Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 33
86%

Capítulo 33

Bobby se reunió con Harris Reed en el Bogey. Incluso un investigador privado de lujo apreciaba un buen restaurante familiar. Harris pidió una hamburguesa doble con queso y cebolla y champiñones extra. Bobby pidió una tortilla de salchicha y queso.

Harris estaba de buen humor, le daba grandes bocados a su chorreante hamburguesa y masticaba con entusiasmo. Sin duda, pensaba que Bobby había organizado esa reunión para anunciar que se rendía, que se sometería al plan maestro del juez Gagnon y haría lo que fuera necesario.

Bobby dejó que se comiera la mitad de la hamburguesa antes de soltar la bomba.

—Bueno, ayer hubo bastante jaleo en Back Bay —dijo con naturalidad.

Harris detuvo el movimiento de la mandíbula y dejó de masticar la carne por un instante.

—Sí.

—He oído que la niñera se ahorcó. ¿Qué dicen sus contactos?

Harris tragó saliva.

—Mis contactos dicen que usted estaba allí, así que lo sabrá mejor que ellos.

—Quizá sí. —Bobby esperó unos segundos—. ¿Tiene curiosidad?

—¿Debería tenerla?

—Creo que sí.

Harris se encogió de hombros. Hacía lo posible por mantener su actitud despreocupada, pero había dejado la hamburguesa y se limpiaba las manos con una servilleta de papel enorme.

—Así que la niñera se ahorcó. Esas chicas son jóvenes y hacen un trabajo duro lejos de casa. Si tenemos en cuenta todo lo demás, tal vez no sea tan sorprendente.

—Vamos —lo incitó Bobby en voz baja—. Puede hacerlo mejor.

—No sé a qué se refiere.

Él se inclinó hacia delante.

—¿Le pidió el juez Gagnon un nombre? ¿Alguien capaz de hacer «trabajos puntuales»? ¿O alguien que conociera a otro alguien que pudiera ocuparse de esas cosas? ¿O se involucró usted en persona? Me gustaría pensar que es demasiado inteligente para eso, pero, por otra parte…

—No sé a qué se refiere…

—¡Venga! Sabía lo de Rocco antes de que la sangre salpicara el pavimento. Estaba usted escuchando. Estaba esperando. ¿Por qué? Porque pensaba que algo así podría pasar. ¿Cuánto vale el dinero del juez, Harris? ¿Hasta dónde estaba usted dispuesto a llegar?

—Creo que ya he terminado de comer.

Harris se levantó. Bobby le agarró la mano y se la estampó contra la mesa.

—No llevo un micro —dijo con intensidad—. No pretendo pillarle. Solo quiero un pequeño intercambio de información. De hombre a hombre. Le vendría bien un nuevo amigo, Harris. Sus antiguos amigos le han puesto en una situación muy complicada.

—No es nada personal, Dodge, pero, tal y como van las cosas, relacionarme con usted no me beneficia en absoluto.

—Le rompieron el cuello, Harris. Alguien partió a Prudence Walker por la mitad como si fuera un palillo.

¿De verdad puede dormir por las noches con eso en su conciencia?

¿De verdad puede mirarme a los ojos y decirme que no siente nada?

—Harris empezaba a sudar. Bajó la mirada hacia la mano de Bobby, que aún le sujetaba la muñeca.

»La policía atará cabos —prosiguió—. ¿Por qué un médico terminó descuartizado en un aparcamiento?

¿Por qué una niñera salió en su día libre y acabó muerta?

Dos asesinatos son demasiados; por eso era tan importante que la muerte de Prudence pareciera un suicidio.

¿Hay un final para este juego, Harris? Porque usted y yo sabemos que, una vez que se empieza a matar, es difícil detenerse.

—No le di ninguna información al juez —contestó Harris con brusquedad—. De hecho, fue él quien vino a mí con un nombre.

—¿Qué nombre?

—Colleen Robinson. Me pidió que la investigara. Al principio, no lo entendí, pero luego obtuve su informe de antecedentes. Según varias fuentes, tiene fama de ser muy eficaz.

—¿Una asesina a sueldo?

—No, no, no. Colleen se especializa en… conectar a la gente.

Tú necesitas esto, otra persona necesita aquello, ella lo hace posible.

Era una delincuente de poca monta, pasó un tiempo en la cárcel por robo de coches.

Construyó una red mientras estaba allí y, desde entonces, ha ascendido.

—Harris se encogió de hombros—. Hice el informe. Se lo di al juez. Parecía satisfecho.

—Quiero su nombre y su dirección.

—Tengo un número de móvil. Haga lo que quiera.

Bobby por fin soltó la mano de Harris.

—En la primera escena del crimen había un mensaje: «Bu». ¿Qué significa?

—No lo sé. La verdad, creo que debería preguntárselo a la señora Robinson. Así que supongo que no acepta el pequeño trato del juez.

—No.

—¿Es tan buena en la cama?

—No sabría decirlo.

Harris resopló y se levantó de la mesa. Se frotaba la muñeca de forma inconsciente, pero se dio cuenta del gesto y se metió la mano en el bolsillo.

—No hace falta decir que, si el juez pregunta, esta conversación nunca ha tenido lugar —dijo con rigidez.

—Por mí está bien, aunque creo que debería seleccionar mejor a sus clientes.

—Déjeme decirle una cosa: los que tienen dinero son siempre los que tienen algo que ocultar. Si empezáramos a seleccionarlos, estaríamos en bancarrota en un año. —Harris dio un paso hacia la puerta, pero se giró en el último momento.

