Solheim La Disonancia Capítulo 10 El peaje físico #2
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Capítulo 10 El peaje físico #2

Me quedé allí, temblando, mientras el zumbido del filtro me taladraba el juicio. No era solo un sonido, sino una agresión física directa. Como si la frecuencia que me atormentaba cada día en Solheim estuviera concentrada allí, mil veces peor. Solo acercarme a esa barrera me iba a destrozar vivo.

—Tenemos que pasar —dije, tratando de recuperar el equilibrio—. Si ese filtro está ahí para purificar lo que entra, tendré que aguantar lo que sea que me haga. No hemos llegado tan lejos para morir en un tubo de ventilación.

Apreté la mano contra mi abrigo; el disco vibraba en mi bolsillo, helándome la piel. La frecuencia del filtro parecía intensificarse a medida que nos preparábamos para el contacto, como si la tecnología del Creador estuviera reconociendo nuestra presencia.

El paso por el centro del filtro fue como si el aire mismo se convirtiera en cuchillas de cristal vibrante.

En cuanto mi cuerpo cruzó el eje de esa energía oscura, mis sentidos se incendiaron.

El dolor no era superficial; sentía que mi estructura ósea intentaba desmoronarse bajo una frecuencia que solo yo podía percibir.

Mi cabeza dio un vuelco violento, el equilibrio desapareció y una bocanada de sangre caliente subió por mi garganta, manchando el suelo metálico antes de que la oscuridad me reclamara por completo.

El impacto me borró. No hubo dolor, ni eco, ni tiempo. Solo un pozo de vacío absoluto.

No sé cuánto tiempo estuve apagado.

La consciencia regresó primero como una punzada fría.

El pitido agudo volvió a taladrarme el cráneo antes de que pudiera pensar.

Intenté abrir los ojos, pero mis músculos se negaban a obedecer y la luz que se filtraba por mis pestañas quemaba como ácido.

No podía mover ni un dedo; mi cuerpo no era más que una carcasa pesada y desconectada.

Poco a poco, la parálisis empezó a ceder. Logré separar los párpados. El óxido y la bruma habían desaparecido. Estaba tumbado sobre un suelo liso y cálido. El espacio era elegante y estaba inundado de una luz azul, ese mismo resplandor que era la firma de la arquitectura de los creadores.

Vi a Istryel arrodillada a mi lado. Su rostro reflejaba una angustia profunda; movía los labios con urgencia, sus manos gesticulaban y me sujetaban por los hombros, pero para mí era como ver una proyección muda. No escuchaba su voz. Solo ese pitido ensordecedor que lo ocupaba todo.

Pasó un rato hasta que el ruido empezó a bajar de tono, transformándose en un eco lejano. Los sonidos del entorno comenzaron a filtrarse y, finalmente, pude entender lo que ella decía.

—...Elial, por favor, mírame... Elial, respira —su voz llegó primero como un susurro roto y luego con total claridad—. ¡Gracias a los Fundadores! Pensé que te había perdido allí atrás.

Me incorporé con dificultad, sintiendo el cuerpo pesado. Miré a mi alrededor y vi libreros inmensos, mesas de madera noble y un área de estudio que parecía sacada de un sueño.

—¿Dónde estamos? —logré articular, limpiándome la sangre seca de los labios.

—Te arrastré desde el filtro como pude —explicó ella, ayudándome a sentarme contra una de las estanterías—.

Encontré una puerta de metal que no tenía manija, solo una ranura.

Usé el disco y se abrió de inmediato. Al otro lado estaba la cápsula de la que hablaba el mapa.

Nos subimos, recuperé el disco y la cápsula nos trajo hasta aquí, estamos en el Nivel 6.

Miré las filas de documentos y libros que nos rodeaban. Estábamos en el repositorio secreto del Creador, rodeados de información que nadie en Solheim había visto en siglos.

—Es su sala privada... —susurré, impresionado por la elegancia del lugar—. Lo logramos, Istryel. Estamos en el corazón de sus archivos.

Me puse de pie con lentitud, sintiendo cómo la calidez revitalizante de aquel ambiente intentaba reparar el daño.

Sin embargo, el alivio no fue total. Un pitido agudo y persistente seguía perforándome el oído derecho, un eco residual del filtro que me impedía concentrarme por completo, y al intentar dar un paso hacia los libreros, el suelo pareció inclinarse violentamente.

Tuve que apoyarme con fuerza en una mesa de obsidiana para no caer; mi equilibrio estaba seriamente afectado y, aunque la energía del lugar me había salvado la vida, estaba lejos de estar completamente bien.

—Cuidado —susurró Istryel, acercándose a mí con pasos torpes.

Al mirarla bien, asimilé el castigo de las últimas horas.

Se había despojado de su pesada capa, dejándola a un lado, destrozada por la escarcha y los escombros de la avalancha.

Ahora solo llevaba su túnica gris, manchada por el polvo del conducto y pegada al cuerpo por el sudor.

Estaba exhausta. Su respiración era errática y tenía los nudillos ensangrentados por el esfuerzo titánico de haberme arrastrado a peso muerto.

—No estoy segura de que hubieras sobrevivido si este lugar no estuviera saturado de esta energía tan pura —dijo ella, dejándose caer en una silla cercana, incapaz de mantenerse más tiempo en pie—. Pero mírate... ese filtro te dejó una marca profunda.

Me dejé caer contra la base de una estantería, incapaz de dar un paso más sin que el mundo diera vueltas.

El tiempo corría en nuestra contra, pero mi cuerpo me exigió una tregua.

Istryel, impulsada por una voluntad de hierro y su instinto científico, se obligó a explorar el lugar por los dos.

Mientras yo intentaba estabilizar mi respiración, la vi moverse entre los estantes, desenterrando verdaderos tesoros de conocimiento.

—Los libros de esta estantería hablan de la Oscilancia —mencionó Istryel mientras abría y veía las páginas de uno de los tomos—. Por lo que veo hay mucha información, más de la que existe en los registros de Solheim.

Ella tomó uno de esos libros y lo puso en una mesa. Registró otro de los estantes.

—Aquí hay notas, planos, información de la construcción de las minas y de la misma ciudad, aunque mucho de esto es antiguo, podría darnos datos muy valiosos.

Se veía muy emocionada como un niño con juguetes nuevos, en un escritorio al fondo de la habitación levantó un libro forrado en piel.

—Este parece ser un diario, tiene anotaciones y narra hechos por días.

Yo seguía luchando contra el mareo, Istryel estaba agotada. Pensé en nuestra meta principal al bajar.

—Lo que hay aquí es cómo encontrar una veta llena de Solstrita pero necesitamos llegar al Nivel 9 —dije con frustración—. Sin embargo, míranos. Yo no puedo ni caminar y tú tampoco estás muy bien.

La satisfacción de tener el diario en nuestras manos chocaba con la precaria situación física.