Solheim La Disonancia Capítulo 8 Vías de evacuación #2
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Capítulo 8 Vías de evacuación #2

Aparté la suciedad con un manotazo rápido.

Mis dedos esperaban celulosa quebradiza, pero la textura me desconcertó: era un material flexible, similar al pergamino, pero frío y dotado de una resistencia casi metálica.

Lo levanté a contraluz y la topografía encajó en mi cabeza al instante.

Era un mapa que coincidía con la maqueta, revelando la misma red de pasajes secretos y la línea roja que subía hacia los cimientos de La Corona.

Era la versión portátil de la piedra. No podía llevarme la estructura de los creadores, pero aquel pliego cabía perfectamente dentro de mi uniforme.

El Consejo no tenía idea de que esto existía.

A una pared de distancia, sus operarios sudaban sobre máquinas remendadas, ciegos ante la infraestructura intacta de los creadores.

La maqueta y el mapa demostraban la existencia de un complejo entero latiendo en secreto bajo la roca.

Exponían una brecha directa en la seguridad de la mina, entregándome una red de infiltración perfecta que la Intendencia era incapaz de vigilar.

Un crujido lejano —quizás el movimiento natural de la isla— me recordó que el tiempo era un lujo que no tenía. El regreso consumiría los pocos minutos de margen que me quedaban. Si me demoraba, Reldar cumpliría su amenaza de reportarme a la Intendencia.

Doblé el mapa con cuidado. El material se plegó sobre sí mismo con una suavidad, casi sin ocupar espacio, y lo deslicé dentro de mi túnica, sintiendo la fricción de aquel material extraño contra la piel.

Di media vuelta y regresé a toda prisa por el corredor azul hasta toparme con el muro cerrado.

Por una fracción de segundo, un vértigo frío me oprimió el pecho; era la primera vez que permitía que la piedra se sellara estando adentro.

Sin embargo, la lógica técnica de los creadores no dejaba margen para la torpeza: justo a la altura de mis ojos, el familiar grabado del ojo rodeado de espinas destacaba claramente sobre el revestimiento inmaculado.

Deslicé el disco en la hendidura central del símbolo y la piedra cedió al instante con un susurro.

Crucé hacia la vieja sala de plomo y recuperé el metal de la pared a mis espaldas.

En respuesta, el bloque de basalto volvió a sellarse con su silencio fantasmal, dejándome a solas bajo el resplandor opaco de la lámpara de Mica de Plata en la sala de los archiveros.

El regreso fue una carrera contra mi propio pulso. Crucé la estancia vacía y empujé la pesada puerta de plomo. Al cruzar el acceso, el estruendo de las calderas y el bofetón de calor asfixiante me golpearon de lleno, devolviéndome de golpe al polvo y al vapor del Nivel 8.

Cerré la puerta oxidada tras de mí. Sentía el contacto del mapa contra mi pecho; el material era tan fino que apenas se notaba, pero para mí pesaba como si llevara un bloque de basalto.

Traté de serenar mi respiración mientras avanzaba por el pasillo, recordándome que, oficialmente, venía de dar un regalo a los mineros.

Pero al doblar la esquina hacia mi destino, la atmósfera se había vuelto tensa.

Frente a mi puesto de control, Reldar estaba de pie, rígido, con el sudor corriéndole por las sienes. Junto a él se encontraba Daxen, una silueta que no pertenecía a las profundidades, acompañado por un hombre de vestimenta impecable.

Obligándome a mantener la compostura, me acerqué y bajé la cabeza, adoptando la actitud de un simple operario frente a sus superiores.

—¿Ocurre algo, Intendente Daxen? —pregunté, intentando que mi voz sonara natural y servicial.

El desconocido levantó la vista de los registros y me clavó sus ojos calculadores.

—Soy inspector de la Intendencia, operario —sentenció el hombre, con una lentitud amenazante—.

Se ha extraviado un Cristal Calibrador. Alguien lo tomó durante el relevo de mediodía.

He cruzado información con los guardias del comedor y nadie te vio allí, Elial.

Eres el único operario de este sector sin un paradero confirmado.

El inspector avanzó hacia mí, sus manos ya enguantadas y listas para un registro físico. Sentí como si mi cuerpo pesara el doble. Tenía el mapa pegado al pecho y el disco en mi bota. Si esos dedos tocaban la tela de mi uniforme, terminaría siendo interrogado por la Guardia sin dejar rastro.

Justo cuando el inspector extendía la mano, Daxen dio un paso al frente, interponiéndose con una elegancia depredadora.

