Capítulo 14 El sustento negro #2
—Si el mapa es exacto, esta puerta es indistinguible de la roca desde el exterior —susurró Istryel, bajando aún más la voz al acercarnos a la salida—.
El problema no es la puerta, sino quién pueda estar al otro lado.
Si hay técnicos cerca de la base del Transmutador, nos verán en el momento en que pongamos un pie afuera.
Nos detuvimos frente a la barrera final. Me pegué a la puerta, presionando el oído contra el metal frío. No se escuchaba el estruendo de la minería común; lo que percibía era un zumbido profundo y rítmico, un latido de energía que hacía vibrar mis propios huesos.
Istryel me observó en silencio, con la respiración contenida.
No tuve que buscar una solución; mis dedos, guiados por esa impronta del Creador que ahora reconocía como propia, se movieron hacia una pequeña moldura casi invisible en el marco.
Presioné con la yema del dedo en un ángulo específico y, con un chasquido apenas audible, un diminuto visor de espejos se desplegó.
Fue como si siempre hubiera sabido que ese mecanismo existía, una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Los recuerdos me mostraron algo que de otra manera no podría haber encontrado. Un sistema ingenioso y necesario si el Creador no quería ser descubierto.
Acerqué el ojo al visor. Revelaba un pasadizo que se extendía al otro lado de la roca.
—¿Puedes ver que hay al otro lado? —preguntó Istryel.
—Sí, veo una persona con túnica blanca y un visor técnico que viene caminando con paso firme. Creo que atrás viene alguien más.
Unos segundos después, otro especialista pasó portando un dispositivo de medición que emitía un pulso azulado. Ambos desaparecieron tras un recodo del pasillo exterior.
—Esperemos un momento más —dije.
Contamos unos cuantos segundos mientras el vacío se apoderaba de la imagen en el visor. No se oían pasos, ni voces; solo el zumbido constante de la gran máquina.
—Ya está despejado —susurré, apartándome del mecanismo. El visor se retrajo en silencio—. Debemos salir ahora, tenemos que movernos rápido.
Istryel asintió, ajustándose el zurrón para que nada tintineara.
Con una precisión instintiva, encajé el disco en la ranura y lo giré.
El mecanismo de la puerta oculta nos abrió paso hacia la penumbra del Nivel 9.
El aire que entró era cálido y olía a cristal calcinado y metal recalentado.
Salimos con cautela, fundiéndonos con las sombras de la galería, conscientes de que en este nivel, cada paso era una posible sentencia.
Avanzamos por el pasillo con una cautela casi agónica, pegados a las sombras que proyectaban las enormes tuberías de refrigeración.
El aire aquí abajo no era solo cálido; vibraba con una intensidad que se sentía directamente en la boca del estómago, un zumbido vibrante que parecía sintonizar con nuestros propios sentidos.
Cada paso que dábamos era un cálculo de precisión.
Intentábamos que nuestras botas no emitieran ni el más mínimo roce contra el suelo metálico, pero en aquel silencio, el peso de nuestros cuerpos se sentía como una amenaza.
Escuchábamos pasos a lo lejos —ecos metálicos y distantes que nos obligaban a detenernos y buscar refugio en las zonas de penumbra—.
En esos rincones oscuros, conteníamos la respiración, evaluando cada tubería y cada saliente como un posible escondite en caso de ser descubiertos.
Aunque nos movíamos con sigilo, por dentro el miedo era ruidoso; el latido de mi corazón retumbaba en mis oídos como si fuera una alerta real, una alarma interna que amenazaba con delatarnos ante el silencio del Nivel 9.
A mitad del corredor, pasamos frente a una sala de paredes acristaladas.
Estaba repleta de implementos de curación, vitrinas de destilación y suministros organizados con una limpieza aterradora.
Dentro, vimos a una persona de espaldas haciendo inventario, anotando datos en una tablilla de registro.
Nos pegamos a la pared opuesta, moviéndonos apenas para no atraer su mirada.
El roce de mi ropa contra el muro me pareció un estruendo, pero la figura no se giró.
Una vez que dejamos atrás el área de curación, el pasadizo se abrió de forma abrupta. Lo que encontramos al final no era otra galería, sino una cámara circular de proporciones colosales: el verdadero corazón del Nivel 9.
En el centro, rodeado por una estructura de anillos metálicos que giraban lentamente, se alzaba un monolito de Solstrita.
Pero no era el azul sereno que solía ver en las minas.
Esta piedra emitía un fulgor violeta vibrante, pulsante, y una vibración tan alta que hacía que el aire pareciera líquido.
A su alrededor, dispuestas en una red geométrica, había unas cápsulas cubiertas de cristal.
Cada cápsula contenía un cuerpo. Junto a ellos otro recipiente grande y transparente que estaba lleno de una piedra metálica, oscura y tan densa que parecía absorber la luz del pasadizo, alimentaba las cápsulas.
