Solheim La Disonancia Capítulo 6 Cierre de emergencia
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Capítulo 6 Cierre de emergencia

Me desperté de golpe cuando una mano áspera sacudió mi hombro.

Tenía el cuello entumecido y la mejilla pegada a las rugosas páginas del libro.

Parpadeé, desorientado en la penumbra del Archivo de las Sombras.

En aquel sótano no entraba la luz del sol; solo el resplandor agonizante de mi lámpara de aceite y el rostro adusto de Zelán inclinándose sobre la mesa.

—Si planeas conservar tu trabajo en las minas, te sugiero que corras —gruñó el viejo archivero—. Ya sonaron las campanas del alba.

Cerré el volumen de cuero de golpe y me puse en pie a trompicones. Aseguré el disco metálico en el bolsillo interior de mi gabán y le deslicé el libro a Zelán por encima de la mesa.

—Guárdamelo en un lugar seguro, por favor —le pedí, con la voz aún ronca por el sueño.

No esperé a ver su habitual expresión de fastidio.

Subí las escaleras de dos en dos y salí a las calles de los distritos que rozaban la costa este, abriéndome paso rápidamente hacia el Sector de Enlace.

Mi mente seguía atrapada en los símbolos geométricos y las advertencias de la «Hipótesis del Flujo Inmediato», pero a medida que me acercaba al enorme pórtico de hierro que marcaba el ingreso principal al complejo, la tensión del aire me trajo de golpe a la realidad.

Un rugido humano y desesperado rasgó la quietud de la plaza.

A escasos pasos del edificio de guardia que custodiaba el ingreso al complejo, se había desatado el caos. Un grupo de personas de la Periferia, fácilmente reconocibles por sus ropas raídas y la palidez grisácea de quienes viven fuera de los muros, se agolpaba contra la reja perimetral.

—¡¿Dónde está?! —gritaba una mujer mayor, con las manos aferradas a las rejas—. ¡Mi hijo ganó la rifa hace días! ¡Se suponía que iba a trabajar en el mantenimiento de las calderas y no ha vuelto!

Intenté pasar desapercibido, bordeando la multitud para llegar a mi entrada, pero mi uniforme de operario me delató. Un hombre joven, con el brazo envuelto en trapos sucios, se interpuso en mi camino y me sujetó por la manga.

Oye, tú... trabajas ahí abajo, ¿verdad? —me imploró, escrutando mi rostro con los ojos inyectados en sangre—.

Mi hermano entró con la cuadrilla nueva.

Nos dijeron que se quedarían en los dormitorios internos por un aislamiento de prevención, pero nadie ha vuelto a saber de ellos.

Los que entran no regresan. Dime qué sabes.

El pánico le quebraba la voz. Tragué saliva, intentando mantener la compostura mientras la mujer seguía gritando de fondo.

—Tranquilízate —le dije en voz baja, acercándome un poco para no llamar la atención de los guardias—. ¿A qué sector los enviaron exactamente? ¿Y qué fue lo último que les dijeron los reclutadores antes de bajar?

Antes de que el joven pudiera articular una respuesta, una voz estruendosa resonó sobre el tumulto, proyectada por el cono de latón de amplificación acústica.

—¡Última advertencia! ¡Despejen la reja y vuelvan a la Periferia! —bramó el capitán de la guardia desde lo alto de las escalinatas—. ¡Un solo paso más y los dejaremos retorciéndose en el suelo!

Lejos de acatar la orden, la multitud reaccionó con furia.

La desesperación se transformó en rabia; la mujer mayor escupió hacia los oficiales y sacudió las rejas con más fuerza, mientras varios hombres detrás de ella comenzaron a empujar el cerco, amenazando con derribarlo.

El joven que me sujetaba soltó mi manga y se giró para unirse al forcejeo, gritando un nombre.

El capitán no repitió la advertencia. Simplemente bajó el cono y asintió hacia sus hombres.

Los guardias avanzaron en formación, desenfundando sus bastones de frecuencia.

Eran cilindros de hierro negro que terminaban en una horquilla de latón brillante.

No estaban diseñados para golpear, sino para algo mucho más limpio y aterrador.

Al encenderlos, un zumbido cortó el aire, y el espacio alrededor de las puntas metálicas pareció distorsionarse por la vibración.

Vi cómo un guardia clavaba la base de su bastón contra el hombro del joven que me había hablado.

Un chirrido agudo estalló en el punto de impacto. El efecto fue inmediato. Los sentidos del chico colapsaron; sus ojos se abrieron de par en par, sus músculos se agarrotaron en un espasmo rígido y se desplomó contra el suelo, incapaz de emitir un solo sonido mientras temblaba.

A mi izquierda, la mujer mayor y otros tres hombres que lideraban los empujones sufrieron el mismo destino.

Cayeron como piezas de plomo bajo el pulso de los bastones.

Al ver a sus líderes caer retorciéndose en el suelo, el valor de la multitud se quebró.

La gente de la Periferia se dispersó y comenzó a correr en dirección contraria, tropezando unos con otros en su desesperación por alejarse de los guardias.

—¡Aseguren la plaza! —ordenó el capitán—. ¡Persíganlos y asegúrense de que crucen el Gran Muro! ¡Que no quede ni uno solo en las calles!

