Capítulo 9 La intemperie
Esa noche, en el Archivo de las Sombras, las palabras de Istryel fueron un susurro de urgencia pura cuando le conté sobre el jardín azul y el mapa que ahora viajaba por las entrañas de la ciudad hacia el exterior.
Acordamos reunirnos en los vertederos del noreste antes del amanecer, conscientes de que nuestra ventana de oportunidad se cerraría en cuanto los recolectores de chatarra iniciaran su jornada.
Por eso, mucho antes de que el primer rayo de luz tocara las Agujas de Solheim, yo ya estaba fuera de los muros.
Al cruzar los límites de la ciudad por la Puerta Este y dejar atrás la frontera de acero y pisar el exterior, la ausencia total de la Oscilancia me golpeó en forma de una humedad salina y un frío crudo que me caló hasta los huesos.
Con la escarcha endureciendo la piedra bajo mis botas, mis exhalaciones formaban jirones de vapor que se fundían con la niebla gris que lo cubría todo.
Apenas di los primeros pasos por la tierra helada, la miseria de la Periferia me rodeó.
A la luz de rudimentarios braseros de chatarra, vi a los pescadores cargando redes tiesas por la escarcha y a los buscadores empuñando sus ganchos.
El humo negro de las chimeneas en ruinas era el único refugio contra la intemperie.
Me ajusté la capa, dispuesto a internarme hacia los vertederos del noreste.
El chirrido repentino de unas ruedas metálicas arrastrándose sobre la piedra a mis espaldas me puso en alerta.
Actuando por puro instinto, me oculté tras la estructura de piedra de una antigua torre de repetición.
Por el mismo paso de la Puerta Este que yo acababa de cruzar, aparecieron dos guardias de la Intendencia empujando una tosca carreta de hierro y madera.
Avanzaron apenas unos metros sobre la escarcha exterior.
Sin ningún miramiento, volcaron el carro y un hombre rodó hasta caer de bruces contra el suelo helado.
Los guardias no perdieron un segundo; dieron media vuelta y arrastraron la carreta de regreso hacia el interior de la ciudad, dejándolo a merced de la intemperie.
Me acerqué un poco, con el pulso acelerado.
El hombre estaba pálido, con un tinte azulado en el rostro, pero sus pulmones luchaban por aire.
Se movía con dificultad, tiritando con espasmos violentos.
Sus ojos reflejaban confusión, la mirada de alguien que ha despertado en un lugar extraño sin saber cómo llegó allí.
Antes de que pudiera decidir si salir de mi escondite para ayudarlo, tres sombras emergieron de los almacenes abandonados cercanos.
Eran habitantes de los límites; lo levantaron con resignación y se lo llevaron hacia el calor de uno de los braseros.
No parecían sorprendidos, solo profundamente tristes.
Aguardé inmóvil en las sombras hasta que el grupo desapareció entre la escarcha.
Solo cuando el terreno volvió a quedar desierto, abandoné mi cobertura.
El vertedero noreste exigía una marcha un poco larga.
Caminé a través de un laberinto de ruinas y fango congelado, luchando durante casi media hora contra un viento que me despellejaba el rostro.
Llegué a las colosales montañas de chatarra industrial que devoraran el horizonte gris.
Istryel ya estaba allí, agachada junto a una vieja torre de control en ruinas, cubierta por su capa de lana gruesa.
—Llegas tarde —dijo, sin apartar la vista de los montones de metal—. Los recolectores empezarán su ronda en cuanto aclare un poco.
—Vi algo en la Puerta Este —le conté, frotando mis manos enguantadas con fuerza para mantener el flujo de la sangre—.
Dos guardias de la Intendencia sacaron a un hombre en una carreta y lo volcaron sobre la escarcha.
Estaba muy mal, casi azul, pero aún se movía.
Otros habitantes se lo llevaron, pero... parecía que no sabía quién era.
Istryel se puso de pie y me miró a través de la oscuridad. Sus ojos verdes se ensombrecieron.
—Los devuelven vacíos —susurró Istryel, sin apartar la vista de los escombros—. El Consejo los usa y luego induce una amnesia traumática. Entregan el cuerpo para acallar las preguntas en la Periferia, pero se quedan con la mente. Necesitamos recuperar esa carcasa, Elial.
Bajamos por la ladera de escombros, esquivando tuberías oxidadas que goteaban condensación congelada.
Debíamos encontrar la carcasa de filtro marcada con una «X».
Nos internamos de lleno en el corazón del vertedero y empezamos a escarbar.
Remover el hierro a oscuras fue un castigo lento.
Llevábamos un buen rato luchando contra la escoria helada cuando el cielo empezó a teñirse de un gris metálico, advirtiéndonos que nuestro margen de tiempo se evaporaba.
Teníamos que dar con el paquete antes de que fuera encontrado por un buscador que sólo viera en él un botín para fundir y cambiar por carbón, destruyendo la única llave capaz de exponer el horror del Consejo.