Vi a Istryel y señalé hacia ese material.
—Eso que está en los recipientes no se parece a nada que haya visto antes.
Ella no me miró. Seguía observando a la mujer que dormía en la cápsula frente a nosotros, conectada por tubos que brillaban con un violeta furioso.
—En los laboratorios del Cénit y en la cúpula del Consejo lo llaman el «Sustento Negro» —susurró Istryel, con la voz quebrada mientras observaba el mineral oscuro fluyendo por los tubos—.
Su nombre técnico es Noxita. Es un material que el Consejo juró que no existía en Solheim porque es extremadamente difícil de conseguir.
—¿Y qué lo hace tan especial? —pregunté, sin poder apartar la vista del fulgor violeta.
—La cantidad descomunal de energía bruta que se puede producir con este —dijo frunciendo el ceño mientras conectaba las piezas—. Están convirtiendo ese poder a través de los conversores orgánicos en Oscilancia. Aplicaron las teorías del libro y parece que les funcionó.
De repente, una voz temblorosa rompió el zumbido de la sala:
—¿Istryel? ¿Eres tú?
Nos quedamos petrificados. El miedo me recorrió los huesos como una fuerte vibración; nos habían descubierto. Me giré despacio, con la mano buscando instintivamente cualquier herramienta pesada en mi cinturón, convencido de que este era el fin.
De entre la maquinaria de engranajes silenciosos y grandes esferas de medición salió un hombre joven.
Llevaba la túnica blanca de los especialistas, pero estaba arrugada y sus ojos, tras unas lentes de precisión montadas en un marco de cobre, reflejaban un completo agotamiento.
Al reconocer a Istryel, su rostro pasó del pánico a una incredulidad dolorosa.
—¿Lukas? —Istryel dio un paso atrás, su voz era un hilo de espanto—. Elial, él... él trabajaba conmigo en El Cénit.
—No puede ser... —balbuceó Lukas, mirando a su alrededor como si esperara que las paredes nos tragaran—. Si te encuentran aquí, Istryel... si saben que has visto esto...
—Ya lo hemos visto, Lukas —le interrumpí, tratando de que mi voz no temblara tanto como mis manos—. Ahora dinos qué demonios le están haciendo a esta gente.
Lukas se hundió en un taburete frente a un panel de control cubierto de diales de latón y pequeños cilindros de medición donde un líquido violeta subía y bajaba, indicando los niveles de presión. Se ocultó el rostro entre las manos, que estaban manchadas de un aceite fino y oscuro.
—No tengo elección. Me trajeron aquí después de que tú "desaparecieras". Amenazaron con enviar a mis padres y a mis hermanos fuera de Solheim si no ayudaba a estabilizar los flujos de las agujas.
Istryel suavizó la mirada por una fracción de segundo, comprendiendo el peso del chantaje que el Consejo usaba para atar a sus científicos.
—Te convirtieron en su rehén, Lukas —murmuró ella.
Él asintió con pesadez.
—El Consejo necesitaba más energía de la que la Solstrita puede dar por sí sola —explicó Lukas, hablando rápido, mientras ajustaba un pequeño mando circular que hacía girar una serie de placas numeradas—. Al principio, experimentaron extrayendo energía directamente de una persona.
—Como advertía el manual antiguo de la biblioteca... —lo interrumpí, sintiendo un nudo frío en el estómago al conectar las piezas—. La teoría de la inducción directa.
—Sí —concedió Lukas, mirándome con desesperación—. Lograban crear la misma esencia de la piedra, pero en una cantidad mínima, una chispa que no significa nada para sostener a toda la ciudad. Por eso recurrieron a la Noxita.
Señaló entonces las cápsulas de sustitución que estaban en la penumbra.
—Están matando a estas personas... —murmuré, sintiendo náuseas al ver los cuerpos conectados—. Están consumiendo toda su energía hasta vaciarlas por completo.
—No siempre —me corrigió Lukas, negando con la cabeza con amargura—. Por eso pueden sustituir a las personas. No necesitan quedarse con ellas para siempre; una vez que el monolito ha recuperado su carga, las sacan de aquí y traen a otras.
—Y los devuelven vacíos —interrumpió Istryel, con la mirada endurecida—. Mis contactos en Planificación ya me habían filtrado reportes sobre operarios que emergían con la mente destrozada, y tú mismo lo presenciaste, Elial. Viste a unos guardias arrojar a un hombre moribundo en la Periferia.
—Exacto —asintió Lukas, bajando la vista—. El Consejo se ha inventado que es una enfermedad nueva, una especie de fatiga de las minas, para que nadie haga preguntas. A algunos incluso los han devuelto a sus puestos de trabajo en la superficie o en los márgenes.
—¿Y cómo se aseguran de que no hablen? —pregunté, buscando la falla lógica en el plan del Consejo—. Si los devuelven a la superficie o a los márgenes, alguien tendría que recordar lo que les hicieron aquí abajo.