Capítulo 40
—Necesitamos un plan —expuso Catherine.
Su mirada se posó en Bobby. Él asintió y se esforzó por sentarse más erguido en la cama.
—¿Qué vamos a hacer? —gimió Maryanne con tristeza desde el suelo—. James está herido. Tú estás herido. ¿Qué vamos a hacer?
—Puedo disparar un arma sin problemas —explicó Bobby con serenidad—. Entreno con la mano izquierda siempre.
Catherine asintió. Cogió las dos pistolas de nueve milímetros de la cama y le entregó una.
—De acuerdo. Tú coge una pistola y yo cogeré otra.
—No sabes disparar una mierda —dijo Bobby con seriedad.
—Pues tendré que asegurarme de acercarme lo suficiente. ¿Lo cazamos? ¿Así es como se juega a este juego?
Bobby negó de inmediato.
—No quiero que nos separemos. Dos contra uno nos da más probabilidades; además, no quiero correr el riesgo de que uno de nosotros alcance al otro por accidente en un fuego cruzado.
—No habrá mucho elemento sorpresa si los dos avanzamos a trompicones por el pasillo.
—No, es verdad. Por eso haremos que venga él.
—¿Y cómo lo hacemos?
Bobby la miró a los ojos.
—Bueno, Catherine, tú eres quien mejor lo conoce.
Ella asintió despacio.
—Sí —dijo después de un momento—, supongo que sí.
El señor Bosu estaba al acecho. Divisó al objetivo. Abrió de un tirón la puerta del armario. Clavó profundamente su cuchillo. Y desgarró una pila de toallas de felpa. ¿Qué demonios?
—¡Mierda! —rugió el señor Bosu.
Tiró la pila de toallas. Luego, la estantería del papel higiénico y, a continuación, una colección de albornoces. Vacío, vacío, vacío. ¿Dónde estaba el chico?
—¡Mierda! —volvió a rugir.
Pero entonces la vio. Más adelante en el pasillo, otra puerta con lamas. El señor Bosu avanzó en silencio.
—Richard.
La voz lo detuvo, el nombre también. El señor Bosu se dio la vuelta, estaba un poco confundido.
Hacía años que nadie lo llamaba por su nombre.
Los guardias de la prisión no lo utilizaban, ni tampoco el resto de los reclusos.
Era Umbrio o, en su propia mente, el señor Bosu.
No lo habían llamado Richard en más de veinte años.
Catherine estaba sola al final del pasillo. Era más alta que la imagen que tenía grabada en su cabeza, pero, en muchos aspectos, era la misma. Esos ojos tan oscuros. Esa maraña de pelo negro. Le habría gustado que llevara un lazo rojo.
Qué pena que las niñas crecieran.
—Catherine —saludó, y la señaló con el cuchillo ensangrentado—. ¿Me has echado de menos?
Le sonrió. Ella tenía los hombros hacia atrás y la cabeza alta; trataba de parecer fuerte. Pero veía lo difícil que le resultaba respirar por el rápido subir y bajar de su pecho.
Estaba aterrorizada.
Aquella vieja sensación volvió a apoderarse de él, súbita y cargada de nostalgia.
Volvía a estar veinticinco años atrás, y él correteaba por el bosque, feliz, hacia un pequeño claro que solo se distinguía por el gran tablero de contrachapado que parecía estar tirado en el suelo.
Junto a este había un palo alto y un trozo de cadena que, solo al mirarlo más de cerca, se descubría que era una escalera.
Levantó el contrachapado y apoyó su borde inclinado en el palo. Luego se asomó al enorme agujero, preparándose para bajar por la cadena.
Su rostro apareció abajo, en la penumbra. Pequeño, pálido, manchado de suciedad. Desesperado.
—¿Te alegras de verme? —le gritó—. Dime que te alegras de verme.
—Por favor —dijo ella.
Él bajó con rapidez por la escalera y la abrazó.
—¿Qué hacemos hoy?
—Por favor —repitió ella, y solo el sonido de esas palabras hizo que su corazón estallara en su pecho.
—¿Vas a suplicar? —preguntó Umbrio, emocionado—. Ya sabes lo que me gusta.
—No.
—Deberías. Voy a mataros a ti y a tu hijo.
—No.
—Vamos, Catherine. Tú mejor que nadie sabes lo poderoso que soy.
—Tú me metiste en un agujero durante veintiocho días, Richard. Yo te metí en la cárcel durante veinticinco años.
El señor Bosu frunció el ceño. No le gustaba esa idea. De hecho, no le hacía gracia aquella conversación. Dio un paso adelante. Catherine se mantuvo firme. Dio otro paso y se detuvo de repente. Un momento.
—Enséñame las manos —ordenó.
Ella, obediente, las levantó.
—¿Dónde está la pistola? —preguntó con recelo.
—Se la he dado a Maryanne. Ya lo he intentado y ambos sabemos que no sé disparar.
Él frunció el ceño con desconfianza.
—Así que vas a atacarme con las manos.
—No.
—Entonces, ¿qué? ¿Por qué has salido? ¿Por qué has abandonado la habitación?
—Para ganar tiempo para mi hijo. La policía viene de camino, Richard. Llegará en cualquier momento. Y, la verdad, no me importa si me cortas en pedazos, siempre y cuando no le toques un pelo a Nathan.
—Ah. —Lo pensó—. ¿Sabes qué? Eso está hecho.
Él se abalanzó hacia ella y Catherine echó a correr por el pasillo.
Catherine corrió. No demasiado rápido. Esa era la parte difícil. Su corazón latía con fuerza, sus terminaciones nerviosas gritaban. La adrenalina le corría por las venas y le ordenaba que corriera, corriera, corriera .
