Solheim La Disonancia Capítulo 9 La intemperie #2
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Capítulo 9 La intemperie #2

Salí de mi escondite con la fuerza acumulada de mi miedo. Lo embestí por el costado, derribándolo contra el suelo. El impacto levantó una nube de polvo. Istryel apareció de la nada, con un fragmento de cristal afilado en la mano, apuntando directamente a la garganta del intruso.

Apreté mi antebrazo contra el pecho del hombre, sintiendo la aspereza de sus ropajes de piel y lana. Istryel no retrocedió; se mantuvo a mi lado, con la mirada fija en los ojos del intruso, lista para cualquier movimiento en falso.

—¡Habla ya! —le exigí en un susurro cargado de tensión—. ¿Por qué nos sigues?

El hombre soltó un quejido, pero no luchó. Su rostro, marcado por las arrugas del frío y una cicatriz vieja, reflejaba una mezcla de astucia y cautela.

—Te sigo desde que cruzaste los muros —dijo el hombre, entornando los ojos—.

Conozco a todos los que escarban en este sector, al menos de vista.

Nunca los había visto. Ustedes no son de aquí, no encajan en este basurero.

Y menos escarbando en la chatarra con tanta prisa para desenterrar ese tubo antes de que saliera el sol.

Aflojé un poco la presión, pero no lo solté. El hombre se acomodó la bufanda que le cubría el cuello.

—Nadie de la ciudad viene aquí a mancharse las manos con grasa vieja a menos que esté ocultando algo del Consejo —continuó, mirándonos—. Sé que se están escondiendo.

Istryel bajó un poco su defensa, aunque seguía alerta. El hombre se incorporó lentamente cuando lo solté, sacudiéndose el polvo y la nieve sucia de sus remiendos.

—Mi nombre es Garek. Solo los seguí por curiosidad. No tengo ninguna otra intención.

—Nos venías siguiendo desde las sombras —dijo Istryel—. Eso es algo sospechoso.

—Tienen razón y me disculpo por eso, pero no estaba seguro de si acercarme o desconfiar. No vienen muchas personas de la ciudad a estos rumbos.

Lo miré atentamente pero no parecía ser una amenaza.

—¡Bien, tranquilo! —le respondí—. Tampoco nosotros vamos a hacerte daño, solo necesitábamos recuperar el cilindro.

Garek se volteó y nos hizo un gesto con su mano.

—Síganme. Este lugar no nos protege del frío. Tengo un refugio cerca, caldeado con un pequeño brasero de carbón. No haré preguntas sobre lo que llevan ahí. Si quieren revisar ese paquete con algo de comodidad.

Miré a Istryel. Ella asintió imperceptiblemente. Garek tenía razón; aquel edificio en ruinas estaba cargado de una humedad estancada e incómoda, y un fuego real era una oferta demasiado sensata para rechazarla.

Salí un momento de las ruinas y recuperé el tubo de su escondite bajo la placa de acero. Lo aseguré bajo mi capa, sintiendo el frío del metal contra mi costado. Garek comenzó a avanzar pero nos esperó para que siguiéramos, moviéndose con agilidad entre los escombros.

Caminamos en silencio entre las siluetas de los edificios derruidos.

El humo de las chimeneas cercanas empezaba a mezclarse con la neblina, creando una atmósfera espesa que delataba el despertar de la Periferia.

Garek se detuvo frente a lo que parecía un montón de láminas de hierro y vigas caídas, pero al mover una cortina de lona encerada, reveló una entrada reforzada que conducía hacia el interior de un antiguo sótano.

—Entren —murmuró Garek, sosteniendo la lona para darnos paso—. El día allá afuera es un agujero miserable. Aquí adentro, al menos, el fuego y las reglas las pongo yo.

Nos internamos en la penumbra de su refugio, un pequeño brasero de carbón que emitía un brillo rojizo mantenía una temperatura agradable.

Finalmente, estábamos a cubierto. El interior del refugio de Garek olía a carbón, humedad y al rancio aroma de la supervivencia.

El brasero en el centro de la habitación arrojaba sombras alargadas contra las paredes de piedra caliza reforzada.

Garek nos observaba desde un rincón, con los brazos cruzados, respetando una distancia que parecía una mezcla de cortesía y desconfianza.

Nos sentamos muy cerca del fuego. Saqué el tubo de aceite y lo puse sobre el suelo. Istryel se acercó, su mirada fija en el cilindro manchado de grasa negra.

—Ábrelo —susurró ella.

Con las manos todavía entumecidas, tomé la carcasa. El metal mostraba nuevas abolladuras por el roce a alta velocidad contra las paredes de las tuberías durante una gran distancia, pero el sellado que improvisé había resistido la presión.

Intenté retirar la tapa con mis manos pero no podía, se había sellado con los golpes. Garek se acercó y me dio un pequeño cuchillo, lo tomé y lo usé para hacer palanca en la tapa. Con un chirrido metálico, el contenedor cedió.

Vacié el contenido sobre la mesa. Primero salieron los trapos impregnados en aceite, que habían absorbido los impactos del trayecto desde el Nivel 8.

Luego, el disco rodó sobre la mesa con un tintineo sólido.

