Capítulo 14 El sustento negro #3
—Muchos no logran recuperarse. Algunos mueren antes de ser devueltos.
Y para los que sobreviven diseñaron una frecuencia, algo muy parecido al Tañido, para arrancarles cualquier recuerdo reciente.
Vuelven a sus vidas creyendo que han estado enfermos, sin saber que sus cuerpos fueron usados como canales para procesar la energía violenta que mantiene a Solheim en pie.
En ese momento, un temblor recorrió el suelo. Las agujas de los diales de bronce golpearon sus topes con un tintineo metálico y el Transmutador, en el centro de la sala, emitió un quejido.
—La máquina no va a resistir —sentencié, sintiendo la vibración letal subiendo por mis botas—. Esos temblores son la advertencia física. Si siguen inyectando esta energía y forzando el Transmutador con estos picos de potencia, la estructura entera se va a hacer pedazos.
Lukas nos miró con una mezcla de terror e incredulidad. Se secó el sudor de la frente con la manga de su túnica.
—Pero, ¿cómo han logrado entrar? —preguntó en un susurro frenético—. Es imposible... Cada acceso está sellado con placas de Cuarzo Hialino.
Intercambié una mirada rápida con Istryel.
—Eso no importa ahora, Lukas —dijo Istryel, tratando de calmarlo—. Hemos visto lo que están haciendo. Tienes que ayudarnos a detenerlo.
Lukas soltó una carcajada amarga.
—¿Detenerlo? No lo entienden —dijo Lukas, con amargura en el rostro—.
El Transmutador se ha deteriorado con el tiempo; su núcleo es cada vez menos eficiente.
Para compensar esa ineficiencia y que allá arriba en La Corona no sientan ni un resfriado, nos obligan a inyectar más Noxita y a usar a más personas para rellenar el monolito de Solstrita.
—Y como el Consejo ignora los materiales exactos con los que fue construido, son incapaces de repararlo —interrumpió Istryel, conectando la ignorancia de la cúpula con los esquemas antiguos.
El suelo volvió a vibrar, un espasmo que hizo que las agujas de los diales de latón golpearan sus topes de seguridad con un tintineo metálico.
—Cuanto más falla el Transmutador, más "filtros" humanos necesitamos. Llevan dos décadas puliendo este sistema de sacrificio para que La Corona siga siendo el paraíso que todos envidian desde el lodo.
Miré el engranaje central del Transmutador, sintiendo el disco de metal contra mi muslo.
Podría forzar el mecanismo, podría causar una avería que detuviera el flujo de Noxita ahora mismo, pero vi a Lukas.
Vi el terror en sus ojos y la mancha de su túnica.
Si saboteábamos esto hoy, el Consejo simplemente lo ejecutaría a él, limpiaría los escombros y, en menos de una semana, otro especialista estaría aquí conectando a nuevas víctimas.
El ciclo no se detendría con un martillazo.
—No podemos simplemente romperlo —susurré, más para mí que para los demás—.
Istryel me miró, su expresión era una mezcla de rabia contenida y lucidez.
—Tienes razón.
—No vamos a destruirlo todo, al menos no todavía —dije, mirando el monolito violeta—. Si queremos salvar a esta gente y detener al Consejo, necesitamos pruebas que el Tañido no pueda borrar, algo tan real que ni siquiera La Corona pueda ignorar. Y necesitamos a los demás.
Lukas nos observaba, recuperando un poco el aliento al ver que no íbamos a causar un desastre inmediato.
—No estamos solos —continué—. Daxen sabe parte de esto.
Hay otros en los márgenes que sospechan.
Lo que hemos encontrado hoy no es el final de la misión, es el fundamento de una rebelión.
No vamos a quemar Solheim, vamos a arrancarle el parásito que tiene en el corazón.
Vamos a sacar a esos corruptos del poder y a devolverle a la Solstrita su verdadera naturaleza, sin necesidad de usar a nadie como filtro.
El suelo volvió a temblar rítmicamente. Ya no sentía el temblor como una amenaza, sino como un recordatorio. El corazón de la montaña estaba pidiendo ayuda, y nosotros éramos los únicos que podíamos dársela sin matarlo en el proceso.
La tensión en la sala dio un vuelco cuando un sonido metálico, comenzó a acercarse desde uno de los pasillos laterales. Era el traqueteo de una plataforma de carga mal engrasada.
De la penumbra surgió un hombre corpulento, con el torso cubierto por un delantal de cuero grueso manchado de polvo mineral.
Empujaba un carro cargado con cajas de plomo —el suministro de Noxita— y llevaba un trapo sucio al hombro.
Al vernos, se detuvo en seco, pero sus ojos no mostraron alarma, solo una fatiga que parecía haberle calado hasta los huesos.
