Solheim La Disonancia Capítulo 10 El peaje físico #3
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Capítulo 10 El peaje físico #3

Istryel levantó la vista de los documentos, su rostro pálido confirmando mis palabras. El filtro nos había cobrado un peaje demasiado alto. Aunque no fue en vano, los textos sobre el escritorio justificaban el riesgo que habíamos corrido.

—Tenemos que abortar y llevar esto a la superficie —continué, buscando aire—. Pero no podemos volver por el ducto. No tenemos equipo además está el filtro que casi acaba conmigo.

Istryel levantó la cabeza, entornando los ojos por el cansancio.

—Tenemos que encontrar otra forma de salir de este santuario —murmuró ella, limpiándose el polvo de su túnica—. Una que no nos obligue a cruzar ese filtro de nuevo y que nos permita llegar a un lugar seguro.

—El mapa muestra salidas ocultas en los niveles superiores de la mina —sugerí, repasando las opciones con urgencia—. Si la cápsula nos deja en el Nivel 1 o el 2, podríamos caminar hacia el portón exterior.

—No seas ingenuo, Elial —me cortó Istryel, devolviéndome a la realidad—. Si aparecemos en las galerías sin que se haya marcado nuestra entrada oficial, los guardias nos arrestarán por infiltración antes de que veamos la luz del sol. La mina es una trampa burocrática.

Miré el diario del Creador, asimilando el peso de nuestra única alternativa.

—Eso nos deja solo la mansión de La Corona —dije, sintiendo que el zumbido no cedía—.

Pero es un salto a ciegas. No sabemos quién vive ahí ahora, cuántos guardias custodian los pasillos o si taparon la salida hace un siglo.

Es una opción demasiado peligrosa; podríamos abrir la puerta oculta y toparnos de frente con una patrulla.

—Es puro azar —concedió ella, con la mirada endurecida—. Pero la mina es un arresto seguro. Si vamos a salir por la casa de la cima, necesitamos saber a qué nos enfrentamos. Busquemos entre estos archivos; el Creador debió dejar algún plano de su propio hogar.

Sin perder un segundo, Istryel se sumergió en el estante con mapas, revolviendo entre legajos de papel pergamino.

Istryel siguió buscando con frenesí hasta que, bajo una pila de mapas topográficos de la montaña, extrajo una funda de cuero con el símbolo del ojo entre espinas.

Sacó el plano de su funda y lo desplegó sobre la mesa.

Ambos nos inclinamos sobre el papel, rastreando el diseño de los cimientos.

—Mira esto —señaló Istryel, clavando el dedo sobre el papel—. La cápsula nos deja en un anexo de la biblioteca. Si cruzamos la sala, este panel en la pared nos sacará directo al callejón exterior.

—Es una vía directa.

—Pero sin margen de error —advirtió ella.

—Y en mi condición, dar un paso en falso es casi seguro —admití, sintiendo que mi propio cuerpo me aplastaba los huesos—.

Deberíamos esperar aquí unas horas para recuperar fuerzas.

Además, la lógica juega a nuestro favor si nos demoramos.

Si salimos muy temprano, de madrugada, tendré el tiempo justo para alistarme y llegar a mi turno en la terminal.

Y a esa hora, las calles de La Corona se llenan de los sirvientes y trabajadores de mantenimiento que entran a preparar las mansiones antes de que la élite despierte.

Será el momento exacto para mezclarnos entre ellos y desaparecer sin levantar sospechas.

Aún faltaban demasiadas horas para la madrugada.

Habíamos comenzado nuestra marcha con los primeros destellos de luz, y el castigo en la montaña había consumido gran parte del día.

Ahora, atrapados en el repositorio, nos enfrentábamos a la perspectiva de una noche interminable antes de poder huir.

Sabiendo que debíamos soportar aquella larga espera, nos sentamos en el suelo, rodeados por la imponente calma de la sala.

Para evitar que el peso de las horas y la tensión nos devoraran, Istryel tomó el diario del Creador entre sus manos.

Lo abrió sobre sus rodillas con cuidado.

A medida que ella empezó a leer en voz alta los primeros pasajes, yo intentaba escucharla, luchando aún con el leve mareo y la punzada en mi oído.

La verdadera historia de Solheim comenzó a desenterrarse en esas páginas iniciales.

El escritor del diario era un nieto del verdadero creador de Solheim.

Por lo que describía la ciudad era muy diferente a la actual.

Dejó plasmados muchos planes para el desarrollo de toda la ciudad, nada que pudiera realizar o al menos no quedó rastro de todo eso.

El propósito original de la Oscilancia había sido puramente altruista.

La ciudad fue pensada como un paraíso accesible para todos, totalmente diferente a lo que vivíamos en el presente. Quería conocer aún más de las páginas que quedaban por delante, pero el daño del filtro y la tensión de la huida nos cobraron la factura.

Istryel se acurrucó contra la base de una estantería, abrazando el zurrón.

Yo cerré los ojos, dejando que la quietud de la sala amortiguara el pitido en mi cabeza.

En algún momento de esa espera, el sueño me reclamó.

Afuera, Solheim seguía brillando sin saber que los secretos de su pasado habían sido desenterrados.