Capítulo 39
Bobby lo procesó todo de golpe. Tres puertas abiertas, tres dormitorios. Corrió por la primera, luego por la segunda y entró a toda velocidad en la tercera justo a tiempo de ver que Maryanne se tambaleaba hacia atrás.
—James, James, James —sollozaba la mujer—. ¡Dios mío, James!
Bobby miró hacia abajo, vio un cuerpo ensangrentado y, al instante, sintió, más que oyó, un movimiento tras él.
—¡Cuidado! —gritó Catherine, aún en el pasillo.
Intentó girarse, trató de levantar la pistola.
Umbrio lo agarró por el hombro. Bobby sintió un golpe fulminante. La fuerza lo hizo girar y lo desequilibró. Luchó, desesperado, por mantener el equilibrio. Vio una imagen por el rabillo del ojo, algo plateado y rojo.
Un cuchillo, logró pensar. Un cuchillo que iba hacia él.
Oyó un disparo. Una fracción de segundo después, el yeso explotó junto a su cabeza.
Bobby cayó al suelo. Umbrio, sin embargo, se detuvo y se giró.
—Vaya, Catherine —saludó el hombre corpulento—, qué agradable sorpresa verte por aquí.
Umbrio sonrió. Tenía la cara salpicada de manchas rojas. Sangre, tal vez de James, tal vez de Bobby. Le daba al asesino un aspecto salvaje.
Catherine volvió a levantar la nueve milímetros. La sostenía con las dos manos para mantenerse firme. Sin embargo, le temblaban tanto los brazos que no podía apuntar. Apretó el gatillo con fuerza y la bala se clavó en la pared a unos centímetros del hombro de Umbrio.
Él volvió a sonreír. Dio un paso adelante.
—Oh, Catherine, Catherine, Catherine.
La sangre brotaba del hombro de Bobby y se mezclaba con el sudor de su palma. Su brazo derecho no quería moverse, sus dedos no querían contraerse. Se asó la pistola a la mano izquierda y apretó el gatillo.
El arma estalló y la bala pasó disparada junto a la rodilla de Umbrio.
El ataque sorpresa por la espalda hizo que el corpulento hombre se detuviera en seco.
Vio a Catherine, que temblaba frente a él, y a Bobby, gravemente herido detrás.
Bobby ya estaba apuntando de nuevo. Disparar desde el suelo era incómodo, pero podía hacerlo.
Por algo llevaba años practicando ejercicios de tiro con la mano débil.
Umbrio pareció darse cuenta de que Bobby estaba herido, pero no fuera de combate, justo cuando este centraba el segundo disparo en el pecho del corpulento hombre.
Apretó el gatillo justo cuando Umbrio saltaba por la puerta y se lanzaba por el amplio pasillo abovedado.
Catherine disparó demasiado tarde una docena de veces detrás de él, alcanzó dos cuadros, una mesa de sofá antigua y unos veinticinco centímetros de pared. Umbrio desapareció en otra habitación.
—¡Mierda! —gritó ella.
Catherine entró al dormitorio, temblaba sin control y apestaba a pólvora. Sus ojos eran dos pozos oscuros en su pálido rostro, su cabello estaba despeinado y revuelto. Pero seguía en pie, empuñando su pistola, y Bobby pensó que estaba preciosa.
Ella vio la sangre que brotaba del hombro de Bobby.
—¡Oh, no!
—¿Quién es ese hombre? —gritó Maryanne—. ¿Y dónde está Nathan?
Catherine ayudó a Bobby a sentarse. La buena noticia era que Umbrio no había alcanzado ninguna vena importante. La mala, que había dañado la articulación y el brazo derecho de Bobby colgaba inerte a su lado.
—No lo entiendo —balbuceó Maryanne—. La recepcionista me ha llamado.
Nathan venía hacia aquí y yo estaba muy emocionada.
Quería abrir la puerta para ser la primera en recibir a mi nieto, pero James ha dicho que no, que dejara que el señor Harris lo hiciera.
Entonces se ha abierto la puerta y he oído un ruido horrible, como un crujido.
James me ha gritado que corriera, así que he corrido.
Luego me ha empujado a este dormitorio, me ha dicho que me metiera en el armario y que no saliera pasara lo que pasara.
Así que me he escondido. Y he oído pasos.
»Pensaba que sería el señor Harris, o tal vez James.
En cambio, la puerta del armario se ha abierto y ese hombre horrible estaba mirándome.
Sonreía. Tenía un cuchillo en la mano y sonreía.
¿Qué tipo de hombre hace algo así? —Bobby y Catherine no respondieron.
Catherine había sacado una funda de almohada de la cama y la ataba con torpeza alrededor del hombro de Bobby.
