Capítulo 7 Impronta de frecuencia #2
Sentí como las palancas se calentaban y se resistían más al manipularlas. Tensé cada músculo para bajar el vástago de bronce. Sabía que el flujo adulterado me obligaba a realizar esta purga, las tuberías no soportarían mucho tiempo, estaban forzando la estructura hasta el límite.
—La presión no baja lo suficiente —gruñó él, pegando la cara al Visor de Espectro donde las barras de colores bailaban de forma errática—. ¡Esfuérzate, Elial! Si no estabilizamos esto antes de que el metal ceda, las válvulas de contención van a reventar y el vapor nos cocinará vivos.
Asentí, con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Cada válvula que encajaba en su sitio le daba más tiempo para seguir funcionando al Transmutador pero también garantizaba que el Consejo pudiera usar conversores orgánicos.
Con el sudor escociéndome los ojos, un pensamiento cruzó por mi mente: ¿y si soltaba el vástago y dejaba que la terminal reventara?
Pero si el sistema colapsaba, el vapor nos cocinaría vivos.
Una explosión sepultaría el secreto bajo toneladas de hierro, borrando la única prueba física y las consecuencias las sufrirían todos en la ciudad.
—¡Elial! ¡Las columnas están bajando, no aflojes ahora! —gritó Reldar, señalando el Visor de Espectro.
Apreté los dientes y volví a tirar de la palanca. El vapor rugió de inmediato, liberando una presión acumulada que hizo temblar el suelo bajo mis botas.
Estabilicé el flujo. La luz roja del pasillo dejó de parpadear, recuperando el tono ámbar de la normalidad. Reldar se dejó caer contra una caja de herramientas, limpiándose la cara con un trapo sucio, visiblemente aliviado.
—Buen trabajo, muchacho —resopló—. Por un momento creí que el vapor nos despellejaría vivos.
—Solo compramos un poco de tiempo —respondí, con la garganta ardiendo por cada bocanada de aire caliente. Mis manos aún temblaban sobre las palancas. Había estabilizado la presión, pero los medidores no mentían: el colapso del sistema era inevitable.
—Tómate un descanso, Elial. Te lo has ganado —dijo Reldar, señalando con la cabeza hacia el pasillo de tránsito—. Yo me quedaré aquí vigilando que la presión no vuelva a jugarnos una mala pasada. Ve a que te dé el aire... o lo que sea que pase por aire aquí abajo.
Asentí y me alejé de la terminal. El disco de metal me pesaba en el bolsillo; si era una llave, tenía que abrir algo más. Mi mente saltó a la única anomalía que aún no había investigado. Ignoré la zona de descanso y caminé por el corredor de acceso, yendo directo hacia los sellos de plomo.
Llegué frente a la puerta. El pasillo estaba desierto, sumido en la penumbra de una lámpara de Mica de Plata degradada.
Me aseguré de que no hubiera pasos resonando en las tuberías y agarré el pomo de hierro.
Estaba completamente trabado por el óxido.
Apoyé el hombro contra el metal y empujé con un gruñido, obligando a mis músculos fatigados por la purga térmica a un último esfuerzo.
Finalmente, la puerta cedió con un chirrido agudo.
Al cruzar la entrada, me giré de inmediato y empujé la puerta hasta cerrarla.
En cuanto el plomo selló el marco, el rugido de la mina desapareció casi por completo, reducido a un latido sordo.
El aire estancado, cargado con un denso olor a polvo metálico y papel viejo, me golpeó de frente.
Me encontraba en una estancia inmensa. Bajo el resplandor agónico de unas pocas lámparas de Mica de Plata encontré filas de archiveros antiguos, moles de metal que llevaban décadas acumulando olvido.
Caminé entre los pasillos de metal, tirando de un par de gavetas solo para confirmar lo obvio.
La desolación era absoluta; estaban despojadas de todo valor.
Sólo quedaban fragmentos de papel rasgado y polvo en las juntas.
El Consejo había vaciado el lugar a conciencia.
Sabía que la prueba que buscaba no estaría en celulosa podrida, así que ignoré los muebles.
Dejé atrás los archiveros muertos y revisé los límites de la estancia, buscando alguna anomalía en la arquitectura.
Al alcanzar el muro del fondo, una punzada gélida me atravesó el tobillo; el disco acababa de despertar dentro de mi bota.
La reacción del metal me dio la respuesta antes que la vista.
Esa sección de la pared era diferente. Allí, tallado a la altura de mis ojos, destacaba el ojo rodeado de espinas, mucho más grande y definido que el cercano a la terminal.
Palpé el relieve de inmediato hasta dar con una hendidura central. No era un adorno. Era otra cerradura.
Saqué el disco de mi bota. Al deslizarlo, sentí cómo el metal encontraba su lugar con suavidad. No hubo resistencia, solo un chasquido armonioso. La pared se deslizó, el mecanismo fue silencioso. Un bloque de basalto retrocedió y rotó sobre un eje invisible, revelando una abertura estrecha
Me quedé paralizado.
Ante mí se extendía un pasadizo impecable similar al de la sala del mapa, pero iluminado por filamentos de Solstrita incrustados en las molduras del techo.
La luz era de un azul vibrante, muy diferente al resplandor opaco de la iluminación industrial.
El aire que salía de allí era fresco, filtrado y carecía por completo del olor a grasa y azufre que definía mi mundo.
Di un paso hacia el acceso, pero me detuve. Sentí que el tiempo de mi descanso se agotaba. Reldar me había dado un respiro tras la avería, pero abusar de esa tregua podría meterme en problemas.
Miré hacia la luz azul del pasadizo. El deseo de saber qué había allí adentro era una presión física en el pecho, pero la prudencia ganó la batalla. Con un esfuerzo de voluntad, recuperé el disco. La pared se cerró de nuevo con fluidez.
—Aún no —me dije, guardando la llave—. Pero ahora sabía la verdad: había otro mundo intacto escondido detrás de la piedra.
Me di la vuelta y desandé el camino a través de la sala, esquivando las moles de los archiveros vacíos bajo la luz agónica.
Al llegar a la salida, agarré el pomo de hierro y tiré de él.
El óxido y el peso del plomo volvieron a protestar, obligándome a usar todo el peso de mi cuerpo para abrir una rendija suficiente.
Salí de la habitación con pasos rápidos, asegurándome de que la puerta encajara de nuevo en su marco.
Mientras caminaba de regreso entre el ruido de las calderas y la luz ámbar de la terminal, mi mente estaba atrapada en ese túnel azul.
A medida que me acercaba a la zona principal de la terminal, el murmullo de las válvulas y el rugido del vapor volvieron a envolverme. Al doblar la última esquina, vi a Reldar junto a mi puesto, consultando su tablilla y escudriñando los pasillos.
—¡Elial! —exclamó al verme aparecer—. Ya te iba a mandar a buscar. Pensé que te habías perdido buscando el comedor.