Solheim La Disonancia Capítulo 1 La mentira matemática
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Solheim La Disonancia

Solheim La Disonancia

Por R. Melendez

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Capítulo 1 La mentira matemática

Las campanas del mediodía resonaron sobre los techos de Solheim, el aire de la oficina se volvió denso.

A mi alrededor, el repique barrió la sala y mis compañeros se detuvieron al unísono.

Sus rostros se suavizaron de golpe, las pupilas se les dilataron levemente y una sonrisa plácida, completamente vacía, se dibujó en sus labios.

—Qué paz tan profunda nos da siempre este sonido, ¿verdad, Elial? —susurró Lenia con la mirada más allá de la ventana.

—Sí, una paz absoluta —mentí, bajé la vista a mis papeles y apreté los dientes.

Sentía el zumbido irritante taladrándome detrás de los ojos, quería cerrarlos y presionar mi cabeza.

Un dolor punzante que no acababa. Mientras los demás flotaban en la sala como sonámbulos, llenos de placer, yo escuchaba el ruido que perforaba mi mente.

Forcé mis músculos a relajarse y estiré los labios con una sonrisa vacía.

—¿Ya sellaste los manifiestos de las cargas de oro, Elial? —La voz de Haldor cortó mis pensamientos—. Te noto distraído y no estás aquí para perder el tiempo. Gente cómo tu no debería estar aquí. Para mí eres un error de la Intendencia. El hollín no se limpia tan fácilmente del cerebro.

Ignoré la provocación. Apreté los dientes. Bajo el escritorio, mis nudillos, aún marcados por las esquirlas de basalto de la Veta Madre, se blanquearon. Mantuve la vista clavada en los folios.

—Los tendrás listos y verificados en un par de horas, Haldor —respondí secamente, tomando la pluma.

Haldor soltó un bufido despectivo y se alejó.

Lenia, aún envuelta en la bruma de la campana, me dedicó una sonrisa blanda, desprovista de cualquier ofensa.

—No te molestes con él, Elial. Su carga es pesada y a veces olvida sus modales.

—Lo sé, Lenia —dije, incapaz de soportar su ceguera—. De todas formas, ya iba a empezar con los documentos de mi mesa.

El tañido ya había terminado, al fin pude respirar con tranquilidad.

Me aparté de su letargo y atraje los legajos.

En mis manos tenía los balances de oro, comprobé las enormes cantidades exportadas; despachos masivos.

Hoja tras hoja verifiqué las sumas y estampé el sello oficial en cada manifiesto.

En poco más de una hora terminé con la primera pila.

Acerqué la segunda pila. Eran los balances operativos del Transmutador, el registro que cruzaba el ritmo de extracción de la Solstrita con la Oscilancia irradiada a la ciudad.

Mi vista recorrió las columnas. Tiempos de corte.

Frecuencia. Rendimiento. Lo que encontré era una imposibilidad física.

La energía que hacía vibrar a Solheim superaba por mucho el límite mecánico de los extractores.

Sentí un escalofrío en todo mi cuerpo, los números no cerraban, esos datos no estaban bien, lo sabía por mi experiencia en las minas.

Estaba absorto analizando cada dato, cada vez más seguro que ocultaban algo. Cuando escuché una voz muy cerca a mi espalda.

—Esos balances no se van a sellar solos, Elial.

Era Haldor de nuevo. Reaccioné instintivamente, apilé los registros de un manotazo, cubriendo las cifras con mis antebrazos, y me obligué a girar el rostro con lentitud.

—Los tendrás a tiempo —le respondí, sintiendo como si pudiera ver lo que había en mi mente.

Él se ajustó su túnica, demasiado preocupado por su propia imagen.

—Bien —concedió con sequedad—. Algo más: necesito que vayas a la Intendencia en la Avenida 7 de La Corona.

Hay un trámite de validación de flujos que requiere una firma presencial.

Es un fastidio, pero de vez en cuando hay que enviar a alguien de bajo rango para que los de arriba sientan que estamos trabajando.

Lleva esta carpeta temprano en la mañana.

Respiré profundo y en silencio volví a hundir la vista en la mesa.

