Solheim La Disonancia Capítulo 4 La terminal de purga
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Capítulo 4 La terminal de purga

El trayecto matutino me obligó a ir hacia el centro. Dejé atrás los callejones asfixiantes y el frío del Margen Norte, adentrándome en las avenidas amplias y de aire cálido que bordeaban La Corona a la distancia.

La quietud del amanecer solo se quebró frente al Sector de Enlace, que se alzaba como una cicatriz de acero remachado en la falda de la montaña. Era el complejo al que vine día tras día cuando trabajaba en las minas. Como siempre los oficiales filtraban el flujo de personas.

Al cruzar el primer punto de control el aire limpió cambió por el sabor a grasa y vapor.

Desde las entrañas de la roca, un zumbido grave hacía vibrar las suelas de mis botas.

Fui hacia el pabellón de ingreso a los elevadores, los oficiales apenas me dedicaron una mirada al verificar mi placa de operario y la orden de traslado.

Bajé por la amplia escalera hacia el primer sótano.

A partir de ahí, la vibración de las calderas ya no era un sonido, sino una frecuencia que me golpeaba directamente en la base del cráneo.

El elevador industrial esperaba al final de un pasillo de piedra desnudo.

Era una jaula de rejilla metálica, manchada de aceites viejos y marcada por el roce de miles de cajas de carga.

No era un descenso suave. El campo de repulsión mostraba irregularidades.

La jaula oscilaba con cada variación de frecuencia, respondiendo a pequeñas fluctuaciones en la energía, y el brusco cambio de presión me taponó los oídos.

Un flujo viciado subía por el hueco del pozo.

Podía sentir cómo la temperatura ascendía grado a grado, una calidez húmeda que se pegaba a la ropa y hacía que el aire pesara en los pulmones.

El elevador se detuvo con un impacto. Alguien deslizó la rejilla hacia un lado y el Nivel 8 me recibió con un bofetón de calor húmedo que me devolvió de golpe a mis años de tajo.

La realidad en este nivel me rodeó de inmediato: hierro oxidado, tuberías que sudaban condensación y luces amarillentas que emitían un fulgor inestable.

El techo era una maraña de conductos de presión, tirantes de acero y válvulas de vapor que siseaban en la penumbra, ocultando la verdadera altura de la caverna.

—Menos mal que Daxen envió a alguien que parece aguantar más de un turno —dijo una voz rascada entre el estruendo de una válvula cercana.

El hombre que había hablado estaba apoyado contra una columna llena de hollín.

Era de piel curtida, surcada por arrugas que parecían canales de polvo acumulado, y tenía unos ojos cansados.

Su uniforme, una pieza gris desgastada, le quedaba grande, dándole un aspecto casi frágil si no fuera por la firmeza con la que sostenía su tablilla de registros; el inconfundible sello de autoridad de un supervisor.

Me analizó como quien inspecciona una herramienta de carga, evaluando mis hombros y mis manos con una mueca de escepticismo.

—Soy Reldar, a cargo de este sector —continuó, escupiendo un poco de tabaco hacia una rejilla de drenaje—.

Te ves más preparado que los últimos tres que pasaron por aquí.

He tenido que lidiar con una procesión de suplentes de las oficinas de arriba; vienen a cumplir sus turnos obligatorios con cara de asco y no aguantan nada.

Esos administrativos suelen desmayarse o pedir el relevo antes siquiera de llegar a la Terminal de Purga.

—Trabajé siete años en las minas —respondí, dejando que mi voz sonara sólida, cortando el ruido ambiental—. El calor no me asusta, ni la presión. He estado en lugares donde el aire es mucho más escaso que en este agujero.

El hombre asintió lentamente, una pequeña chispa de respeto asomando en su mirada fatigada.

—Mejor así, porque esto no es un despacho de archivos. Esto es un nido de vapor y frecuencias que te destrozan los nervios si no sabes aislar tu mente. Sígueme, archivista. Vamos a ver si tu pellejo es tan duro como tu palabra.

Reldar me hizo una seña para avanzar. Apenas dejamos atrás la zona de descarga del elevador, la galería se bifurcaba, topando casi de inmediato con un punto de control incrustado en un grueso marco de cobre oxidado.

Allí destacaba una placa de Cuarzo Hialino.

El supervisor se detuvo y, con un gesto mecánico, estampó su mano desnuda sobre el cristal.

—El Captor de Pulso —masculló.

El cuarzo emitió un zumbido que a duras penas se abrió paso entre el estruendo constante de las tuberías. De inmediato, un chasquido metálico resonó en el interior de la pared y las puertas se abrieron con un chirrido agudo, escupiéndonos una bocanada de aire cargada de aceite.

—Seguridad tan avanzada para proteger maquinaria que debería estar descontinuada —comentó el supervisor con desdén mientras retiraba la mano y avanzaba hacia el interior. —El Consejo no se fía de los nombres, archivista. Solo le creen a los huesos.

