Capítulo 23
Bobby salió a correr. La luz del día se apagaba.
La soleada tarde de otoño había llegado a su fin y la noche se avecinaba, oscura y fría.
Al ir a cruzar la puerta, se encontró cogiendo por inercia su chaqueta de correr amarillo fluorescente, y eso lo llenó de una sensación de alivio difícil de explicar.
Incluso después de lo que había ocurrido, su subconsciente aún no intentaba matarlo.
Se preguntó si debería llamar a la doctora Lane y darle la buena noticia.
Salió a la calle y recorrió una manzana tras otra. Las calles estaban tranquilas, la gente se había refugiado en sus casas, preparándose para otra semana de trabajo. De vez en cuando, pasaban coches solitarios, que lo iluminaban un instante antes de desaparecer.
Tenía pensado correr hasta el antiguo balneario, un circuito fácil de ocho kilómetros desde su casa. Pero el balneario apareció y desapareció, y sus pies siguieron pisando el asfalto. Llegó a Castle Island, continuó por la orilla y corrió en la oscuridad.
Quería culpar a James Gagnon de su estado de ánimo. O a Catherine Gagnon, o incluso al sanguinario fiscal adjunto Rick Copley, tan ansioso por hincarle el diente a un buen y jugoso homicidio que ya salivaba entre dientes.
Pero, la verdad, sabía a qué se debía su estado de ánimo. Esa noche pensaba en su madre.
Había pasado tanto tiempo que no sabía si el rostro que recordaba era el suyo o una composición cuidadosamente elaborada por su mente.
Tenía una vaga idea: ojos marrones, cabello oscuro rizado alrededor de un rostro pálido, el aroma del perfume White Shoulders.
Creía recordar que se había agachado ante él y le había dicho con dulzura: «Te quiero, Bobby».
O tal vez fuera solo producto de su imaginación.
Quizá lo que de verdad le había dicho era: «No metas la mano en el enchufe, hijo» o «Las pistolas no son un juguete».
Para ser sincero, no lo sabía. Tenía seis años cuando ella se marchó. Era lo bastante mayor para sufrir, y lo bastante joven para no entenderlo.
—Vuestra madre se ha ido y no va a volver .
Su padre lo anunció una mañana durante el desayuno.
Bobby y George se estaban comiendo los cereales de manzana recubiertos de azúcar que su madre siempre se negaba a comprar y, como era un niño, lo primero que pensó fue: «Bien, cereales todos los días».
Su padre no parecía molesto y George asintió con solemnidad, así que Bobby le siguió la corriente.
Más tarde, por la noche, se tumbó en la cama con un peso aplastante en el pecho, que seguía allí cuando se despertó por la mañana. Y llegó la noche en que oyó a George gritarle a su padre. Después, el viaje a la sala de urgencias.
Y, tras eso, nadie en casa volvió a hablar de su madre.
Durante mucho tiempo, Bobby odió a su padre. Al igual que George, lo culpaba de todo. Su padre, que hablaba muy poco y bebía demasiado. Su padre, que tenía la mano larga y la levantaba con facilidad.
En cuanto George cumplió dieciocho años, se marchó del estado y nunca volvió. Quizá fue por culpa de su madre. Bobby nunca se lo preguntó.
Pero para Bobby fue diferente. El tiempo cambió las cosas.
Su padre cambió. Bobby cambió. Y también cambiaron las ideas de Bobby sobre su madre.
Ahora pensaba cada vez menos en todas las buenas razones que ella había tenido para marcharse y se preguntaba cada vez más por qué nunca había intentado ponerse en contacto con ellos.
¿No echaba de menos a sus dos hijos? ¿No sentía un poco de dolor, un poco de vacío, donde antes estaba todo ese amor por ellos?
A Bobby le dolía el costado. Sintió un pinchazo que se intensificaba con rapidez mientras respiraba entre jadeos dolorosos.
Aceleró el paso y continuó la carrera, porque cualquier cosa era mejor que quedarse solo con sus pensamientos.
Si seguía moviéndose, tal vez escapara de sus recuerdos.
Si seguía corriendo, tal vez agotara su mente.
Diecinueve kilómetros más. Sin aliento. Empapado en sudor. Helado.
Al final se dirigió a casa. Sus piernas estaban exhaustas, pero su mente seguía dando vueltas.
Deseó volver atrás en el tiempo. Deseó poder apartar el dedo del gatillo un segundo antes de apuntar a la cabeza de Jimmy Gagnon.
De hecho, deseó no haber oído hablar nunca de los Gagnon, porque, por primera vez, ya no estaba seguro de lo que había visto ni de por qué había hecho lo que había hecho, y eso era lo más aterrador de todo.
Tres días después, Bobby no temía que Catherine Gagnon fuera una asesina. Temía serlo él.
Bobby corrió hasta su casa.
Llamó a Susan.
Ella quería que se reunieran en una cafetería. Quedaron en un Starbucks del centro, un territorio neutral para ambos.
Él tardó demasiado en elegir qué ponerse.
Al final se decidió por unos vaqueros y una camisa de manga larga de algodón ligero que, demasiado tarde, recordó que Susan le había regalado por Navidad.
