Capítulo 2 El límite de la Oscilancia #2
El edificio de la Intendencia Central se alzaba ante mí como una mole de piedra blanca y nervaduras de hierro negro, diseñada para recordar quién era digno del lujo y quién pertenecía al barro.
Al cruzar hacia el interior, me acerqué a la ventanilla de Suministros Generales.
El funcionario de turno detuvo su pluma y me evaluó; al registrar mi túnica gris de los márgenes, su rostro se contrajo con evidente desdén.
Quería deshacerse de la mancha que yo representaba en su entorno perfecto lo antes posible.
Me arrebató los folios de las manos. La gestión fue tan tediosa y veloz como esperaba.
El hombre estampó el sello en mis documentos con un golpe seco y me los devolvió deslizándolos por el mostrador, sin siquiera dignarse a mirarme a los ojos.
Con el archivo validado bajo el brazo, mi obligación oficial había terminado.
Cualquier empleado sensato habría dado media vuelta para regresar a la seguridad de su oficina en el Margen Norte.
Pero yo no había ido hasta allí solo por un sello.
Me dirigí hacia el inmenso arco de piedra tallada que separaba las ventanillas públicas de los despachos ejecutivos. Un guardia de la Intendencia, impecable en su uniforme blanco, me cortó el paso con un brazo extendido antes de que pudiera dar dos pasos.
—Zona restringida, administrativo —dijo, señalando mi túnica gris—. La salida está a tu espalda.
—Vengo a presentarme por una vacante interna —dije, manteniendo la voz firme y mostrando mi placa de registro—. El puesto de Filtrado de Flujos en los subniveles.
El guardia soltó una risa seca hacia la oficial de acceso que estaba detrás del mostrador de obsidiana. Ambos intercambiaron una mirada de incredulidad.
—¿Voluntario para Filtrado de Flujos? —preguntó la oficial, arqueando una ceja perfecta—. ¿Te has golpeado la cabeza, chico? Ese es un puesto de castigo. La gente suele venir aquí a rogar que los saquen de ahí, no para entrar.
—Tengo deudas —mentí, adoptando esa postura de resignación que había ensayado—. Y me han dicho que pagan una ración doble por el riesgo. Mis manos aguantan el calor, solo necesito el dinero.
La mujer me barrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la tosquedad de mi uniforme y en la envergadura de mis hombros. La tensión de su postura cedió, reemplazada por una mueca de superioridad.
—Tú sabrás lo que haces con tu vida —dijo, inyectando una secuencia de presión en su panel con más fuerza de la necesaria—. Daxen está en su despacho al final del pasillo.
Se inclinó un poco sobre el mostrador, bajando la voz y perdiendo la compostura profesional por un segundo, como si me estuviera confesando un secreto de estado.
—Será un alivio cubrir esa vacante de una vez por todas. Llevamos meses intentando llenar ese hueco. Desde que el puesto quedó libre, Daxen nos obliga a cubrirlo con rotaciones forzosas de una semana.
Arrugó la nariz con desagrado, mirando sus propias uñas impecables.
—Es un infierno ahí abajo. El calor te arruina la piel y el ruido te deja sordo.
A Joren le tocó la semana pasada y volvió llorando, pidiendo la baja por "fiebre de caldera".
Nadie aquí quiere volver a bajar. Así que, si eres tan estúpido como para querer esa silla de forma permanente, te abro la puerta yo misma.
La oficial le hizo una seña condescendiente al guardia. El hombre bajó el brazo a regañadientes y se apartó, liberando el inmenso ingreso de piedra. Crucé al otro lado, dejando atrás a los funcionarios.
El ambiente cambió al instante. Si la zona de atención al público era opulenta, este pasillo era puramente intimidante.
Dentro de esta sección, el aire estaba tan saturado de la Oscilancia que mis pulmones, acostumbrados al aire viciado del margen norte, se sentían extrañamente ligeros, casi en un trance.
Mientras esperaba en la antesala, rodeado de burócratas que se movían con una elegancia ensayada, sentí que alguien me observaba. Era una mirada diferente, más intensa que el simple desprecio de los guardias.
Cerca de una de las grandes columnas de mármol, una mujer me miraba fijamente.
No vestía las sedas chillonas de la élite, sino una túnica de un gris aséptico, cortada con precisión funcional.
Tenía el cabello claro y unos ojos verdes y fríos que me inspeccionaban con la exactitud de un calibrador, buscando fallas no solo en mi ropa, sino en mi propia estructura.
Mantuve el rostro vacío, pero por dentro, mi instinto de minero me gritó que ella no era una pieza más del decorado.
—¡Siguiente! El "esforzado" de Registros Menores —bramó una voz desde el interior.
