Capítulo 8 Vías de evacuación
Cuando el primer Tañido del alba retumbó en los cimientos, clavándome su habitual fricción acústica en las sienes, me desperté de golpe, conteniendo el aliento contra la sacudida.
Tenía los ojos ardiendo por la falta de descanso real, pero la imagen de aquel corredor azul seguía quemándome la mente.
Al menos, el sueño ligero había forjado una estrategia clara: mi único resquicio viable sería la hora del almuerzo.
No era mucho tiempo, pero si lograba estabilizar las válvulas temprano y estirar el descanso unos minutos, podría llegar a la habitación de plomo y cruzar el umbral sin levantar sospechas.
Ese era mi plan, y estaba decidido a ejecutarlo.
—Reldar —lo abordé mientras dejaba mis herramientas, tratando de sonar lo más casual posible—. Quería avisarte con tiempo por si fuera necesario que me cubras unos minutos.
Reldar levantó la vista de su tablilla, arqueando una ceja.
—¿Pasa algo, Elial? No me digas que ya estás pensando en irte.
—No es eso. Un encargo para un viejo compañero de la Veta Madre —expliqué, señalando un pequeño bulto en mi cinturón—. Tabaco de hoja real. Usaré mi descanso para bajar a los túneles de enlace y entregárselo.
Reldar asintió lentamente. Al conocer mi pasado en la Veta Madre, le parecería lógico que mantuviera contacto con mi antigua cuadrilla. Llevarles un pequeño lujo de la superficie para alegrarles el turno era una excusa simple, directa y, sobre todo, incuestionable.
—Está bien —gruñó Reldar, volviendo a sus números—. Pero que sea rápido. Puedo cubrirte los mandos un rato, pero tengo un sector entero que supervisar. Si alguien se da cuenta que no estás para cumplir tu labor, no podré hacer nada, o si te demoras mucho, te reportaré yo mismo.
—No tardaré. Saldré justo después de una descarga para aprovechar el letargo —le aseguré. Me coloqué frente a la mole de hierro, iniciando las lecturas rutinarias.
Durante las primeras horas, trabajé con precisión mecánica, sometido al ritmo caprichoso de la terminal.
No podía forzar la estabilidad del flujo, así que cuando se acercó la hora del almuerzo, me vi obligado a jugar con sus tiempos.
Aguardé tenso hasta que el visor exigió la purga; tiré de la palanca, liberé la presión y la bestia entró en su letargo.
Solté la palanca y busqué a mi supervisor.
—El flujo está en reposo. Salgo ahora —le avisé, alzando la voz sobre el vapor.
Reldar asintió desde la pasarela, clavándome una mirada de advertencia.
—Te doy unos minutos extra, Elial, pero no abuses del favor —gruñó—.
Si esto despierta y me dejas colgado demasiado tiempo con tu trabajo, te reporto.
Asentí. Mientras le daba la espalda a la máquina, mi mente ya cruzaba el pasillo.
Tenía el disco y la excusa; ahora solo me faltaba ganarle la carrera al reloj.
Me alejé de la terminal con paso rápido. Crucé el sector de purga y me interné en los pasillos, retrocediendo por el laberinto de pasarelas. Cada segundo que mis botas golpeaban el metal me recordaba que mi excusa con Reldar tenía pies de barro.
Al llegar al recodo, me detuve frente a la puerta reforzada con sellos de plomo y barrí el pasillo con la mirada. No había nadie. Extendí la mano hacia el pomo de hierro oxidado, sintiendo el calor del metal contra mi piel, cuando una voz a mis espaldas me detuvo en seco.
—¿Elial? ¿Qué haces ahí plantado frente a la puerta?
Me giré lentamente, forzando una máscara de tranquilidad. Era uno de los mensajeros de la Intendencia Central.
—Una molestia en la bota —mentí, apoyando mi peso contra la puerta de plomo—. Una esquirla de roca o un remache suelto. Me detuve un segundo a revisarla antes de seguir hacia el comedor.
El mensajero me miró con una mezcla de envidia y cansancio, deteniendo su marcha.
—Este nivel destroza cualquier bota y a cualquier hombre —suspiró, secándose el sudor provocado por el choque repentino con el calor asfixiante de las profundidades—. Vengo a recoger los registros del ciclo. ¿Crees que Reldar ya los tenga listos para poder largarme rápido?
El reloj en mi mente gritaba.
—Seguro que sí, pero Reldar está muy estricto hoy —le corté, tratando de sonar más brusco de lo habitual para obligarlo a moverse—. Deberías ir directo a su terminal antes de que se impaciente y te haga esperar el doble.
El muchacho hizo una mueca, asintió con resignación y retomó su camino por el pasillo.
Lo vi alejarse con paso vacilante. Esperé a que el sonido de sus botas desapareciera tras el rugido de las tuberías de alta presión cercanas. Un minuto perdido. La tensión me hacía vibrar los músculos bajo el uniforme.
