Solheim La Disonancia Capítulo 11 Silencio disonante #2
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Capítulo 11 Silencio disonante #2

—Si volvemos a verlos por aquí arriba, acabarán en las celdas de detención —sentenció el guardia antes de darnos la espalda y regresar a la pulcritud de su zona.

Estábamos a salvo, pero el sol ya casi asomaba y el tiempo para llegar a mi turno se agotaba.

Istryel y yo nos separamos en la Zona Media, justo donde los edificios administrativos empiezan a ceder ante el bullicio más tosco de los sectores comerciales.

Ella me dedicó una mirada cargada de una mezcla de alivio y fatiga antes de ajustarse el zurrón.

Ella se dirigió al Archivo de las Sombras, donde Zelán custodiaría los documentos.

En ese sótano, rodeado de verdades prohibidas, el diario y los planos estarían a salvo.

Por mi parte, emprendí el regreso al Margen Norte.

Caminar hacia el margen fue un suplicio. Cada vez que intentaba acelerar el paso para ganar tiempo, el suelo parecía inclinarse violentamente. El ruido, lejos de amainar con el descanso, se había convertido en una vibración interna que me hacía sentir desconectado de mi propio cuerpo.

Llegué a mi casa. Me lavé con frenesí, frotando mi piel para quitar el rastro de polvo gris y la sangre seca de los rasguños.

Me puse ropa limpia, asegurándome de que el disco quedara bien oculto contra mi costado.

Estaba exhausto y medio sordo, pero el reloj no se detenía: mi turno estaba a punto de empezar.

Salí a las calles grises. Mantener la espalda recta era una tortura.

El vértigo convertía el pavimento en un pantano, amenazando con derribarme a cada paso.

Me mezclé con la marea de operarios por puro instinto, ciego al trayecto.

El cruce del vestíbulo y el descenso en el elevador fueron un borrón oscuro; mi mente solo registró el calor asfixiante cuando mis botas tocaron el Nivel 8.

Avancé a tropezones hasta el Captor de Pulso.

Levanté la mano temblorosa y la pegué al cristal.

El cuarzo no brilló en blanco. Se tiñó de un ámbar turbio.

Una punzada de calor me atravesó la palma.

El sistema soltó un chasquido seco y la placa estalló en rojo.

De inmediato, el mecanismo de la puerta se bloqueó con un impacto fuerte y las sirenas de vapor estallaron sobre mi cabeza. Un aullido ensordecedor de presión liberada inundó el pasillo.

—¡Atrás! ¡No se mueva! —gritaron los vigilantes del acceso, corriendo hacia mí con las varas de frecuencia en la mano.

Al acercarse y rodearme, se detuvieron en seco, bajando ligeramente las armas al reconocer mi rostro. A pesar de llevar pocos días en la terminal, mi cara ya era familiar; nadie olvida al tipo que aceptó el castigo de bajar al Nivel 8.

—¿Elial? —preguntó el más veterano, frunciendo el ceño mientras miraba la placa de cuarzo que seguía parpadeando en rojo—. ¿Qué le pasa a tu registro? El sistema te está marcando como a un intruso.

—No sé qué está pasando... —balbuceé, pero mi propia voz me sonaba lejana, ahogada por el zumbido—. Solo puse la mano.

—Eso es imposible —murmuró el otro vigilante, acercándose al Captor de Pulso para inspeccionarlo—. Tu impronta de frecuencia fue agregada al sistema hace apenas unos días. Este no debería rechazarte.

Me miraron con desconcierto. Sentía un sudor frío en mi frente y mi cuerpo se mecía levemente hacia un lado. El ambiente se cargó de una pesadez tensa mientras las sirenas de vapor se apagaban lentamente, dejando tras de sí un siseo metálico y una nube de condensación.

El Supervisor de la guardia, un hombre de facciones afiladas y ojos que parecían analizar cada vibración del aire, llegó poco después.

No parecía molesto, sino profundamente intrigado.

Cruzó los brazos mientras observaba la placa de cuarzo, que había recuperado su tono blanco-verdoso tras el bloqueo.

—Verifiquen ese cristal de inmediato —ordenó el supervisor con frialdad—. Comprueben si el lector tiene una avería.

El primer guardia colocó su mano. La placa vibró con un tono armónico y el perno se deslizó con suavidad.

El supervisor mismo probó la placa. El cuarzo respondió al instante, reconociendo su frecuencia sin vacilar.

—El sistema funciona perfectamente —concluyó el supervisor, girándose hacia mí con una curiosidad que me hizo sentir como un espécimen en un laboratorio—. El problema no es la máquina, Elial. El problema es con tu pulso.

En ese momento, el eco de unos pasos resonó en el pasillo metálico.

—¿Qué es todo este alboroto? —bramó Reldar—. Elial, deberías estar abajo hace diez minutos. Tu terminal no se purga sola y tú estás aquí perdiendo el tiempo con los guardias.

—Su operario no puede bajar, Reldar —intervino el supervisor con tono pausado—. El Captor de Pulso lo acaba de rechazar. Su frecuencia activó las alarmas.

La furia le cruzó el rostro a Reldar.

—Eso es absurdo. Conozco a este hombre. Las válvulas lo están esperando, tiene que bajar a su puesto.