Entré al despacho de Daxen. Él estaba sentado tras un escritorio de obsidiana maciza, rodeado de un lujo que desafiaba cualquier lógica de eficiencia: estatuillas de oro usadas como simples adornos, lámparas con gruesos núcleos de Solstrita que irradiaban un calor innecesario y una túnica tan recargada que debía resultarle un lastre físico.
Me examinó desde su escritorio, clavando la vista en mis hombros anchos y mis manos grandes con escepticismo.
—Dime, muchacho... ¿qué hace un tipo con tu constitución perdiendo el tiempo entre papeles? —preguntó, reclinándose en su silla con una arrogancia que me dio náuseas—. Tienes cara de ser de los que empujan fuerte, no de los que leen rápido.
—Precisamente por eso estoy aquí —dije, bajando la cabeza y adoptando un tono de voz monótono, casi sumiso—.
He oído que hay una vacante permanente en el sector de Filtrado de Flujos.
Sé que es un puesto que nadie quiere por el calor y...
bueno, mis compañeros dicen que es un trabajo para bestias, no para administrativos.
Pero yo no busco comodidad. Necesito el trabajo.
Y sé que puedo hacer lo que otros no quieren.
Daxen soltó una carcajada seca, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—"Filtrado de Flujos"... —repitió, mirándome con una mezcla de desprecio y cálculo—. ¿Sabes por qué mis analistas lloran cuando les toca bajar ahí? No es por la complejidad del trabajo. Es porque son blandos.
Se puso de pie y caminó alrededor del escritorio, acercándose a mí como quien inspecciona un animal de tiro.
—Llevo meses lidiando con idiotas refinados que me piden la baja por "fiebre de caldera" al segundo día. Se marean con el vapor, les molesta el ruido de los engranajes y se quejan de que el hollín les ensucia la túnica.
Se detuvo frente a mí, como si buscara cualquier rastro de rebeldía en mis ojos, algo que pudiera sugerir que yo causaría problemas.
—Esa maquinaria es vieja y temperamental, muchacho. No necesito a un académico tratando de cambiar algo que funciona. Necesito a alguien que sepa seguir instrucciones simples y aguante el calor sin desmayarse.
Me miró fijamente. Mantuve una expresión inerte.
—Mis manos aguantan —respondí con voz plana—. Usted me señala qué palanca hay que mover y yo la muevo hasta que me diga que pare. No me pagan por entender cómo funciona la máquina, solo por asegurarme de que siga funcionando.
Daxen sonrió, satisfecho.
—Me gusta tu actitud, herramienta —dijo, regresando a su silla y estampando un sello con fuerza en mi orden de traslado—. Al fin alguien que conoce su lugar. Mañana empiezas a primera hora. Reportarás directamente a la terminal del Nivel 8. No esperes ver el sol durante tu turno.
—Gracias, Intendente. No le fallaré.
Al salir del edificio, la refracción del sol del mediodía contra el mármol blanco me obligó a entrecerrar los ojos.
La atmósfera controlada de la mañana se había convertido en una masa de aire seco y denso que distorsionaba la visión sobre el pavimento.
Pero lo que detuvo mi marcha no fue el choque térmico, sino la mujer de la columna.
Aguardaba apoyada contra la pared exterior, aprovechando el ángulo de sombra proyectado por un relieve del Consejo.
—Has hecho una gran actuación, minero —dijo ella. Su voz era cortante como un instrumento de precisión—. Daxen cree que te han enviado al matadero. Cree que eres un engranaje que se desgastará y será reemplazado sin que nadie lo note.
Me detuve, manteniendo mi fachada por un segundo antes de darme cuenta de que, con ella, no funcionaría.
—No sé de qué me habla —respondí, tensando los músculos bajo la túnica.
—Oh, lo sabes. Tus ojos no tienen ese velo de felicidad idiota que tiene el resto de esta avenida.
Se acercó un paso, y pude sentir que ella también emitía una vibración diferente, una disonancia que el Tañido no lograba apagar. Se detuvo a una distancia prudencial, observando mis manos marcadas por el trabajo antes de volver a mirarme a los ojos.
—Si vas a bajar al Nivel 8 mañana, te sugiero que lleves algo más que tu honestidad fingida —continuó, bajando la voz—.
Ese sector alberga una terminal que es mucho más que un simple recolector de errores; es el punto de acceso a la estructura de flujo de Solheim.
Sé que te han dado una pieza de metal, Elial.
Quizás te pueda servir para algo allá abajo.
Se dio la vuelta antes de que pudiera replicar, perdiéndose entre la multitud de la Avenida 7 con una gracia que desafiaba la pesadez del mármol. Me quedé solo, preguntándome qué secretos guardaba realmente aquel disco. En mi bolsillo, el metal parecía más pesado que antes.