Gasté la tarde procesando los folios, tratando de asimilar la mentira matemática que acababa de descubrir. Dejaban esos datos así a la vista de todos porque sabían que nadie lo notaría.

Unos minutos antes de la hora de salida estampé el último sello y me puse de pie.

Caminé hacia el escritorio de Haldor y le entregué los balances.

Él tomó los documentos con desidia. Sus ojos barrieron los folios, rozando las mismas cifras que delataban el fraude masivo del Consejo.

Aflojé los hombros a la fuerza y vacié mi expresión, en mi mente imaginaba que se daría cuenta, que notaría que algo estaba mal.

Para mi alivio, Haldor simplemente arrojó los papeles a su bandeja de salida justo cuando el reloj marcó el final de la jornada.

No esperé su permiso para retirarme. Fui el primero en cruzar la salida.

Las cifras adulteradas me quemaban la mente; solo conocía un hombre en Solheim capaz de evaluar esa imposibilidad física en quién tenía plena confianza.

Tracé mi ruta hacia la zona de reparación naval.

Necesitaba hablar con Belthor. Él conocía mejor que nadie todo el proceso de la Solstrita, su extensa experiencia en las minas como ingeniero me ayudarían a analizar estos datos.

Debía cruzar Solheim hasta los muelles del sur, caminé rápido para llegar antes que anocheciera.

Descendí por la gran arteria de suministros, sin duda el camino más directo.

Después de un rato dejé atrás la caliza pulida y el aire filtrado de los distritos altos.

A medida que avanzaba, el hacinamiento de piedra tosca de los márgenes era lo único que podía ver, y el ambiente se volvió denso.

Llegué hasta la Puerta Sur, allí la humedad salina de la costa ya me empapaba la ropa.

Pasé hacia los muelles y la temperatura cayó de golpe.

Aquí, la Oscilancia moría. El calor residual de la ciudad luchaba contra la humedad del océano, apenas lograba deshacer la bruma antes de que se convirtiera en escarcha.

La ropa que llevaba se sentía muy ligera ante el helado viento que soplaba.

Tuve que abrirme paso a través del mercado, a esa hora estaba muy movido, esquivé a los vendedores que negociaban sus mercancías.

Avancé directo hacia los muelles del sur y me adentré en la zona de reparación naval.

Allí, el murmullo desesperado del mercado era reemplazado por el estruendo de las grúas de vapor y el siseo constante de las válvulas de presión.

Llegué al taller de Belthor, abrí la puerta y me recibió un olor a metal quemado y a aceite viejo, el mismo olor de los libros de termodinámica que él solía pasarme a escondidas en las minas. Él estaba recogiendo unas herramientas y se volteó cuando ingresé.

—Hacía tiempo que no veía a un minero con la espalda tan recta, Elial —dijo—. ¿Cómo está ese trabajo entre esos archivos?

—Extraño las minas, viejo amigo. Allí la piedra no te engaña. En los registros todo es un espejismo. Hoy en los informes de La Corona encontré unos datos que son falsos. No he dejado de pensar en eso y me urgía compartirlo contigo.

Belthor detuvo lo que estaba haciendo y me prestó toda su atención.

—Dime si mis cálculos tienen sentido, Belthor. La velocidad de extracción de la Solstrita ya debe estar rozando su techo técnico. El tiempo de corte es fijo. Sin embargo, los registros muestran una producción mayor. La Oscilancia que irradian es matemáticamente inalcanzable para nuestras máquinas.

—Tus cálculos son exactos, Elial —gruñó Belthor, con la mirada endurecida—.

La piedra tiene un límite y hace tiempo que lo alcanzamos.

Si la gula del Consejo por la Oscilancia sigue creciendo sin que las máquinas de extracción colapsen, significa que encontraron otra cosa.

Una fuente nueva para sostener ese consumo excesivo, algo que mantienen fuera de sus registros oficiales.

Todavía tengo contacto con muchos mineros y no sé nada nuevo.

Belthor dejó su herramienta y me clavó una mirada de advertencia.

—Para el Consejo, un hombre que hace preguntas es peligroso. Pero tú acabas de hacer lo correcto al no decirle a nadie más de esos números alterados. Quiero mostrarte algo que podría aumentar tu curiosidad.