Al buscar la cartera, se topó con una foto de los dos haciendo senderismo, lo que le provocó otra crisis emocional.
Se cambió la camisa por un jersey verde oscuro y se dirigió al Prudential Center.
«Un trámite», se dijo a sí mismo. Solo era un trámite.
Susan ya estaba allí. Había elegido una mesa pequeña escondida detrás de una imponente exposición de tazas con el logotipo plateado y verde.
Llevaba el pelo recogido con una pinza en la nuca.
Algunos mechones rubios se le habían escapado y le enmarcaban el rostro.
En cuanto lo vio, se colocó los mechones sueltos detrás de las orejas, como siempre hacía cuando estaba nerviosa.
Él sintió una punzada inmediata en el pecho e hizo todo lo posible por ignorarla.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Se produjo un momento incómodo. ¿Debía inclinarse y darle un beso en la mejilla? ¿Debía ella levantarse y darle un abrazo amistoso? Joder, tal vez podrían darse la mano.
Bobby exhaló otro suspiro reprimido y luego giró la cabeza hacia la barra.
—Voy a por un café. ¿Quieres algo?
Ella señaló la gran taza cubierta de espuma que tenía delante.
—No, gracias.
Bobby odiaba Starbucks. Miró la carta con su docena de tipos de café expreso diferentes y trató de averiguar cómo se podía ganar tanto dinero con una cafetería que apenas ofrecía café normal. Al final se decidió por un French Roast, que, según le aseguró la alegre cajera, era oscuro pero suave.
Bobby llevó la gigantesca taza a la mesa, se dio cuenta de que le temblaban un poco las manos y frunció aún más el ceño.
—¿Cómo te va todo? —preguntó por fin, tras dejar la taza y sentarse.
—He estado ocupada. El recital y todo eso.
—¿Cómo lo llevas?
Ella se encogió de hombros.
—Con la tensión habitual.
—Bien. —Dio un sorbo a su café, sintió cómo le quemaba el esófago con su amargor y echó de menos el Bogey con todas sus fuerzas.
—¿Y tú? —preguntó Susan. Aún no había tocado su café, solo le daba vueltas a la taza entre las palmas de las manos—. ¿Bobby?
Él levantó la mirada a la fuerza.
—Aguantando.
—Pensé que me llamarías el viernes.
—Lo sé.
—Leí el periódico y me sentí muy… triste.
Estaba triste por lo que había ocurrido y por cómo te debías sentir.
Toda la noche del viernes pensé que llamarías.
Luego, el sábado por la mañana, se me ocurrió mirar en tu cajón.
Imagínate mi sorpresa cuando descubrí que estaba vacío.
—La mirada de él se posó en la torre de tazas de café; los ojos de ella se clavaron en su rostro—.
Nunca has sido un hombre muy accesible, Bobby.
Solía decirme a mí misma que eso era parte de tu encanto.
El tipo fuerte y silencioso. Todo un macho alfa.
Bueno, ya no lo encuentro tan atractivo.
Dos años después, me merezco algo mejor que esa mierda.
—La inesperada palabrota hizo que Bobby la mirara de nuevo, sorprendido. Ella asintió con lentitud.
»Sí, en ocasiones digo palabrotas, a veces incluso rompo cosas cuando me enfado.
De hecho, en los últimos dos días, he roto bastantes.
Me dio algo que hacer antes de que llegara la policía.
—Bobby levantó la taza de café. Dios, le temblaba la mano—.
¿Por eso me has llamado? ¿No porque te preocuparas por mí, sino por curiosidad, por saber lo que dijeron los agentes?
—Por ambas cosas.
—¡Que te jodan!
El control de la mujer se desintegró. Estaba a punto de llorar, se frotaba los ojos con las palmas de las manos, tratando con desesperación no montar una escena en público, pero sin conseguirlo.
—Me equivoqué al dejarte plantada el viernes —dijo él con torpeza.
—¡No me digas!
—No lo planeé. Me desperté, miré a mi alrededor… y me entró el pánico.
—¿Pensaste que no podría soportarlo? ¿Es eso?
—Pensé… —Frunció el ceño, sin saber cómo expresarlo con palabras—. Pensé que te merecías algo mejor que esto.
—¡Eso es una auténtica gilipollez! —Fuera lo que fuera lo que acababa de decir, había sido lo incorrecto, porque ella temblaba de rabia.
Soltó la taza de café y lo señaló con el dedo—.
¡No me eches la culpa a mí! No te pongas en plan noble y prepotente, como un neandertal que solo quiere proteger a su mujercita.
¡Y una mierda! Huiste, Bobby. Ni siquiera me diste una oportunidad.
Las cosas se complicaron y te largaste, así de simple.
Bobby empezó a enfadarse.
—Bueno, perdona. La próxima vez que dispare a un hombre, me aseguraré de anteponer tus sentimientos.
—¡Estaba preocupada por ti!
—Yo también me preocupaba por ti.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí sentados, gritándonos el uno al otro?
—¡Porque es lo único que nos queda! —En cuanto Bobby pronunció esas palabras, se arrepintió.
