Capítulo 6 Cierre de emergencia #2
—Bueno... —suspiró Jace—. Supongo que un descanso no nos vendrá mal. Nos vemos, Elial.
Sin decir más, torció por su callejón hacia su casa, moviéndose con la lentitud de un sonámbulo satisfecho. Yo continué mi camino, apretando los dientes.
Al abrir la puerta de mi casa, el olor a estofado me recibió.
Mi padre estaba sentado a la mesa, puliendo distraídamente una herramienta.
Lo que me revolvió el estómago fue su respiración: exhalaba el aire en intervalos fijos, un compás idéntico al ritmo de golpeo de las campanas que acababan de apagarse.
—Hubo una revuelta en las puertas de las minas —dije, quitándome el gabán y colgándolo en el respaldo de una silla—. Personas de la Periferia. Irrumpieron buscando a sus familiares desaparecidos. Los guardias los paralizaron...
—No tienen derecho a hacer tanto ruido —respondió, sin una pizca de empatía ni de sorpresa en la voz—. Su lugar es allá afuera, el Consejo hace bien con detenerlos, hijo.
Mi madre salió de la pequeña cocina, secándose las manos en el delantal. Su rostro era la viva imagen de la tranquilidad inducida.
—No dormiste aquí anoche, Elial —dijo, con una sonrisa vacía—. ¿Tienes hambre? Te he guardado algo de comida.
—Sí, mamá. Gracias —murmuré, rindiéndome.
Me senté a la mesa, comí en silencio y, apenas terminé, me arrastré hacia mi habitación.
Me dejé caer sobre el colchón, vestido, con el disco aún en el bolsillo.
El cansancio terminó siendo más fuerte que la rabia, y la oscuridad me tragó en cuestión de segundos.
Cuando volví a abrir los ojos, la habitación estaba sumida en una penumbra espesa y anaranjada. Me froté la cara. La casa estaba en silencio.
Las paredes de mi cuarto se sentían demasiado estrechas. Necesitaba salir, perderme en el ruido de la taberna antes de quedarme a solas con mis pensamientos.
Decidí dirigirme a El Brillo de Sol, una taberna de techos bajos y vigas ennegrecidas donde los operarios del Margen Norte íbamos a lavar el hollín de las gargantas con licor barato.
Normalmente, a esa hora antes del anochecer, habría apenas un par de parroquianos terminando su jornada temprana, pero hoy el lugar estaba a reventar.
Con las minas cerradas, medio distrito había decidido que la mejor forma de matar el día libre era ahogándolo en alcohol.
El aire adentro era una sopa espesa de humo de tabaco, sudor y el olor dulzón de la malta fermentada.
Me abrí paso a empujones hasta la barra, pedí un trago amargo y me retiré hacia una de las columnas de madera oscura, medio oculto en las sombras.
Le di un sorbo lento a mi vaso y simplemente me dediqué a escuchar.
El tema de conversación era unánime: el alboroto de la mañana.
—...y de repente, la guardia los bajó a todos de un solo golpe —decía un hombre corpulento en la mesa más cercana a mí—. Esa gente de la Periferia estaba como loca sacudiendo las rejas.
—Pero ¿sabes qué es curioso? —le respondió su compañero, frotando un dedo manchado de grasa negra contra el borde de su vaso—. Tienen razón en algo... a esa cuadrilla nueva no se le volvió a ver el pelo. Estuvieron con nosotros en el nivel de tránsito el primer día, y luego, nada.
—Sí, yo también me di cuenta —intervino un tercero, encogiéndose de hombros—. Le pregunté a mi supervisor y me soltó un cuento barato sobre cuarentenas médicas y reasignación de camas.
—Raro, ¿no? Ni siquiera bajaron sus herramientas.
—Sí, bastante raro. Pero bueno, los jefes sabrán lo que hacen. El Consejo no va a parar las calderas por un capricho.
Apreté el vaso en mi mano hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Veían el abismo, pero la vibración del Tañido ahogaba cualquier instinto de supervivencia. Ninguna alarma, ninguna indignación. Solo una dócil y aborrecible aceptación.
El ambiente de repente me resultó insoportable. Dejé el vaso a medio terminar sobre el barril más cercano y salí a empujones hacia la calle.
El aire frío del anochecer me golpeó la cara, limpiándome los pulmones. Caminé para alejarme de las calles principales. Busqué los callejones más tranquilos del distrito, intentando que el ejercicio calmara la frustración que me hervía en la sangre.