Se dirigió a un rincón del taller.

–Ayúdame a mover estas cajas –me dijo.

Había muchas cajas muy pesadas apiladas frente a una de las paredes, le ayudé a quitarlas y atrás de una de estas había un hueco. El viejo metió su mano y con cierta reverencia sacó un paño enrollado, lo empezó a desenrollar hasta que descubrió un objeto extraño.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Una pieza que no existe en los registros —confesó, mientras sus dedos trazaban el borde de esta—.

Lo encontré hace unos quince años en el Nivel 6, en el Archivo Muerto.

En aquel entonces inventariaba las viejas Láminas Espectrales.

Se me cayó una herramienta por una grieta en la base de una columna de piedra y, al meter el brazo para recuperarla, toqué un bulto envuelto en tela encerada.

Fruncí el ceño. Belthor extendió la mano y puso el objeto en mi palma, tenía forma de disco. Era una aleación opaca que me heló la piel al tacto.

—No tengo idea de para qué sirve, ni por qué lo ocultaron con tanta prisa —admitió el viejo forjador—. Es una aleación que no se procesa en ninguna fundición industrial que yo conozca. Consulté en secreto a los mejores metalúrgicos de los muelles, pero nadie supo identificar su estructura.

Belthor me clavó su mirada.

—En tus archivos no encontrarás más respuestas. Los números te trajeron hasta aquí, pero el propósito de este objeto se esconde en lo profundo. En las minas debe tener un uso, creo que eso te podría dar las respuestas que buscas. Pero si quieres una vida tranquila te recomiendo no hacer nada.

Apreté la aleación en mi palma.

—Tengo que volver a bajar. No puedo hacer como si nada estuviera pasando.

Los demás no ven nada pero yo voy a averiguar qué nos oculta el Consejo.

Si extraen una energía fantasma, la prueba tiene que estar en la maquinaria central de la Oscilancia.

Pero no sé cómo llegar hasta allí. Esa zona está restringida; un simple archivista no puede acercarse a los generadores sin hacer saltar las alarmas.

Belthor asintió con lentitud, evaluando mi determinación.

—Al núcleo no. Pero hay un embudo antes de llegar a él. El sector de Filtrado de Flujos. Es tu única puerta de entrada ahora mismo. Necesitan gente desesperadamente para ese agujero.

Se inclinó hacia mí.

—Tendrás que limitarte a tu trabajo. No hagas preguntas ni intentes sacarles información delicada a los supervisores. Si detectan una curiosidad fuera de lo normal, te sacarán de las minas antes de que parpadees.

—¿Y cómo se supone que consiga ese puesto?.

—El encargado de ese sector es un hombre llamado Daxen.

Es un tipo orgulloso, desprecia a cualquiera que no sea de su círculo, pero eso es exactamente lo que puedes usar a tu favor.

Si te presentas como un tonto útil dispuesto a hacer el trabajo que nadie más acepta, su propio ego le impedirá verte como amenaza.

Asentí. Deslicé el pulgar sobre el disco, sintiendo el relieve del grabado: un ojo encerrado en un círculo de espinas. Si iba a infiltrarme en el corazón de la maquinaria llevando esa pieza, necesitaba toda la información posible.

—¿Qué significa este símbolo?

Belthor negó con la cabeza, ensombreciendo el gesto.

—Es una marca antigua. Lo único que te diré es que no puedes dejar que lo vean. Si te encuentran con algo así, te convertirás en el centro de atención del Consejo, y te aseguro que no para bien.

Guardé el disco en mi bolsillo, asimilando su peso inusual.

–Ya es tarde, mejor regreso a mi casa. Mañana intentaré conseguir ese puesto.

Belthor se acercó, me dio un abrazo y salí del taller hacia la noche cruda de Solheim.

Mientras caminaba de regreso, el viento de los muelles me resultó indiferente.

Volver a sentarme frente a mi escritorio y fingir ceguera ya no era una opción.

Una vida sintiendo que todo andaba mal, y ahora ver estos datos, me comprobaban que tenía razón, lo que sea que estaba sucediendo lo encontraría.