Solheim La Disonancia Capítulo 12 Herencia exiliada #2
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Capítulo 12 Herencia exiliada #2

La expresión de Istryel se suavizó un poco.

—Fui a verlo. Estaba en su refugio. Logré conseguir algunos extractos vitales y ungüentos de Solstrita para curar su herida; ha logrado salvarse, aunque por muy poco.

Me contó lo difícil que fue regresar vivo.

No lo habría logrado solo; estaba perdiendo demasiada sangre y el frío lo estaba consumiendo, pero un grupo de habitantes de la periferia lo encontró y lo llevó a rastras hasta su refugio.

Garek es duro, Elial, pero esa montaña casi se lo queda.

—Es un hombre de la intemperie. El hielo no lo iba a quebrar tan fácil —murmuré. El alivio me destensó los hombros por una fracción de segundo. Me puse de pie. El mensaje para Belthor era nuestra prioridad.

Salí del Archivo de las Sombras con una misión clara, pero apenas había avanzado un par de calles cuando el aire mismo pareció fracturarse.

Aquel fue el momento en que sonó el Tañido del mediodía.

Ahora, con mi nueva naturaleza vibrando en una frecuencia discordante, el Tañido ya no era la misma molestia que estaba acostumbrado a soportar.

Sentí que mis dientes vibraban y que el zumbido constante en mi lado derecho se transformaba en una tensión latente que amenazaba con desconectarme los sentidos.

Me detuve en seco, apretando los puños y cerrando los ojos con fuerza.

Si antes me causaba una jaqueca irritante, ahora era una tortura sensorial que me hacía querer arrancarme la piel.

Me apoyé contra una columna de piedra, respirando con dificultad.

Cuando el eco del Tañido finalmente se disipó, mis sentidos quedaron en carne viva. Tomé un momento para recuperarme y continué mi viaje hacia la costa.

Al cruzar a los muelles el frío, el salitre y el aceite quemado me recibieron.

El estruendo de las grúas de vapor y las válvulas de presión barrieron cualquier murmullo de la ciudad.

Fui directo al muelle secundario donde estaba el taller de Belthor.

Allí estaba él, hundido en las entrañas de un Rompehielos Negro.

Estaba con el torso inclinado sobre la carcasa abierta de un motor de núcleo.

Sus manos, nudosas y expertas, estaban completamente manchadas de una grasa espesa que brillaba bajo las lámparas de Mica de Plata.

Con una llave de impacto de latón, ajustaba los pernos de una de las cámaras de presión selladas, mientras el vapor escapaba en rítmicos soplidos a su alrededor.

—¡Sujeta esa válvula, muchacho! —le gritó a un joven ayudante antes de notar mi presencia.

—¡Elial! —exclamó Belthor al verme, dejando caer la llave de latón sobre su mesa de trabajo.

Su rostro, curtido por el viento marino y los años de ingeniería, se iluminó con una sonrisa genuina.

Me estrechó en un abrazo firme, un gesto lleno de un cariño que me devolvió por un momento la sensación de pertenecer a este mundo—.

Por los Fundadores, muchacho... me dijeron que habías tenido un "percance". Pareces haber regresado de una guerra.

Nos apartamos hacia un rincón más tranquilo, protegidos por el estruendo de una turbina cercana que aseguraba que nuestras palabras no viajaran más allá de nosotros.

—El Intendente me encubrió frente a la guardia. Sabía lo del disco —dije, yendo al grano—. Istryel me dijo que ustedes operan juntos.

Belthor se apoyó en una pila de cajas de madera reforzada y soltó un suspiro.

—Daxen y yo nos conocemos desde hace mucho más tiempo de lo que imaginas, Elial —comenzó Belthor, bajando la voz—.

Él es como tú. El Tañido no le afecta, no le nubla el juicio ni le regala esa paz artificial que ves en los demás.

Él fue quien me encontró; vio que yo tampoco era igual a todos, aunque a mí el Bronce Negro sí logra sacudirme un poco.

Belthor señaló con la cabeza hacia el horizonte, donde la silueta de la Aguja Central dominaba el cielo.

—Por eso vivo aquí, en los muelles. Estamos casi fuera de los límites de la ciudad, y la frecuencia del Tañido llega debilitada, apenas como un susurro. Aquí puedo pensar sin que esa "calma" me asfixie el cerebro.

Belthor me miró con una seriedad que me hizo olvidar por un momento el cansancio de los últimos dos días.

—Durante años, Daxen y yo compartimos observaciones que no podíamos ignorar.

Veíamos el atontamiento de las personas, la forma en que el Consejo los moldeaba a su antojo.