El símbolo del Ojo y las Espinas brillaba bajo la luz rojiza del brasero, desafiando al tiempo y a la basura.

Finalmente, extraje el mapa. Gracias a la protección de la carcasa, había resistido el violento viaje por la infraestructura de la ciudad en perfectas condiciones. Lo desplegué con cuidado sobre la mesa.

Istryel se inclinó sobre la mesa, absorbiendo la abrumadora complejidad del trazado por primera vez.

—Es la red completa de los creadores —susurró, trazando en el aire el recorrido de las líneas sin atreverse a tocar el material—.

La satisfacción de tener el mapa frente a mí se desvaneció de golpe cuando miré el reloj de mi bolsillo. La luz que se filtraba por la lona de la entrada indicaba que la primera hora de la mañana avanzaba implacable.

—Maldita sea —gruñí—. Mi turno en la terminal empieza en poco tiempo. Si no estoy allí cuando Reldar haga la ronda inicial, la inspección de la Intendencia pasará de ser una sospecha a una cacería formal. Especialmente después de lo que pasó ayer con Daxen.

Istryel me puso una mano en el hombro, empujándome con urgencia hacia la salida del refugio de Garek. Sus ojos reflejaban la seriedad del momento.

—Vete ya, Elial, no pierdas ni un segundo más —ordenó—. Yo me quedaré aquí con el mapa para estudiarlo a fondo. Garek y yo estudiaremos cada ruta mientras tú mantienes la calma en el Nivel 8.

Miró el disco que descansaba sobre la mesa y luego me miró a mí.

—Y deja el disco aquí también, junto con el mapa —añadió en un susurro—.

Han estado controlando mucho el ingreso en los muros y no llevas tiempo para sortear un registro minucioso.

Es demasiado arriesgado que cruces con esto encima.

Yo me encargaré de introducirlos a la ciudad más tarde sin que los encuentren. Aquí estarán a salvo.

Asentí, sintiendo un peso menos en el cuerpo pero una mayor responsabilidad sobre mis hombros. Dejarlo era lo más sensato.

—Por lo que más quieras —concluyó ella, señalando mi túnica desgarrada y mis manos negras de grasa—, corre a limpiarte. No puedes presentarte así. No te dejarán ingresar si te ven en esas fachas.

Salí al frío de la mañana y encaré el castigo de la intemperie.

Invertí media hora abriéndome paso a zancadas torpes entre ruinas oxidadas y planicies de escarcha.

Al alcanzar por fin la Puerta Este, la frustración me golpeó de lleno.

El acceso estaba vacío, pero el avance fue nulo.

Los guardias me cortaron el paso. Retuvieron mi identificación y me obligaron a aguardar en el hielo con una desidia calculada, disfrutando de su autoridad mientras yo me congelaba.

Sentía el sudor frío mezclándose con el fango en mi piel mientras el reloj de mi bolsillo avanzaba sin piedad.

Cuando finalmente logré cruzar el muro, todavía me encontraba en el extremo oriental de Solheim y mi casa quedaba en el Margen Norte.

Eché a correr atravesando los distritos del este, con los pulmones ardiendo por el aire denso y las piernas pesadas, cruzando media ciudad a zancadas desesperadas como si la vida me fuera en ello para alcanzar mi barrio.

Entré en mi casa de golpe, haciendo que la puerta chocara contra la pared.

Mi madre levantó la vista desde la pequeña cocina. A pesar de mi aspecto deplorable, sus ojos no mostraron alarma alguna; mantenía su rostro en una calma desconcertante.

—Vaya, Elial, te has ensuciado mucho antes de llegar a tu puesto —comentó con una sonrisa vacía, ladeando la cabeza—. Y tienes la túnica rota. ¿Te tropezaste?

—Un resbalón en los callejones del mercado exterior —mentí sin mirarla, mientras me despojaba de la ropa sucia con movimientos frenéticos—. No tengo tiempo para esto, madre. Voy retrasado.

Me restregué la cara y los brazos con el agua helada de la jofaina, usando el jabón de sosa con una violencia que me dejó la piel enrojecida.

No podía quedar ni rastro del vertedero.

Me puse un uniforme limpio, ajusté el cuello y salí de nuevo a la calle casi sin aliento, dejando a mi madre con las palabras en la boca.

Corrí por las calles de la ciudad, esquivando a la marea de obreros hasta irrumpir en el edificio de acceso.

El pórtico de seguridad fue un cuello de botella agónico; arrojé mi placa de operario sobre el panel de cobre y crucé el control bajo la mirada severa de los guardias.

Me lancé directo hacia la jaula del elevador, soportando descenso mientras la plataforma se sacudía y el aire fresco era reemplazado por un calor asfixiante.

Apenas la rejilla metálica se deslizó, corrí estampé mi mano desnuda contra el Captor de Pulso para abrir la última compuerta y salí disparado por los pasillos de piedra y vapor del Nivel 8.

Al doblar la esquina hacia mi terminal de presión, miré el reloj de la pared central: una hora y media tarde.

El rugido de las calderas ya estaba en su punto máximo, vibrando bajo mis botas.

Reldar estaba de pie junto a mis controles, apretando su tablilla de registros con los nudillos blancos por la tensión.