Capítulo 14 El sustento negro #4
—Una anomalía en los medidores más arriba —mentí, irguiendo la espalda para proyectar el fastidio habitual de los técnicos de arriba—. La Intendencia nos envió a auditar la estructura de origen a toda prisa antes de que se saliera de control.
El hombre frunció el ceño, acariciando su bastón de mando. Miró hacia el otro extremo de la cámara circular, donde un Resonador de latón y cristal brillaba con una luz tenue dentro de una pequeña alcoba de control.
—Nadie baja a este nivel sin que se me notifique previamente.
Caminó con paso firme, alejándose unos treinta pasos hacia la alcoba de control. En cuanto su espalda quedó protegida por la distancia, Lukas nos hizo una seña frenética con los ojos desorbitados.
—¡No hay tiempo! —siseó—. En cuanto le respondan desde Control que no han enviado a nadie, se darán cuenta de que el sistema ha fallado. ¡Si se quedan aquí, no habrá forma de explicarlo!
—Elial... —Jiz me tomó por el brazo un segundo—.
Si logran salir de la montaña, busquen a mi familia en la Periferia, fuera del muro.
Ellos no entenderán nada de esa pieza de metal que llevas, pero llevan mucho tiempo viendo cómo los nuestros regresan vacíos y sin memoria.
Si le cuentan lo que han visto aquí abajo, lo que le hacen a la gente en esas cápsulas...
les creerán. Ellos ya sospechan que el Consejo les oculta algo oscuro. ¡Vamos, corran!
No esperamos más. Aprovechando que el supervisor estaba de espaldas, hablando por el tubo de bronce del Resonador, nos lanzamos hacia la penumbra de la galería. Sentía que el suelo metálico amplificaba cada uno de mis pasos.
Corrimos hacia la pared de basalto donde se ocultaba la entrada de los creadores. En ese instante, la voz del supervisor cambió de tono, volviéndose una exclamación de alarma que resonó por todo el sector.
— ¡¿Cómo que no hay orden de servicio?! ¡Seguridad! ¡Tengo intrusos en el sector cuatro!
Un estruendo de emergencia sacudió el nivel. No era una campana, sino un zumbido sordo que hacía vibrar el metal de las pasarelas.
Llegamos hasta donde estaba el símbolo que marcaba la entrada y encajé el disco.
—¡Abre de una vez! —rugí, tirando del disco con una fuerza nacida del terror.
El metal cedió con un chasquido y la piedra se deslizó. Nos lanzamos a través de la abertura. Arranqué el disco de la ranura en pleno salto. Atrás quedó el estruendo y los sonidos de alarma.
Nos quedamos en el pasadizo jadeando. En mis manos, sentía el tubo de metal: la prueba técnica del horror en el Nivel 9. En mi mente, llevaba la verdad que los de la Periferia estaban esperando escuchar.
—Tenemos que salir rápido —me dijo Istryel—. Seguramente activaron todas las alarmas y si tardamos mucho tiempo, será sospechoso.
—De acuerdo. Solo pasemos a cambiarnos las ropas y salimos de una vez.
Atravesamos el pasadizo y usamos la cápsula para subir hasta el Nivel 6.
Perdimos apenas unos segundos en el refugio para arrancarnos las ropas limpias, volver a enfundarnos los monos manchados de hollín y atar los gruesos abrigos a nuestro equipo.
Hundí el tubo de aleación en el fondo de mi zurrón, sepultándolo bajo las herramientas.
Regresamos a la cápsula y subimos al Nivel 1.
Salimos de las Venas del Creador y el aire rancio de las galerías abandonadas vibraba con el zumbido de la alarma.
Llegamos a donde estaban los rieles del tren y los seguimos en silencio hacia la salida, hasta que la mole del portón exterior apareció al final del pasillo.
Allí, desde su posición elevada, los dos guardias nos observaron acercarnos. Al reconocernos como los inspectores que habíamos ingresado apenas unas horas antes, uno de ellos nos hizo una seña para que aceleráramos.
¡Dense prisa! Con la alarma sonando, tenemos orden de sellar este acceso de inmediato. La Intendencia de Seguridad ha ordenado el cierre de todas las galerías para localizar a unos intrusos.
Istryel y yo no nos detuvimos, dejando que el estruendo de la emergencia fuera la única explicación necesaria para nuestra salida.
—Hacen bien en salir ya —añadió el otro guardia mientras los contrapesos de la puerta empezaban a ceder—. Van a vaciar la mina poco a poco para asegurarse de que nadie se cuele entre los trabajadores. ¡Pasen!
Las hojas de la puerta crujieron al abrirse lo justo para dejarnos salir al exterior de la montaña.
Nos echamos los gruesos abrigos encima al cruzar la salida, blindándonos contra el azote de frío.
Los guardias se centraron de inmediato en cerrar el portón tras nosotros, asegurando el acceso con rigidez.
Afrontamos el viento helado atravesando la inmensa planicie de arena negra y nieve. El trayecto a pie nos quemó los pulmones hasta que alcanzamos el laberinto de estructuras viejas y ruinosas de la periferia. Bordeamos la miseria exterior y cruzamos la Puerta Noroeste sin contratiempos.
El calor artificial de la ciudad nos recibió; nos arrancamos los abrigos sobre la marcha. Al amarrar el mío al zurrón, el tubo de aleación chocó contra mis herramientas. Ya no éramos simples buscadores de respuestas. Éramos la prueba andando.