Sin perder un instante más, abrí la puerta de plomo. El chirrido fue mínimo, ahogado por el ruido ambiental de la mina. Entré y cerré tras de mí, sumergiéndome en el silencio de la habitación de los archiveros. Aquí, el aire estancado y el olor a papel viejo eran mi única compañía.
Crucé la estancia a zancadas, esquivando los muebles de metal vacíos hasta llegar al fondo, frente al ojo rodeado de espinas grabado en la piedra. No hubo vacilación. Saqué el disco de la bota y lo introduje en la pupila del grabado.
Un chasquido. El bloque de basalto se deslizó. Al cruzar la entrada, recuperé el disco de la ranura con un movimiento rápido; en respuesta, la pared de piedra se cerró a mis espaldas, sellando definitivamente la habitación de los archiveros.
Avancé por el pasadizo, reconociendo al instante la misma cerámica pulida y libre de hollín que había encontrado en la sala del mapa.
Las paredes estaban revestidas con finas nervaduras de bronce que no presentaban ni una mota de corrosión, y la luz azul de la Solstrita brotaba de las cornisas.
Ya conocía la superioridad técnica de los creadores, pero la conservación impecable de este espacio imponía un respeto absoluto.
Esto no parecía una simple habitación aislada; era una infraestructura perfecta latiendo en secreto detrás de las paredes de la mina.
De pronto, el túnel desembocó en una gran estancia y el aliento se me escapó de los pulmones.
Ante mí, protegido por un clima perfecto sostenido por la pureza de la Oscilancia, se extendía un jardín.
Árboles de troncos plateados y corteza fina se alzaban buscando un techo que brillaba con un resplandor índigo, mientras plantas de hojas anchas y translúcidas habían crecido sin control, reclamando cada rincón.
Enredaderas azuladas trepaban por columnas de mármol blanco, asfixiando fuentes de las que aún manaban hilos de agua cristalina, y envolviendo antiguos bancos de descanso tallados en piedra viva.
El espacio estaba limpio, recorrido por una estática tan viva y pura que me erizó el vello de los brazos al instante; era el mismo nivel de saturación extrema que me había dejado casi en un trance al caminar por la Avenida 7.
Mis músculos absorbieron esa vibración de inmediato como un eco cálido y revitalizante, lo que me ayudó a disolver la tensión de mi infiltración a contrarreloj y me permitió llenar los pulmones a plenitud.
Al mirar entre la espesura, divisé tres puertas de metal medio ocultas por la vegetación salvaje. Este jardín era solo el vestíbulo. Con el tiempo corriendo en mi mente, inicié un barrido rápido.
Empujé la primera puerta y crucé. El espacio era inmenso.
Una cama amplia de tejidos intactos dominaba el centro, pero la ignoré y fui directo hacia un gran armario empotrado.
Tiré de las hojas buscando un doble fondo o algún compartimento oculto, pero solo encontré prendas de un material perfecto y sin desgaste.
Al cerrar, me topé de frente con un espejo de cuerpo entero incrustado en la madera.
La imagen me golpeó con dureza: mi rostro tenso, la túnica gris y mis botas cubiertas de grasa y hollín.
Yo era una mancha de miseria del Margen Norte profanando un santuario inmaculado. Di media vuelta y regresé al jardín.
Me aparté hacia la segunda. Era una puerta metálica lisa.
Junto al marco, incrustado en la pared, había un panel circular con una ranura central rodeada de números.
Al acercarme, el disco en mi bolsillo latió con una vibración helada.
Lo saqué y lo encajé en la hendidura. La compuerta se deslizó en silencio, revelando un cilindro metálico y estrecho, sin controles aparentes.
Un callejón ciego. Vi a Reldar frente a la terminal en mi cabeza.
Sin tiempo para descifrar el acertijo, recuperé el metal, dejé que se sellara y empujé la tercera puerta.
Empujé la tercera puerta y la inercia me abandonó.
En el centro del salón se alzaba una estructura topográfica colosal, tallada en piedra viva.
Me acerqué, rastreando los desniveles y las galerías hundidas.
Consumí minutos invaluables de mi tregua bordeando la obra, descifrando su lógica hasta que reconocí la red de conductos de mi propio sector.
Era una réplica exacta de las entrañas de Solheim.
Seguí el rastro de la piedra hacia las profundidades y luego hacia arriba, descubriendo una anomalía: un eje vertical que cruzaba todos los niveles hasta perforar los cimientos de La Corona.
Una red de infiltración perfecta, totalmente invisible para el Consejo.
Fue al buscar una leyenda que explicara ese ascenso cuando noté la mesa adyacente.
Sobre ella, cubierta de polvo vegetal, descansaba un pliego opaco.