—Eso no es posible —cortó el supervisor.

El suelo pareció desaparecer bajo mis botas. Me tambaleé, perdiendo el equilibrio por completo frente a ellos. Reldar acortó el espacio y me agarró del brazo, sintiendo el temblor de mis huesos.

—Mírate... —murmuró Reldar—. Estás pálido como la cal y parece que el suelo se te escapa de los pies. ¿Qué demonios has hecho en tu descanso, Elial?

El supervisor dio un paso al frente, sacando una pequeña libreta de registro.

Traté de estabilizar mi respiración.

—No lo sé... —dije, forzando una voz rasposa y entrecortada—.

Lo único fuera de lo común que me ha pasado fue con un Repetidor de Energía.

El que está en el cruce de mi calle llevaba semanas vibrando de forma inestable.

Esta madrugada, al pasar cerca, la carga colapsó y soltó un latigazo de frecuencia directo a mi.

El impacto sónico me lanzó contra la pared y me dejó...

así. Estoy aturdido, el zumbido no para y apenas puedo enfocar la vista.

El supervisor intercambió una mirada cargada de escepticismo con los vigilantes y cerró su libreta de golpe.

—Un latigazo de un repetidor callejero puede aturdirte, operario, pero no debería causar que el sistema te desconozca —replicó en voz baja.

Reldar soltó un bufido, aferrándome del brazo para estabilizarme.

—Aunque, con razón te ves tan mal —intervino, mirándome con una mezcla de lástima y frustración—. De todas formas, no puedes bajar a la terminal en este estado.

Por dentro, sin embargo, la inquietud se transformó en una certeza amarga.

Recordé el momento en la montaña, aquel filtro casi me desintegra los huesos.

Tenía que haber sido eso; me había alterado internamente de un modo que no alcanzaba a comprender.

Era la única explicación, y era una que no podía mencionar bajo ninguna circunstancia.

El supervisor se dirigió a Reldar, quien me sostenía del brazo.

—Es correcto, no puede bajar a la terminal en este estado, Reldar —sentenció el supervisor, cerrando su libreta de golpe—. Es un riesgo para la maquinaria. Tendrás que poner a alguien más en su puesto por hoy.

Reldar miró hacia el foso de la mina con resignación.

El supervisor volvió su atención hacia mí.

—Esto hay que investigarlo más a fondo —dijo, haciendo una seña a los vigilantes para que no se retiraran—. Si no es un fallo del captor, es una anomalía orgánica o técnica sin precedentes.

Sentí el peso del disco oculto en mi túnica como si irradiara calor.

—Será mejor llevarlo con alguien más arriba —concluyó—. El Jefe de Seguridad de la Intendencia o los técnicos del Cénit querrán analizar este "error" del sistema. Si tu frecuencia no es aceptada, Elial, tenemos que saber exactamente qué lo provocó.

Lo que empezó como un intento de llegar al trabajo se estaba convirtiendo en un traslado hacia las esferas de mando, el último lugar en el que alguien con los bolsillos llenos de secretos querría estar.

El supervisor me hizo una seña para avanzar.

Sus botas resonaron sobre el suelo de rejilla metálica, guiándome directo hacia la jaula del elevador.

El aire asfixiante de la mina dio paso al clima filtrado de la superficie tras el ascenso.

Al salir, me obligó a marchar a través del largo pasadizo de tránsito hasta desembocar en el vestíbulo principal, el punto de control donde se entregaban las placas.

Justo cuando íbamos a cruzar hacia los despachos de registro, una puerta lateral se deslizó.

La figura delgada y austera de Daxen bloqueó el paso.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Daxen con una voz que cortó el aire.

El supervisor se cuadró ante él, reconociendo la jerarquía superior de Daxen.

—El Captor de Pulso ha rechazado a este operario, señor —explicó el supervisor, cuadrándose—. El sistema no reconoce su frecuencia. Es una anomalía severa; lo traigo para que la Intendencia determine cómo proceder.

Daxen me miró fijamente. Sus ojos profundos no mostraron ni una pizca de reconocimiento público, pero noté cómo sus dedos se cerraban levemente sobre su tablilla de registro.

—¿Un fallo de frecuencia? —Daxen interrumpió al supervisor con un gesto de impaciencia—.

Eso entra en el ámbito de la pureza de los registros, no es un simple asunto de orden público.

Yo me haré cargo de la investigación preliminar.

Es mi departamento el que debe validar si el error es de la Matriz de Registro o del sujeto.

El supervisor dudó un segundo, pero Daxen no le dio espacio para replicar.

—Vuelve a tu puesto. Yo llevaré el informe a la Intendencia si es necesario. Andando, Elial.

Daxen me guió hacia una pequeña sala de evaluación lateral, una habitación austera con una sola mesa de metal. Cerró la puerta y la rigidez de su postura desapareció.

—¿Qué demonios ha sucedido, Elial? —preguntó en un susurro urgente—. Pareces un hombre que ha regresado del abismo.

—Un repetidor callejero me reventó los tímpanos —mentí, aferrándome a la mesa—. El impacto sónico me lanzó contra la pared y me dejó así.

Daxen se frotó las sienes, perdiendo la paciencia.