Epílogo #2
—Está devastada por lo que James nos ha hecho pasar. Creo que a ella también le gustaría empezar de cero y estar más tiempo con Nathan. Por otro lado…, ya sabes, ama a James. Incluso después de todo lo que ha ocurrido, no creo que sea capaz de dejarlo.
James se encontraba en coma. Entre la pérdida de sangre y el daño en sus órganos internos, su organismo se había apagado. Los médicos no creían que fuera a recuperar la conciencia. Lo que más les sorprendía era que siguiera vivo.
—Quizá algún día —dijo Bobby.
Catherine asintió.
—A Maryanne le gusta Arizona. Mencionó que siempre habían hablado de comprar una casa allí. Así que tal vez, después…
Le tocó a él asentir. Ambos observaban a Nathan. El niño tenía las mejillas sonrojadas y respiraba con dificultad. Trampero le mordisqueaba los talones y los niños se reían.
—¿Y las pesadillas? —preguntó Bobby en voz baja.
Ella sonrió con debilidad.
—Solo media docena por noche.
—¿Tú o él?
Ella volvió a sonreír, pero con tristeza.
—Los dos. ¿Sabes qué es lo curioso? No sueño con Umbrio. Por primera vez en mi vida, ya no temo que un extraño aparezca en la calle. Sueño con Jimmy. Con la última mirada de su rostro. Y a veces, en mitad de la noche, oigo que Nathan llama a Jimmy también.
—Eso duele —dijo Bobby.
—Si, duele —asintió ella. Hizo una pausa—. Cuando lleguemos a Arizona, creo que buscaré a un especialista. Alguien que pueda ayudar a Nathan con el trauma. Y quizá alguien que también pueda ayudarme a mí.
—Creo que sería una idea estupenda.
—Podrías venir con nosotros.
—¿Qué?, ¿y renunciar a todo este frío?
Ella le agarró la mano.
—Bobby, tengo miedo.
—Lo sé.
—¿Y si dejaras de trabajar? Yo podría mantenerte…
—No lo digas.
Ella se apartó, avergonzada, pero él suavizó el golpe acariciándole la mejilla.
—Eres la mujer más especial que conozco, Catherine —le explicó—. Quieres a tu hijo y le plantaste cara a Umbrio. Vais a estar bien. Tanto tú como Nathan. Solo es cuestión de tiempo.
—Si soy tan especial —lo desafió ella en tono apagado—, ¿por qué no vienes con nosotros?
Bobby sonrió. Retiró la mano de su mejilla y entrelazó los dedos sobre el regazo.
Miró a Nathan, que corría y reía con los otros niños, y dijo lo único que quedaba por decir: —El otro día recibí una llamada de la inspectora Warren.
—A su lado, Catherine se quedó inmóvil de inmediato—.
Ha investigado la conexión entre el juez Gagnon y Colleen Robinson buscando registros telefónicos, transacciones financieras, cualquier cosa que los relacionase.
El juez era un hombre inteligente. D. D.
puede encontrar registros de retiradas de efectivo, pero no hay indicios de dónde fue a parar el dinero.
Y en cuanto a los registros telefónicos, no encuentra pruebas de ninguna llamada.
Ni del juez. Pero encontró dos tuyas. —Bobby se giró y miró a Catherine.
En su fría mirada, vio una cautela que le dijo más que cualquier palabra.
»Resulta que Colleen Robinson lo pasó mal en la cárcel. Al salir, se unió a un grupo de apoyo femenino para el síndrome de estrés postraumático. Quizá lo conozcas, Catherine. Según el consejero, asististe a algunas de las reuniones.
—Probé la terapia de grupo una vez —explicó Catherine con serenidad—. Pero eso fue hace mucho tiempo. Antes de conocer a Jimmy. Seguro que no esperas que recuerde a una mujer de hace tantos años.
—A lo mejor tú no, pero quizá ella te recordaba.
—Bobby negó con la cabeza y se frotó las yemas de los dedos—.
He estado dándole vueltas toda la semana.
Por un lado, no creo que tuvieras los contactos necesarios para sacar a Umbrio de la cárcel.
Pero una vez que supiste que había salido, que el juez había movido los hilos…
¿Te llamó Colleen? ¿Así fue como sucedió?
¿Quería algún tipo de recompensa? O quizá solo intentaba ayudarte, advertirte.
