Capítulo 10 El peaje físico
Cuando llegué a la Puerta Este, Istryel ya aguardaba bajo un cielo que apenas era una línea color pizarra.
Cruzamos el límite, dejando atrás la protección de la Oscilancia.
La intemperie nos recibió con toda su fuerza.
El viento helado nos obligó a avanzar a empujones, sin tregua, hasta el refugio de Garek.
Él nos esperaba con tres fardos atados con correas de cuero curtido. Su rostro, medio oculto por una bufanda de lana gruesa, se iluminó ligeramente al vernos llegar.
—Puntuales —gruñó con su voz de grava—. Eso es bueno. Necesitaremos toda la ventaja posible antes de que las ráfagas nos arranquen de la pared.
—Lo conseguí en el mercado del puerto con lo que me diste, Istryel —explicó Garek, mientras me pasaba un juego de martillos de roca—. Es un viejo equipo de las minas. Pesado, pero no te va a fallar cuando tu vida dependa de un enganche.
Sopesé el martillo en mi mano. Conocía bien estas herramientas; las había visto colgadas en los cinturones de los veteranos en los niveles de extracción desde que era un aprendiz.
Eran piezas rudimentarias pero indestructibles, diseñadas para morder la roca más dura de la montaña.
Sentir ese metal familiar me dio una extraña confianza, aunque sabía que escalar hacia el cielo era muy distinto a perforar hacia el centro de la tierra.
Iniciamos la marcha con los primeros destellos de luz.
Durante más de una hora, caminamos bordeando la imponente silueta del muro de Solheim, esa colosal frontera de granito y metal que nos separaba de la civilización.
El camino era una trampa de escombros y roca suelta.
Avanzamos a empujones entre vigas oxidadas y cimientos destrozados por el hielo; las ruinas de los barrios que el Gran Muro condenó a la intemperie.
Sin embargo, a medida que avanzábamos, la estructura artificial comenzó a curvarse, alejándose de nuestra ruta hasta desaparecer por completo entre la niebla helada.
A partir de ese punto, el paisaje nos lanzó verdaderamente hacia lo desconocido. El acero y el granito tallado cedieron su lugar a la brutalidad de la piedra viva.
—Aquí es —dijo Garek, deteniéndose en un recodo donde el terreno se volvía abrupto.
Frente a nosotros, el camino trazado por las botas de la Periferia terminaba bruscamente. Garek señaló hacia una desviación que ascendía hacia una grieta natural entre dos riscos colosales. Era un lugar donde ningún ciudadano cuerdo pondría un pie: una zona de sombras perpetuas y rocas afiladas.
Levanté la vista. La cara de la montaña se alzaba frente a nosotros, una pared casi vertical de una altura aplastante de roca y escarcha.
Gran parte de la ruta consistía en una ladera extremadamente alta y expuesta, donde el viento ya empezaba a silbar con una intensidad que amenazaba con arrancarnos de la pared antes de empezar.
—A partir de aquí, cada paso cuenta —advirtió Garek mientras se ajustaba el arnés—. Nos llevará horas llegar hasta arriba, y el clima no va a mejorar. Si el viento se vuelve demasiado fuerte en la ladera expuesta, tendremos que pegarnos a la roca y rogar para que los anclajes aguanten.
Istryel se aseguró el mapa en su peto y me miró. No había rastro de duda en sus ojos.
—Vamos —dije, ajustando mi propio equipo—. El Creador de las venas no puso su ventilación en las nubes para que fuera fácil encontrarla.
Comenzamos la ascensión. El primer tramo era una rampa de piedra inestable que nos obligaba a usar las manos constantemente. Con cada metro que subíamos, el aire se volvía más delgado y el azote del viento contra la piedra ahogó cualquier otro sonido.
Cada inhalación era como tragar polvo de cristal; el aire gélido me raspaba el interior de la nariz y la garganta hasta dejarme el sabor a sangre en el paladar.
Mis manos, apretadas contra la piedra a temperaturas de congelación, se entumecieron durante la primera hora, obligándome a confiar en el roce del metal de los ganchos más que en mi propio tacto.
Istryel, a pesar de su apariencia menuda, demostró una fortaleza asombrosa. Sus movimientos eran precisos, impulsados por una voluntad que parecía compensar la falta de entrenamiento. A mi lado, el hielo me cristalizaba el aliento en los labios y el implacable ascenso quemaba mis piernas.
Finalmente, tras horas de lucha contra nuestro propio peso y un viento racheado que amenazaba con arrancarnos de la pared.
Logramos alcanzar un desgarro en la piedra lo bastante amplio para ofrecer un respiro contra el vendaval.
Una terraza natural que dejaba el abismo a solo unos pasos de nuestras botas.
Al sentir la amplitud de aquel escalón de piedra, Istryel y yo soltamos los ganchos de anclaje para movernos hacia el fondo.
Allí, la pared exhalaba una columna de vapor que ya enturbiaba el aire, y un zumbido de baja frecuencia me hacía vibrar los pulmones.
Un vaho tibio nos envolvió, espesando la bruma blanca con cada paso hasta robarnos la visión.
