Capítulo 11 Silencio disonante
Me desperté cuando Istryel me tocó el hombro.
Entrecerré los ojos contra la luz inalterable del refugio.
Istryel se incorporó a mi lado. El descanso en aquel ambiente cargado de Oscilancia pura le había devuelto el color a las mejillas, y aunque su túnica seguía sucia, sus movimientos eran mucho más ágiles.
—Me siento... extrañamente bien —dijo, estirando los brazos—. Ya es hora de salir.
Me puse de pie con dificultad y el mundo se inclinó un par de grados hacia la derecha.
Tuve que apoyar la mano en un estante para no perder el equilibrio.
Para mí no había calma; el zumbido molesto en mis oídos ahogaba cualquier otro sonido, una nota aguda que me hacía sentir como si tuviera la cabeza sumergida en agua.
—El mareo ha bajado —le dije, forzando una sonrisa tensa—, pero sigo escuchando esa maldita señal. Y mi equilibrio... bueno, digamos que hoy no ganaría una carrera por los túneles.
Istryel me miró con preocupación, pero ambos sabíamos que no había más tiempo para recuperarse. Guardamos cuidadosamente el diario del Creador, unos mapas, el disco maestro y un libro sobre las agujas en su zurrón.
Si no me presentaba a mi turno en el Nivel 8 tras mi retraso anterior, Reldar cumpliría su amenaza de reportarme por abandono de puesto. No podíamos permitirnos atraer miradas ni preguntas justo ahora.
Nos dirigimos a la cápsula. Saqué el disco, pero Istryel me lo quitó de la mano de inmediato, moviéndose con la seguridad de quien ya había descifrado el mecanismo.
—Déjamelo a mí —dijo, acercándose al panel incrustado junto al marco—. Hay que alinear la muesca con el nivel exacto.
Giró el metal hasta el símbolo de la mansión y la puerta se deslizó en silencio.
Dimos un paso hacia el interior del habitáculo, obligados a pegarnos hombro con hombro debido a la extrema estrechez del cilindro.
Desde el umbral, recuperé el disco de la ranura; de inmediato, los paneles de metal se sellaron, encerrándonos en aquel espacio mínimo.
La cápsula se movía con una suavidad que resultaba casi inquietante. Solo la presión en los oídos me indicaba que estábamos subiendo a gran velocidad.
—¿Crees que el mapa sigue siendo exacto? —preguntó Istryel apretando el zurrón contra su pecho—. Han pasado generaciones.
—Es el riesgo que tenemos que correr —respondí, luchando contra el zumbido que parecía intensificarse con el movimiento—. Si entramos en esa casa y nos descubren, no habrá forma de explicar qué hacemos allí con este aspecto y estos documentos.
La cápsula empezó a desacelerar. Se detuvo con un susurro final. Al abrirse la puerta, nos recibió una pequeña habitación, cubierta por una capa de polvo grisáceo que parecía no haber sido perturbada en décadas.
Frente a nosotros, una pared de piedra desnuda cerraba el paso, marcada en el centro por el ojo rodeado de espinas. Istryel y yo cruzamos una mirada cargada de aprensión. No teníamos forma de saber si la estancia contigua estaba vacía.
Saqué el disco con dedos todavía algo torpes, sintiendo el corazón en la garganta, y lo encajé en el centro del ojo.
Nos preparamos, conteniendo la respiración.
Al girarlo, un bloque de la pared se deslizó hacia un lado con una suavidad que solo la tecnología del Creador podía lograr.
Nos quedamos con los músculos en tensión.
El paso se abrió, el aire cambió; el olor a polvo viejo fue reemplazado por el aroma a madera noble, cera y papel antiguo.
Dimos un paso adelante, comprobando que estábamos solos en una biblioteca inmensa, con estanterías que subían hasta un techo altísimo.
La luz de la madrugada se filtraba débilmente por unos ventanales, confirmando que, efectivamente, estábamos en una mansión de La Corona.
Una calma tensa nos rodeó. Istryel selló el panel a nuestras espaldas y me devolvió el disco. La opulencia de la biblioteca nos dejaba completamente expuestos. El vértigo me oprimía el cráneo, amenazando con derribarme, pero apreté los dientes.
Siguiendo las señas de Istryel, nos movimos hacia la zona donde el plano indicaba que estaba el acceso al callejón. Atravesamos la biblioteca con pasos de fantasma, pero al llegar al punto exacto, nos detuvimos en seco.
No había ninguna salida. En el lugar donde el mapa mostraba una puerta de servicio, solo había una pared sólida, decorada con un tapiz que parecía llevar allí una eternidad.
Me quedé mirando la pared, confundido, tratando de procesar qué haríamos ahora. De repente, sentí un tirón brusco en mi brazo.
Istryel me miró con los ojos muy abiertos, llenos de un pánico frío. Me hizo una seña enérgica para que me agachara y me escondiera detrás de un gran sillón de cuero.
Istryel se pegó a la sombra del mueble, señalando hacia el pasillo que conectaba con el resto de la casa. Alguien se acercaba.
Me pegué al respaldo del sillón. Para mí, el mundo seguía sumido en ese ruido insoportable que lo devoraba todo, pero la expresión de Istryel era suficiente para saber que el peligro estaba a solo unos pasos.
