Solheim La Disonancia Capítulo 8 Vías de evacuación #3
28%

Capítulo 8 Vías de evacuación #3

El conducto se encontraba al final de un corredor secundario, pero arrojar mis hallazgos desnudos por ahí era una apuesta desesperada.

El mapa era de un material flexible pero delicado ante un impacto a gran velocidad, y el disco podría abollarse o perderse en el fango de la superficie. Necesitaba algo que los blindara.

Por eso, escabullirme primero hacia el área de piezas de desecho era un paso obligatorio, a pesar de que hacerlo mientras los guardias registraban cada rincón en busca del cristal robado era ganarme un registro por pura sospecha.

Aprovechando que los guardias estaban distraídos revisando los diales de presión de una caldera cercana, me deslicé entre las sombras de las tuberías de alta presión y alcancé el área de chatarra, un rincón sombrío donde se acumulaban carcasas de válvulas y trozos de metal retorcido.

Allí, mis dedos dieron con una carcasa de filtro de lubricante usada. Era un cilindro de acero cubierto de una pátina de grasa negra.

Me agaché, oculto tras la mole de un condensador abandonado, y actué con mucha rapidez.

Tomé unos trapos de limpieza empapados en lubricante y los metí en el fondo para amortiguar el impacto.

Saqué el disco de mi bota y lo deslicé en el centro.

Extraje el mapa de mi pecho y lo introduje en el cilindro, sellándolo todo bajo una capa final de estopa sucia.

Justo cuando encajaba la tapa metálica con la palma de la mano, escuché el paso de las botas de los guardias acercándose peligrosamente hacia el área de desechos.

No podía llevarme la carcasa conmigo ni dejar que me descubrieran agazapado en ese rincón.

Con un movimiento brusco, saqué el punzón de acero que llevaba en el cinturón y tracé una 'X' agresiva cerca de la base del filtro.

La punta afilada no logró penetrar el acero endurecido, pero rajó la espesa pátina de grasa negra que lo cubría, dejando al descubierto dos cruces de metal brillante.

Ese contraste visual me permitiría reconocerlo entre las toneladas de basura que Solheim escupe cada día.

Solté la carcasa de nuevo en el montón de desecho y me aparté de los escombros de inmediato, sacudiéndome las manos y adoptando la postura rutinaria de quien revisa una válvula, justo cuando el inspector de la Intendencia dobló la esquina. Y el hombre no se fue.

Se quedó plantado en la pasarela, escrutando a los operarios con una línea de visión directa que barría toda el área de chatarra.

Me vi obligado a regresar a mi terminal y fingir una normalidad absoluta mientras el sudor me empapaba la espalda.

Pasó casi una hora de asfixiante quietud antes de que volviera a tener un resquicio de oportunidad.

El inspector finalmente se alejó hacia el otro extremo del sector, los guardias externos bajaron la guardia.

Me dirigí de nuevo al área de desechos. Sentía una presión en mi pecho mientras buscaba con la mirada.

Allí estaba: la marca en forma de "X" brillando tenuemente bajo la luz ámbar.

Tomé la carcasa, que ahora parecía pesar el doble por el miedo, y me encaminé hacia la boca del Sistema de Evacuación Neumática.

Llegar no fue fácil. El acceso principal estaba bloqueado por una rejilla de seguridad que se sentía demasiado pesada. Tuve que forcejear con la palanca de apertura, que chirrió con un eco metálico que me hizo palidecer. Un guardia se detuvo a unos diez pasos, observando mi esfuerzo.

—¡Maldita válvula de succión! —exclamé—. ¡Siempre se atasca cuando el sector está saturado!

El guardia simplemente negó con la cabeza y siguió su camino.

Con un último esfuerzo, la rejilla cedió.

Introduje la carcasa, pero el cilindro se atascó en las aspas de la válvula de seguridad primaria.

Al otro lado, el vacío industrial rugía como una bestia hambrienta.

Tuve que meter el brazo más allá del borde de advertencia, empujando el acero con todas mis fuerzas.

En cuanto el cilindro venció el tope, la presión diferencial me golpeó: el vacío succionó la pieza con una violencia brutal, arrastrando la manga de mi uniforme.

Tiré de mi brazo hacia atrás con un jalón desesperado, despellejándome el antebrazo contra el borde apenas una fracción de segundo antes de que la válvula de succión se cerrara con un chasquido capaz de guillotinar el hueso.

Finalmente, un golpe metálico resonó en la tubería y la carcasa desapareció, tragada por el sistema neumático que la lanzaría muy lejos, hacia los vertederos exteriores.

Me alejé de la boca de succión con las manos vacías y la respiración por fin bajo control.

Ya no llevaba las pruebas encima; si la Intendencia me registraba ahora, estaba completamente limpio.

Solo me quedaba soportar el resto del turno, cruzar el escrutinio de la salida con la cara en alto y confiar en que, para mañana, mi cilindro resistiera el impacto del viaje neumático y no terminara aplastado o irremediablemente perdido bajo toneladas de chatarra en el vertedero exterior.