Solheim La Disonancia Capítulo 2 El límite de la Oscilancia
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Capítulo 2 El límite de la Oscilancia

El eco del primer Tañido del alba aún vibraba en las paredes cuando abrí los ojos. Me dolía la mandíbula; la había apretado en sueños, un reflejo ciego de mi cuerpo para soportar la fricción acústica de las campanas.

Froté mis sienes y me levanté. El cuarto estaba frío, como solía ser en el Margen Norte.

Fui hasta la ventana y abrí las cortinas.

Afuera me recibió la vista de siempre: mi casa a la sombra del Gran Muro.

Por encima de su cresta, una niebla espesa, un recordatorio visual de la escarcha y el viento crudo que devoraban el exterior.

Me aparté de la ventana y salí de mi cuarto. Mientras caminaba por el pasillo, el sonido de los platos y el aroma de la malta tostada recién hecha me guiaron hasta el comedor. Al entrar, mi familia ya estaba allí, sentada a la mesa y compartiendo el desayuno.

Al llegar a la mesa, Jace empujó una silla libre con el pie a modo de saludo, sin dejar de masticar.

Me senté a su lado. Mi madre me dedicó una mirada apacible y deslizó una taza humeante hacia mi lugar.

Tomé un pedazo de pan y di un trago; la bebida estaba demasiado aguada, pero su calor servía para mitigar el frío de la mañana.

—¿Cómo sigue tu madre, Jace? —preguntó mi padre, rompiendo el ritmo mecánico del desayuno.

Mi amigo de la infancia detuvo su taza en el aire, dejando a la vista la suciedad grisácea incrustada bajo sus uñas. Tragó saliva.

—Igual —respondió, con la voz repentinamente áspera—. Sigue sin hablar. Ni una sola palabra desde el derrumbe. La casa es una tumba.

Nadie añadió nada. Mi madre lo miró con los ojos cargados de una compasión difusa y, sin necesidad de hablarlo, deslizó el pedazo de pan intacto de su propio plato hacia el de él.

—Es bueno que hayas venido hoy —le dije, dándole un sorbo a mi taza—. Pero me sorprende verte aquí. A esta hora ya deberías llevar medio turno tragando polvo en el Pozo 4.

—Me rotaron el turno porque los extractores colapsaron —respondió Jace, encogiéndose de hombros—. El hollín está atascando los engranajes más rápido de lo normal y nos toca esperar a la cuadrilla de limpieza. ¿Y tú? ¿Cómo va el trabajo en el despacho?

—Monótono, como siempre —respondí, removiendo mi taza—. Aunque hoy tengo un encargo distinto. Debo ir a la Avenida 7, a la Intendencia Central.

Traté de hacerlo sonar como una molestia más del trabajo de oficina, pero la mención del destino borró cualquier rastro de indiferencia en la cocina.

—¡La Corona, Elial! —exclamó Jace. La emoción inicial en su voz se apagó rápido, dando paso a una sonrisa amarga mientras se miraba las manos ennegrecidas—.

Desde aquí abajo solo nos dejan ver el resplandor de sus torres.

Si yo intentara pisar esas calles, los guardias me echarían a empujones en la primera esquina por el hollín de mis botas y mi camisa manchada.

Pero tú... con esa túnica gris, vas a poder caminar por ahí sin que te traten como a un intruso.

Debe ser increíble ver de cerca todo lo que nos está prohibido.

—Es solo un trámite, Jace —respondí—. Y ese mundo perfecto no debería existir. Los registros no cuadran. Nos exprimen en los pozos, pero sostener todo ese lujo es físicamente imposible.

Jace apretó el pedazo de pan entre sus dedos hasta casi desmigajarlo, moviéndose en la silla con evidente incomodidad ante la fractura de su mundo perfecto.

—Deja los números para los burócratas, Elial —replicó, a la defensiva—. Tragamos escoria, sí, pero la Oscilancia cierra nuestras heridas. No nos pudrimos como los infelices del otro lado del Muro. Si el Consejo nos mantiene a salvo, es lógico que se queden con la mejor parte.

—Esa supuesta salvación tiene los días contados, Jace —le corté—. Su gula está quebrando las máquinas y, cuando colapsen, no habrá energía para cerrar tus heridas.

Jace desvió la vista hacia su malta, aferrándose a su ceguera con obstinación. El silencio en la mesa se volvió denso.

—No voy a quedarme sentado en ese escritorio esperando a que el techo nos aplaste a todos —sentencié, con la frustración quemándome la garganta—. Si nadie más lo ve, prefiero ensuciarme las manos. Hoy mismo pido mi traslado a los subniveles para encontrar la falla.

—El trabajo en la roca es honrado, hijo, nadie dice lo contrario —dijo mi padre, dejando su taza en la mesa—. Pero te costó años salir de ahí. Tienes un escritorio, aire limpio y un futuro. No entiendo por qué quieres volver a bajar al agujero.

—Porque ya no soporto vivir dentro de su mentira —repliqué, endureciendo el tono.

Él se inclinó sobre la mesa, con el rostro marcado por una resignación dócil, buscando mi mirada como si yo fuera un niño confundido.