Una sombra se proyectó sobre la alfombra: un hombre con un uniforme sencillo, cargando un plumero y un cazo de metal. Era un sirviente.
El hombre limpió una mesa, ajustó un candelabro y se acercó peligrosamente.
Istryel me apretó el brazo con fuerza. Cuando el sirviente se dio la vuelta para continuar en el otro extremo, ella tiró de mí.
El vértigo me anclaba al suelo. Le hice una seña a Istryel para que avanzara sola, y ella se deslizó hacia la inmensa estantería de madera oscura.
Me quedé escondido, vigilando cada paso del sirviente.
La pared era enorme. Los minutos se escurrían mientras ella palpaba el tallado buscando algún mecanismo oculto.
La vi detenerse sobre una pieza y empezó empujar con todo su peso.
La madera crujió. El sirviente se detuvo en seco.
Giró la cabeza hacia el sonido y avanzó directo hacia la estantería.
Istryel rodó por la alfombra sin hacer ruido, fundiéndose bajo la sombra de un escritorio apenas un segundo antes de que el hombre llegara a inspeccionar el muro.
Me quedé agazapado en mi rincón, impotente.
Istryel estaba atrapada bajo el escritorio, con las botas del sirviente a pasos de su rostro.
Dos minutos agonizantes se consumieron en silencio.
De pronto, el llamado vibrante de una campanilla resonó en otra ala de la mansión.
El hombre se enderezó y salió a paso rápido.
Istryel se deslizó fuera de la sombra y hundió las manos en la estantería mientras yo arrastraba mi propio peso a través de la biblioteca.
Llegué a su lado tambaleándome. Istryel apretó los dientes y forzó la moldura con todo su peso.
El mecanismo viejo cedió con un crujido sordo.
Nos lanzamos por la abertura a trompicones, recibiendo la brisa de madrugada.
Sin perder un segundo, ella clavó los dedos en el reverso de la piedra y tiró de la pared hacia nosotros hasta que encajó en su sitio.
—Lo logramos —susurró Istryel. Apenas pude entenderla, pero leí sus labios—. Estamos en la calle. Pero mira cómo vamos...
Me miré a mí mismo: cubierto de polvo, con rastros de sangre seca. Ella tenía la túnica desgarrada y el zurrón lleno de documentos secretos. En La Corona, donde todo era orden y pulcritud, nuestro aspecto nos delataba a leguas.
—Tenemos que movernos rápido —dije, tratando de estabilizar mi paso—. Si logramos bajar hacia los sectores comerciales antes de que el sol suba del todo, podremos mezclarnos con los operarios que van al turno de mañana.
Avanzamos pegados a las sombras de los muros, utilizando las rutas de servicio y evitando las avenidas principales.
A esa hora las únicas figuras que se movían eran los trabajadores de mantenimiento y los sirvientes.
Intentamos fundirnos entre ellos, agachando la cabeza cada vez que cruzábamos un patio abierto, acercándonos más a la zona media.
Vi a dos hombres de la Guardia doblar la esquina, con sus uniformes blancos impecables destacando bajo el resplandor de las lámparas de Mica de Plata.
Un latigazo de vértigo me hizo tambalear; choqué torpemente contra una de las paredes de piedra pulida y tuve que agarrarme del hombro de Istryel para no terminar en el suelo.
El ruido y el movimiento brusco nos dejaron completamente expuestos.
—¡Eh, ustedes! —gritó uno de ellos, acelerando el paso—. ¿Qué hacen en este sector a estas horas?
El pánico me recorrió la espalda. Istryel apretó el zurrón, ocultándolo tras su espalda con un movimiento fluido. Yo intenté responder, pero mi lengua se sentía pesada y la cabeza me daba vueltas por el desequilibrio.
Los guardias se detuvieron a un par de pasos, arrugando la nariz con un gesto de asco al ver nuestras ropas sucias y mi aspecto demacrado. Observaron mis ojos vidriosos por el dolor y la forma en que mis piernas no lograban sostenerse con firmeza.
—Mira este... —dijo el segundo guardia, señalándome con su vara—. Ahogado en licor antes de que salga el sol. Y la chica no parece estar mucho mejor.
—Lo siento, señores —balbuceó Istryel—. Estábamos en la Plaza del Comercio... celebramos de más y nos confundimos de callejón al subir. Solo queremos volver a los barrios bajos.
—¿Perderse? —bufó el primero—. Se ahogan en licor barato y luego no saben ni dónde pisan. Si buscan el camino a casa, tomaron las escaleras equivocadas.
No perdieron el tiempo; solo querían barrernos de su avenida.
—Andando. Los vamos a sacar de aquí antes de que los señores abran las cortinas y se encuentren con esta estampa de indigencia.
Nos escoltaron con desgana, dándome empujones ocasionales. Caminamos por la impecable Avenida 7 bajo la mirada de desprecio de los guardias, cruzando los arcos ornamentales que dividían la zona de la élite de los sectores comerciales inferiores.
Finalmente, nos dejaron en unas gradas que venían de una zona comercial fuera de la Corona.