»James ha aparecido de repente. Ha golpeado al hombre en la cabeza con un sujetalibros.
Muy fuerte. Nunca había visto algo así. Pero ese hombre horrible ni siquiera ha pestañeado.
Solo se ha girado y ha mirado a James… ¡Dios mío, James lo sabía!
—sollozó Maryanne—. Se le notaba en la cara, sabía lo que iba a pasar.
«Corre, Maryanne», me ha dicho. Y eso he hecho.
Y he oído ruidos. Ruidos terribles. He intentado con todas mis fuerzas no escucharlos.
Pero entonces se ha hecho el silencio y ha sido mucho peor.
No podía soportarlo más. Tenía que ver a James. Oh, mi pobre y querido James…
Se derrumbó en el suelo junto al cuerpo. Agarró la mano inerte de su marido. Y los dedos de él se cerraron muy despacio alrededor de los suyos.
—¡James! —lloró Maryanne—. ¡James! Respira. ¡Oh, mi amor, sigues vivo!
—Shhh —dijeron Bobby y Catherine al instante—. Va a volver.
—¿Quién va a volver?
—Richard Umbrio.
—¿No es ese el hombre que te secuestró, Catherine? —Maryanne estaba desconcertada—. Eso fue hace años. ¿Qué podría querer de nosotros?
—Maryanne —dijo Catherine con firmeza—, ¿dónde está Nathan?
El armario estaba oscuro, pero no del todo. Nathan no soportaba la oscuridad total, sobre todo ahora, que estaba asustado de verdad. Había soltado al cachorro. Deseaba no haberlo hecho. Echaba de menos su pequeño cuerpo cálido, su lengua áspera lamiéndole la mano con ternura.
Ahora estaba completamente solo.
Había visto al hombre malo hacer cosas malas.
Había oído a su abuelo gritar: «¡Corre!», así que había corrido.
En dirección contraria. Lejos de todos, porque no le gustaba su abuelo, que no dejaba de exigirle que se fuera a casa con él, incluso cuando estaba claro que su mamá no quería que lo hiciera.
Así que Nathan había soltado al cachorro y corrido en la otra dirección, lejos de todos, incluido el hombre malo.
Y había visto el armario, con la puerta cerrada.
Era pequeño, estaba lleno de mantas, almohadas y montones de ropa de cama.
Ojalá hubiera sido un niño más grande. O más fuerte.
Había deseado ser un niño normal y sano, porque un niño normal y sano habría podido trepar hasta lo alto del armario y esconderse por encima de la cabeza del hombre malo.
Pero Nathan no podía hacer eso. Así que se había metido en la parte trasera del pequeño espacio. Había cerrado la puerta. Se había cubierto con almohadas de plumas y había hecho todo lo posible por no estornudar.
Ahora esperaba. Solo. En la oscuridad.
El hombre malo se acercaba.
—Mamá… —susurró Nathan.
Catherine había terminado de atar la funda de almohada alrededor del hombro sangrante de Bobby.
Estaba ridículo, pero era lo mejor que podían hacer.
Las dos pistolas descansaban junto a Bobby en la cama, al alcance de su mano por si Umbrio regresaba.
Sin embargo, al verle el hombro destrozado, Catherine se preguntó si las armas servirían de algo.
A continuación, se acercó a James, que seguía postrado en el suelo. La sangre se acumulaba debajo de él y de sus pulmones salía un silbido siniestro, como el de un globo que perdía aire.
Maryanne tenía la cabeza de James en su regazo y le acariciaba la mejilla con la mano. Lloraba en silencio, unas lágrimas enormes. Cuando Catherine se acercó, la anciana levantó la cabeza. Su mirada era suplicante, pero ella no podía hacer nada. El juez se moría. Todos lo sabían.
El juez miró a Catherine. Durante un largo rato, los dos se limitaron a observarse.
Catherine esperó sentir algo. Quería sentir algo. Triunfo. Victoria. Satisfacción. Pero solo sintió un vacío que no tenía fin.
—Sé lo que hiciste —dijo Catherine por fin, con voz monótona—. Un genetista ha diagnosticado a Nathan: mi hijo padece un trastorno raro que solo se da en familias con antecedentes de incesto.
Maryanne emitió un pequeño chillido y se tapó la boca con la mano, demasiado tarde. Catherine la miró. Y, por fin, sintió una emoción: ira gélida.
—¿Por qué no me lo dijiste? En cuanto Nathan mostró los primeros síntomas, ¿por qué no pensaste…?
—Lo siento mucho… —comenzó Maryanne.
—¿Sois primos? —la interrumpió Catherine, enfadada.
—Medio hermanos —confesó ella, y luego añadió con rapidez—: Pero no nos criamos juntos, ni siquiera nos conocíamos como hermano y hermana.
