser estratégicos y usar la ventaja del secreto.
Necesitamos asestar un golpe desde adentro.
Me puse de pie y me dirigí a la esposa de Jiz.
—Comprendo esta rabia —le dije, midiendo cada palabra para transmitirle mi propia convicción—.
Siento la misma impotencia ardiendo por lo que le hacen a Jiz y a los demás.
Pero existe un camino para derribar todo esto.
Es una ruta plagada de riesgos, pero ya la estamos recorriendo.
Y tenemos aliados poderosos operando desde el interior de la ciudad.
Destruiremos esa maquinaria. Tienes mi palabra.
Ella asintió lentamente. Garek me ofreció un apretón de manos fuerte.
Me despedí y salí del refugio de piedra antes del atardecer.
Soporté el viento del océano cruzando el páramo exterior hasta atravesar las puertas de Solheim; al ingresar, el escudo de la Oscilancia cortó el frío.
Al caminar por los distritos el cielo se oscureció y me cobró el viaje de ida y vuelta; sentía el cansancio en las piernas al caer la noche.
Al llegar a mi casa en el Margen Norte mi madre estaba en la sala.
—Elial —dijo, con un tono urgente que me paralizó a medio quitarme el abrigo—.
Vino una inspectora del ala de Seguridad hace menos de una hora.
Dejó una orden directa. Debes presentarte en la Intendencia de inmediato.
Dijo que, por el cierre de emergencia de hoy, los interrogatorios no tienen horario de salida.
Una citación nocturna. Seguridad no descansaba y el Consejo ya ataba cabos tras la alerta en el Nivel 9.
Sepulté el conducto de metal en la oscuridad de mi cuarto.
Presentarme al interrogatorio con esa prueba encima era un error que no iba a cometer.
Salí a la calle con las manos vacías, forzando mis músculos hacia la Avenida 7.
El trayecto nocturno hacia el corazón administrativo de Solheim se sintió interminable, cada paso un castigo sobre músculos que llevaban horas sin descanso.
En la antesala de registro, me escoltaron de inmediato hacia un despacho aislado en el ala de inspecciones.
Allí me esperaba la inspectora. De constitución frágil y sonrisa cortés, me señaló la silla de metal frente a su escritorio impecable. No movió un solo músculo de más; su quietud absoluta era lo único que desentonaba en la sala, revelando que su amabilidad era solo un método de disección.
Apenas mi cuerpo tocó el asiento, el interrogatorio comenzó sin preámbulos. Su tono amable se convirtió en una cuchilla afilada.