Garek se mantuvo anclado cerca del borde, convertido en apenas una silueta a nuestra espalda, para asegurar el equipo pesado.
Mi bota se apoyó en una junta de basalto. La piedra cedió con un chasquido seco. El suelo vibró bajo nuestro peso combinado y la terraza se fracturó.
—¡Cuidado! —grité.
Salimos despedidos. El impacto contra la roca del fondo me vació los pulmones.
Al girar la vista, el desprendimiento de hielo se mezcló con el vapor en un torbellino opaco.
Apenas distinguí la sombra de Garek siendo barrida de la plataforma.
El abismo y la niebla se lo tragaron junto con el equipo en un parpadeo.
Me arrastré hacia el vacío. Garek colgaba quince cuerpos por debajo de nosotros, balanceándose peligrosamente sobre la nada. Su brazo izquierdo sangraba profusamente y parecía incapaz de moverlo.
—¡Garek! —bramé, pero el viento despedazó mi grito.
Él intentó clavarse en la roca con la mano derecha, pero el golpe lo había dejado aturdido. Miré a mi alrededor con desesperación: no quedaban cuerdas. El equipo que nos permitiría bajar por él o subirlo se había perdido en el abismo junto con la avalancha.
Garek levantó la vista, con el rostro contraído por el dolor. Hizo un esfuerzo supremo para hacerse oír sobre el aullido del temporal.
—¡No puedo... no puedo subir! —gritó, señalando su brazo inútil—. ¡La cuerda de seguridad me tiene... pero el equipo se fue! ¡Puedo bajar... bajaré usando el peso... pero no hay vuelta arriba para mí!
Intenté buscar una solución, cualquier cosa, pero Istryel me aferró del brazo con fuerza. Un tirón seco que me devolvió a la realidad. El equipo pesado había caído con él. No había rescate posible.
Garek tenía razón. Su única opción era iniciar un descenso controlado hacia las laderas más bajas con lo poco que le quedaba, confiando en su propio instinto.
Nosotros estábamos aislados en la terraza. Sin cuerdas para retroceder, la montaña nos negaba la salida.
—¡Vayan! —nos gritó Garek, antes de empezar a maniobrar con una sola mano para liberar su descenso—. ¡Entren en esa maldita ventilación!
Lo vimos deslizarse lentamente hacia la niebla de abajo hasta que desapareció de nuestra vista. Nos apartamos del borde, avanzando hacia el fondo de la terraza donde la columna de vapor se volvía una muralla sólida.
Al entrar en la bruma, la visibilidad murió. El aire se volvió blanco y denso. Tanteé la piedra a ciegas, guiado por el calor y el zumbido que me sacudía los dientes, hasta que mis dedos chocaron con una gruesa red de vigas. La rejilla era colosal; una tapa de hierro inamovible.
Me arrastré por el borde, palpando el metal vibrante y empapado, hasta dar con los relieves de una escotilla de mantenimiento.
—Ayúdame —le dije a Istryel, buscando un punto de apoyo.
El hierro resbalaba por la condensación.
Enterré las botas en la junta de basalto, aferré el pestillo corroído por el contraste térmico y dejé caer todo mi peso hacia atrás, usándome como palanca.
La bisagra fatigada cedió con un crujido violento, abriéndonos una boca estrecha hacia las profundidades.
—Entra, rápido —le dije a Istryel, ayudándola a cruzar la escotilla.
Una vez dentro, el aullido de la intemperie quedó atrás, ahogado por el zumbido grave del aire que el conducto expulsaba desde las profundidades.
El golpe de la corriente templada fue un alivio inmediato; el entumecimiento de mi pecho cedió y mis dientes, sellados por el frío, por fin se separaron.
Con cada paso contra el viento, la escarcha de nuestra ropa comenzó a ablandarse.
A medida que nos internábamos, la bruma blanca comenzó a disiparse bajo un resplandor azulado que brotaba de las cornisas.
Al recuperar la visión, frenamos en seco.
Frente a nosotros, bloqueando el conducto, se alzaba una barrera oscura que no figuraba en nuestros mapas.
Una estructura circular hecha de un material con una textura tan densa que parecía devorar la luz de la Solstrita, creando un vacío absoluto en medio de la pureza del pasaje.
En el mapa, aquel punto estaba marcado simplemente como "Filtro de Impurezas".
Al acercarme el mundo se dio la vuelta.
Un dolor punzante, como mil agujas penetrando en mi cráneo, me hizo retroceder de un salto. Choqué contra la pared del ducto, jadeando, con la vista nublada por destellos blancos.
—¡Elial! ¿Qué pasa? —Istryel se acercó a mí, alarmada.
—No te acerques... —logré articular mientras me sujetaba la cabeza—. Esa cosa... la vibración...
—Yo no siento nada —respondió ella, mirando el material oscuro con desconfianza—. Solo un leve cosquilleo en el aire.
—Es peor que el Tañido —susurré, sintiendo cómo el estómago se me revolvía—. Ese sonido molesto de la ciudad... esto es mil veces peor. No es un ruido, es una frecuencia que me golpea directamente en los huesos. Me quema por dentro.