Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Catherine no sabía qué era lo que había empezado a asustarla.

Nathan y ella estaban abajo, en la sala de estar.

Eran casi las diez, mucho más tarde de la hora en la que su hijo debía acostarse.

Sin embargo, él no parecía querer subir las escaleras y ella no se atrevía a obligarlo.

Estaba tumbado en el suelo, rodeado de un montón de almohadas, y solo su cabeza asomaba por encima.

Ella le había puesto su película favorita, Buscando a Nemo.

Hasta entonces, la había visto dos veces.

Catherine pasaba demasiado tiempo mirando el reloj; se preguntaba cuándo volvería Prudence a casa.

Al final, solo para mantenerse ocupada, se entretuvo en la cocina. A Nathan no le permitía comer chocolate. En su lugar, le calentó una taza de leche de soja con sabor a vainilla. Él la aceptó sin decir nada, con los ojos pegados a la televisión.

—¿Cómo tienes el estómago? —Él se encogió de hombros—. ¿Tienes hambre? —Otro encogimiento de hombros—. A lo mejor te apetece un yogur.

Él negó con la cabeza y siguió mirando la pantalla.

Catherine volvió a la cocina. Ahora que prestaba atención, se dio cuenta de que necesitaban comprar comida con urgencia.

Apenas quedaba leche de soja ni yogur vegetal.

Nathan comía un pan especial sin gluten, que también se estaba terminando.

Su mantequilla de cacahuete orgánica estaba a punto de agotarse.

Empezó a hacer una lista, pero entonces recordó que tenían cita con el nuevo médico al día siguiente por la tarde.

Salió de la cocina, pasó por delante del bar y bajó a la sala de estar.

—Nathan, tenemos que hablar. —A regañadientes, el niño pasó su mirada vidriosa de la televisión a ella—. El doctor Tony ya no puede ser tu médico.

—¿Por qué?

Ella dudó; estaba decidida a contarle la verdad, pero, al ver su rostro demacrado, perdió el valor.

—El doctor Tony cree que necesitas un médico especial. Un médico superguay. Uno con superpoderes.

Con solo cuatro años, Nathan le dirigió la mirada de un escéptico nato. Dios, ¿por qué no había vuelto Prudence a casa todavía? Claro, tenía todo el día libre, pero ¿también iba a quedarse fuera toda la noche? ¿No sabía lo mucho que la necesitaba? Catherine lo intentó otra vez.

—Mañana vamos a ver a un médico nuevo. El doctor Iorfino. Su especialidad son los niños pequeños como tú.

—¿Un médico nuevo?

—Un médico nuevo.

Nathan la miró. Luego, muy consciente de lo que hacía, levantó su taza de leche de soja y la vertió sobre la alfombra.

Catherine inspiró hondo. No estaba enfadada con él, al menos no todavía, pero sentía una rabia creciente y desplazada hacia Prudence, que la había abandonado y obligado a lidiar con aquella situación.

—Eso no ha estado bien, Nathan. Solo los niños malos tiran la leche en la alfombra. Tú no quieres ser un niño malo.

El labio inferior de su hijo comenzó a temblar. Lo sacó hacia delante y asintió con furia.

—¡Soy malo! ¡Y los niños malos no van al médico!

Tenía lágrimas en los ojos. Grandes lágrimas contenidas que dolían a una madre aún más que los sollozos de ira.

—El doctor Iorfino te va a ayudar —insistió Catherine—. El doctor Iorfino te va a curar. Te convertirá en un niño grande para que puedas jugar con los demás.

—¡Los médicos no ayudan! Los médicos tienen agujas. ¡Las agujas no ayudan!

—Algún día lo harán.

Nathan la miró a los ojos.

—¡Putos médicos! —dijo claramente.

—¡Nathan!

—Sé lo que quieres hacer —dijo con una voz astuta y desagradable que ella nunca le había oído antes. Y luego añadió—: Intentas matarme.

El corazón de Catherine se detuvo en su pecho.

Regresó a la cocina, con la esperanza de que Nathan no viera lo mucho que le temblaban las manos.

«Ahora tienes el control», se repetía a sí misma.

Esa era la verdadera consecuencia de la muerte de Jimmy.

No más excusas, no más escapatorias. Ahora todo dependía de ella. Estaba al mando.

Cogió un rollo de papel de cocina y regresó a la sala de estar. Nathan parecía mucho menos seguro. Tenía la barbilla pegada al pecho huesudo y los hombros encogidos hasta las orejas.

Esperaba que le pegara, justo lo que habría hecho Jimmy.

Ella le tendió el rollo de papel de cocina. Tras un momento, su hijo lo cogió.

—Por favor, limpia la leche, Nathan. —Él permaneció encorvado—.

¿Sabes qué? Tú limpia la mitad y yo limpiaré la otra.

Lo haremos juntos. —Recuperó el rollo y arrancó varias hojas con rapidez.

Tras otro momento, él hizo lo mismo. Catherine se puso a cuatro patas.

Eso lo intrigó lo suficiente como para salir de su refugio de almohadas.

Ella empezó a secar la mancha—. ¿Ves? Se limpia enseguida.

Lento pero seguro, él la imitó.

