Sola (D.D. Warren 1) Epílogo
98%

Epílogo

A Bobby no le importaba demasiado. Caminaba a zancadas por Newbury Street, con el gorro de lana bien calado, la bufanda bien ajustada alrededor de las orejas y el resto del cuerpo bien abrigado con su chaqueta de plumón.

Pequeñas luces blancas parpadeaban alegres en las hileras de árboles que bordeaban la calle.

Los escaparates de las tiendas aún lucían los vivos colores navideños y sugerían caprichosos regalos.

Los habitantes de Nueva Inglaterra eran gente resistente e, incluso en un día como ese, la gente salía a la calle, disfrutaba de la ciudad y aprovechaba la nieve fresca del invierno.

Aquel día, Bobby había alcanzado un hito personal. Había tenido su última reunión con la doctora Lane.

—¿Qué tal las fiestas? —le había preguntado ella.

—Bien. Las pasé con mi padre. Salimos a comer. Siendo dos hombres solteros, no tenía sentido cocinar.

—¿Y tu hermano?

—George no le ha devuelto la llamada a papá.

—Ha debido ser duro para él.

—No le ha hecho mucha gracia, pero ¿qué se le va a hacer? George ya es mayorcito. Tendrá que dar el paso cuando esté preparado.

—¿Y tú?

Bobby se encogió de hombros.

—No puedo hablar por George, pero papá y yo estamos bien.

—Lo que, por supuesto, nos lleva a tu madre.

—Siempre quieres hablar de mi madre.

—Es una mala costumbre del sector.

Él suspiró y negó con la cabeza ante su insistencia. Pero, por supuesto, iban a hablar de su madre. Siempre hablaban de su madre.

—Vale. Le hice a mi padre algunas preguntas sobre ella, tal y como habíamos hablado. Papá hizo todo lo posible por responder. De hecho, tuvimos una conversación sobre aquella noche.

—¿Fue difícil?

Él abrió las manos.

—Más bien… incómodo. ¿Sabes la verdad? ¿Aquella noche tan apocalíptica?

Ninguno de los dos la recuerda muy bien.

En serio. Yo era demasiado joven. Papá estaba demasiado borracho.

Y supongo que tal vez, solo tal vez, por eso nosotros podemos seguir adelante y George no.

Él todavía ve lo que pasó. Para ser sinceros, aunque lo intentemos, papá y yo no somos capaces.

—¿Tu padre ha intentado ponerse en contacto con tu madre?

—Dijo que lo hizo hace años como parte de su programa. Se puso en contacto con su hermana en Florida. Ella dijo que le daría el mensaje a mi madre. Nunca volvió a saber nada.

—Entonces, ¿tienes una tía?

—Tengo una tía —dijo Bobby con naturalidad—, y dos abuelos vivos.

La doctora Lane parpadeó.

—Eso es nuevo.

—Sí.

—¿Cómo te sientes al respecto?

—Ay, Dios. —Puso los ojos en blanco, riéndose un poco por la trillada frase, pero era una risa forzada—.

Es raro —admitió con un suspiro—. Sí, es difícil.

Saber que tienes familia ahí fuera y que nunca han intentado ponerse en contacto contigo…

duele. ¿Cómo no va a doler? Me digo a mí mismo que ellos se lo pierden.

Me digo muchas cosas. Pero, bueno, es horrible.

—¿Has pensado en ponerte en contacto con ellos?

—Sí.

—¿Y?

—Y no lo sé. Quiero decir, tengo treinta y seis años. Me parece un poco tarde para ponerme en contacto con la abuela y el abuelo. Si ellos no han querido hablar conmigo en todo este tiempo, quizá debería captar la indirecta.

—No lo crees de verdad, Bobby. —Otro encogimiento de hombros—. Entonces, ¿qué ocurre en realidad? —La doctora Lane había llegado a conocerlo bastante bien.

Suspiró y miró al suelo.

—Creo que tal vez sea una cuestión política. Mi madre está en Florida. George está en Florida. Nunca sabemos nada de él, nunca sabemos nada de ella. Creo que tal vez la familia se haya dividido. George abandonó a papá, pero ganó a mamá. Yo no abandoné a papá, así que…

—Crees que, mientras estés cerca de tu padre, tu madre no se pondrá en contacto contigo.

—Eso es lo que pienso.

Lane asintió pensativa.

—Es posible. Aunque yo sugeriría que sería más saludable para ti y para tu madre tener vuestra propia relación, con independencia de tu padre.

Bobby sonrió con ironía.

—Bueno, ya sabes, no dudes en mandarle una nota.

—Su sonrisa se desvaneció. Se encogió de hombros de nuevo—.

Es lo que hay. Estoy intentando hacer lo que me has propuesto: centrarme en controlar las cosas que puedo controlar y dejar ir las que no puedo.

No puedo controlar a mi madre, no puedo controlar a mis abuelos, no puedo controlar a George.

—Eso es muy sensato por tu parte, Bobby.

—Joder, estoy hecho todo un sabio.

Ella le sonrió.

—Bueno, sigamos. ¿El trabajo?

—Empiezo la semana que viene.

—¿Estás emocionado?

—Más bien, nervioso.

—Es normal.

Él reflexionó.

—Me exoneraron por disparar a Jimmy Gagnon y también por la muerte de Copley, así que todo va bien.

Pero me distancié de mis compañeros. Mi relación con Catherine, la forma en que manejé la investigación…

Me enemisté con mucha gente por todo aquello.

Una parte importante de estar en la Unidad de Operaciones Tácticas Especiales es saber trabajar en equipo.

