Capítulo 5 El ojo entre espinas
Zelán me recibió con una mirada que mezclaba la preocupación con el cansancio. Apenas le pregunté por el libro de la mujer llamada Istryel, señaló con la barbilla hacia el rincón más alejado, donde las estanterías de madera de roble casi se tocaban con el techo.
—Ella te está esperando, Elial —dijo Zelán en un susurro—. Y tiene lo que buscas.
Me acerqué con cautela. Ella estaba sentada en la misma mesa, con el gran volumen de piel oscura frente a ella. Al verme, cerró el libro parcialmente y me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos verdes.
Me senté al borde de la silla, manteniendo la distancia. Antes de soltar una palabra, la observé: su postura era la de alguien que mandaba, pero sus ojos tenían la dureza de quien ha perdido demasiado. Mantenía una mano apoyada sobre la cubierta oscura del manual, marcando su territorio.
—Es un lugar de máquinas viejas y secretos mal guardados —respondí con precaución—. ¿Por qué te interesa tanto lo que hago allí?
La conversación se cortó. El sonido de las campanas en las Torres Expansoras marcó la sexta hora vespertina.
Los cimientos del sótano vibraron. El Tañido barrió la sala, haciendo temblar el aceite de nuestra lámpara.
Apreté los dientes al instante para soportar la agresión física.
Un zumbido áspero se me clavó en las sienes, mis pensamientos se desordenaron.
Me aferré al borde de la mesa, parpadeé con fuerza y me obligué a no perder el hilo de la conversación, mientras mi cuerpo luchaba por rechazar la frecuencia intrusiva.
Ella no apartó la vista; analizaba mi mueca de desagrado.
Tampoco parecía afectada por la calma artificial que en ese momento debía de estar bloqueando la mente de los ciudadanos en las calles.
Al acercarse, vi un leve destello cerca de su oreja derecha.
Llevaba anclada al cartílago una lámina de metal cobrizo, cortada con una curva tan peculiar que parecía vibrar en sincronía con la campana.
—¿Qué es eso que llevas ahí? —pregunté, señalando el objeto mientras intentaba ignorar el zumbido en las sienes.
La mujer se llevó la mano a su oreja, rozando el metal.
—Es un Anulador de Frecuencia —explicó.
Ver aquel pequeño artefacto confirmó de golpe lo que siempre había sospechado: el Tañido no era un regalo para calmar a la ciudad, sino una cadena, y sus dueños sabían perfectamente cómo soltarse.
—¿De dónde has sacado algo así? —pregunté, observándola con fijeza—. El Consejo te podría ejecutar solo por llevar esa pieza encima.
La mujer rozó el metal con los dedos, indiferente a la amenaza.
—Y lo harían —confirmó con frialdad—. Es tecnología restringida.
Quienes controlan el Tañido no pueden permitirse estar bajo este trance; necesitan sus mentes afiladas.
Esto se fabrica en los laboratorios del Cénit exclusivamente para el Consejo y sus allegados.
—¿Entonces tienes acceso a esos laboratorios? ¿Te lo dieron?
Ella esbozó una sonrisa amarga. —Trabajaba en El Cénit, sí.
Pero el Consejo no regala la inmunidad. Allá arriba, la arquitectura misma aísla el Tañido.
Solo nos daban estos anuladores para los descensos, con la obligación de devolverlos al cruzar el Funicular de Vacío.
Nadie te entrega la llave de tu propia jaula para que te la quedes...
Lo robé de las bóvedas principales antes de que me revocaran los accesos.
Procesé la audacia de sus palabras en silencio. El Cénit era una fortaleza inexpugnable. —¿Y cómo funciona exactamente? —quise saber, apelando a mi instinto técnico—. ¿Cómo una pieza tan pequeña puede bloquear la vibración de las torres?
—Es ingeniería prohibida. Está forjado con materiales que reaccionan de manera inversa a la frecuencia del Bronce Negro de las campanas —detalló—.
