Capítulo 13 El Prisma de Ambar
Me miré al espejo de mi pequeño cuarto, ajustándome el cuello de la camisa.
Hacía meses que no ponía un pie en "El Prisma de Ámbar".
Aunque cruzaba la Zona Media todos los días para ir a trabajar, entrar a un lugar de ese calibre era otra historia.
La última vez que estuve allí fue antes de que la tensión en la ciudad empezara a asfixiarme.
Traté de sacudirme la tensión de los hombros y salí directo hacia la reunión. Por fuera, parecía alguien más de Solheim buscando una noche de distracción; por dentro, mi mente no dejaba de repasar los diagramas del Libro y la certeza de que el sistema estaba siendo forzado hasta el colapso.
Salí a la noche. Caminé con calma, manteniendo un paso natural hasta que divisé a Istryel cerca del punto acordado. Ella vestía con una elegancia sobria que la hacía encajar perfectamente entre la multitud de la Zona Media.
Cuando llegamos a las puertas de "El Prisma de Ámbar", la música golpeaba desde el interior, filtrándose por las enormes láminas de cristal.
Al entrar, nos envolvió una marea de gente: ciudadanos bailando, risas que rebotaban en las paredes decoradas con ámbar y el aroma dulce de las bebidas costosas.
Nos abrimos paso entre la multitud de la planta inferior.
—Busca al dueño —me susurró Istryel, acercándose para que su voz no se perdiera entre los bajos de la orquesta.
Recorrimos el salón con la mirada, buscando nuestro objetivo entre el mar de gente. Avanzamos hasta la barra principal. El tabernero, un hombre joven que se movía con precisión sirviendo bebidas de colores vibrantes, nos miró apenas un segundo antes de seguir con su trabajo.
Me incliné hacia adelante, tratando de que mi voz se proyectara por encima del estruendo de los bajos de la orquesta.
—Buscamos a Marek —dije, usando el nombre que Belthor nos había dado—. Venimos de parte del "viejo del muelle".
El tabernero se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron mi túnica y luego se posaron un instante en Istryel.
No dijo nada, pero dejó la botella sobre la barra y nos hizo un gesto casi imperceptible para que lo siguiéramos hacia el extremo de la barra, donde una cortina de terciopelo marcaba el límite para el personal.
Cruzamos la cortina y el ruido de la fiesta se amortiguó de golpe.
Caminamos por un pasillo, pasando por el calor de las cocinas y el trasiego de camareros, hasta que el hombre se detuvo frente a una pared revestida de madera oscura que parecía no tener salida.
Presionó una moldura decorativa y una sección de la pared se deslizó sin hacer ruido, revelando un pasadizo estrecho y pobremente iluminado.
—Bajen las escaleras. No se detengan hasta la última puerta —susurró antes de cerrar el panel tras nosotros.
Mis pasos y los de Istryel resonaban en el suelo de piedra mientras bajábamos hacia lo que parecía el corazón mismo del edificio.
Al final de la escalera, una puerta de madera maciza nos esperaba. Tomé aire, sintiendo el peso de la incertidumbre sobre los hombros, y empujé con suavidad.
La habitación era amplia y discreta, lejos del brillo estridente de la pista de baile. Estaba iluminada por unos apliques de pared comunes que bañaban el lugar con una luz ambarina tranquila. Allí, junto a una mesa llena de documentos, estaban ellos.
Belthor se puso en pie en cuanto entramos. Sin embargo, mi atención se centró de inmediato en la otra figura. Sentado en un sillón de cuero, despojado de su capa oficial y de la mirada gélida que solía mostrar, estaba Daxen.
Era la primera vez que lo veía así, sin la máscara de autoridad que lo protegía en la zona alta.
El hombre que me había salvado de aquella revisión y de convertirme en un sospechoso directo para el Consejo ahora nos observaba en silencio, evaluándonos.
No sabíamos qué quería de nosotros ni de qué pensaba hablar exactamente, pero su sola presencia allí, en secreto, ya era una respuesta por sí misma.
—Llegan a tiempo —dijo Daxen. Su voz, ahora humana y sin el tono de mando oficial, resonó en la sala—. Gracias por venir.
Belthor asintió desde su lado de la mesa.
—Dejemos las cortesías para cuando Solheim no se esté cayendo a pedazos —cortó el viejo ingeniero—. Daxen tiene información de la cima. Escuchen.
Daxen se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos sobre la mesa.
—He estado observando las fluctuaciones en la red y es innegable: existen problemas graves con el flujo de energía que la Aguja ya no puede compensar.
—Una facción del Consejo ha decidido actuar por su cuenta.
Han iniciado experimentos no revelados, movimientos que se ocultan tras informes técnicos falsificados y desvíos de recursos.
Su objetivo es suplir la necesidad de energía de la Solstrita a cualquier precio.