—No busques grietas donde no las hay, Elial —dijo mi padre, con una calma inquietante—. El techo se paga con sudor, pero el Consejo nos da paz. Míranos. Nos quitan el peso de los días. Sin las campanas, solo nos quedaría el ruido y la angustia.

Me mantuve en silencio. Las palabras de mi padre me golpearon con una dureza que el basalto jamás tendría.

Lo que para mí era una tortura diaria, un zumbido irritante que me mantenía dolorosamente despierto, para él era el mayor de los regalos.

Sin poder hacer nada para despertarlos, terminé mi taza de un trago y salí de casa, dejando la discusión atrás.

Jace caminó conmigo hasta el cruce principal, donde nuestros caminos se separaron: él se dirigió hacia los pozos de extracción, perdiéndose en el hollín de la mañana, mientras yo giraba hacia el interior, hacia la luz.

En cuanto dejé atrás el cruce, me convertí en una mota más dentro de la "Marea de Hierro".

A esa hora, una masa compacta de cuerpos emergía de los callejones, marchando al mismo ritmo.

Caminé rodeado de hombros tensos, avanzando bajo la sombra de los edificios amontonados de basalto negro y piedra tosca, donde las escaleras de hierro trepaban como enredaderas de óxido sobre las fachadas ennegrecidas.

Pasé junto a un Repetidor de Energía que llevaba semanas vibrando demasiado alto, tan agudo que hacía rechinar los dientes.

Los cristales amplificadores estaban agrietados, visibles tras las rejillas oxidadas.

Pero la etiqueta con el sello oficial decía: ‘Revisión Programada’.

Al lado, un póster nuevo del Presidente Varkas proclamaba: ‘El Consejo cuida de todos sus hijos’.

Alguien había escrito con carbón debajo: ‘¿Cuándo?’

Iba caminando hacia el centro de todo, La Corona.

Salir de los márgenes se sentía como si la piedra dejara de aplastarme.

Las calles se abrieron de golpe. La luz mortecina de mi barrio se estrelló contra un resplandor crudo, una intensidad artificial que devoraba cualquier rastro de sombra.

Ya en la Zona Media todos vivían mejor, más espacio, algo de lujo y sin frío.

A mi alrededor, la multitud vestía la estética de la necesidad: chaquetones de lana hervida en tonos apagados —marrón tierra, azul petróleo, gris ceniza— que ocultaban el desgaste de los turnos dobles.

Todos los trabajadores que veníamos desde la misma zona sobresalíamos ante la limpieza de este lugar.

La caliza y el granito reemplazaron a la arquitectura asfixiante bajo mis botas.

Aquí, los Repetidores ya no eran chatarra remendada, sino monumentos de aleación refinada que hacían vibrar el aire con arrogancia.

La Oscilancia golpeaba con tal potencia que evaporó al instante la humedad de los márgenes que aún calaba mi ropa.

Pero aún no llegaba a donde vivían los verdaderos dueños de Solheim.

Pase la Zona Media y llegué hasta La Avenida 7, cruzar el último paso fue chocar de frente contra un muro de aire perfumado y luz artificial.

Al pisar el mármol, un zumbido mecánico me obligó a saltar hacia atrás.

Un Vector, una veloz cápsula de metal pulido, cortó el suelo a centímetros de mis rodillas.

Aún no recuperaba el equilibrio cuando tuve que frenar en seco: dos hombres salieron de una tienda de cristal, seguidos por asistentes cargados de compras.

Uno vestía brocados arcaicos; el otro, una seda reactiva de corte atrevido que cambiaba de color con la luz, una sola prenda que el mísero jornal de mi familia jamás alcanzaría a pagar.

A pesar de sus ropas, lucían idénticos: compartían una piel dorada y antinaturalmente tersa.

Solo la diferencia de épocas en su vestuario delataba quién era el padre y quién el hijo.

La Solstrita les había congelado el reloj en el mismo rostro.

Fluyeron junto a mí evaluándome como a un simple engranaje.

Al encogerme para darles espacio, mis músculos forjados en la mina se sintieron toscos frente a su perfección intocable.

Un oficial me cerró el paso, escrutándome de arriba abajo.

Mantuve la espalda recta hasta que reconoció la túnica gris almidonada de mi oficina; entonces resopló y me hizo una seña para avanzar.

Ese trozo de tela era mi único salvoconducto.

Al cruzar, entendí de golpe la emoción infantil de Jace: con el hollín de las minas encima, a él no le habrían permitido dar ni dos pasos en esta avenida.

Me detuve ante una escultura de cristal que levitaba a medio metro del suelo.

Su base estaba forjada con gruesos bloques de oro.

Mientras en los márgenes nos amontonábamos en viviendas asfixiantes, aquí fundían fortunas enteras para usarlas como un simple soporte decorativo.

Sin embargo, era el núcleo de Solstrita el que eclipsaba la luz del sol, demostrando la verdadera gula de la ciudad.

Saber que esta gente exprimiría la isla entera solo para mantener sus estatuas levitando borró cualquier rastro de duda. Con el disco de Belthor quemándome en el bolsillo, le di la espalda al monumento y me dirigí a la Intendencia Central.