Por supuesto, una advertencia no te habría servido de nada, ¿verdad?
Umbrio estaba en libertad condicional. Y la policía estaba demasiado ocupada al sospechar que tú eras la asesina como para ofrecerte protección.
No, estabas sola, acorralada. ¿Fue entonces cuando se te ocurrió la idea, Catherine?
¿Que podías usar el arma del juez contra él?
—Richard Umbrio asesinó a mi padre —dijo Catherine con firmeza—. ¿Cómo te atreves a sugerir que yo tuve algo que ver con él? Por el amor de Dios, mató a Tony y a Prudence. ¿Qué motivos tenía yo para planear algo así?
—No lo hiciste, no con Tony y Prudence. Sospecho que fue el juez Gagnon quien pagó a Umbrio por esos objetivos.
Pero Rick Copley, por otro lado… El fiscal adjunto iba a por ti, Catherine.
Si se hubiera salido con la suya, habrías perdido a Nathan.
—Ella frunció los labios con obstinación. No dijo nada.
»Y luego está el propio juez —continuó Bobby en voz baja—.
Un hombre tan cauteloso, tan inteligente, que no dejó ningún registro telefónico o financiero que lo vinculara con Colleen o con Umbrio.
Y, sin embargo, Umbrio fue a por él. ¿Cómo supo que debía ir a por el juez Gagnon, Catherine? ¿Quién le dio el nombre?
—Tendrías que preguntárselo a Umbrio.
—No puedo, Catherine. Tú lo mataste.
Ella no dijo nada más. ¿Porque no tenía defensa o porque pensaba que él no la creería si lo hacía? Dudaba que alguna vez supiera la respuesta. Cuando se trataba de Catherine, dudaba que alguna vez supiera la respuesta a muchas cosas.
—La doctora Lane me dijo algo al principio —murmuró—.
Dijo que, para una mujer como tú, cuando se trataba de proteger tu mundo, no había ningún límite que no estuvieras dispuesta a cruzar.
Es cierto, ¿no, Catherine? Para protegerte del juez Gagnon, estabas dispuesta a tratar con gente como Umbrio.
A través de Colleen Robinson, le pagaste al mismísimo diablo.
—Hizo una breve pausa—. Rick Copley —dijo en voz baja— era un hombre muy bueno. Y creo que tu padre también lo era.
Catherine no dijo nada, pero él creyó ver lágrimas en sus ojos.
—Espero que, algún día —dijo ella después de un momento—, cuando tengas tu propio hijo, no descubras nunca lo que es temer por su vida.
—Tú tenías a otras personas que te ayudaban, Catherine. Yo te ayudé.
Ella lo miró por fin.
—Pero al principio no lo sabía, ¿verdad?
Se levantó del banco, todavía majestuosa, todavía increíblemente hermosa, y, aun sabiendo lo que sabía, Bobby contuvo la respiración.
—D. D. es una buena inspectora —dijo en voz baja.
—Mi hijo está a salvo. Ningún precio es demasiado alto para eso.
—De verdad lo crees, ¿no?
Ella sonrió con ironía.
—Bobby, es lo único que me mantiene cuerda por las noches. Te echaré de menos en Arizona.
—Adiós, Catherine.
Catherine fue a buscar a su hijo. Bobby permaneció sentado en el banco, con los copos de nieve cayendo sobre su rostro, y los vio alejarse.
Un momento después, D. D. salió de la furgoneta blanca aparcada en la calle. Se dejó caer en el banco junto a él.
—Te dije que no conseguirías nada —comentó Bobby.
Ella se encogió de hombros.
—Valía la pena intentarlo.
Él metió la mano dentro del abrigo y empezó a quitarse los cables.
—¿De verdad crees que se va a mudar a Arizona? —preguntó D. D. Luego añadió—: Siempre puedo reclamarla cuando llegue el momento.
—Claro.
—Voy a atraparla, Bobby.
—No importa.
D. D. frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Todo lo que necesita es que haya un hombre en el jurado, y Catherine no pasará ni un solo día entre rejas. —Bobby se levantó del banco—. Afrontémoslo, ya no hay mujeres como ella.
—Gracias a Dios —murmuró D. D.
Bobby sonrió. Se metió las manos en los bolsillos delanteros del abrigo y se fue a casa.