—Un momento —dijo Daxen, y su voz, aunque tranquila, cortó el aire con la autoridad de quien no admite réplicas—. Yo contraté a este hombre. Su expediente y su integridad son responsabilidad de mi oficina, no de la Intendencia de Seguridad.

El inspector frunció el ceño, pero Daxen no le dio espacio para protestar.

—Tengo un rango superior en la jerarquía de supervisión técnica —continuó Daxen, mirando al inspector con un desprecio soberano—.

Si hay algo que este operario oculta, seré yo quien lo encuentre.

No permitiré que un registro descuidado de la seguridad dañe a un trabajador que acaba de salvar este sector de una explosión térmica.

Reldar asintió frenéticamente, ansioso por complacer a Daxen, y el inspector, tras una larga y tensa mirada, retrocedió de mala gana. Daxen me sujetó por el cuello de la túnica con una fuerza que no esperaba y me estrelló contra una pared de basalto, a la vista de todos.

—No te muevas —susurró.

El registro fue metódico. Me aplastó contra la pared y comenzó a palparme desde los hombros hacia abajo, buscando cualquier contrabando con la rudeza de un guardia. Sus puños golpearon mis costados, mi cintura y mi espalda. Sus dedos se detuvieron sobre el bulto del mapa.

Un segundo. Solo uno. Y siguieron hacia abajo sin decir nada.

Sin darme tiempo a reaccionar, lanzó una patada seca contra la cara interna de mi tobillo para obligarme a separar los pies.

Se agachó en un movimiento fluido, barriendo mis pantorrillas con ambas manos, y al apretar con brusquedad el cuero de mi bota, sus dedos detectaron la rigidez antinatural del disco oculto en el forro.

Cerré los ojos, esperando el grito de alerta y la llamada a los guardias.

Pero Daxen no dio la alarma. En lugar de eso, cerró su puño alrededor del cuello de mi uniforme, inmovilizándome contra la roca con una intensidad feroz en la mirada.

—Ese disco de aleación no te salvará si eres así de predecible —murmuró, su voz apenas un hálito que se perdió entre el siseo del vapor.

Me quedé paralizado. Que supiera exactamente qué pieza ocultaba bajo el cuero de la bota, sin necesidad de sacarla a la luz ni preguntar por ella, fue como una descarga de energía pura.

Daxen me soltó con la misma brusquedad con la que me había sujetado y, con un gesto cínico, alisó mi uniforme como si solo estuviera quitándome el polvo de la mina.

—Está limpio, inspector —gritó Daxen hacia el pasillo, sin quitarme la vista de encima—. Solo es un operario agotado con los nervios a flor de piel. Vuelva a sus registros, aquí no hay nada que buscar.

Se acercó a mi oído una última vez, con una frialdad que me dejó inmóvil.

—No vuelvas a ser tan descuidado. Si ese inspector te hubiera tocado, no habría podido evitar que te borraran de los registros. Ahora vuelve a trabajar y finge que nada ha pasado.

Daxen se alejó hacia los elevadores, dejando tras de sí un gran silencio.

Me quedé allí, apoyado contra la piedra, sintiendo el mapa quemándome el pecho y asimilando una certeza aterradora: el Intendente conocía la naturaleza del disco.

La jerarquía del Consejo escondía grietas mucho más profundas de lo que imaginé, y yo acababa de quedar atrapado en el centro de una maquinaria que me superaba por completo.

Apenas pude recuperarme, Reldar se me acercó fingiendo que revisaba un dial de presión. Su voz temblaba.

—Han bloqueado los elevadores. Nadie sale de aquí sin que le den vuelta a los bolsillos.

Daxen lo gritó como una orden inquebrantable —se quejó Reldar, frotándose la nuca.

Asentí en silencio. Reldar solo veía el rigor de la Intendencia, pero yo entendí la verdad: Daxen se había asegurado de que yo lo escuchara.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Daxen me había protegido en el nicho de mantenimiento, pero no podía sacarme de la mina con los objetos encima. La inspección en los elevadores de salida sería exhaustiva porque seguían buscando el Cristal Calibrador perdido.

Miré a mi alrededor. Había guardias externos merodeando por la galería principal, abriendo cajas de herramientas y levantando rejillas de ventilación. Si escondía el mapa y el disco en cualquier hueco de mi terminal, los encontrarían por puro azar.

Necesitaba un milagro. Mi mente trazó el plano del sector hasta la boca metálica del Sistema de Evacuación de Desechos.

Esos conductos neumáticos succionaban todo lo que se descartaba en las profundidades y lo lanzaban por tuberías inmensas hasta los vertederos exteriores, donde los "olvidados" buscaban chatarra en el frío.