Capítulo 7 Impronta de frecuencia
Antes de salir de casa, saqué el disco de mi bolsillo y lo deslicé en el forro de mi bota. Era un escondite incómodo, pero el único seguro si los guardias decidían registrar los abrigos.
Caminé hacia el Sector de Enlace. Al llegar y mirar las rejas, recordé lo que había sucedido el día anterior, hoy todo estaba en calma, a excepción de los trabajadores llegando en silencio a sus puestos.
No quedaba ni rastro del caos. A nadie parecía importarle el sufrimiento de los de la Periferia, simplemente no era algo a lo que debieran prestar atención.
Ingresé al pórtico de hierro, saqué mi placa de operario.
El guardia la tomó y deslizó un dedo por el libro de registro.
Al dar con mi nombre, se detuvo. En lugar de encajar el latón en el panel de cobre, me lo devolvió.
—Registro incompleto. Tienes pendiente la impronta de frecuencia antes de bajar —dijo, apartándome de la fila—.
Pasa al anexo lateral. La cabina de Hierro te está esperando.
Crucé el pasillo lateral hacia el anexo.
Mientras caminaba, recordé las palabras de Reldar: "Ese Cuarzo de Inducción no tiene piedad.
Te hace vibrar hasta la última pieza de la dentadura y te deja un zumbido en los huesos que tarda horas en desaparecer".
Al fondo, dos encargados con delantales de cuero operaban unas válvulas.
Uno de ellos me vio, tiró de una palanca y abrió la pesada puerta de metal.
—Adentro. Pies sobre las marcas y no se mueva —ordenó.
Entré en el estrecho cubículo. El aire olía a metal caliente y chispa viva.
El encargado cerró la puerta a mis espaldas y accionó el mecanismo exterior.
En el centro de la maquinaria, el Cuarzo de Inducción comenzó a reaccionar a la energía de la Solstrita.
Emitía una luz blanca-verdosa que pulsaba con agresividad.
Sentí el disco de Belthor oculto en el forro de mi bota.
Contuve el aliento, aterrorizado de que el lector de inducción detectara cualquier metal no registrado vibrando junto a mis huesos.
De repente, la calibración comenzó. No era un sonido, era un impacto directo en mis nervios.
Sentí que mis dientes vibraban dentro de mis encías.
El Cuarzo emitía una frecuencia que me taladraba hasta la médula.
Sentía el pulso recorriendo los huesos de mis piernas, mis costillas, mi cráneo.
Barrió todo mi cuerpo y aunque se detuvo sentía que mi cuerpo seguía vibrando.
Terminó y me dieron un par de minutos para recuperarme un poco.
No fue una experiencia agradable pero ya tendría el acceso al Nivel 8.
—Impronta completada —anunció la voz.
La puerta se abrió con un siseo de aire comprimido.
Salí con las piernas temblorosas y un zumbido en los oídos.
El guardia me señaló la salida del anexo.
Me obligué a arrastrar mis botas a lo largo del corredor lateral, cruzando la galería principal hasta adentrarme por fin en la jaula de rejilla del elevador.
Las compuertas se cerraron con un golpe metálico y el descenso comenzó.
Al pasar por la rejilla del Nivel 7, el resplandor iluminó brevemente la cabina y me hizo recordar los números que Istryel me había revelado en el callejón.
Me pregunté con qué o con quiénes estaban experimentando en las sombras para requerir semejante volumen de sedantes.
Fuese lo que fuese lo que el Consejo intentaba mantener oculto, no podía ser nada bueno.
Al llegar al Nivel 8 me dirigí al punto de control que custodiaba el acceso final a la terminal.
Me detuve frente al Captor de Pulso. No había un supervisor que pusiera su mano por mí. Coloqué mi palma desnuda sobre el cristal frío. Aguardé hasta que un chasquido metálico resonó en el interior de la pared y la compuerta se abrió, dándome paso.
Caminé hacia la terminal y allí encontré a Reldar mi supervisor. Estaba revisando una serie de componentes nuevos que habían sido instalados directamente sobre el panel de control.
—Qué bueno que ya está tu impronta, Elial. ¿Te sacudió la dentadura el Cuarzo, verdad? —dijo a modo de saludo, señalando la consola sin perder el ritmo—. Trata de que el zumbido no te distraiga, porque las cosas se han vuelto más complicadas aquí abajo.
—Fue exactamente como lo describiste —respondí, apretando la mandíbula—. Todavía siento que me vibra hasta el último hueso del cuerpo. ¿Qué son todas estas palancas e injertos nuevos?.
La estructura de la terminal había sido alterada con injertos recientes: un par de palancas de hierro negro y conductos de presión adicionales que serpenteaban por los costados.
—Aprovecharon bien el tiempo mientras no estábamos —respondió Reldar—. Mira este visor nuevo, es mucho más detallado y preciso.
Realmente habían trabajado muy rápido. Me acerqué para observar el cristal.
—Veo más colores —dije, fijando la vista en las nuevas barras, especialmente en una de un violeta que latía con cada temblor de los conductos de Cobre Rojo—. ¿Cambia esto mi trabajo ahora?.
