Capítulo 34
El señor Bosu estaba exhausto. Ahora la recordaba: la gloriosa y estimulante euforia que siempre acompañaba a un buen plan.
Como , por ejemplo, lo eufórico que se había sentido cuando consiguió atraer a Catherine, de doce años, a su coche especialmente acondicionado.
O lo que había sentido al acercarse por detrás a ese médico de pelo engominado en el aparcamiento vacío.
Un rápido movimiento de cuchillo… La descarga de endorfinas.
La emoción pura y vertiginosa de la sangre caliente y roja que le chorreaba por las manos.
Pero lo que subía tenía que bajar. Lo que lo llevaba a la segunda parte de la ecuación: la caída brutal al abismo. El momento en que las endorfinas y la adrenalina se agotaban en el sistema y lo dejaban hecho polvo. Podría haberse tumbado en el duro suelo y dormir durante días.
Por desgracia, tenía trabajo que hacer.
Primera parada: una pequeña tienda de pueblo. Puppy Chow para Trampero. Una interesante bebida energética llamada Red Bull para él. Según la lata, Red Bull le daría alas . Dadas las tareas que el señor Bosu había dejado por hacer, no podía hacerle daño.
Al salir de la tienda, le dio una palmada al maletero del coche de Robinson.
—Por ti. —Levantó la lata de bebida en un brindis simulado—. Gracias por negociar ese aumento de sueldo y, oye, sin rencores. Los negocios son los negocios.
Como Robinson estaba muerta, no podía responder, pero el señor Bosu seguía agradecido. Gracias a ella tenía un coche mejor, unos inesperados documentos y una agradable inyección de dinero.
Se deslizó en el asiento del conductor y se terminó la bebida.
—Oye, Trampero —dijo el señor Bosu—, las cosas se van a poner interesantes…
El doctor Iorfino resultaba un poco impactante después del doctor Rocco.
El genetista era alto, delgado y calvo. Con sus gafas de gran tamaño y su nariz en forma de gancho, a Bobby le recordaba a la figura de Ichabod Crane, y no la versión de Johnny Depp, sino al retrato clásico del demacrado maestro de escuela rural de La leyenda de Sleepy Hollow.
El doctor condujo a Bobby y Catherine a un impresionante despacho, con un enorme escritorio de cerezo y dos gigantescas ventanas con vistas a Boston.
Al parecer, la genética era un campo bastante lucrativo.
El doctor Iorfino también parecía muy ordenado.
A diferencia del despacho del doctor Rocco, allí no había papeles sueltos a la vista.
De hecho, la mesa solo tenía un monitor de pantalla plana y una única carpeta de cartón.
El doctor Iorfino se sentó en el sillón de cuero negro detrás del escritorio y señaló las dos sillas vacías frente a él.
—Catherine Gagnon —se presentó ella, tendiéndole la mano.
—Ah, sí. —El médico le estrechó la mano con retraso y luego se giró hacia Bobby con curiosidad.
—Bobby Dodge —se presentó él—. Amigo de la familia.
—Interesante —murmuró el doctor.
Bobby se encogió de hombros. No estaba tan convencido de que fuera interesante ser amigo de la familia, pero el médico ya abría el expediente de manila.
—Me alegro de que hayan podido venir —dijo Iorfino—. Me parecía importante compartir mis conclusiones con ustedes antes de ver a Nathan.
—¿Conclusiones? —Catherine parecía confundida—. ¿Cómo puede haber conclusiones? Aún no ha visto a Nathan.
El doctor Iorfino parpadeó con aire de búho.
—¿El doctor Rocco no se lo dijo?
—¿Decirme el qué?
—Cuando me habló del caso de Nathan, me envió todo su historial médico, así como muestras de sangre y orina. Para que pudiera comprobar nuestra teoría.
—¿Teoría? ¿Qué teoría? —Catherine parecía casi aterrada.