Pero tenía un papel que desempeñar. Todos tenían un papel y, de repente, ese era el escenario más importante de su vida.
Podía oírlo rugir por el pasillo detrás de ella. En sus pesadillas, Umbrio rara vez tenía rostro. Era una sombra negra gigante, una fuerza impenetrable que siempre la arrollaba. Ella era pequeña e insignificante. Él se alzaba como un oscuro y vengativo dios.
Durante años había intentado convencerse a sí misma de que era la perspectiva de una niña sobre las cosas, una niña frente a un joven mayor, una niña frente a un adulto.
Pero, al verlo, se dio cuenta de que se había equivocado.
Umbrio era enorme, una montaña de músculos.
La había aterrorizado entonces y la aterrorizaba ahora.
Le había arrebatado gran parte de su vida, grandes partes de sí misma que habían entrado en aquel agujero y nunca habían vuelto a salir…
Huía de él. Corría y lloraba, por miedo, por tristeza, por rabia. Odiaba a Richard Umbrio. Y echaba de menos a la mujer en la que se habría convertido si nunca se hubieran conocido aquel terrible día.
Él se acercaba. Catherine aceleró el paso, dejó que su control se desvaneciera, dejó que el pánico se apoderara de ella. Ya lo tenía encima, intentaba alcanzarla. Iba a agarrarla por el cuello, a tirarla al suelo y luego…
Catherine irrumpió en la sala de estar. Su mirada se posó en la mesa de centro. Bobby yacía detrás, con su nueve milímetros apoyada en el borde a modo de soporte improvisado para el rifle, con la mano izquierda en el gatillo.
—Ahora —ordenó Bobby.
Ella se tiró a plomo. Detrás, Umbrio se detuvo en seco. Agitó los brazos con fuerza, tratando de frenar su propio impulso.
Bobby apretó el gatillo. Pum, pum, pum. Un, dos, tres.
Y Umbrio se estrelló como un roble contra el suelo. Su mano se crispó. Luego se quedó quieto.
Catherine se levantó con dificultad, temblorosa. Tendido bocarriba en el suelo, Umbrio la miraba fijamente. La sangre le marcaba las comisuras de la boca. Sonrió.
—¿Y ahora qué? —susurró.
Ella no lo entendió.
Él agarró el borde de su falda. Catherine gritó.
A su lado, oyó que Bobby apretaba el gatillo, pero solo se oyó un clic metálico vacío.
Las pistolas, se dio cuenta Catherine. Las había intercambiado al repartirlas, y Bobby había recibido la que ella ya había disparado una docena de veces.
Bobby maldijo con fuerza justo cuando Umbrio se inclinaba hacia delante y agarraba la rodilla de Catherine con su enorme puño.
Ella dejó de pensar.
Umbrio iba a atraparla. Sus manos se cerrarían alrededor de su garganta. La apretaría y ella moriría tal y como debería haber muerto hacía veinticinco años. Estaba en el agujero. Estaba en el suelo. Estaba sola.
Fue consciente de un movimiento. Bobby estaba de pie. Gritaba algo. No podía oírlo. La habitación había perdido el sonido. El momento había perdido nitidez.
Umbrio tenía la mano en su cadera. Se arrastraba por su cuerpo, mirándola con lascivia, la boca llena de dientes manchados de sangre mientras su mano derecha se acercaba a su garganta.
Catherine buscaba a tientas, frenética. Y entonces encontró lo que buscaba, escondido debajo del sofá.
Los dedos de Umbrio se cerraron alrededor de su cuello.
Bobby se levantó a su lado, con el brazo hacia atrás.
Y Catherine metió en la boca de Umbrio el cañón de la nueve milímetros. Durante una fracción de segundo, él pareció muy muy sorprendido. Ella apretó el gatillo.
Y a Richard Umbrio le voló la cabeza.
Se derrumbó como un peso enorme sobre su pequeño cuerpo. Catherine empezó a llorar.
Bobby apartó el cuerpo. La rodeó con el brazo y la acunó contra su pecho.
—Shhh —murmuró—. Shhh, está todo bien. Se acabó. Ya está todo hecho. Ahora estás a salvo, Cat, estás a salvo.
Pero no había terminado. No había acabado. Para una mujer como ella, nunca acabaría. Todavía había demasiadas cosas que Bobby no sabía.
Ella lloró, sintió cómo las primeras lágrimas reales le resbalaban por la cara. Bobby le acarició el pelo. Y ella lloró aún más porque sabía, mejor que él, que aquello solo era el principio del fin.
Llegó la policía. También la seguridad del hotel.
Irrumpieron por la puerta con una lluvia de placas, armas y gritos.
En contraste, un calmado Bobby entregó su arma a D.
D., quien también le quitó la nueve milímetros a Catherine.
Los médicos acudieron en ayuda del juez.
Un técnico de emergencias atendió el hombro de Bobby.
Los ayudantes del forense se llevaron a Harris y Umbrio.
Todavía hacían inventario de los daños cuando un agente uniformado por fin localizó a Nathan.
El niño apareció en el pasillo, abrazando a un cachorro arrugado contra su pecho.
Vio a Catherine, a quien habían obligado a permanecer en el sofá a pesar de sus súplicas para que la dejaran buscar a su hijo.
—¿Mamá? —dijo en medio del creciente estruendo.
Catherine se puso de pie. Se acercó a su hijo. Abrió los brazos. Él soltó al cachorro y se lanzó sobre ella.
—Mamá —dijo Nathan, y escondió la cabeza en su hombro.
Bobby les sonrió. D. D. terminó de leerle sus derechos y se lo llevó.