—Por aquí —susurró Istryel, señalando una pendiente de placas de metal retorcidas.
Comenzamos a trepar. El suelo bajo mis botas era una mezcla traicionera de barro congelado y virutas de acero. De repente, un gemido metálico vibró bajo mis pies, un eco sordo que recorrió toda la pila de escombros.
—¡Cuidado! —El grito salió de mi garganta antes de que pudiera pensarlo.
Una avalancha de tuberías oxidadas y fragmentos de basalto reforzado se soltó desde lo alto, deslizándose con una fuerza aplastante hacia Istryel.
Ella tropezó, atrapada por la irregularidad del terreno.
Sin dudarlo, me lancé hacia adelante, rodeando su cintura con un brazo y tirando de ella con toda la fuerza de mis hombros.
Caímos de lado justo cuando una viga de soporte impactaba donde ella había estado un segundo antes, levantando una nube de polvo rancio y astillas de hielo.
Nos quedamos en silencio un instante, escuchando el último eco de los escombros asentándose. El corazón me martilleaba en los oídos.
—Gracias —murmuró ella, recomponiéndose con rapidez, aunque noté un leve temblor en sus manos.
—No te separes de mí —le advertí, ayudándola a levantarse—. Esta pila es una trampa.
Seguimos avanzando en tensión, conscientes de que el más mínimo error bajo nuestras botas provocaría un nuevo derrumbe.
Mis manos, ya cubiertas de una costra de hollín y aceite, escarbaban con urgencia entre los restos, apartando tubos oxidados y carcasas abolladas que amenazaban con rasgarme la piel a través de los guantes.
Cada pieza que movía hacía que el resto de la pila crujiera. Era un equilibrio precario; un mal movimiento y seríamos enterrados por la propia basura de Solheim.
—Allí —dijo Istryel, señalando un cilindro que asomaba bajo una placa de ventilación.
Me acerqué, hundiéndome hasta las rodillas en una masa de estopa sucia y escoria de fundición. Tiré con cuidado, sintiendo el peso del acero. Al darle la vuelta y limpiar la capa de fango negro con el pulgar, la vi: la marca en forma de "X" que grabé con el destornillador en la terminal.
El paquete estaba intacto. Sentí un alivio tan intenso que por un momento olvidé el frío.
La satisfacción duró poco. A través de la neblina gélida y el silencio de las ruinas, llegó el sonido rítmico de pasos sobre el metal: botas y el tintineo de ganchos de hierro chocando entre sí. Eran los recolectores de basura, y no estaban lejos.
—Vienen hacia aquí —susurró Istryel—. Si nos ven con una pieza intacta, podrían intentar quitárnosla o avisar a la guardia. No podemos arriesgarnos.
Guardé el tubo metálico bajo mi capa, asegurándolo con el cinturón para ahogar cualquier ruido.
—No podemos abrirlo en medio de este basurero —susurró ella, tirando de mi manga—. Salgamos de la chatarra. Busquemos terreno firme y cobertura de piedra para comprobar si el mapa y el disco sobrevivieron.
Sin mirar atrás, nos deslizamos entre las sombras de las montañas de chatarra, alejándonos del ruido de los buscadores mientras la primera luz del día empezaba a revelar las cicatrices de la tierra fuera de los muros.
El peso del tubo metálico contra mi costado era un recordatorio constante de lo que nos jugábamos.
A medida que nos internábamos en el laberinto de estructuras colapsadas que formaban el cordón de miseria de la Periferia, una sensación familiar y punzante empezó a recorrerme la nuca.
—No mires atrás —susurré, apenas moviendo los labios mientras esquivábamos un charco de agua aceitosa congelada—. No estamos solos.
Istryel no cambió el ritmo, pero su postura se volvió más tensa, más alerta.
—Lo sé —murmuró ella, sin alterar el paso—. El crujido de la escarcha no cuadra. Nos siguen desde la hondonada.
Aceleramos hacia la entrada de una antigua estructura, una mole de piedra caliza y hierro con la techumbre colapsada.
Antes de cruzar la brecha del muro, divisé un hueco bajo una placa de acero oxidada.
Fingí un tropiezo contra los escombros y, aprovechando la caída, deslicé el cilindro en el escondite, pateando un puñado de nieve sucia sobre el metal para ocultarlo.
Entramos en las ruinas. El interior estaba iluminado apenas por la luz gris del amanecer que se filtraba a través de la techumbre desplomada.
El aire estaba cargado de polvo de piedra.
Nos separamos instintivamente: Istryel se deslizó tras una columna de soporte y yo me aposté junto a la entrada, fundiéndome con las sombras de una maquinaria herrumbrada.
Esperamos.
De pronto una sombra se recortó contra la luz grisácea de la abertura.
El individuo se movía con gran sigilo, agazapado, con las manos enfundadas en trapos y el rostro cubierto por una bufanda raída.
Se detuvo justo en el centro de la entrada, escudriñando el interior del almacén con ojos nerviosos.
No esperé a que diera otro paso.