Capítulo 11 Silencio disonante #3
—Un choque sónico te deja aturdido, pero no borra tu registro orgánico —siseó Daxen—. Dime qué pasó realmente para que la máquina te rechace.
Tres toques en la puerta lo interrumpieron. Daxen la entreabrió lo justo para hablar. —Intendente, Seguridad pide una lectura de espectro para descartar anomalías —informó un guardia desde el pasillo.
—Entendido. Tengan todo listo —respondió Daxen. Aseguró la puerta y acortó la distancia entre nosotros. —Ya los escuchaste. Te van a escanear hasta la médula. ¿Tienes algo que deba saber?
Aposté mi supervivencia en ese segundo. Llevé la mano a mi túnica, saqué el disco y se lo extendí.
—Si cruzo esa puerta con esto, se acabó todo —dije—. Tienes que esconderlo por mí.
Él tomó el disco con un movimiento rápido y lo ocultó en un compartimento de su propio uniforme. Su mirada se volvió sombría.
—Del registro me encargo yo —sentenció Daxen, dándose la vuelta—. Pero el protocolo es irrevocable. La Refracción ya es una tortura para un hombre sano; con ese oído roto, te va a destrozar. Es inevitable. Vamos a la cámara.
Daxen abrió la puerta y me hizo salir al pasillo.
Me escoltó hasta la cámara principal de inspección, un espacio mucho más amplio y helado.
Dos técnicos de túnicas grises nos esperaban allí.
Me guiaron hacia el centro de la sala, justo debajo de una estructura circular de Bronce Negro y anillos de Cuarzo Hialino que colgaba del techo.
Daxen se colocó tras una consola de cristal. Sabía que lo que venía iba a ser una tortura para mi estado actual.
—Inicien la Refracción del Espectro completo —ordenó Daxen—. Comparen la frecuencia actual del sujeto con la impronta guardada en el Cilindro Central de Ecos.
Los técnicos me empujaron hacia una silla de hierro anclada en el centro del círculo.
Aseguraron mis muñecas y mi pecho con correas de cuero grueso.
Al activarse la máquina, el aire vibró. Un chillido agudo se clavó directamente en mi oído.
La frecuencia intentó derribarme, pero los anclajes me obligaron a soportar el impacto mientras sentía que el cráneo me iba a estallar.
Si la primera impronta en la terminal había sido violenta, esto era una agonía lenta.
Los anillos de cuarzo empezaron a girar a mi alrededor, emitiendo pulsos de luz blanca que me atravesaban los huesos.
Sentía cómo la frecuencia de la máquina buscaba mi pulso.
El desequilibrio me hizo tambalear, y tuve que apretar los dientes para no gritar mientras el sudor frío me empapaba.
Quería salir de allí, quería correr lejos de ese círculo de luz, pero estaba atrapado por la propia fuerza de la máquina.
Cuando el barrido de los anillos completó su ciclo, la maquinaria descendió hasta convertirse en un susurro metálico y la agonía cedió de golpe.
Vi cómo los técnicos se inclinaban sobre el visor, ajustando los lentes con el ceño fruncido.
—Esto no tiene sentido —murmuró uno de ellos, señalando con incredulidad—.
La firma base está ahí, pero está engrosada por un eco extraño que el equipo es incapaz de resolver.
Es como si a su resonancia le hubieran injertado una carga adicional, una estática estructural que altera por completo el pulso.
Daxen rompió el silencio con un golpe sobre la consola de bronce.
—¡Esto no está bien! —bramó Daxen, señalando las marcas de luz que aún vibraban en el cristal—. Miren estas fluctuaciones. Es físicamente imposible que el cuerpo de un hombre cambie su firma de resonancia de esta manera en unas horas.
Se giró hacia los técnicos y el supervisor que observaba desde la puerta, cruzando los brazos.
—La frecuencia de Elial ha sido adulterada.
—Eso es imposible, Intendente —interrumpió uno de los técnicos, ajustándose los lentes con nerviosismo—. Nadie puede adulterar una firma orgánica. Un cambio así lo mataría en el acto.
—Exacto —atajó Daxen de inmediato, utilizando la propia negativa del técnico a su favor.
Bajó la voz, dándole un tinte de conspiración—.
Si la carne no puede ser alterada, entonces el fallo está en la máquina.
Alguien con acceso de alto nivel podría haber corrompido el registro original en las placas maestras por alguna razón.
Es un posible sabotaje a la Sala de Ecos.
Nadie pudo explicarlo de otra forma ni atreverse a negar la palabra de Daxen. El silencio en la sala se volvió pesado e incómodo.
Daxen se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.
—Elial no tiene la culpa de este desastre administrativo —sentenció Daxen—.
Sin embargo, hasta que aclaremos qué ha pasado con la Sala de Ecos y su estado de salud mejore, decido que no baje a la terminal.
No podemos arriesgarnos a que un operario con vértigo severo y una firma rechazada bloquee los mandos de seguridad o cometa un error manual con las válvulas de presión.
Me escoltaron fuera de la sala. Estaba anclado a la superficie. Había perdido el acceso al subsuelo justo cuando tenía la llave hacia el Nivel 9. Daxen tenía el disco. Al menos mi cabeza seguía sobre mis hombros.
Al salir, la urgencia de buscar a Istryel chocó contra un muro físico.
La refracción, aunque no había durado horas, había terminado de demoler las pocas fuerzas que me quedaban; sentía los huesos vibrando todavía por la resonancia y el zumbido en mi oído se había convertido en un rugido que me impedía pensar con claridad.
Me dirigí al Margen Norte como un autómata. Era temprano y la ciudad hervía de vida; aunque el aire de la zona alta era puro y primaveral, a mí me resultaba viciado. El largo camino de vuelta hacia los márgenes fue un verdadero suplicio.
Yo avanzaba a trompicones, deteniéndome en cada esquina para combatir el desequilibrio. Mi forma de caminar, errática, y mi palidez enfermiza atraían ojos curiosos y desconfiados. En una ciudad donde todo debe estar "afinado", mi presencia era una nota discordante en mitad de la mañana.
Sentía una náusea persistente y un dolor punzante detrás de los ojos. La luz del sol, que debería ser reconfortante, me resultaba agresiva.
Al llegar a mi casa, cerré la puerta y me apoyé contra ella, dejando que el peso de mi cuerpo se deslizara hasta el suelo.
El pequeño habitáculo estaba en penumbra, pero el silencio que buscaba era inexistente: el zumbido interno seguía ahí, recordándome el precio de haber entrado en la arquitectura del Creador.
Mis movimientos estaban limitados y la investigación sobre el Nivel 9 quedaba en suspenso. Sin embargo, en ese momento, el misterio del Consejo no podía competir con mi necesidad de cerrar los ojos.
Me arrastré hasta la cama sin siquiera quitarme las botas. El mundo seguía inclinándose, una marea de vértigo que me succionaba hacia abajo. Sabía que por dentro algo había cambiado drásticamente, que mi firma en el mundo de Solheim estaba rota, pero Daxen me había comprado unas horas de paz.
Cerré los ojos contra el zumbido. Apenas recuperara el control de mis músculos, buscaría a Istryel para contarle cómo la montaña había alterado mi frecuencia. Pero eso sería después. Ahora, el sueño era lo único que la refracción no podía inspeccionar.