Mientras una escuadra de guardias avanzaba tras la multitud en fuga, empujando con sus escudos a los más rezagados para acelerar la huida, otros funcionarios agarraron por los brazos a todos los caídos y los arrastraron hacia el interior del edificio de detención como si fueran sacos de carbón.

Me quedé pegado a la pared. La plaza, que hace unos momentos era una explosión de reclamos, quedó en su calma habitual, rota únicamente por las botas de los guardias que regresaban a sus puestos.

Tragué saliva y palpé instintivamente el contorno del disco a través de la tela de mi gabán.

Desbloqueé las rodillas y me obligué a avanzar hacia el enorme pórtico de hierro del complejo industrial.

Necesitaba llegar al salón oculto en el Nivel 8; las respuestas a todo lo que había leído en el libro me esperaban en esos medidores.

Sin embargo, antes de que pudiera siquiera atravesar el ingreso del edificio, dos guardias se cruzaron en mi camino, me bloquearon el paso con sus cuerpos y sus bastones aún zumbando a baja intensidad.

—Alto ahí —ordenó uno de ellos, levantando una mano enguantada—. El acceso al complejo está restringido. Nadie entra.

—Tengo turno en el sector principal del Nivel 8 —repliqué, intentando sonar firme mientras señalaba la insignia de mi uniforme—. Mantenimiento de presión. Si no bajo a hacer los ajustes...

—Se las arreglarán sin ti hoy —me cortó el guardia, con voz tajante y la mirada endurecida por el conflicto que acababan de disolver en la calle—.

Órdenes directas del mando de seguridad.

Debido a los desórdenes en la superficie, ningún operario de rango menor podrá ingresar a las instalaciones hasta nuevo aviso.

—Pero mi cuota de trabajo... —insistí, pensando desesperadamente en la sala del mapa y en la necesidad urgente de usar el disco que quemaba en mi bolsillo.

—No te preocupes por el trabajo, muchacho —respondió el guardia, dándome un firme empujón en el pecho con el asta de su bastón para obligarme a retroceder—. Tu turno está justificado por el cierre de emergencia. Vete a casa y vuelve mañana. Por hoy, no podrás ingresar.

Me quedé allí un segundo, mirando a través de las rejas exteriores hacia el oscuro pasillo que conducía a las jaulas de los elevadores.

Ningún operario de rango menor. El desorden en la plaza no justificaba un cierre de esta magnitud.

¿Detener el flujo de operarios hacia el corazón productivo de la ciudad solo por un puñado de forasteros que ya habían sido dispersados?

La orden oficial no tenía sentido. Las palabras de aquel joven cobraron un peso aterrador: los que entraban no regresaban.

Apreté los puños y di media vuelta, alejándome de las puertas bajo la atenta mirada de los guardias.

La tensión del momento comenzó a disiparse, dejando a su paso el peso aplastante de la noche en vela.

Tenía el día libre y las advertencias de aquel libro prohibido aún quemándome la mente, pero mi cuerpo no daba para más.

Con el Nivel 8 sellado, mi única opción lógica era regresar a casa y obligarme a dormir un rato.

Emprendí la marcha de vuelta, sintiendo cómo el cansancio me tiraba de los hombros hacia abajo. Cuando por fin alcancé las calles de nuestro distrito en el Margen Norte, escuché pasos apresurados detrás de mí.

—¡Día perdido, Elial! —exclamó la voz de Jace a pocos metros de distancia, cargada de fastidio. Me giré. Venía a zancadas con el uniforme puesto y una mueca de profunda irritación arrugándole la frente.

—Supongo que también te rebotaron en el control —continuó, poniéndose a mi lado y dándome una palmada en el hombro a modo de saludo—. Me dijeron que la instalación está cerrada por los desórdenes. Todo por culpa de esa gente de la Periferia.

Lo miré de reojo mientras caminábamos. En momentos como este, a pesar de conocernos de toda la vida, sentía que vivíamos en ciudades completamente distintas. Su visión del mundo terminaba exactamente donde empezaba el Gran Muro.

—Deberían quedarse allá afuera, pudriéndose en la Periferia —dijo Jace, con un desprecio evidente—. Vienen a ensuciar la ciudad y a armar alborotos. Por culpa de sus gritos ahora nosotros perdemos el jornal del día.

Pensé en la mujer mayor que lloraba por su hijo, y en el joven que se retorcía en el suelo por el bastón de frecuencia.

—Tienen sus razones, Jace. Nadie cruza la frontera arriesgando el pellejo solo por molestar —me limité a responder, manteniendo un tono neutral.

Guardé silencio sobre los desaparecidos. Sabía que discutirlo con él sería gastar saliva. Antes de que Jace pudiera replicar, el suelo bajo nuestras botas tembló.

Miré hacia las Torres Expansoras a lo lejos.

Los martillos hidráulicos comenzaron a descender.

Faltaban horas para el siguiente ciclo, pero el pulso barrió la calle antes de tiempo.

Sentí el habitual zumbido irritante taladrándome las sienes, pero a mi alrededor, la tensión de los transeúntes simplemente se evaporó.