Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 32
85%

Capítulo 32

Bobby se despertó el lunes por la mañana con un ligero martilleo tras los párpados.

Le dolía el cuello. Le latía el hombro. En algún momento de la madrugada, había pasado de la mesa de la cocina al destartalado sofá.

Estaba tumbado bocabajo sobre los cojines con olor a humedad, el brazo derecho le colgaba por el borde y media docena de muelles se le clavaban en distintas partes del cuerpo.

Se incorporó despacio y contuvo un gemido. Dios, era demasiado viejo para esa mierda.

Se puso de pie, estiró los brazos por encima de la cabeza e hizo una mueca de dolor cuando sus terminaciones nerviosas cobraron vida. La luz del día, alta y brillante, entraba por las ventanas delanteras. Se tambaleó hasta la cocina y buscó un reloj.

Las diez de la mañana. ¡Joder! Había dormido siete horas. Su primer descanso decente en días. Y una estupidez absoluta, dada la fecha límite de las cinco de la tarde. Necesitaba comer. Necesitaba ducharse. Necesitaba afeitarse. Tenía que moverse, tenía que… hacer algo.

Se dirigió al baño y recordó los mensajes del contestador. Debía ponerse en contacto con su teniente. Y llamar a su abogado. O incluso a su padre.

Y decir ¿qué?

Bobby entró en la ducha. Metió la cabeza bajo el chorro de agua fría. Necesitaba claridad. Necesitaba estar alerta. Necesitaba energía.

A mitad de camino, se le ocurrió una idea.

Salió de la ducha y se dirigió al teléfono.

—Hola, Harris —dijo un minuto después, tras dejar un rastro de agua por toda la alfombra—. Quedemos.

Robinson tarareaba. Como no tenía talento musical, no era un sonido agradable. Sin embargo, tarareaba sin cesar cuando la ansiedad le podía. Tenía una radio policial. Durante toda la noche, había captado conversaciones sobre una escena del crimen en la residencia de los Gagnon. No pintaba bien.

Robinson no iba a correr ningún riesgo. Llegaba un momento en que había que anteponer la propia seguridad. Sin duda, era uno de esos momentos.

Hizo las maletas con rapidez. Adherida al tanque del inodoro había una caja impermeable llena de tarjetas de crédito y documentos de identidad falsos. Metió la caja en la bolsa. Luego, la ropa. La táser. La pistola. La pequeña libreta de espiral.

Eso era todo.

La casa era alquilada. Robinson no tenía muebles y nunca se había molestado en comprar ni siquiera un mantelito. Cuanto menos poseías, menos tenías que perder. Y menos se podía usar en tu contra.

Cinco minutos más tarde, estaba junto a la puerta trasera, cerilla en mano.

Una última vacilación. Un instante de arrepentimiento.

Ese iba a ser el trabajo. El gran trabajo.

Sin duda, el riesgo era mayor, pero la recompensa era enorme.

El hermoso atractivo del dinero en efectivo.

Después de ese trabajo, Robinson habría alcanzado por fin la prosperidad.

Hablamos de una playa de arena blanca, bebidas heladas con sabor a fruta y aguas cristalinas que se extendían hasta el infinito.

Robinson suspiró. Y tiró la cerilla.

Sin disculparse, sin mirar atrás. Aceptaba un trabajo, hacía todo lo posible. Pero siempre anteponía sus intereses. Y los intereses de Robinson le decían que era hora de largarse de la ciudad.

Salió, miró a un lado y otro de la calle. Despejado.

Robinson caminó hasta el coche aparcado a mitad de la manzana. Metió la bolsa en el maletero y se deslizó en el asiento del conductor. Lo primero que vio fue un pequeño cachorro blanco y marrón acurrucado en el asiento del copiloto. Entonces, una forma gigante llenó el retrovisor.

—Buenos días, Colleen —dijo el señor Bosu—. ¿Vas a algún sitio?

Catherine no dormía. Estaba sentada en una silla en la habitación de su infancia y observó cómo Nathan sucumbía por fin al cansancio en la esquina de su antigua cama doble.

Su padre la había acogido sin protestar.

Sin decir nada, le había proporcionado lámparas extra.

Luego se había quedado en la puerta mientras Nathan daba vueltas en la cama, gritando aterrorizado por cosas que solo él veía.

Catherine cantó en voz baja una canción que apenas recordaba, pero que le volvió a la memoria al regresar a su antiguo hogar.

Su madre solía cantársela. En los buenos tiempos, antes de que un hombre fuera a buscar a un perro perdido.

Se la cantó a Nathan y, cuando volvió a levantar la vista, su padre ya se había ido.

Más tarde, después de que el niño cayera en un breve sueño, encontró a su padre abajo. Estaba sentado en su viejo sillón reclinable, miraba sin fijarse en nada en particular.

