Solheim La Disonancia Capítulo 4 La terminal de purga #3
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Capítulo 4 La terminal de purga #3

Volví mi atención al grabado. Limpié aún más la superficie, escarbando el hollín de los bordes del ojo y las espinas.

Tanteé la geometría del relieve con sumo cuidado, leyendo las fisuras de la pared como un minero evalúa una veta, hasta que la yema de mi dedo se hundió en una hendidura casi imperceptible.

Era una ranura oculta en la junta del basalto.

Con el corazón acelerado, introduje el disco en la ranura y lo hice girar. El mecanismo primigenio cedió. Un segmento inmenso de la pared se deslizó hacia atrás casi sin emitir sonido; ante mí se abría un pasillo bañado en una luz blanca, sin rastro del hollín que devoraba el Nivel 8.

Dejé el disco encajado en la cerradura para evitar que la piedra se cerrara y me adentré en el corredor.

A medida que avanzaba, la profundidad del túnel amortiguó el estruendo de las calderas, reduciendo la furia del Nivel 8 a un murmullo grave a mis espaldas.

Finalmente, el espacio se abrió en un salón colosal.

Me quedé sin aliento. Las paredes y el techo no eran simple piedra, sino un mapa esquemático gigantesco del Transmutador, mostrando cómo este nacía desde un nivel más profundo y se alzaba hacia la superficie.

A lo largo del inmenso diagrama, varios cristales estaban incrustados en la roca en intersecciones específicas y apagados.

Sin embargo, al fijarme en la sección del mural que correspondía a mi terminal —donde el Consejo había injertado sus modificaciones vulgares—, noté una diferencia.

El cristal incrustado en ese sector específico emitía una luz de un tono rojizo, palpitando de forma errática.

Desvié la mirada hacia un área independiente en el centro de la habitación, un pedestal de basalto que funcionaba como un centro de control.

Allí se agrupaba otra serie de cristales, y algunos de ellos también brillaban con ese mismo resplandor rojizo.

Estaban rodeados por grabados profundos: símbolos técnicos que nunca había visto en mis años de estudio ni en las minas.

Había leído cada manual de ingeniería de la biblioteca de Zelán, había estudiado los tratados de extracción más antiguos.

Pero estos símbolos no se parecían a nada que hubiera visto en mis años de formación.

El parpadeo incesante de la luz junto a ellos me transmitió la sensación instintiva de una advertencia.

Absorto en la perfección de aquella tecnología olvidada, perdí la noción del tiempo.

Fascinado, me acerqué al pedestal y comencé a trazar visualmente las rutas de energía, intentando traducir los símbolos.

La profundidad del pasillo amortiguaba el rugido de la caldera a un simple murmullo, desconectándome de la realidad; olvidé el hierro, el vapor y el riesgo de mi infiltración.

De repente, un chirrido metálico viajó por el corredor abierto y me golpeó como un latigazo. Era el mecanismo del Captor de Pulso. Alguien acababa de entrar al sector.

El pánico fue un latigazo. Había abusado de mi tiempo y estaba demasiado profundo en la sala.

Di media vuelta y corrí por el pasillo iluminado.

La luz blanca se derramaba hacia la penumbra del sector, amenazando con delatarlo todo.

Alcancé la entrada con el último aliento; con un movimiento instintivo, recuperé el disco de la ranura y la pared se selló a mis espaldas, volví hasta la penumbra de mi terminal un segundo antes de que los pasos me alcanzaran.

—Ya es suficiente por hoy, Elial —dijo el hombre, emergiendo de entre las sombras y el vapor—. Me han avisado por el resonador que mañana a primera hora te esperan en la sección de Registro Central.

Se detuvo a mi lado y se frotó la mandíbula sin darse cuenta, como si un viejo dolor lo hubiera asaltado de pronto.

—Mañana te harán la impronta de frecuencia.

Quieren tu firma en las placas del sector.

Yo todavía recuerdo cuando me hicieron la mía; ese Cuarzo de Inducción no tiene piedad.

Te sacude hasta la última pieza de la dentadura y te deja un zumbido en los huesos que dura horas.

Es como si te desnudaran por dentro, pero al menos así el Captor te reconocerá y no tendré que abrirte la maldita puerta.

—Entendido. Estaré listo —respondí, tratando de disimular la agitación que me recorría el pecho.

Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano. El corazón me latía a un ritmo frenético, no solo por el esfuerzo físico, sino por la excitación de haber descubierto lo que nadie debía ver. Caminamos de vuelta hacia el elevador, pero mi mente se había quedado atrás, dentro de aquel salón.

Decidí no regresar a casa directamente. Aquellos símbolos angulares exigían una respuesta antes de mi siguiente turno a solas, así que mi primera parada debía ser la biblioteca.

Recordé el libro de estudios sobre la infraestructura de la ciudad que aquella mujer me había mostrado; si ese símbolo formaba parte del diseño original de los cimientos, tenía que estar en esos planos.

Quería saber qué estaba midiendo exactamente ese dial antes de empezar mi turno el día siguiente.

Simplemente necesitaba que los números volvieran a cuadrar.