Al ser golpeado por el Tañido, el objeto vibra generando una contrafrecuencia exacta justo antes de que el sonido entre en mi oído, anulándolo por completo.
Ese nivel de ingeniería confirmaba su pasado. —Dijiste que te revocaron los accesos —afirmé, entornando los ojos—. Alguien con la capacidad de entender esa física no termina exiliada en este sótano por un simple error de cálculo. ¿Qué ocurrió allá arriba para que te expulsaran?
Ella se cruzó de brazos, y por un instante vi en la rectitud de su postura el orgullo de las familias de La Corona.
—Al no estar bajo el efecto adormecedor de las campanas, te conviertes en un riesgo.
Así que te evalúan. Constantemente. Pruebas de lealtad, juicios de obediencia...
buscan asegurarse de que tu mente lúcida está en perfecta sintonía con la forma en que manejan a los operarios.
Quieren científicos obedientes, no librepensadores.
Y yo fallé. Mis respuestas en las últimas pruebas revelaron la disonancia. Me descartaron.
Hizo una pausa, evaluando mi reacción.
—Las consecuencias no fueron letales, pero sí definitivas: me revocaron la Firma de Resonancia, me quitaron los accesos y me condenaron al exilio. Me enviaron aquí, a vivir el resto de mis días sumergida en la misma supresión funcional que el resto de la ciudad.
La erudita me observó un instante, evaluándome con esa misma precisión con la que seguramente medía la Solstrita en las alturas.
—Lo que me fascina es que tú no has tenido que entrar en un laboratorio de alta seguridad ni traicionar al Consejo para conservar tu juicio —Hizo una pausa, dejando que la revelación cayera entre ambos—.
Tu propio cuerpo ha hecho el trabajo por ti.
Eres un anulador viviente, y ni siquiera sabías que estabas en guerra.
Su tono perdió parte de esa frialdad analítica para volverse más calculador.
—Llevo tiempo buscando la forma de reunir pruebas que expongan la mentira del Consejo. Y en esa búsqueda, me he dado cuenta de que no eres el único. He visto a otros... disonantes. Mentes a las que el Tañido simplemente no logra someter por completo. Por eso te he estado observando, Elial.
El escuchar eso me puso en alerta de inmediato, pero antes de que pudiera ponerme a la defensiva, ella soltó un nombre que lo cambió todo.
—Conozco a Belthor —confesó, y las sílabas cayeron sobre la mesa como un ancla—. Sé lo que él intenta forjar desde su taller en los muelles. Cuando supe que te había tomado bajo su ala, necesité comprobar por mí misma si eras de fiar. Tenía que saber si tu mente lúcida era un peligro o un aliado.
Saber que ella dependía de un mecanismo robado para mantener su cordura, y que además compartía un vínculo directo con mi mentor, destruyó cualquier barrera que quedara entre nosotros.
No era solo una científica exiliada de La Corona; era parte de una resistencia silenciosa que yo apenas empezaba a comprender.
Si ella buscaba pruebas para derribar al Consejo, yo acababa de encontrar una pieza clave esa misma mañana.
Tras un largo silencio, decidí arriesgarme.
—Si tú has robado la llave de tu jaula, Istryel, yo acabo de encontrar una grieta en los cimientos —comencé, deslizando la mano hacia el interior de mi bolsillo—. Hoy, en el Nivel 8, la mina me mostró algo que no debería estar ahí. Algo que los Guardias del Consejo ni siquiera imaginan.
Le detallé el hallazgo sin adornos: el pasaje oculto tras la terminal, el salón colosal con el mapa esquemático del Transmutador original y el cristal que palpitaba en rojo errático justo en la sección donde el Consejo había injertado sus modificaciones.
Le describí los símbolos técnicos del pedestal central, un dialecto mecánico ajeno a nuestros días.
Istryel se quedó inmóvil. El engranaje de su mente procesó la magnitud del descubrimiento en una fracción de segundo.