Después de que muriera la madre de James, su padre lo envió a una escuela militar.
Tuvieron una pequeña disputa y James decidió quedarse en el norte.
Pero, con el paso de los años, mi padre al final intentó reconciliarse con él y lo invitó a visitar a su nueva familia.
Yo estaba a punto de cumplir dieciocho años.
Mis padres organizaron una fiesta magnífica.
Y entonces vi entrar en la sala al hombre más guapo…
La mano de James se crispó entre las de ella. Maryanne se inclinó de inmediato para acariciarle la mejilla, pero había algo en ese tierno gesto que repugnaba a Catherine. ¿Eran hermanos?
—Él asesinó a tu familia —le explicó a Maryanne.
—No seas absurda. Fue un accidente…
—James provocó ese accidente, Maryanne. Hizo que toda tu familia muriera solo para tenerte a ti.
Igual que mató a tu primogénito para que los médicos nunca descubrieran vuestro pequeño secreto.
Igual que liberó a un pederasta convicto para que nos asesinara a Nathan y a mí.
¿Por qué crees que muere todo el mundo a tu alrededor, Maryanne? ¿De verdad eres tan ingenua?
La voz de Catherine se había elevado de manera alarmante. Maryanne negó con la cabeza ante el ataque, James gemía débilmente en el suelo.
—Yo… la amaba —dijo el hombre con voz ronca.
—¿La amabas? —espetó Catherine—. Has asesinado a personas inocentes. ¿Fue fácil la primera vez? Manipular los frenos de tu padre, decirte a ti mismo que los accidentes ocurren.
—Tú no… entiendes.
—Después de eso, fuiste libre de venir a Boston, de empezar donde nadie conocería tu pequeño y asqueroso secreto. Pero tuviste un hijo. Y la genética te delató. ¿Tu primer hijo también tenía Fanconi-Bickel? Quizá un caso muy grave. Siempre enfermo, siempre sufriendo.
—No lo entiendo —susurró Maryanne con voz quebrada—. Junior murió de síndrome de muerte súbita del lactante.
—O porque alguien le presionó la cara con una almohada.
—¿James? —gimió Maryanne.
—Yo… te quiero —repitió el juez.
Pero había algo suplicante en su tono. Algo aún más condenatorio que la culpa. Maryanne empezó a llorar de nuevo.
—Oh, no… Oh, no, no, no.
Catherine, sin embargo, no había terminado.
—Pusiste a Jimmy en mi contra. Le llenaste la cabeza de ideas horribles y me obligaste a hacer cosas atroces. ¡¿Cómo te atreves?! Podríamos haber trabajado juntos para ayudar a Nathan. A lo mejor podríamos haber sido felices.
—Mi hijo —dijo James con claridad— siempre fue… demasiado bueno… para ti.
—¡James! —exclamó Maryanne.
—Idiota —dijo Catherine con frialdad—. Has liberado a Umbrio y ahora nos matará a todos.
—La policía… viene —murmuró el juez.
Pero entonces, desde el fondo del pasillo, todos oyeron la voz de Umbrio: —Nathan, Nathan, Nathan. Sal de dondequiera que estés.
Bobby les dijo en voz baja: —No lo bastante rápido.
El señor Bosu estaba cansado de ese juego. Ir al hotel del juez le había parecido una buena idea: amenazarlo en persona y conseguir algo de dinero, o incluso matarlo con sus propias manos y obtener un poco de satisfacción; ese había sido el plan. El señor Bosu era flexible.
Pero nada había salido como esperaba. Sí, había podido vengarse un poco.
Pero no lo había llenado tanto como esperaba.
Tal vez incluso asesinar se volvía aburrido después de un tiempo.
No lo sabía. Pero la mujer seguía huyendo, y el niño seguía huyendo, y ahora Catherine estaba allí y, con ella, otro hombre.
El señor Bosu quería sentir emoción. Pero, sobre todo, se sentía cansado. Al diablo con matarlos a todos. Se conformaría con un último objetivo. El que causaría el mayor daño.
Quería al niño.
Solo al chico.
Luego se iría de allí.
El señor Bosu ya había terminado de registrar el lado izquierdo de la suite palaciega.
Después de encontrar el dormitorio principal, había registrado el joyero de la mujer y encontrado un fajo de billetes.
Ahora, centró su atención en el lado derecho.
Si fuera un niño de cuatro años, ¿dónde se escondería?
En algún lugar acogedor, en algún lugar oscuro. No. Un momento. El niño tenía docenas de lamparitas nocturnas. El niño le tenía miedo a la oscuridad.
Los ojos del señor Bosu escudriñaron la puerta con lamas del armario del pasillo. Por supuesto. El señor Bosu sonrió.