Como Intendente, no tengo acceso a los niveles más profundos de esa investigación, pero los datos que pasan por mi despacho no mienten. Puedo deducirlos.
Daxen bajó el tono de voz
—Creo que todos en esta sala hemos llegado a la misma conclusión, aunque sea difícil de pronunciar en voz alta —continuó, observándonos con gravedad—.
Están experimentando con personas. No sabemos exactamente el "cómo".
Ni qué proceso están usando para convertir la esencia humana en combustible para la red.
Pero las desapariciones que estamos detectando no dejan lugar a dudas.
Aquello validaba nuestros peores temores.
—El problema —añadió Daxen, mirando los documentos sobre la mesa— es que este proceso es inestable por naturaleza. Están intentando forzar una solución externa a un sistema que se está muriendo por dentro.
Istryel se inclinó hacia adelante. Sacó el manual de los creadores de su zurrón y lo apoyó sobre la mesa, dejándolo frente a Daxen.
—No es solo que el sistema sea inestable, Daxen —comenzó Istryel—. Es que están intentando resolver un problema de ingeniería con atrocidades morales, y técnicamente están condenados al fracaso.
Señaló los diagramas del libro, esos planos que yo apenas había empezado a comprender pero que para ella eran una hoja de ruta hacia la verdad.
—Este manual de los creadores detalla la construcción original de la Terminal —explicó Istryel—.
El Consejo cree que la entiende porque ha replicado las formas, pero carecen de los minerales primordiales que estabilizan el núcleo.
Sin esos componentes originales, cualquier intento de forzar la carga para satisfacer a La Corona —ya sea con Solstrita o con esa energía adulterada— solo acelera el desgaste de la infraestructura hasta su punto de ruptura.
Me fijé en cómo Daxen observaba las páginas. Sus dedos rozaron el papel antiguo, asimilando que la ruina de Solheim no era solo una teoría.
—Si siguen por este camino —continuó Istryel—.
Solheim colapsará. Esos experimentos oscuros no son una solución, son un catalizador para el fin.
Están forzando un transmutador diseñado para la armonía con una fuente de energía que el sistema rechaza.
Tarde o temprano, la vibración hará pedazos la Aguja.
Istryel cerró el libro, cubriéndolo con la mano.
—Aquí está la respuesta a cómo procesar la Solstrita de forma correcta, la ciencia que el Consejo desearía tener para salvar su estatus.
Pero como científica que estuvo allí, en el Cénit, sé que a ellos no les importa la verdad ni la estabilidad real.
Solo les importa mantener el poder. Si les entregamos esta información, la usarán para perfeccionar sus horrores, no para detenerlos.
Ya han demostrado que están dispuestos a llegar a cualquier extremo.
Daxen levantó la vista del libro y me miró a mí, luego a Istryel.
—Entonces —dijo Daxen con voz grave—, tenemos la razón del desastre y una cura que no podemos confiar a los técnicos.
Daxen se quedó mirando el libro en silencio durante unos segundos. La luz ambarina de la sala proyectaba sombras profundas en su rostro, haciéndolo parecer más cansado de lo que recordaba en la Intendencia.
—Lo que dices tiene sentido, Istryel —dijo Daxen—.
El Consejo no es un bloque monolítico de mentes perversas, aunque a veces lo parezca.
Hay muchos allí arriba que simplemente no se han interesado en investigar.
Se han acomodado a la conveniencia de que las luces sigan encendidas y el estatus se mantenga, ignorando las señales de alarma por puro confort.
Se volvió hacia mí.
—Si logramos presentarles esta realidad —continuó—, si comprenden que la infraestructura misma de Solheim está herida de muerte por su ignorancia técnica, podríamos conseguir aliados.
Hay hombres y mujeres en puestos clave que no están de acuerdo con los métodos radicales, pero que necesitan un empujón para salir de su pasividad.
Daxen se inclinó sobre la mesa, bajando aún más el tono, obligándonos a acercarnos.
—Sin embargo, el conocimiento de este libro y sus conclusiones técnicas no serán suficientes para moverlos a la acción.
El Consejo es experto en desacreditar teorías y ocultar manuales antiguos.
Para que los indecisos se vuelvan contra los que dirigen estos experimentos, necesitamos algo que no puedan ignorar.
Me miró fijamente, y supe lo que iba a decir antes de que las palabras salieran de su boca.
—Necesitamos pruebas físicas de lo que están haciendo con las personas.
Datos concretos, ubicaciones o, mejor aún, registros del proceso de extracción.
No podemos ir a la guerra solo con planos del pasado; necesitamos mostrarles el horror del presente.
Si les damos una prueba irrefutable de que sus manos están manchadas de sangre y de que su propia ignorancia nos va a enterrar a todos, el equilibrio en el Consejo se romperá.