—Sí, hay algunos cambios, tendrás que prestar atención a las columnas y dependiendo del color habrá un proceso diferente.
Me señaló los nuevos mandos y me explicó como funcionaban.
—Agregaron una señal de alarma, luces rojas que se encenderán en toda el área cercana a la terminal si la presión entra en estado crítico.
—continuó Reldar—. Es una manera de asegurarse que se haga la purga a tiempo.
Nuestro trabajo aquí es sumamente importante, dejar pasar mucho tiempo podría llevar a una explosión.
La terminal se veía mucho más imponente con los nuevos interruptores de latón y las palancas de seguridad.
—Entendido —respondí, dando un paso hacia los controles—. Si la luz roja inunda la todo es porque urge realizar un nuevo proceso de purga.
—Exacto. Atento a las señales —concluyó él, entregándome la tablilla de turnos—. La señal se activa cuando aún queda tiempo disponible pero no puedes confiarte.
El supervisor dio media vuelta y se alejó por el pasillo.
Me quedé junto a la consola, esperando entre el calor húmedo y la vibración del suelo.
Cuando el chirrido de las válvulas rompió el ritmo, revisé el visor: la presión exigía la primera descarga.
Tiré de las palancas y liberé el flujo. Solo cuando la aguja se desplomó y la maquinaria entró en letargo, le di la espalda a los mandos y me dirigí hacia el pasillo trasero.
Me detuve frente a la pared que cortaba el corredor, saqué el disco de mi bota y lo encajé directamente en la ranura oculta en el relieve del símbolo.
Giré el disco. El bloque se deslizó hacia atrás con un crujido leve, revelando el pasadizo bañado en una luz blanca.
Dejando el metal encajado en la cerradura, me adentré en el corredor con un vacío en el estómago.
Di varios pasos a través de esa arquitectura impecable, sintiendo cómo con cada zancada me alejaba del ruido de las calderas.
Finalmente, el espacio se abrió y desemboqué en el salón colosal del gran mapa.
Me acerqué rápidamente al pedestal de basalto en el centro de la habitación, buscando los símbolos que había analizado en el libro de Istryel.
Mi vista se clavó primero en el Eje Divergente.
El cristal incrustado junto a él latía con una luz rojiza.
Según el manual, este símbolo indicaba una «Anomalía de Origen».
—Hay algo más que solo Solstrita —susurré, sintiendo como se me erizaba la piel—.
Miré el siguiente símbolo, una Matriz Dentada. El resplandor rojo también la devoraba. El manual era claro sobre ese símbolo: «Erosión de Frecuencia». El flujo estaba desgarrando los materiales del sistema desde adentro.
Frente al mapa de piedra, cada dato que había recolectado encajó con precisión. La demanda irreal, las desapariciones y el desvío de sedantes apuntaban a lo mismo. Esa anomalía que iluminaba el tablero era el "conversor orgánico" del manual.
Me apoyé contra el pedestal, clavando la vista en el Vértice Obturado.
Su parpadeo marcaba una inestabilidad crítica; el protocolo del manual indicaba un paro de emergencia.
El diagnóstico era claro: el sistema fallaba porque el Consejo estaba forzando la Solstrita, adulterando el flujo con esencia humana.
De repente, un chasquido en la tubería principal de mi sector rompió el silencio.
El metal estaba cediendo ante la presión.
Mi margen de tiempo se había evaporado. Di media vuelta y desandé el pasillo con paso rápido.
Al llegar al acceso, recuperé el disco de la ranura con firmeza y el bloque se cerró a mis espaldas, devolviéndome al vapor espeso de mi puesto.
Me acerqué a la consola dispuesto a realizar una purga manual de rutina para estabilizar la fluctuación. Acomodé las manos sobre los mandos y tiré de la palanca principal.
Pero la bestia de hierro me escupió en la cara.
Al intentar liberar la válvula, el flujo no cedió; la presión rebotó desde el interior con una violencia brutal que hizo temblar el suelo. Un parpadeo rojo estalló de golpe en el pasillo y en las galerías adyacentes, rebotando contra las tuberías de cobre y el vapor estancado.
Tenía que realizar el proceso nuevo antes de que el metal fatigado reventara.
Ya estaba accionando los interruptores en la secuencia estricta que Reldar me había enseñado cuando escuché los pasos frenéticos acercándose por el corredor.
—¡Elial! —Reldar dobló la esquina casi tropezando, con el rostro desencajado y el pecho subiendo y bajando con pesadez—. ¡Vi la luz roja desde el otro extremo del sector!
Se detuvo a mi lado, apoyando una mano en la consola para recuperar el aliento. Sus ojos saltaron de mi rostro a las palancas y luego al dial de alta precisión. Al ver que yo ya estaba en medio de la maniobra, soltó un gruñido que mezclaba alivio y angustia.
—¡Sigue, no pares! —gritó, mientras el vapor le empapaba la cara—. La carga de Oscilancia está fuera de control. ¡Abre la válvula de retorno antes de que esto reviente!