»Lo de Prudence… Lo que le ha ocurrido, sí, me ha cabreado mucho.

—Miró a Bobby con los labios apretados en una línea fina y dura—.

¿Quiere oír algo curioso? El juez afirma que Maryanne y él son de Georgia.

Se conocieron allí, se casaron y vinieron a Boston para empezar desde cero.

Y aquí viene lo curioso: investigué un poco.

Puedo encontrar registros de James: su educación, su graduación, el bufete de abogados en el que trabajaba.

Maryanne Gagnon, por otro lado, no existe.

—¿Qué?

—No hay certificado de nacimiento, carné de conducir ni licencia de matrimonio. Antes de 1965, no existía ninguna Maryanne Gagnon.

—Pero eso no tiene sentido.

Harris se limitó a sonreír.

—Como ya le he dicho, Dodge, los que tienen dinero son los que siempre están jodidos.

A las doce y media, Bobby salió del restaurante. Sacó el teléfono móvil. Había un millón y medio de razones por las que no debía llamarla. Aun así, marcó el número.

—Sé quién contrató al asesino —dijo.

—Sé quién es el asesino —respondió Catherine—. Richard Umbrio.

Le llevó un poco recordar el nombre; entonces, se sorprendió de verdad.

—¿Estás segura? ¿Cómo?

—Salió en libertad condicional el sábado por la mañana. Solo que no liberan a los reclusos los sábados.

—Se necesitaría a alguien con contactos de muy alto nivel para hacer algo así —añadió Bobby.

—Sí —dijo ella en voz baja.

—¿Dónde estás ahora?

—Voy a ver al nuevo médico; me ha pedido que fuera a la una.

—¿Es el especialista que recomendó el doctor Rocco? —preguntó Bobby con brusquedad.

—Sí.

—Nos vemos allí.

Se preparó mentalmente para verla. Se repitió la conversación que había tenido con la doctora Lane: Catherine era inteligente, dura y muy manipuladora; él era un hombre con problemas.

Catherine se encontraba a la defensiva, en modo supervivencia, y era capaz de cualquier cosa; él era un hombre que debería tener más sentido común.

Al entrar en el discreto y lujoso vestíbulo de la consulta del médico, se quedó sin palabras.

Estaba sola en una esquina, con la ropa que llevaba la noche anterior.

La falda negra estaba arrugada. El jersey gris de cachemira había visto días mejores.

Tenía el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre.

Se abrazaba con fuerza la cintura, demasiado delgada, demasiado cansada y demasiado menuda para llevar tanto peso sobre los hombros.

Levantó la vista, lo vio y, durante un rato, se limitaron a mirarse a través de la sala vacía.

Pensó en cuando la había visto en el museo Gardner, solo dos días antes.

El vestido negro ceñido. Los tacones finos como lápices.

Su posición estratégica frente a un erótico cuadro azul.

Todo lo que llevaba puesto, todo lo que había hecho, todo lo que había dicho había sido planeado al milímetro y cuidadosamente escenificado.

Esa era la Catherine Gagnon a la que un hombre debía temer.

Esa mujer que veía ahora, pensó, no lo era.

Bobby cruzó la habitación.

—¿Y Nathan?

—Está en casa de mi padre. —Catherine se aclaró la garganta—. Tuvimos que ir allí. Anoche. Me han cancelado las tarjetas de crédito. Lo mismo con el cajero automático. He llamado al banco esta mañana. No me dejan acceder a ninguna de las cuentas, ya que, al parecer, todas están a nombre de Jimmy.

—El juez —concluyó Bobby en voz baja.

—Umbrio ha estado en mi casa —susurró ella—. Fui a acostar a Nathan y ninguna de las lamparitas de noche funcionaba. Estábamos muy asustados… Fui al armario. Y allí, en el suelo, estaban todas las bombillas. «¡Bu! ».

—Catherine…

—Ha matado a Tony. Ha matado a Prudence. Pronto me matará a mí también. Es lo que prometió hacer. Es lo que siempre ha querido. Día tras día. No lo entiendes. —Levantó la mano y se frotó compulsivamente la garganta.

—Catherine…

—He estado sola demasiado tiempo en la oscuridad —musitó—. Ya no puedo encontrar la luz.

La tomó en sus brazos y ella se derrumbó.

Agarró los pliegues de su camisa con las manos, el cuerpo le temblaba sin control.

Era pequeña, diminuta en realidad, apenas notaba su peso contra el pecho.

Y podía sentir su agotamiento, que emanaba de ella en oleadas, noche tras noche de insomnio, duda, angustia y terror.

Quería decirle que todo iría bien. Quería decirle que él estaba allí, que se encargaría de todo. Que nunca más tendría que volver a tener miedo. Pero demasiados hombres habían hecho las mismas promesas inútiles. Él sabía que no era así. Y ella también.

Levantó una mano y le acarició el pelo.

Y, por un momento, ella se apretó con fuerza contra su pecho.

La puerta se abrió. Apareció una recepcionista.

—El doctor la recibirá ahora, señora Gagnon.

Catherine se enderezó y se apartó. Bobby bajó la mano.

Ella se giró hacia el pasillo; él la siguió. Sin embargo, justo antes de atravesar la puerta, ella se detuvo por última vez.

—Nunca he dicho que no le hiciera daño a Jimmy —dijo.

Y entraron en la consulta del médico.