—Daxen, el disco que tienes... —comencé—.
Es la llave para un sistema de tránsito vertical que el Consejo ni siquiera sospecha que existe.
Istryel y yo encontramos un repositorio oculto de los creadores y allí descubrimos que diseñaron una manera para moverse entre la superficie y las profundidades.
Una cápsula que permite bajar directamente a los niveles de la mina, con puertas ocultas en cada uno de ellos y estancias que no aparecen en ningún registro oficial.
Daxen se mantuvo inmóvil.
—Es la forma de llegar al Nivel 9 sin que nadie nos vea —continué—.
Pero el acceso de la superficie está en una mansión de La Corona.
Ya estuvimos allí, salimos por una puerta oculta en su biblioteca tras usar la cápsula desde el repositorio.
Intentamos entrar al sistema por fuera, por un conducto en la montaña, pero fue allí donde casi muero.
Toqué mi sien, sintiendo el latido de la frecuencia alterada.
—Ese conducto tenía un Filtro de los creadores que casi me desintegra, pero logré cruzarlo.
Ahora comprendo la infraestructura original, reconozco las estancias ocultas y sé que la única forma de bajar hasta el fondo de la mina sin ser detectados es usando la red de esa cápsula secreta.
Si logramos acceder a ese eje central, podremos burlar toda la seguridad del Consejo.
Miré a Daxen a los ojos, esperando que comprendiera que el disco que él guardaba era el único pase al Nivel 9 que el Consejo no podía revocar.
—El problema es cómo entrar en esa casa —concluí—. Escalar la montaña por fuera es un riesgo altísimo que prefiero evitar si hay otra opción. Busquemos un acceso más simple.
Istryel sacó el mapa de los creadores del zurrón.
Al desplegarlo sobre la mesa, la luz ambarina del reservado pareció bailar sobre los trazos antiguos.
Istryel señaló el punto en La Corona, una propiedad situada en el risco más alto, donde la luz de la Aguja golpea con más fuerza.
Al ver la marca, el rostro de Daxen se contrajo.
Su mandíbula se tensó tanto que los músculos del cuello se hicieron visibles bajo la luz tenue.
—Es la residencia de Varkas —dijo Daxen, y el nombre pareció enfriar el aire de la habitación—.
El Alto Consejero.
El hombre que firma las cuotas de energía y quien más ha presionado para silenciar los informes que demuestran que la extracción ha tocado su límite físico y técnico.
Istryel asintió, recordando su huida. —Logramos salir de allí por la puerta secreta después de que la cápsula nos dejara en la biblioteca.
Daxen golpeó rítmicamente la mesa con los dedos.
—Varkas tiene lectores de pulso en cada acceso principal de la mansión —mencionó, con una expresión de advertencia—.
Conocemos las rutas de servicio, pero sin una firma autorizada que el sistema reconozca, esas puertas son muros de piedra.
Físicamente no hay forma de abrirlas desde fuera.
Me incliné sobre el mapa, señalando las líneas que representaban los niveles superiores de la mina.
—La mansión no es la única opción para entrar, sino para salir si algo sale mal —dije con firmeza—.
Tenemos que ir por las minas. Los niveles 1 y 2 están prácticamente abandonados; el Consejo los considera agotados, llenos de escombros.
La seguridad allí es mínima y el ingreso por la Boca de hierro lo hace más viable.
Daxen entornó los ojos, viendo la lógica técnica del plan.
—Como Intendente, puedo autorizar una orden de inspección estructural en esos niveles —propuso—.
Con los temblores que está sufriendo la Aguja por la inestabilidad energética, nadie cuestionará que envíe a dos técnicos a revisar las vigas de carga en el Nivel 1.
Les daré pases oficiales. Los guardias de las minas los reconocerán como operarios de mantenimiento.
—Y una vez allí —añadí, mirando a Istryel—, usaremos el disco. Si el mapa es exacto, la estancia del Nivel 1 tiene su propio acceso a la cápsula. Podemos bajar directamente al 9.
Daxen sacó un pequeño sello metálico de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa, junto al disco que yo le había confiado.
—Mañana a primera hora tendrán sus permisos sellados —sentenció Daxen—.
Vayan al Nivel 1, busquen esa puerta y asegúrense de que lo que encuentren en el Nivel 9 valga el riesgo.
Porque si se pierden en esas estancias ocultas, no habrá registro oficial que pueda rastrear su paradero.
Para Solheim, simplemente habrán desaparecido en las sombras de la mina.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de acción.
El plan estaba trazado: entrar por la zona que el Consejo despreciaba para llegar al lugar que más temían.
Antes de abandonar la seguridad de la habitación, extendí la mano, recogí el disco de la mesa y sentí su frío familiar al guardarlo de nuevo en mi bolsillo.