Estaba tan sumergido en mis pensamientos que tardé en percibir el leve roce de unas botas a mis espaldas. Me giré de golpe, cerrando instintivamente el puño sobre la tela que ocultaba el disco, pero la voz de Istryel congeló mi reacción.
—Te seguí desde la taberna —dijo Istryel, desprendiéndose de las sombras—. Te vi y antes de acercarme te levantaste y empezaste a caminar.
Llevaba una gruesa capa oscura de lana hervida, camuflándose a la perfección con el hollín y la miseria de los operarios de nuestro distrito.
Su voz, ajena por completo a la bruma de la ciudad, poseía un timbre directo, pero esta vez noté una tensión urgente en su postura.
—Necesitamos hablar. Pero aquí no. Vamos donde nadie nos escuche.
Asentí. La guié hasta un antiguo patio de ventilación, un rincón ciego entre dos muros de contención donde las tuberías muertas ahogaban el ruido de la calle. Me apoyé contra los ladrillos fríos. Istryel se quitó la capucha y reveló un rostro endurecido por la urgencia.
—¿Cuánto lograste asimilar del registro antes de tu turno? —preguntó ella en un susurro.
—Traduje los signos del pedestal y leí sobre la «Hipótesis del Flujo Inmediato» —respondí—.
El Consejo no sabe replicar el Transmutador original.
Si le están inyectando energía directa a un sistema que no está afinado para soportarla, todo allá abajo es una caldera a punto de reventar.
Y creo que ya perdieron el control. Hoy clausuraron el complejo entero, Istryel.
Hubo una revuelta en las puertas; gente de la Periferia que buscaba a sus familiares desaparecidos.
—La revuelta es un accidente, Elial, pero las desapariciones y el cierre del complejo no lo son —sentenció—. El Consejo lleva semanas desviando recursos en la oscuridad.
—Los hechos en la calle encajan, pero ¿cómo rastreas sus movimientos internos desde aquí? —le pregunté—. Te revocaron todos los accesos.
Istryel se apretó la capa contra el pecho.
—Tengo un informante en el Departamento de Planificación. Otra mente a la que las campanas no logran someter. Él me ha filtrado las copias de los pedidos que bajan al Nivel 7. He pasado semanas analizando esos manifiestos, y los números son escalofriantes.
Hizo una pausa y su mirada adquirió un brillo frío.
—Hay desvíos constantes de sedantes de destilación pura y estabilizadores orgánicos. Es material clínico de élite en cantidades monstruosas, suministros que no tienen ningún sentido para atender las heridas de mina comunes.
La gravedad de su descubrimiento endureció su postura.
—El papel oficial se detiene ahí, pero la calle me dio el contexto que faltaba. Los rumores dicen que la seguridad de las minas falló anoche y que hubo un intento de fuga desde las profundidades. Sellaron el complejo entero porque están cazando a alguien allá abajo en total secreto.
Sus ojos barrieron las sombras de las tuberías.
—La revuelta de la calle solo les regaló la fachada perfecta para bloquear hasta el último elevador sin dar explicaciones.
—El cierre nos ata las manos por ahora —admití, asimilando la tensión que nos rodeaba—.
Pero cuando reabran, significará que la cacería ha terminado.
Sigue presionando a tu contacto en la superficie.
En cuanto me permitan regresar a la terminal, yo buscaré la prueba física de lo que intentan esconder ahí abajo.
Istryel apartó la mirada hacia el callejón, luchando contra una amargura evidente.
—Trabajé para ellos, Elial. Conozco sus límites, o más bien, la falta de ellos —confesó, rozando el Anulador en su oreja—.
Me exiliaron por negarme a investigar los «conversores orgánicos», pero nunca tuve pruebas físicas de que hubieran cruzado esa línea.
Por eso rastreé los manifiestos desde las sombras y te entregué ese manual.
Necesitaba que tus ojos confirmaran la atrocidad en la máquina.
La miré en silencio, comprendiendo su disonancia. Su guerra no era solo contra el Consejo, era contra su propia historia.
—Mañana sabremos más —dije, intentando darle un anclaje—. Ve a descansar. Yo haré lo mismo. Si el complejo abre, estaré en los elevadores al amanecer.
Ella asintió, se cubrió de nuevo con la capucha y desapareció entre las sombras del callejón con la rapidez de un fantasma.
Me quedé solo en el patio, con el ruido de la ciudad de fondo, preguntándome si el fugitivo que el Consejo cazaba en las galerías seguía respirando, o si ya lo habían arrastrado de vuelta para ser una pieza más del experimento del Nivel 7.