Bobby se inclinó hacia delante.
—La señora Gagnon ha pasado por muchas cosas en los últimos días, doctor. Quizá debería empezar por el principio.
—Bueno, sí. Supongo. Ese horrible asunto con el doctor Rocco, por supuesto.
Ah, y, sí, el marido de la señora Gagnon.
Muy bien. —El doctor Iorfino barajó los papeles del expediente y carraspeó—.
El doctor Rocco se puso en contacto conmigo hace varios meses en relación con Nathan. ¿Se lo mencionó, señora Gagnon?
—No.
—Hmm. Ya veo. Bueno, dados los síntomas de Nathan, primero la fiebre, los vómitos, el retraso en el crecimiento y en el desarrollo de las habilidades motoras, y ahora la evidente gluconeogénesis hepática, la intolerancia a la galactosa y la hipofosfatemia resistente a los medicamentos, empezó a sospechar de un síndrome concreto.
Así que me pidió que realizara un análisis en profundidad de los cromosomas de Nathan.
—Gluconeogénesis —repitió Catherine con torpeza—. ¿Intolerancia a la galactosa? No sé qué es eso.
—El doctor Rocco trató a Nathan como si tuviera alergias alimentarias, ¿verdad? ¿Le pidió que sustituyera los productos lácteos por productos de soja y que siguiera una dieta similar a la de la diabetes mellitus , con comidas poco copiosas y bajo consumo de azúcar y carbohidratos?
—Pensaba que Nathan podía ser alérgico a la leche. Y sus niveles de azúcar en sangre eran demasiado altos, por lo que, sí, ha seguido una alimentación baja en carbohidratos y alta en proteínas.
—Correcto, eso es lo que indican los registros.
Sin embargo, como usted puede atestiguar, incluso después de un año con esa dieta, Nathan no ha logrado avances significativos.
Las pruebas muestran un aumento de los niveles de glucosa en el organismo, lo que a su vez provoca la acumulación de glucógeno en el hígado, el páncreas y los riñones…
—No está mejorando —coincidió Catherine.
—Señora Gagnon, Nathan no tiene alergias alimentarias. Sin embargo, tiene una mutación en la codificación genética de la proteína GLUT2. En resumen, padece una entidad clínica rara pero bien definida llamada síndrome de Fanconi-Bickel.
Catherine exhaló un breve suspiro.
—¿Sabe qué le ocurre? ¿Sabe qué le ocurre a mi hijo?
—Sí. Debido a un defecto genético, su hijo no metaboliza correctamente la glucosa y la galactosa…
—¿Galactosa?
—Los azúcares de la leche. Retirar a Nathan los productos lácteos sin duda ayudó, pero aún acumula demasiado azúcar en los riñones, lo que provoca problemas; entre ellos, si no iniciamos el tratamiento adecuado, enfermedad renal.
—¿Hay un tratamiento adecuado? ¿Se puede curar el síndrome de Fanconi-Bickel? —Los ojos de Catherine se iluminaron, casi febriles.
—No hay cura para el síndrome de Fanconi-Bickel, señora Gagnon —explicó el doctor Iorfino con paciencia—.
Pero, ahora que tenemos un diagnóstico, podemos comenzar un tratamiento que mitigará muchas de las complicaciones de Nathan.
Y, con el tratamiento y la dieta adecuados, su hijo podrá llevar una vida bastante normal.
—Dios mío —dijo Catherine—. Dios mío. —Se tapó la boca con la mano. Miró al médico con ojos desorbitados, luego miró a Bobby y, en un torrente de emociones, rompió a llorar—. Va a ponerse bien. Por fin, por fin, después de todos estos años…
»Gracias. —Sollozó y miró al doctor—. Después de todas las pruebas, todas las incertidumbres y dudas…, no tiene ni idea de lo bueno que es saber por fin qué está pasando.
El doctor Iorfino se sonrojó.
