Capítulo 12 Herencia exiliada
Caminaba por una Solheim que no reconocía, pero que sentía extrañamente familiar.
El horizonte estaba limpio de muros y chimeneas.
Caminaba por amplias avenidas de piedra blanca y jardines abiertos que respiraban sin obstáculos, derramándose en una pendiente suave hasta chocar contra una costa vibrante.
Veía rostros que nunca me había cruzado: hombres y mujeres que reían, con los ojos completamente limpios de docilidad.
Vi a un hombre rodeado de planos que no hablaban de control, sino de sanación.
La Oscilancia no se usaba para alimentar máquinas de guerra o lujos de élite, sino para nutrir la tierra.
Pero entonces, todo se tiñó de sombras. La armonía fue rota por susurros de ambición.
Vi manos enguantadas robando los planos, ojos llenos de codicia cerrando las puertas de la utopía y transformando el regalo en una cadena.
La traición se sintió como un golpe físico: el engaño de los primeros miembros del Consejo, el sufrimiento de los que fueron expulsados y la desesperación de una humanidad que vio cómo su luz era encerrada tras muros de piedra y leyes de sangre.
Me desperté con un grito mudo atrapado en la garganta y un fuerte sabor a cobre en la lengua.
Me llevó varios minutos entender dónde estaba.
El techo desconchado de mi unidad en los márgenes me devolvió a la realidad.
Intenté incorporarme, pero mis músculos estaban rígidos, como si hubieran olvidado cómo moverse.
El zumbido en mi oído derecho era ahora un murmullo lejano, pero el peso en mi pecho por lo que había visto en sueños persistía.
Me levanté con dificultad, tambaleándome hasta la cocina. Allí estaba mi madre, moviéndose con esa tranquilidad imperturbable que siempre me inquietaba. Tarareaba una melodía suave, probablemente el eco del último Tañido que yo no había escuchado.
—Al fin te levantas, Elial —dijo ella, con una sonrisa plácida—. Debías tener mucha fatiga acumulada. Siéntate, te he preparado algo de comer.
La miré, desconcertado. Mi cuerpo se sentía vacío, consumido por un hambre voraz.
—¿Qué hora es? —pregunté, con la voz quebrada.
—Es media mañana —respondió, sirviendo un cuenco de guiso caliente—. Has dormido profundamente. Parecías tan en paz que no quise despertarte.
Miré mi reloj de bolsillo de latón. Las manecillas marcaban las diez, pero la fecha mecánica había avanzado dos muescas. Había perdido dos días completos.
Empecé a comer con urgencia, sintiendo cómo el calor del alimento me devolvía algo de fuerza, aunque mi mente seguía fija en el tiempo perdido. ¿Qué habría pasado en el Nivel 8? ¿Seguiría Daxen ocultando el disco?
—Vino alguien a buscarte ayer —comentó mi madre, limpiando la encimera con parsimonia—. Una mujer. Se veía muy elegante, con una túnica de tela fina, de esas que solo se ven en la Zona Media.
Me detuve con la cuchara a medio camino.
—¿Una mujer? ¿Dijo quién era?
—No entró, solo preguntó por ti —continuó ella, sin darle importancia—.
Parecía tener prisa, pero era muy educada.
Me pidió que te recordara que tienes unos libros pendientes de devolver.
Dijo que era importante que pasaras por la biblioteca lo más pronto que pudieras, que no querían que se acumularan recargos.
—Más de cuarenta y ocho horas... —murmuré para mí mismo, poniéndome de pie a pesar del leve mareo que aún persistía—. Tengo que irme, madre.
—No olvides los libros, hijo —dijo ella, volviendo a su tarea, sumida de nuevo en esa calma artificial.
Salí de la unidad con el corazón acelerado. Llevaba en mi cabeza una ciudad que ya no existía.
Recorrí el trazado gris de los márgenes sintiéndome extraño, como si no terminara de encajar en el ritmo de la mañana.
El aire húmedo me calaba más de lo normal; tanto tiempo sumergido en un sueño profundo me había dejado los miembros flojos y la mente lenta.
Esas horas de inconsciencia, lejos de repararme, me habían sumido en un letargo agotador.
Al alcanzar la Gran Biblioteca, me escabullí hasta el sillar desgastado.
Lo presioné de golpe y descendí por la escalera hacia la oscuridad del Archivo de las Sombras.
Zelán estaba allí, como siempre, rodeado de legajos que el tiempo había vuelto quebradizos.
La luz de las lámparas de aceite bañaba su rostro surcado de arrugas mientras examinaba uno de los planos que Istryel había traído de la montaña.
Al oírme llegar, levantó la vista y me dedicó un asentimiento solemne.
—Pensamos que no despertarías —dijo Zelán con su voz profunda—. Istryel ha estado muy preocupada. Debería llegar pronto; apenas ha dormido, devorando el diario y el libro. Al parecer, ha encontrado algo que cambia todo lo que creíamos saber sobre la Fundación.
Me acerqué a la mesa. Zelán volvió a hundir la vista en sus planos, dejándome a solas con el zumbido de mis propios pensamientos. Me quedé observando el polvo danzar bajo la lámpara de aceite durante un par de minutos, hasta que el chirrido de la puerta oculta rompió la quietud.