—Es Jiz —susurró Lukas, haciendo una señal para que bajáramos las manos—. Viene de la Periferia. Lo tienen aquí para el trabajo que los especialistas no quieren tocar: mover la Noxita, limpiar los residuos y mantener los motores.
Jiz soltó las asas del carro con un estruendo metálico que resonó en la cámara circular. Se limpió el sudor de la frente con el trapo sucio, mirándonos con ojos entrecerrados bajo la luz violeta.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó—. No me suena haber visto sus caras por este sector, y llevo aquí más turnos de los que puedo contar. ¿Son nuevos?
Jiz se acercó un par de pasos, evaluándome. Su mirada bajó desde mi túnica blanca hasta detenerse en mis puños.
—Ningún técnico tiene las manos así —sentenció, señalando mis nudillos—. Tú has sangrado en la roca. Di un paso hacia la luz ámbar, exponiendo mis cicatrices para que viera la verdad.
—Siete años picando basalto antes de ponerme estas ropas encima —respondí con voz firme.
Jiz guardó silencio un momento, y la tensión en sus hombros pareció ceder un poco al escuchar mi procedencia.
—A mí me trajeron de la Periferia con engaños. Gané una maldita Rifa de Ingreso y creí que venía a limpiar alcantarillas por un sueldo honesto, pero me tiraron a este pozo y me esclavizaron.
Jiz señaló con un gesto de la cabeza hacia las cápsulas de cristal donde los durmientes estaban conectados al monolito.
—Es una tortura. Me tienen aquí encerrado, sin poder ver a mi familia desde hace meses, solo para que limpie la mugre y mueva estas cajas. Pero lo peor es ver a los tuyos convertidos en esto mientras tú tienes que barrer el suelo a su alrededor.
El silencio que siguió a las palabras de Jiz fue denso, solo roto por el tictac metálico de los diales y el zumbido vibrante de la Solstrita violeta. Jiz se quedó mirando fijamente el carro de plomo, como si el peso del mineral fuera lo único que lo mantenía anclado al suelo.
Miré a Istryel y luego me giré hacia Lukas. La presión en mi pecho había cambiado; sentía la urgencia de quien sabe que tiene una caldera a punto de reventar.
—Lukas —dije, acercándome a los controles de bronce—, necesitamos una forma de probar lo que el Consejo está haciendo aquí abajo. Algo que nos ayude a detener esta atrocidad, cada vez estamos más cerca de que las consecuencias nos alcancen a todos.
Lukas palideció, mirando de reojo hacia la entrada del pasillo.
—Pedirme eso es casi pedirme que firme mi sentencia… si el Consejo se da cuenta...
—Ya estamos sentenciados si nos quedamos de brazos cruzados —intervino Istryel, poniendo una mano sobre el hombro de Lukas—. Tú conoces este sistema mejor que nadie. ¿Qué hay aquí que pueda atestiguar la aberración que están cometiendo?
Lukas dudó, sus dedos jugaron nerviosamente con un selector circular. Se arrodilló junto a un lecho inactivo y desencajó un grueso tubo de aleación con un tirón.
—El cuerpo transforma la energía, pero deja su firma —susurró, entregándome el metal pesado—. Mira el interior.
El conducto estaba carcomido por un desgaste violento, cubierto de una pátina oscura.
—No es solo fricción térmica. Es el eco de una persona fundido a nivel molecular con la aleación —explicó Lukas—.
Si alguien analiza este Conducto de Inducción allá arriba no necesitará conocer nuestras máquinas; con un Lector de Espectro detectará la frecuencia humana en la matriz del metal.
Queda un rastro único de la Noxita y el filtro humano.
Es la prueba irrefutable de cómo extraen la energía.
Jiz se acercó, clavando la vista en el metal corroído. —¿Esa escoria es lo que va a detener todo esto?
—Es la prueba de que están procesando la energía a través de cuerpos humanos para mantener sus lujos —respondí, tomando el tubo con cuidado —. Con esto, Daxen puede demostrar que la Oscilancia de La Corona se alimenta de cuerpos consumidos y una energía extraña.
—Llévenselo —dijo Lukas—, pero si los atrapan con esto, no habrá forma de ocultar de dónde viene. Es la firma del Nivel 9.
De las sombras surgió un hombre de túnica blanca impecable. El estruendo del vapor ocultó su llegada. Evaluó la escena en silencio, con una rigidez de hierro. Mientras nos miraba sentí el impulso de huir pero nos quedamos esperando una reacción.
—¿Qué hacen estos técnicos aquí? —preguntó, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—. No hay ningún informe de mantenimiento registrado a esta hora.
Nuestro disfraz de técnicos nos salvó.