Solheim La Disonancia Capítulo 14 El sustento negro
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Capítulo 14 El sustento negro

—¿Elial? —Una voz suave pero firme me detuvo en seco mientras caminaba.

Me giré lentamente. Un hombre joven, de aspecto pulcro y ojos inquietos tras unas gafas de precisión, me observaba con una curiosidad que me puso los pelos de punta.

No llevaba el uniforme de los guardias, sino la túnica técnica de los especialistas.

No sabía quién era y por qué sabía mi nombre lo que me puso muy alerta.

—Sí, soy yo —respondí, tratando de mantener mi voz plana.

—Me lo imaginaba. Yo estaba allí el día que comprobaron tu impronta de frecuencia —dijo, y una pequeña sonrisa de fascinación técnica asomó a sus labios—. Trabajo en El Cénit. De hecho, soy uno de los que ayudó a desarrollar el visor que usamos para interpretar las ondas visualmente.

Contuve el aliento de golpe. Mi mente voló al momento en que Daxen tuvo que mentir para cubrirme.

—Fue... extraño —continuó él, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto profesional—.

Nunca en mi carrera había visto algo así en el visor.

No era un error de lectura, Elial. Era como si se combinaran dos frecuencias diferentes en un mismo cuerpo, algo que físicamente no debería ocurrir.

He estado dándole vueltas a esos datos todas las noches.

Sentí un sudor frío recorriéndome la espalda. Si este hombre seguía rascando en la superficie de mi anomalía, descubriría que mi naturaleza había sido reescrita por la tecnología de los creadores.

—Mira, no es nada oficial, el Consejo no tiene por qué enterarse —añadió—, pero me encantaría poder observar ciertas cosas en un entorno controlado. Si tuvieras un hueco, búscame en la Oficina 15. Pregunta por Zael. Podría ser un gran avance para nuestras investigaciones sobre la resonancia.

—Ahora mismo tengo un encargo urgente —dije, frotándome la nuca y forzando un suspiro de cansancio—. Pero... lo tendré en cuenta. Gracias, Zael.

Zael asintió, satisfecho, y se alejó por el pasillo. Me quedé allí parado un segundo. Zael era una variable que no estaba en el mapa, y si seguía escarbando, desmantelaría nuestra mentira. Pero justo ahora, el tiempo era lo único que no tenía; el Nivel 1 nos esperaba

Caminé hacia la zona de despachos con el encuentro de Zael todavía martillando en mis sienes.

Al llegar, vi a una mujer que me costó reconocer al principio.

Era Istryel, pero su elegancia sobria de la Zona Media había desaparecido.

Llevaba un mono de trabajo, desgastado en las rodillas y manchado de hollín, con el cabello recogido bajo una gorra de lona.

Parecía una operaria curtida en las minas, alguien que no llamaría la atención ni en el más ruidoso de los montacargas.

Nos intercambiamos una mirada rápida; no era necesario hablar.

Nos acercamos a la ventanilla de registros. Una administrativa mayor, que revisaba papeles con una parsimonia casi maternal, nos atendió. Al ver la solicitud para el primer nivel de las minas, arqueó las cejas y nos dedicó una mirada de lástima mientras sellaba los permisos.

—Vaya sitio les ha tocado hoy, muchachos —Nos deslizó dos pesados zurrones de carga por el mostrador, dándoles un golpecito con los nudillos—.

Lleven sus herramientas. El Nivel 1 está más solo que un cementerio.

Tengan mucho cuidado al cruzar la intemperie; y una vez adentro, las luces de la mina en esa zona fallan constantemente, está todo muy abandonado y hace un frío que se te mete en los huesos.

No hay nadie para echarles una mano si les pasa algo.

—Gracias, lo tendremos en cuenta —respondí, tomando los papeles y el zurrón con firmeza.

Con todo listo salimos del edificio. Para llegar al acceso del Nivel 1 debíamos salir del recinto amurallado de la ciudad. Era una acceso más antiguo diferente a donde estaban los elevadores.

Caminamos desde la Intendencia hacia la Puerta Noroeste.

Mientras avanzábamos, al acercarnos al muro, desatamos los gruesos abrigos de nuestros zurrones y nos los pusimos.

Al cruzar al otro lado, las temperaturas heladas nos esperaban.

Nos adentramos en el terreno de los edificios viejos y ruinosos que los excluidos usaban para vivir.

Seguimos hasta dejar atrás ese laberinto de miseria y nos adentramos en la planicie, allí sólo nos rodeaba la arena negra y la nieve.

Vimos a lo lejos los rieles de la línea del tren de transporte y los seguimos.

Avanzamos hacia el norte, soportando la inclemencia del clima hasta alcanzar las formaciones rocosas que delineaban el borde exterior de la montaña.

Allí, incrustada en la roca estéril, se alzaba por fin la Boca de Hierro, el acceso exterior de las minas. Era una imponente estructura de acero y, en lo alto, un puesto de vigilancia cerrado la coronaba; desde su chimenea ascendía un hilo de humo, delatando un calor que nosotros ya no sentíamos.

