Solheim La Disonancia Capítulo 4 La terminal de purga #2
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Capítulo 4 La terminal de purga #2

Esa pared era diferente; tenía un color y una textura que desentonaban por completo con el basalto del resto de la mina.

Me acerqué a la superficie, cubierta por décadas de polvo y grasa petrificada.

De pronto, me pareció captar un destello ínfimo bajo la capa de suciedad y, en ese mismo instante, sentí una vibración fugaz y helada proveniente del disco en mi bolsillo.

Intrigado, di un paso hacia la pared y levanté la mano con la intención de limpiar la mugre donde vi el destello, pero un grito resonó a lo lejos, cortando el estruendo de las tuberías.

—¡Hora del almuerzo! —bramó el supervisor desde el otro extremo de la galería.

Me tensé de golpe y me aparté del muro, fingiendo sacudirme el polvo del uniforme antes de seguirlo.

Me llevó fuera del área restringida hacia el comedor del sector, un espacio que yo conocía de sobra por mis años en las fosas.

La estancia seguía siendo igual de amplia y ruidosa que en mis recuerdos, dominada por el mismo e inconfundible olor a sopa de tubérculos y ropa húmeda.

Mientras caminábamos entre las mesas de metal abollado buscando dónde sentarnos, decidí aprovechar la pausa para tirar del hilo que la máquina me había dejado.

—Es una maquinaria imponente, Reldar —comenté, fingiendo una simple curiosidad casual—, pero noté algo extraño detrás de la terminal. Hay una sección donde los conductos antiguos mueren contra una pared de un color diferente.

Reldar dejó caer su ración sobre la bandeja, torciendo la boca en una mueca de evidente burla.

—Ah, ese muro. Una verdadera pesadilla para los ingenieros de la Intendencia —respondió, dándole un sorbo a su bebida—.

Cuando el Consejo metió mano en el diseño original del flujo para forzar la mejora en la entrega, los técnicos intentaron derribar esa pared para rastrear las tuberías.

Perdieron tiempo y destrozaron docenas de perforadoras.

No lograron hacerle ni un rasguño; está hecha de una aleación de un material que simplemente no lograron traspasar.

—¿Y se rindieron sin más? —pregunté, manteniendo mi tono al margen del asombro.

—A los de arriba no les gusta perder recursos —explicó el supervisor, encogiéndose de hombros—. Como la pared no cedía y no estorbaba al nuevo sistema de purga, los jefes ordenaron dejarla en paz. No querían desestabilizar la caverna por pura terquedad. Simplemente la ignoraron.

—Es muy curioso —murmuré, asimilando la arrogancia que había mantenido el secreto a salvo.

Estaba a punto de indagar más sobre la aleación cuando una voz ronca cortó el ruido del comedor.

—¡Elial! Por las grietas de la Veta, miren quién decidió ensuciarse la túnica.

Me giré. A dos mesas de distancia, vi caras conocidas: mi antigua cuadrilla de la Veta Madre. Uno de ellos acortó la distancia a zancadas y me dio una palmada en la espalda que habría derribado a cualquier burócrata.

—Pensé que después de tantos años tragando polvo con nosotros ya te habías olvidado de cómo sabe el hollín —bramó—. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Te aburriste de contar sus números o es que los de arriba se dieron cuenta de que tienes las manos demasiado grandes para sostener una pluma?

Miré de reojo al supervisor, midiendo su reacción. Reldar apenas soltó un bufido despectivo ante el alboroto.

—Ve con tu gente, archivista. Tienes diez minutos —masculló, concentrado en su ración.

Con el margen táctico asegurado, dejé a Reldar y me acerqué a la mesa contigua. Un par de mineros se apretujaron en la banca metálica para hacerme hueco, recibiéndome con asentimientos y apretones de manos rasposos.

—Un error en los registros —mentí, forzando una sonrisa mientras me sentaba entre ellos—. Haldor dice que necesito "bajar al barro" para entender los informes de flujo. Me han asignado a Filtrado de Flujos por un tiempo.

—Al menos aquí no tienes que aguantar el perfume de los distritos de élite —se rieron ellos.

Me reí con ellos. Una risa ronca que no sabía que me hacía tanta falta.

Le di un bocado a mi ración y me dejé llevar por sus voces.

Escuché sus quejas sobre los turnos dobles y asentí, compartiendo su cansancio como en los viejos tiempos.

Por unos minutos, la presión del Consejo y la anomalía de la terminal desaparecieron; solo éramos mineros tragando hollín.

Pero la concesión de Reldar fue un parpadeo.

Los diez minutos se esfumaron antes de que pudiera terminar el plato.

Un silbido del supervisor cortó la charla, obligándome a levantarme.

Al regresar, el supervisor tuvo que escoltarme de nuevo a través de los corredores blindados.

Aún no me habían sometido a la impronta de frecuencia, por lo que para las placas maestras de la zona restringida yo simplemente no existía.

Hasta que no tuvieran mi firma vibratoria y la vincularan físicamente a las puertas de acceso controlado, yo solo no podía ingresar.

Ya en mi sector, la urgencia por investigar la pared me quemaba las botas, pero el Nivel 8 no perdona descuidos.

Las válvulas silbaban y el vapor saturaba el aire, exigiendo atención.

Reldar me dejó en la consola y se alejó por las pasarelas.

Apenas las barras del visor tocaron el límite, tiré de la palanca.

La bestia exhaló su furia y cayó en su letargo.

Con el margen de tiempo asegurado, me deslicé hacia el pasillo trasero.

Froté la costra de grasa sobre la pared anómala.

Bajo la mugre, mis dedos trazaron un relieve familiar: el ojo rodeado de espinas.

El instinto me exigió comprobar la conexión.

Llevé la mano al bolsillo para sacar el disco, pero el eco de unas botas pesadas me paralizó.

Salí de inmediato del ángulo ciego hacia el área principal.

Un par de operarios habían llegado arrastrando chatarra.

Reldar me interceptó, obligándome a descargar tubos pesados hacia la extracción neumática.

Sentí cómo cada minuto lejos del muro me consumía.

Cuando por fin terminamos, un mensajero de la Intendencia apareció buscando a mi supervisor.

El capataz se entretuvo con los números, forzándome a ejecutar otra purga manual bajo su escrutinio antes de marcharse.

Tardaron mucho tiempo en irse pero por fin estaba solo.

Quería ir directo a la pared, sin embargo, el instinto me frenó.

Un descuido podía traer a Reldar de vuelta, esperaría a la siguiente purga.

Me alejé de la consola y me dejé caer sobre una caja de herramientas.

Aproveché el letargo para recuperar el aliento.

Mi cuerpo agradeció la tregua, pero la espera se convirtió en una tortura mental.

Consumí casi una hora anclado a mi sector, devorado por la impaciencia y con la vista clavada en el pasillo trasero.

El estruendo de la mina ahogó mi urgencia hasta que la terminal aulló, exigiendo una nueva descarga.

Me puse en pie, tiré de las palancas con violencia y aseguré las válvulas.

La aguja se desplomó. Ahora sí. El tiempo era mío y no podía esperar un segundo más.

Volví al pasillo y me detuve frente a la pared.

Saqué la pieza de metal de mi bolsillo y la acerqué al muro.

En cuanto acorté la distancia, el metal despertó, transmitiéndome una vibración fugaz y fría directa a la palma de la mano.

Guiado por esa resonancia, deslicé el disco plano sobre la superficie del grabado.

El metal vibró contra la roca, pero no hubo nada.

La reacción de los materiales estaba ahí, pero me faltaba algún detalle.