—Bueno, no tiene que darme las gracias a mí, en realidad. Fue el doctor Rocco quien ató cabos. Un análisis excelente, debo decir. El síndrome de Fanconi-Bickel es muy raro y casi nunca se ve por aquí.
—Un trastorno genético —murmuró Catherine, que se secaba los ojos con retraso—. Mala suerte, sin más. ¿Quién lo habría imaginado?
Pero el doctor Iorfino frunció el ceño.
—El síndrome de Fanconi-Bickel no es precisamente fruto del azar, señora Gagnon. Es un defecto hereditario que se da sobre todo en varones. —Con total naturalidad, afirmó—: Se encuentra en familias con antecedentes de incesto.
Durante un momento, Catherine no dijo nada. Parecía demasiado aturdida para reaccionar ante la noticia. En cambio, para Bobby, las piezas encajaban por fin.
—Pero Jimmy y yo no éramos parientes —protestó Catherine—. Mi familia es de Massachusetts; la suya, de Georgia. Conocíamos a nuestros padres, es imposible…
—No fuisteis vosotros —dijo Bobby.
Ella se giró hacia él, todavía confundida.
—Pero ¿quién?
—Los Gagnon. El juez y su mujer. Por eso se marcharon de Georgia.
Por eso ella no existe, porque, por supuesto, tuvieron que darle un nuevo nombre.
Y seguro que por eso no hay registro del matrimonio: nunca habrían pasado la prueba genética.
—Se volvió hacia el doctor Iorfino—. ¿Los defectos genéticos pueden saltarse una generación?
—Por supuesto.
—¿Y dos personas emparentadas pueden tener un hijo sano? ¿O los hijos deberían tener el defecto?
—No, podrían tener descendencia sana. Piense en las familias reales de Europa en siglos pasados. Muchos se casaban con primos hermanos y aun así tenían descendencia relativamente sana. Pero la endogamia debilita el acervo genético. Tarde o temprano…
—Entonces, James y Maryanne se casan. Digamos que son primos hermanos. —Bobby frunció el ceño y miró a Catherine—. Harris dijo que la familia de Maryanne murió antes de la boda. ¿Qué hay de la familia de James? ¿Alguna vez has oído hablar de otros parientes? ¿Abuelos, tías, tíos, alguien?
—No, Jimmy dijo que sus padres procedían de familias pequeñas. No quedaba nadie vivo.
—Así que James y Maryanne se conocen. Dios sabe que a su familia no le habría hecho mucha gracia la idea, pero luego murieron. Problema resuelto. James y Maryanne se mudan aquí, empiezan de cero con un apellido nuevo para Maryanne, un nuevo pasado para ambos. Tienen un hijo.
—El hermano mayor de Jimmy —susurró Catherine—. El que murió de niño.
—Quizá Nathan no sea el primer varón Gagnon en mostrar signos de Fanconi-Bickel. Harris me comentó que James Junior era un bebé enfermizo.
—El síndrome de Fanconi-Bickel varía en su gravedad —aclaró el doctor Iorfino—. En un caso muy grave…
—Pero Jimmy no tenía signos de ningún… trastorno —protestó Catherine.
—Una vez más, la endogamia no garantiza un problema genético, señora Gagnon, solo lo hace más probable.
—Una bomba de relojería —dijo Bobby en voz baja.
—Dios mío, pobre Nathan… —Y entonces Bobby se dio cuenta de que ella había llegado a la misma conclusión que él, porque de repente abrió mucho los ojos con un brillo aterrorizado. Se volvió hacia Bobby—. Pero si Nathan tiene este síndrome…, si otros descubren que Nathan tiene este síndrome…
Él asintió con severidad.
—Sí. Por eso el juez está tan decidido a obtener la custodia. Quien tenga a Nathan tiene la llave para desvelar el secreto más profundo y oscuro de los Gagnon. Y eso es algo por lo que vale la pena matar.