Al vernos, uno de los guardias bajó desde su posición elevada.

Se acercó con una desconfianza evidente; casi nadie frecuentaba aquel acceso y nuestra presencia resultaba una anomalía.

Mientras uno nos pedía los documentos con gesto hosco, el otro se mantuvo alejado, vigilándonos en silencio desde la distancia.

Tras una revisión minuciosa y la confirmación de que nuestros pases eran verdaderos, el primero alzó la voz hacia la torre:

—¡Son reales! ¡Puedes abrir!

La puerta retumbó con un estruendo metálico que hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies. Era una mole inmensa que se deslizaba con pesadez, revelando los rieles que se hundían en las entrañas de la montaña.

Al cruzar el umbral, el viento del páramo se coló con nosotros.

Sin embargo, a medida que nos alejábamos de la inmensa puerta de acero y nos internábamos en el Nivel 1, el hielo cedió.

La roca volcánica actuaba como un aislante natural; el aire dejó de formar neblina con nuestro aliento para estabilizarse en un frío húmedo, el clima constante de las cuevas agotadas.

Había una mezcla densa de polvo mineral y el olor acre del carbón quemado que los trenes dejaban a su paso.

La visibilidad en el Nivel 1 era casi nula; solo unas pocas lámparas de seguridad parpadeaban a lo lejos, proyectando sombras alargadas sobre los rieles.

Consultamos el mapa en silencio. Siguiendo las rutas, avanzamos hacia las profundidades del sector, alejándonos de las vías principales hasta llegar a un punto donde se erguía una columna inmensa de basalto, un pilar natural reforzado que se perdía en la oscuridad del techo.

—Es aquí —susurré, señalando una pared lateral cubierta de costras de hollín y polvo acumulado por décadas. En mi bolsillo, el metal del disco empezó a emitir esa inconfundible resonancia helada, confirmando lo que mis ojos apenas podían distinguir.

Con las manos temblorosas, limpiamos la superficie de la piedra hasta que el grabado emergió: un ojo enmarcado por espinas entrelazadas. Era una marca sutil, casi invisible para alguien que no supiera qué buscar. Encontré la ranura oculta y deslicé el disco. La pared de roca cedió con suavidad.

Tras tomar el disco de vuelta la pared de piedra se cerró y el silencio del pasadizo nos envolvió.

La luz blanca nos obligó a entrecerrar los ojos por un momento.

Avanzamos por el pasadizo hasta detenernos frente a la puerta metálica donde llegaba cápsula.

Junto al marco, incrustado en la pared, encontramos el mecanismo de control.

Encajé el disco en la ranura. El metal respondió con un chasquido. Con un movimiento firme, giré el disco, haciendo que la muesca apuntara hacia el número seis.

Al instante la puerta se deslizó, revelando el interior del habitáculo.

Era tan estrecho como lo recordábamos; al entrar, tuvimos que pegarnos el uno al otro, con los zurrones de carga estorbando entre nuestros cuerpos.

Tiré del disco recuperándolo con un movimiento rápido y guardándolo con cuidado en mi bolsillo.

Las puertas se cerraron. Con el disco a salvo la cápsula inició un descenso vertiginoso por el pozo secreto, alejándonos del aire viciado de la mina hacia el corazón oculto de la montaña.

El regreso al Nivel 6 se sintió diferente esta vez. Al deslizarse las puertas de la cápsula, la luz del refugio nos recibió en su silencio milenario.

Sin perder tiempo, comencé a aligerar mi equipo.

Me despojé del zurrón de herramientas pesadas, dejando sólo lo indispensable para lo que esperaba fuera una incursión rápida.

Aprovechando la privacidad del refugio, nos deshicimos de los abrigos y de los trajes de trabajo manchados de hollín para ponernos las prendas más limpias y de colores neutros que habíamos traído ocultas; una vestimenta sencilla que, en la penumbra de los niveles inferiores, nos permitiría pasar por técnicos de mantenimiento o asistentes de superficie en lugar de simples operarios.

—Estamos listos —le dije a Istryel—. Lo que sea que encontremos en el Nivel 9, cambiará todo.

Regresamos a la pequeña cápsula, encajé el disco en el selector y giré la marca hasta el número nueve. Recuperé el disco y la puerta se cerró, sellándonos de nuevo en aquel espacio mínimo.

La cápsula vibró ligeramente antes de iniciar un descenso hacia lo desconocido.

La cápsula se detuvo con un susurro y las puertas se deslizaron para revelarnos el acceso al Nivel 9. Al igual que en los niveles anteriores, nos recibió un pasadizo lleno de luz.

Caminamos por el pasillo en silencio, con la mirada fija en la puerta metálica que se alzaba al fondo. Cruzar ese paso significaba salir cerca de las bases del Transmutador, un área restringida.

A medida que acortábamos la distancia, la tensión comenzó a pesar en el aire. Aquí dentro estábamos a salvo de miradas indiscretas, pero al otro lado de esa plancha de metal, la situación era impredecible.