Una vez dentro del sector restringido, el entorno nos tragó.

Caminamos por pasadizos estrechos, separados de las galerías principales de la mina por muros de basalto reforzado.

Se proyectaban sombras alargadas sobre las tuberías que nos rodeaban.

El ruido en algunas secciones era ensordecedor: un traqueteo rítmico, como si una bestia de metal estuviera intentando respirar a través de filtros obstruidos.

Mientras avanzábamos por el corredor, pasamos frente a una gran puerta, reforzada con gruesos sellos de plomo.

Grabé su posición en mi mente. En un laberinto diseñado para soportar la presión extrema y el calor del vapor, aquel material era una anomalía estructural pura; un aislante denso, forjado específicamente para absorber y matar cualquier vibración.

Dejamos la extraña puerta atrás y continuamos caminando por el laberinto de tuberías y pasarelas. Reldar se detuvo y señaló hacia el frente.

Ahí estaba.

La terminal era una estructura maciza, un cuello de botella colosal.

Una bestia de válvulas injertadas y conductos de escape, ensamblada a la fuerza para estrangular la presión crítica que subía desde las profundidades.

El panel de control era un caos de palancas de bronce y botones de resina endurecida, pero lo que me obligó a detener el paso fue el artefacto incrustado en el centro.

Era un grueso visor de cuarzo cóncavo. Me quedé un segundo fascinado, casi intimidado.

Nunca había visto la información desplegada de esa manera.

En los despachos de arriba todo era papel, tinta o grabados en metal.

Aquí, detrás de aquel cristal, unas gruesas barras de luz roja, ámbar y azul subían y bajaban a saltos erráticos, como si hubieran encerrado algo vivo y rabioso dentro de la piedra.

—No te quedes ahí pasmado, archivista —gruñó el supervisor, notando mi distracción—.

Es un Visor de Espectro. Traduce el peligro a colores.

Como el ruido enloquece a los novatos y no saben sentir la presión del hierro bajo sus botas, el Consejo les instaló esas luces para que no nos hagan volar en pedazos.

Señaló una de las palancas más grandes, cuyo pomo de madera estaba oscurecido por el uso.

—Aquí es donde el mapa se encuentra con el terreno. Bienvenido al corazón de la purga.

—El proceso es sencillo pero agotador —explicó el supervisor, mientras ponía una mano sobre uno de los vástagos de bronce—.

Cada cierto tiempo, la frecuencia se satura.

Al parecer, el Consejo metió mano en el diseño original del flujo para forzar una "mejora" en la entrega, pero eso dejó esta terminal renca.

Si no liberamos la presión manualmente, las vibraciones terminarían por reventar los sellos y el vapor nos cocinaría a todos.

Es un remiendo que lleva varios años funcionando a base de músculo.

Me señaló la hilera de interruptores de resina endurecida y la palanca principal.

—Cuando la barra ámbar toque el borde superior del cristal y empiece a vibrar, bajas la palanca central y accionas los interruptores en orden, de izquierda a derecha. Tienes que sentir el chasquido del metal; si no encajan bien, la presión se devuelve.

El capataz dio dos golpes secos sobre el latón de la consola a modo de despedida y me dio la espalda. Sus pesadas botas resonaron contra la pasarela apenas unos segundos antes de que la bruma de vapor lo engullera por completo.

Me quedé solo frente a la mole de hierro.

El zumbido constante de la terminal era un recordatorio de que estaba en las entrañas de algo inestable.

Al empezar a trabajar, comprobé que las exigencias de purga eran puramente erráticas, dictadas por los caprichos de la presión.

La advertencia podía asaltarme en cualquier momento, pero una vez ejecutada la descarga manual, la máquina caía en un letargo profundo.

La aguja lograba estabilizarse por sí sola durante más de una hora, concediéndome un margen engañosamente tranquilo antes de volver a reclamar mi atención.

Esos amplios tiempos muertos me otorgaban el margen perfecto para alejarme de los diales y trazar un mapa mental del sector.

Recorrí los pasillos adyacentes evaluando la instalación.

Bordeé el área de chatarra, un rincón sombrío atestado de carcasas y metal retorcido, y registré la posición de la boca metálica del Sistema de Evacuación de Desechos, cuyos conductos neumáticos succionaban material hacia el exterior.

Sin pistas en las zonas comunes, mi vista regresó a la máquina.

Fue entonces, al escudriñar la base del mecanismo, cuando algo desentonó.

Había una sección de la estructura que lucía mucho más antigua.

Mientras los conductos nuevos subían perdiéndose hacia el techo, otra sección se desviaba, adentrándose por un pasillo que se extendía justo detrás de la terminal.

Decidí seguir esa ruta a través de la penumbra. A los pocos metros, el corredor terminó abruptamente, cortado de tajo por una pared. Pero la estructura antigua no se detenía allí; los conductos se hundían directamente en la roca sólida.