Catherine le habló de Prudence. Él no hizo ningún comentario. Le habló de Tony Rocco. Le dijo que la policía creía que ella había organizado la muerte de Jimmy y que su suegro no se detendría ante nada para quedarse con Nathan.

Cuando terminó, su padre habló.

—No lo entiendo.

—Es James, papá. James Gagnon. Cree que yo le hice daño a Jimmy y está decidido a quedarse con la custodia de Nathan.

—Pero has dicho que un policía disparó a Jimmy.

—Un francotirador de la policía mató a Jimmy. James cree que yo lo organicé de alguna manera. Como si quisiera que Jimmy me persiguiera con un arma, como si lo hubiera obligado a amenazarnos a Nathan y a mí delante de los policías. James está loco de dolor. Quién sabe cómo piensa.

Su padre frunció el ceño.

—¿Y eso ha alterado tanto a la niñera que se ha ahorcado?

—No se ha ahorcado, la han asesinado. Le rompieron el cuello. Ya te lo he explicado.

—Eso no tiene sentido.

—¿Qué no tiene sentido? ¿Que asesinen a una mujer? ¿O que asesinen a una mujer en mi casa?

—No hay necesidad de ponerse insolente, Catherine.

—¡Alguien intenta matarme!

—No saquemos conclusiones precipitadas…

—¡No me estás escuchando! James quiere quedarse con Nathan. Es obvio que ha contratado a alguien para matar a cualquiera que esté dispuesto a ayudarme. Si no entrego a Nathan pronto, puedo ser la siguiente.

—Me parece que un hombre tan bien educado como el juez no tendría que rebajarse a cometer un asesinato —apuntó su padre, obstinado.

Catherine abrió la boca. Miró su rostro implacable y, de repente, volvió a cerrarla.

Era inútil. Su padre vivía en su propio mundo.

Quería creer en la santidad del vecindario, en rituales semanales como el póquer de los miércoles por la noche y las barbacoas de los domingos por la tarde.

Nunca había estado preparado para una realidad en la que las niñas pequeñas podían ser secuestradas al volver a casa del colegio y en la que la persona a la que más temías era el hombre con el que compartías la cama.

No había sabido cómo ayudarla cuando era niña; desde luego, tampoco sabía cómo ayudarla ahora.

Se levantó en silencio y pensó con nostalgia en Bobby Dodge. Podría llamarlo… Un escalofrío la recorrió. Un ligero e inesperado cosquilleo en la columna vertebral. No reconoció la sensación y la dejó con una vaga sensación de incomodidad.

Se encontró recordando su rostro. Lo había tocado, lo había manipulado, lo había conquistado. Y entonces… Él la había mirado. La había mirado y la había visto de verdad. Y eso lo había estropeado todo.

Catherine volvió arriba con su hijo.

Nathan empezaba a inquietarse, movía la cabeza de un lado a otro. Ella le acarició la mejilla hasta que se calmó. Luego se arrodilló junto a la cama y apartó el suave cabello castaño de su hijo.

—Siempre te creeré —le susurró—. Cuando seas mayor, podrás contarme cualquier cosa y yo te creeré.

Las llamadas se produjeron poco después.

La primera llegó a su móvil a las nueve de la mañana.

Era la recepcionista de la consulta del doctor Iorfino, que confirmaba la cita de Nathan a las tres.

Por cierto, el doctor quería hablar con Catherine en privado.

¿Podría ir antes, a la una? No era necesario que llevara a Nathan.

De hecho, sería mejor que Catherine fuera sola.

Ella colgó, el corazón ya le latía con fuerza en el pecho. Nunca salía nada bueno de las reuniones en las que el médico quería verte a solas.

Todavía temblaba cuando oyó que el teléfono de su padre sonaba en la planta baja.

Cinco minutos más tarde, apareció en la puerta de su habitación.

Tenía una expresión en el rostro que ella nunca había visto antes. Conmocionado, al borde del colapso.

—Era Charlie Pidherny —murmuró.

—¿El abogado?

Charlie Pidherny había sido el fiscal que se había encargado del caso de Catherine. Se había jubilado hacía casi una década; ella no recordaba haber sabido nada de él desde entonces.

—Está fuera —dijo su padre.

—¿Quién?

—Umbrio. Richard Umbrio.

—No lo entiendo.

—Le concedieron la libertad condicional el sábado. Pero, según Charlie, no liberan a los delincuentes sin la debida notificación, y no los liberan los sábados por la mañana. Debe ser un error. Eso es lo que ha pasado. Algún tipo de error.

Catherine miraba a su padre. Y entonces se dio cuenta de todo, de forma repentina y visceral: «Oye, pequeña… Se me ha perdido el perro».

Catherine salió corriendo del dormitorio. Llegó al baño justo a tiempo.

«Nathan —pensó—. Dios mío, Nathan». Catherine vomitó hasta que se quedó sin fuerzas mientras las lágrimas le recorrían el rostro.