Ella se echó hacia atrás, atónita y profundamente herida. Pero entonces asintió con la cabeza, y eso le dolió a él, así que estaban en paz.
—Has esperado que esto terminara desde el momento en que empezó —señaló ella con voz suave, mientras volvía a girar la taza de café entre las manos.
—Nunca hemos tenido mucho en común.
—Lo suficiente como para durar dos años.
Él se encogió de hombros, se sintió aún más incómodo y vacío de una manera que no podía explicar. Deseaba que aquello terminara. No se le daban bien las despedidas. Era mejor cuando la gente ya se había ido.
—Pregúntame lo que has venido a preguntarme, Bobby —le pidió Susan con cansancio—. Pregúntale a tu exnovia qué le dijo a la policía.
Él tuvo la decencia de sonrojarse.
—La verdad, no recordaba haberlos conocido —dijo con sequedad.
—¿A los Gagnon? —Ella se encogió de hombros—. Yo creo que causan bastante impresión.
—¿Solo nos vimos aquella vez?
—Yo los he visto varias veces en diferentes eventos, pero en las grandes fiestas… Creo que tú solo los viste aquella vez.
Bobby sintió que era importante decir: —No le presté mucha atención.
Susan puso los ojos en blanco.
—¡Vamos, Bobby! Es una mujer preciosa. Y con ese vestido dorado y la máscara exótica… Joder, incluso yo pensé en acostarme con ella.
—No le presté mucha atención —repitió Bobby—. Estaba demasiado ocupado observando cómo te miraba él. Eso es lo que recuerdo. Un hombre que miraba lascivamente a mi novia, justo delante de mí y de su mujer.
Susan no parecía convencida, pero al final asintió con la cabeza y agarró la taza.
—¿Eso te preocupa?
—¿Qué?
—Conociste a Jimmy Gagnon. Pensaste mal de él. Y luego lo mataste. Vamos, Bobby, tiene que estar carcomiéndote por dentro.
—No recordaba haberlo conocido hasta que tú se lo mencionaste a la policía.
Ella se quedó en silencio un momento.
—Si te sirve de algo, por lo que leí en el periódico, parece que le salvaste la vida a ese niño.
—Quizá —dijo él con tristeza. Y, luego solo porque necesitaba decirlo en voz alta, añadió—: Creo que la familia va a por mí.
—¿La familia?
—Los padres de Gagnon me han demandado. Me acusan de homicidio imprudente. Es decir, si me declaran culpable, iré a la cárcel.
—Ay, Bobby…
Él frunció el ceño, sorprendido por lo cerrada que tenía la garganta, y luego agarró la taza y dio otro amargo sorbo al café.
—Creo que van a ganar.
Susan cerró los ojos.
—Bobby…
—Es curioso. Desde que trabajo en esto, siempre he estado muy seguro de lo que hago, de lo que veo. Incluso el jueves por la noche. Nunca he tenido duda alguna. Me senté allí, apunté y apreté el gatillo. Luego me dije a mí mismo que no había tenido otra opción.
»¡Menuda chorrada! —exclamó—. Como si en quince minutos o menos pudiera saber o entender lo que pasa dentro de una familia.
—No hagas eso, Bobby.
—¿Hacer el qué?
—Rendirte. Culparte a ti mismo. Tirar la toalla. Es lo que haces. Eres uno de los hombres más inteligentes de la policía, pero nunca llegaste a inspector. ¿Por qué?
—Me gusta estar en la Unidad de Operaciones Tácticas Esp…
—Te rendiste. Tú y yo, dos años maravillosos juntos. Pero aquí estamos, despidiéndonos con torpeza en medio de una cafetería. No creo que no tengamos suficiente en común. No creo que esto tenga que acabar. Pero también sé que se ha acabado. Porque te has rendido.
—Eso no es justo…
—Eres un buen hombre, Bobby, uno de los mejores que he conocido.
Pero hay algo oscuro en ti. Algo rabioso.
Por cada paso que avanzas, retrocedes otros dos.
Es como si la mitad de ti quisiera ser feliz de verdad, pero la otra mitad no te dejara.
Quieres estar enfadado, Bobby. De alguna manera, lo necesitas.
Él empujó la silla hacia atrás.
—Debería irme.
La mirada de Susan era penetrante.
—Sí, huye.
—¡Oye, no quiero ir a la cárcel! —De repente, se sintió impaciente—.
No lo entiendes. La verdad no le importa a un tipo como el juez Gagnon.
Puede tomar cualquier hecho y tergiversarlo para que sea lo que él necesita que sea.
Si quiero librarme de prisión, tengo que entregar otra vida. Y no voy a hacerlo.
—Catherine Gagnon —adivinó Susan en voz baja. Él frunció los labios, sin negarlo, y Susan negó con la cabeza, lenta pero decidida—. No lo sé, Bobby. Me parece que recuerdas a Catherine mejor de lo que crees. Me parece que te causó una gran impresión.
—No en la fiesta —replicó él con dureza—, no cuando tú estabas conmigo.
Susan siempre había sido inteligente.
—Dios mío, Bobby, ¿qué fue lo que viste en realidad el jueves por la noche?