Cuando terminaron, Catherine llevó la pila de papel empapado a la cocina y lo tiró a la basura. En la sala de estar, Nathan apagó la película. Se sentó en medio de la alfombra manchada de soja, todavía con aspecto pequeño y desamparado.

Era la hora de acostarse. Ambos miraron las sombras oscuras que se cernían en lo alto de las escaleras.

—Mamá —susurró—, si voy a tantos médicos, ¿por qué no me pongo bien?

—No lo sé. Pero algún día lo descubriremos y entonces podrás correr como los demás niños. Vamos, Nathan, es hora de ir a la cama.

Él alargó los brazos. Ella cedió a su silenciosa petición. Durante una fracción de segundo, la abrazó con fuerza. Durante una fracción de segundo, ella le devolvió el abrazo.

Y entonces, en ese momento, supo qué era lo que ocurría.

La corriente de aire. Un aire muy frío, muy fresco, muy de exterior, bajaba por la escalera. Agitaba el fino cabello castaño de Nathan. Y llevaba impregnado el inconfundible olor de la muerte.

Para variar, Bobby no dormía. Había renunciado a intentarlo.

Que le dieran al descanso, que le dieran a la comida saludable, que le dieran al ejercicio moderado.

Había cogido todo lo que la doctora Lane le había dicho que hiciera y lo había tirado por la ventana.

Se paseaba por el salón con las piernas agotadas y temblorosas, mordisqueando pizza fría mientras se bebía un litro de Coca-Cola, con los nervios a flor de piel.

Tenía mensajes en el contestador. Muchos eran de periodistas.

Algunos eran de su equipo. Bruni lo había invitado a cenar de nuevo.

Dos compañeros de la Unidad de Asistencia al Empleado le habían preguntado si quería quedar con ellos.

Todos llamaban para ver cómo estaba el policía francotirador psicópata.

Debería estar agradecido, o al menos mostrar agradecimiento.

Una vez que formas parte del equipo, siempre formarás parte del equipo, eso era lo que decían.

Estaba resentido. No quería sus llamadas, no quería su atención.

La verdad era que no quería ser el policía francotirador psicópata, el desafortunado francotirador que había disparado su arma en acto de servicio y ahora estaba jodido para el resto de su vida.

Que le dieran al equipo, que le dieran a la camaradería.

Ninguno de los demás había arriesgado el pellejo.

Sí, ahora se sentía bien y se compadecía de sí mismo.

Pensó en llamar a su hermano, que vivía en Florida: «Hola, Georgie, ¿cuánto tiempo ha pasado, diez, quince años? Solo quería llamarte. Ah, sí, el otro día maté a un hombre y eso me ha recordado algo: ¿qué ocurrió exactamente con mamá?».

O tal vez llamara a la doctora Lane: «Buenas noticias, hoy no he bebido. Malas noticias, he estropeado todo lo demás. Oye, si tienes la oportunidad de salvarte traicionando a otra persona, ¿debes hacerlo? ¿O es el tipo de cosa que te vuelve loco?».

No se soportaba a sí mismo en ese estado de ánimo, tan nervioso que parecía que fuera a salirse de su propia piel, tan agotado que apenas podía pensar. La verdad, necesitaba dispararle a algo.

Le sonó el móvil. Lo cogió y ya ni siquiera se sorprendió.

—Soy Catherine —susurró una voz femenina ronca, salida de sus sueños y que entró en su oído—. Venga enseguida. Creo que alguien ha entrado en mi casa. Por favor, agente Dodge, lo necesito.

Entonces el teléfono hizo clic y el tono de llamada llenó el oído de Bobby.

—Un intruso, y una mierda —murmuró Bobby.

Pero se encogió de hombros. La llamada le había resuelto un problema: ya tenía una excusa para coger la pistola.

***

Al pasar por delante de la residencia de los Gagnon, Bobby esperaba sentir una espeluznante sensación de déjà vu.

Pero no fue así. El jueves por la noche todo había sido luces, cámaras y acción.

En aquel momento era casi la medianoche de un día laborable, el digno barrio de casas de ladrillo estaba tranquilo, discreto, como una señora respetable que se había ido a la cama con rulos en el pelo.

Miró a su alrededor en busca de un coche patrulla y se sorprendió un poco al no ver ninguno. Habría apostado lo que fuera a que Copley había pedido a la policía de Boston que vigilara de cerca a la señora Gagnon.

Bobby aparcó a doce manzanas de distancia, en el cine de Huntington Avenue. Tomó nota de los estrenos y de a qué hora empezaban. La parte fría y calculadora de su mente encontró interesante que ya estuviera construyendo una coartada.

Mientras recorría las doce manzanas hasta Back Bay, la parte más sensata de su cerebro intentó razonar con él.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pensaba que iba a pasar?

No se había creído ni por un momento la historia de Catherine sobre el intruso.

En cambio, pensaba en lo que Harris le había dicho: «Lo volverá a llamar.

Le dirá que usted es la única esperanza que le queda.

Le suplicará que la ayude. Es lo que hace, agente Dodge: destruye la vida de los hombres».

¿Intentaría seducirlo? ¿Y qué importaba si lo hacía? Su carrera ya estaba acabada. Había tomado su primer trago en diez años y esa misma noche había terminado de forma oficial con la mujer que, con toda probabilidad, era lo mejor que le había pasado nunca.