Solheim La Disonancia Capítulo 3 Estática vital
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Capítulo 3 Estática vital

Tras conseguir el puesto en Filtrado de Flujos, pasé mis últimas horas en Registros Menores, rellenando informes para evitar el interrogatorio de Haldor.

Al terminar mi turno, salí del edificio y me puse en camino hacia la costa este, me dirigí hacia el Archivo de las Sombras. El trayecto desde mi oficina era largo.

Con la mentira del Consejo en la cabeza y el disco en el bolsillo, la paranoia me pisaba los talones. Sentía como si alguien pudiera ver mis pensamientos, como si pudieran saber que ya no era parte del montón.

Cuando me acercaba a mi destino subí el cuello de mi gabán para protegerme del viento húmedo y la bruma salina, esta zona ya estaba algo lejos de la Aguja Central, muy cerca de los acantilados.

Finalmente, me detuve ante la Gran Biblioteca, un monumento que siempre me impresionaba, pero sabía que solo era una fachada donde solo se encontraba lo que el Consejo quería.

Ingresé y fui hacia la sección de Historia Oficial, me desvié por un pasadizo a la izquierda, en la pared presioné el sillar de piedra desgastado y se reveló la escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad.

Al bajar, el aire se volvió pesado, con el aroma inconfundible de la tierra húmeda y el cuero envejecido de los volúmenes que los antepasados de Zelán habían rescatado de la quema. Respiré hondo. Extrañaba la clandestinidad del Archivo de las Sombras y, sobre todo, a su viejo custodio.

—Te estás volviendo un extraño, Elial —dijo Zelán desde la penumbra, limpiando los cristales de sus lentes con un paño gastado.

—El trabajo en la superficie no deja margen para visitas, viejo amigo —respondí, acercándome a su mostrador.

El viejo custodio se colocó los lentes, analizándome; parecía formar parte de los propios cimientos del edificio.

—Lo dudo. Un archivista cansado arrastra los pies; tú entraste vigilando las sombras —murmuró, bajando la voz—. Traes ese brillo inquieto de quien ha visto lo que hay detrás de la niebla.

—Bajo al Nivel 8 al amanecer —confesé, apoyando las manos sobre el mostrador—. Necesito planos del Transmutador. Cualquier esquema de la maquinaria de los subniveles que haya sobrevivido al Consejo.

Zelán endureció el gesto y desvió la vista hacia el fondo del sótano.

—Tengo un par de diagramas viejos, pero están incompletos. Si quieres la verdad de los conductos, tendrás que pedírsela a ella.

Siguiendo su mirada, me giré. A pocos pasos, bajo el círculo de luz cálida de una lámpara de aceite, estaba la mujer.

—Ese volumen no es de este archivo —dijo el viejo custodio—. Ella lo trajo consigo. Y contiene la información más detallada que jamás haya bajado a este sótano.

Me acerqué a su mesa con lentitud, evaluando cada paso. Estaba sentada en silencio, con ambas manos apoyadas sobre un grueso volumen de cuero oscuro cerrado con pestillos de latón. Me estaba esperando.

Al tenerme frente a frente, no pronunció palabra. Soltó el cierre con un chasquido metálico, abrió el libro en una página específica y lo giró lentamente hacia mi lado de la mesa.

El encabezado dictaba: ‘Inducción Directa’. Mis ojos barrieron la maraña de cálculos, clavándose de inmediato en la nota trazada sobre ellos: ‘Riesgo crítico. Exige el uso de un conversor orgánico. Cruza los límites morales y se desaconseja terminantemente su aplicación’.

El autor había encontrado un atajo hacia el poder, una herejía matemática, pero su propia brújula moral le había impedido cruzar esa puerta.

Ella cerró el libro con un golpe que cortó mi lectura.

Cuidaba las hojas con el respeto que se le tiene a una obra maestra del conocimiento, pero sus dedos se quedaron descansando sobre la cubierta, marcando territorio.