Había cosas raras, inconsistencias en los registros de energía y en los suministros para la sala de curaciones que decidimos descifrar.

No ha sido nada fácil, Elial. Incluso con el alto rango de Daxen, él tiene un límite.

El Consejo guarda los secretos de la Aguja y lo que hay más allá bajo siete llaves; ni siquiera los jefes de departamento tienen acceso a la verdad completa.

Solo ellos, los de arriba, conocen el mapa total del engaño.

El viejo ingeniero sacó un pequeño pañuelo para limpiarse la frente, pero sus ojos no se apartaron de los míos.

—Por eso te di el disco. Ya sospechábamos que era una pieza clave, pero no sabíamos cómo usarlo ni teníamos la posición adecuada para infiltrarnos sin ser detectados.

Conocíamos el símbolo del ojo entre espinas, pero te necesitábamos a ti.

Necesitábamos a alguien con tu instinto, tu posición en la terminal y, sobre todo, tu capacidad de ver lo que otros prefieren ignorar.

Eres la pieza que nos faltaba para completar el engranaje.

Belthor me puso una mano pesada en el hombro, apretando con fuerza.

—Daxen arriesgó su puesto para encubrir la anomalía de tu captor. Estaba esperando a que despertaras para dar el siguiente paso. Le haré llegar el mensaje de inmediato. Él fijará el momento y el lugar para nuestra reunión. Ve con Istryel y mantente alerta.

Asentí, sellando el próximo movimiento sin necesidad de más palabras.

—Cuídate la espalda —murmuré a modo de despedida. Me di la vuelta y dejé que el ruido de los muelles me tragara para emprender el regreso.

Estaba de camino cuando de repente, las fachadas desgastadas y las calles cubiertas de una fina capa de polvo desaparecieron.

En su lugar, la ciudad se ensanchó. Mis botas golpearon un pavimento de una piedra blanca que emitía un brillo suave, como si la propia calzada estuviera impregnada de Solstrita.

Avancé a través de una brisa fresca que olía a vegetación, dejando atrás el aire estancado de los distritos obreros.

Todo estaba cuidado con una precisión armoniosa; recordaba a La Corona, pero sin esa opulencia arrogante. Era una elegancia funcional, una utopía en cada rincón.

Al girar la esquina sin detener el paso, la biblioteca se alzó ante mí como un santuario de luz.

Las ventanas eran inmensas y las puertas de bronce brillaban como el oro bajo un sol sin bruma.

Había personas moviéndose por los jardines con túnicas sencillas, conversando con una vivacidad que hoy parece prohibida.

—¡Eh! ¡Cuidado! —un grito ronco me sacudió los hombros.

Un Vector pasó a una mínima distancia de mí, deslizándose en silencio, apenas un zumbido que removió el aire. Al pasar, el desplazamiento de su campo de repulsión levantó una nube de polvo gris de la calle, que se me metió en los ojos y me hizo toser. El espejismo se hizo añicos.

La piedra blanca volvió a ser basalto desgastado.

La armonía de la visión desapareció, devolviéndome a una ciudad fracturada entre el resplandor arrogante de la cima y el hollín a mis pies.

Me quedé allí, de pie en mitad de la calle, sintiéndome completamente desorientado mientras el zumbido en mi oído regresaba con una punzada de dolor, un recordatorio físico de que mi mente ahora era un puente roto entre dos mundos.

Llegué al Archivo de las Sombras casi sin aliento, con la mirada de quien ha visto a un muerto caminar.

Entré con la respiración entrecortada y el polvo de la calle todavía en la garganta. Istryel y Zelán levantaron la vista de inmediato; mi rostro debía de ser un mapa de confusión y asombro.

No perdí tiempo. Me apoyé en la mesa.

—He visto a Belthor —solté, mientras recuperaba el aliento—. El mensaje llegará a Daxen hoy mismo. Están listos para la reunión, aunque Daxen tendrá que ser extremadamente cauteloso.

Hice una pausa, mirando a Istryel, quien asentía con una gravedad expectante.

—Belthor me lo contó todo —continué—. Daxen es como nosotros; el Tañido no lo doblega. Llevan años observando este atontamiento colectivo, este engaño del Consejo. Me dio el disco porque sabían que era la llave, pero necesitaban a alguien que pudiera "sintonizar" con él. Me necesitaban a mí.

Zelán me observaba con sus ojos sabios, notando que algo más me inquietaba. Le describí la visión que acababa de tener en la calle: la Solheim Blanca, la biblioteca de puertas abiertas y la ausencia de esa pesadez que hoy llamamos orden.