Hay muchos que ahora dudan de mi capacidad para formar parte de él.

—¿Y tú qué opinas?

—Echo de menos al equipo —respondió con firmeza—. Echo de menos mi trabajo. Soy bueno en lo que hago y, si tengo que volver a demostrar mi valía, lo haré. No me asustan los retos.

—Tengo curiosidad, Bobby, ¿te consideras un jugador de equipo?

—Claro. Pero ser un jugador de equipo no debería ser una excusa para actuar como un idiota.

Si todo el equipo se tira por un precipicio, ¿deberías tirarte tú también o, por el bien del equipo, deberías plantarte y decir: «Eh, chicos, dejad de saltar»?

Con todos mis respetos hacia D. D. y los demás investigadores, ellos no entendían lo que estaba sucediendo con los Gagnon.

Yo sí. Así que hice lo que me dictaba mi conciencia.

Y estoy tranquilo. Si soy franco, eso es lo que debe hacer un buen policía.

—Vaya, Bobby, has avanzado mucho.

—Lo intento.

Su voz se volvió más suave, así que él supo lo que ella iba a preguntarle a continuación.

—¿Sigues soñando con él?

—A veces.

—¿Con qué frecuencia?

—No lo sé. —Su propia voz se había vuelto suave. Ya no la miraba, sino que observaba su diploma enmarcado en la pared—. Puede que tres o cuatro veces a la semana.

—Eso es mejor que antes.

—Sí.

—¿Estás durmiendo?

—Un poco. Ese camino… va a ser largo.

—¿Crees que llegará un momento en el que no pensarás en Jimmy Gagnon?

—Maté a ese hombre. Es una carga muy pesada. Sobre todo sabiendo que podría haber habido circunstancias atenuantes. Sobre todo… Bueno, ya sabes, ese es el problema. Incluso después de dos meses, sigo sin estar seguro de lo que ocurrió esa noche.

—¿La policía no va a presentar cargos contra Catherine?

—No hay pruebas.

—Creía que habías dicho que encontraron una pistola en la cómoda del dormitorio.

Él se encogió de hombros.

—Pero ¿qué prueba eso? ¿Que disparó dos veces en su propia casa? No hay ninguna ley que lo prohíba. La decisión de matar a Jimmy fue mía y solo mía. Fui yo quien vio su cara. Fui yo quien apretó el gatillo.

—¿La odias?

—A veces.

—¿Y las otras veces?

Él sonrió con ironía.

—Eso prefiero guardármelo para mí.

La doctora Lane negó con la cabeza.

—Es una mujer peligrosa, Bobby.

—No me digas.

—Bueno, creo que por ahora está todo listo. He firmado los documentos y se los he enviado al teniente Bruni. Por supuesto, puedes llamarme cuando quieras.

—Te lo agradezco.

—Buena suerte, Bobby.

—Gracias, doctora —respondió con sinceridad—. Muchas gracias.

Ahora se encontraba al final de Newbury Street, casi en el Public Garden.

Los niños corrían por el laberinto de árboles y trataban de atrapar copos de nieve con la lengua.

Los adultos también estaban fuera, abrigados contra el frío.

Algunos observaban a los niños. Otros paseaban perros rebosantes de energía.

Bobby no los vio de inmediato. Cuando por fin lo hizo, se llevó una agradable sorpresa.

Se acercó a Catherine, tan guapa como siempre con su abrigo negro de lana y su bufanda y guantes de color morado oscuro. Nathan no estaba sentado a su lado. Para variar, perseguía a otros dos niños, con el cachorro pisándole los talones.

—Casi no lo reconozco —dijo Bobby mientras se sentaba.

Catherine lo miró, le dedicó una sonrisa y volvió a observar a su hijo.

—Dos semanas marcan una gran diferencia.

—Supongo que la nueva dieta funciona.

—El poder del jarabe de maíz con alto contenido en fructosa.

Resulta que la glucosa y la galactosa son procesadas por el GLUT2, que en el caso de Nathan está mutado.

La fructosa, sin embargo, la transporta el GLUT5, por lo que su sistema puede absorberla mucho mejor.

Ahora no solo ingiere más calorías, también obtiene una fuente de energía que su cuerpo puede utilizar para crecer.

—Catherine, eso es maravilloso.

Ella volvió a sonreír, pero luego, como solía ocurrir, su expresión se volvió más sombría.

—Tendrá que seguir una dieta restrictiva toda su vida e, incluso así, seguirá con problemas. Su cuerpo no absorbe los nutrientes como debería. Siempre tendrá que controlar su salud y solo Dios sabe todas las complicaciones que le esperan.

—Pero los dos sois ya unos expertos.

—Ojalá hubiera descubierto la causa antes. Ojalá le hubiera conseguido una ayuda mejor antes. Ojalá… Ojalá muchas cosas.

No había nada que decir al respecto. Después de los últimos dos meses, ambos tenían sus motivos para arrepentirse.

—¿Alguna noticia sobre la casa? —preguntó él por fin.

—Ya se ha vendido.

—Dios mío, qué rápido.

—Hay lista de espera para Back Bay. Incluso a estos precios.

Bobby negó con la cabeza. Catherine había puesto su residencia a la venta por cuatro millones. Nunca entendería de dónde sacaba la gente ese dinero.

—¿Y ahora qué?

—Estoy pensando en ir a Arizona. Un lugar cálido, donde Nathan pueda jugar al aire libre todos los días. Un lugar donde nadie haya oído hablar de James Gagnon o Richard Umbrio. Un lugar donde Nathan y yo podamos empezar de cero.

—¿Y Maryanne?