Sentí su mirada sobre mí. Levanté la vista del diagrama; ella me observaba en silencio, esperando mi reacción ante el texto.

—Es una obra magnífica, ¿no crees? —dijo, ajustando el cierre de latón—. Fue escrito para salvar a Solheim cuando nos quedamos a oscuras, para que los ingenieros supieran cómo mantener las agujas en pie.

Me obligué a estabilizar mi respiración.

—Parece un estudio... ambicioso —respondí, eligiendo las palabras con la misma cautela con la que pisaría un túnel inestable—. Habla incluso de teorías que desafían la extracción tradicional. Teorías que nunca se han probado.

—O que no deberían probarse —me corrigió ella, y el cambio en su tono fue casi imperceptible, un ligero descenso en la temperatura de la habitación.

Finalmente levantó la vista, y sus ojos verdes me estudiaron con una calma fría. Tenían la dureza de quien conoce demasiados secretos de la cima.

—¿Qué haría un técnico como tú ante una teoría semejante? ¿La ignoraría o la exploraría?

La pregunta flotó entre nosotros, precisa como un instrumento de medición.

—Soy un técnico. Mi trabajo es hacer funcionar la máquina, no destruirla —le sostuve la mirada, devolviéndole la frialdad—. Si una teoría exige forzar el sistema más allá de su límite físico, la máquina terminará rompiéndose. Y yo no busco morir aplastado por el progreso de otros.

Una levísima sombra de aprobación cruzó su rostro, aunque su postura defensiva no se relajó.

—El conocimiento siempre explora todas las puertas… incluso las que decide no abrir —trazando el lomo del libro con el índice—. Quién escribió esto era un hombre de ciencia y de principios. Pero los manuales sobreviven a sus autores, y a veces caen en manos de quienes tienen más prisa que ética.

Se puso de pie, tomando el volumen con firmeza. Era su ejemplar, su guía.

—Mañana verás la maquinaria del Nivel 8.

Verás la Terminal de Purga funcionando bajo las normativas que este libro ayudó a establecer.

Cuando estés allí, observa si la máquina sigue el camino de la Solstrita...

o si alguien ha decidido que los principios del autor son un lujo que Solheim ya no puede permitirse.

Sin decir más, se alejó hacia la escalera lateral, su silueta desapareciendo en la penumbra del sótano.

Caminé hacia el mostrador de Zelán, quien había observado la escena en silencio, con las manos entrelazadas sobre su túnica oscura.

—Zelán... ese libro no es un simple manual —dije, apoyando mis manos sobre la madera—. ¿Quién es ella?

—Su nombre es Istryel, Elial —respondió—. Ya te advertí que lo que custodia en ese volumen es peligroso.

—Mencionaba una teoría de inducción directa —continué, con la respiración aún tensa—. Una forma de obtener energía que el propio autor desaconsejaba.

Zelán se inclinó hacia mí.

—Escuché cómo te mencionaba el Nivel 8 —dijo—. Si esa mujer te ha mostrado su herejía, es porque quiere algo de ti. Lo que te enseñó debe ser exactamente lo que ella sospecha que ocurre ahí abajo. Ten cuidado, Elial. No sé si te está ofreciendo un mapa o empujándote al abismo.

Salí de la biblioteca y me recibió el azote de la bruma nocturna.

La niebla marina se estrellaba contra los muros de Solheim, un telón gris que se rendía ante el resplandor de la Oscilancia.

El viento soplaba con fuerza desde el océano, impregnando mi ropa con una humedad densa y entumeciendo mis manos, pero mi mente seguía en aquel sótano.

Caminé hacia mi casa. Aquel único diagrama seguía grabado a fuego en mi mente.

Mañana empezaría mi turno en el Nivel 8. El fraude matemático acababa de pasar a un segundo plano. Descendería a la Terminal con un único objetivo: descubrir si el Consejo se había atrevido a ensamblar esa atrocidad.