Istryel entró con paso rápido, pero su rostro reflejaba agotamiento. Al verme, soltó un suspiro de alivio.
—Te ha costado regresar —dijo, acercándose a la mesa—. Supe lo que pasó con Daxen y el bloqueo del Captor de Pulso. He estado dándole vueltas a los documentos y creo que sé qué te está sucediendo, Elial.
Istryel extendió el libro sobre la mesa, señalando un pasaje escrito en una caligrafía apretada y técnica.
—Los textos describen un aparato como el que cruzamos en la montaña —dijo, con la voz vibrando de incredulidad—.
No era un filtro de seguridad. Era un contenedor.
Un dispositivo diseñado para almacenar la "esencia" de una persona, su firma vibratoria y sus recuerdos, y transmitirla a otra.
La miré, intentando procesar la locura de sus palabras. —¿Transmitir recuerdos? Pero a ti no te hizo nada. ¿Por qué a mí me destrozó los sentidos?
—Porque no funciona con cualquiera —respondió ella, levantando la vista.
Sus ojos verdes me clavaron una mirada—.
El libro detalla una purga interna. Los antecesores del actual Consejo expulsaron a la descendencia directa de los creadores hace generaciones.
Y este contenedor solo reacciona ante alguien compatible...
alguien que comparta un vínculo de linaje directo con el emisor original.
El aire del archivo se volvió repentinamente denso, como si el peso de toda la montaña se hubiera desplomado sobre nuestros hombros.
—Tú eres un descendiente, Elial.
Me puse de pie de un salto, ignorando el pinchazo de dolor en mis sienes. El taburete chirrió violentamente contra el suelo de piedra.
—¡Esto es absurdo, Istryel! ¡Es una locura! —mi voz retumbó en las estanterías del archivo—. Mírame. ¿Cómo voy a tener nada que ver con los creadores? ¡Es imposible!
Zelán me miró con una calma que solo me irritó más, pero Istryel no retrocedió. Se acercó a mí, sosteniéndome la mirada con una firmeza implacable.
—La tecnología de los creadores no se equivoca, Elial —dijo ella, señalando el libro—. Ese aparato reacciona por resonancia. Tu cuerpo emite un eco de la frecuencia original y el contenedor se activó al chocar con una vibración compatible.
Señaló un esquema de corrientes en las páginas antiguas. —El manual es claro —explicó ella, con precisión clínica—. A mí apenas me rozó porque mi frecuencia no es compatible. Pero a ti te destrozó los sentidos. La máquina simplemente reaccionó a la frecuencia de tu linaje.
Me dejé caer de nuevo en el taburete. La rabia empezó a ceder ante un frío vacío en el estómago.
—Eso explicaría el sueño —murmuré, con la voz quebrada por la confusión—. Durante estos dos días de letargo, vi cosas... recuerdos que no son míos.
Les conté todo: la Solheim sin muros, la armonía de la luz y la traición final, ese engaño maestro que convirtió la utopía en una prisión de cenizas y control. La sensación de pérdida en el sueño había sido tan real que todavía me dolía el pecho.
—Si ese aparato te transmitió recuerdos y cambió tu frecuencia —murmuró Zelán—, significa que tu propia estructura resuena con los exiliados.
—Pero, ¿por qué? —pregunté, mirando los mapas—. ¿Por qué dejar ese aparato allí arriba, tan oculto en un lugar tan inaccesible? ¿Cuál era su propósito? El diario menciona la traición, pero no explica por qué el Creador dejaría su "esencia" en un ducto de ventilación en medio de la montaña.
Istryel sacudió la cabeza, frustrada.
—En el diario no especifica nada más. El relato se corta justo cuando la traición se vuelve total. No explica el propósito de esas "memorias" ni qué esperaba el Creador que hiciera quien las recibiera.
Su mirada, aunque cansada, brillaba con una intensidad renovada.
—No he estado perdiendo el tiempo mientras dormías —me dijo, apoyando las manos sobre los planos—. Hablé con Belthor. Él fue quien me ayudó a entender el mecanismo de tu frecuencia y lo que ese aparato te hizo. A través de Belthor, Daxen nos ha hecho llegar mensajes escritos.
Sus palabras encajaron como un engranaje en mi cabeza. De pronto, la inspección en el Nivel 8 cobró sentido.
—Por eso me encubrió frente al inspector —murmuré, atando los cabos—. Sabía lo que llevaba en la bota porque Belthor se lo dijo.
—Y lo está arriesgando todo por nosotros —respondió ella—. Se mueve con cautela; sabe que si el Consejo detecta la fisura, la purga será inmediata y total.
Hizo una pausa.
—Daxen quiere organizar una reunión —continuó—. Estaba esperando una señal de que habías despertado para fijar el lugar y la hora exactos con total seguridad.
Zelán, que había permanecido en silencio escuchando la conversación, cerró el libro de los creadores, atrayendo nuestra atención.
—Un jerarca de La Corona dispuesto a ensuciarse en el barro es una falla crítica en su sistema —sentenció el bibliotecario—. Es la grieta que necesitábamos. Úsalo.
Asentí, asimilando la ventaja. Pero el esquema aún estaba incompleto. —¿Y Garek? —pregunté.