El leve reflejo cobrizo del Anulador brilló bajo la lámpara de aceite mientras asimilaba mis palabras.
—Un centro de diagnóstico primigenio... un mapa a escala real —Fijó la vista en mis manos—.
¿Puedes mostrarme lo que usaste para abrir esa pared?
Entonces, puse sobre la mesa el disco que Belthor me había entregado. Bajo la luz de la lámpara, el metal revelaba el ojo rodeado de espinas.
Istryel clavó la vista en el metal con fascinación pura.
—El disco... —susurró, rozando el relieve del símbolo con sus dedos—. Lo he visto en los textos prohibidos. El Consejo siempre ha creído que el ojo entre espinas era solo la firma de los creadores, un simple motivo decorativo tallado en la piedra antigua.
Istryel observó el disco metálico y luego bajó la vista hacia el volumen encuadernado en cuero desgastado que había estado sobre la mesa desde que llegué.
—He pasado años reuniendo fragmentos de lo que el Consejo ha intentado borrar —dijo ella, apoyando una mano sobre la cubierta.
Deslizó el libro levemente hacia mí, deteniendo sus dedos sobre el cuero—.
Aunque no tiene todas las respuestas. El Consejo se encargó de purgar gran parte de esta ciencia.
Pero este texto te dará la base. Te ayudará a entender la verdadera naturaleza de la máquina que ahora operas y a entender mejor el mapa en esa habitación oculta.
Fijó sus ojos en los míos.
—Averigua qué es lo que el Consejo tiene tanto terror de no poder controlar —dijo, poniéndose en pie—.
Tienes el turno al amanecer y un manual entero que descifrar esta noche.
Te dejo trabajar. Se ajustó la capa oscura y se dio la vuelta, perdiéndose en silencio entre los pasillos de piedra gris y dejándome a solas con el disco y el libro.
A solas bajo la lámpara del archivo, las páginas del manual desnudaron la verdadera arquitectura de Solheim.
«Nota de seguridad: No alimentar el núcleo con un origen que no pueda catalogar.»
Descubrí por qué el Consejo solo ponía parches en mi terminal: el transmutador original era una reliquia forjada con una aleación irreplicable. Le tenían terror a su propio motor, temiendo que una alteración en el núcleo provocara explosiones masivas.
Usando los glosarios del libro, traduje por fin los símbolos del pedestal del Nivel 8. El Vértice Obturado, la Matriz Dentada, el Eje Divergente, «La Hipótesis del Flujo Inmediato».
Cerré el libro de golpe, sintiendo que el aire me faltaba. Las piezas formaban un panorama desolador.
El Consejo no quería perder su poder ni sus privilegios.
Necesitaban el Tañido para mantener a la población bajo control, y para ello necesitaban energía constante.
Pero si la capacidad técnica de extraer Solstrita no daba abasto para la gula de La Corona, y no querían reducir sus lujos ni sabían construir un transmutador nuevo... estaban acorralados.
Junto a lo que Istryel me había contado, ahora tenía más dudas que respuestas. El disco ya no era solo un pase para ver la verdad; era la clave para descubrir qué era exactamente lo que el Consejo estaba inyectando en las venas de Solheim.
Pasé las horas repasando cada línea, asimilando la teoría.
Sabía que la confirmación solo llegaría cuando estuviera de nuevo frente a aquel mapa y sus controles.
Mi curiosidad se convirtió en una obsesión técnica: necesitaba verificar la terminal, pero también averiguar qué otras puertas invisibles podría abrir mi nueva llave.
Finalmente, el cansancio físico venció a la excitación mental.
Me desplomé sobre las páginas amarillentas en plena madrugada, envuelto únicamente por el silencio del archivo.
Me hundí en un sueño pesado, poblado por un colosal mapa de piedra en la oscuridad, mientras mil cristales se encendían al unísono con una luz roja, parpadeando todos alrededor de un único ojo rodeado de espinas.