Sola (D.D. Warren 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Robinson cometió el error de contestar el teléfono. No era una buena idea en esos días. Ahora Robinson tenía que lidiar con la persona que llamaba, y esta no estaba nada contenta.

—Tus instrucciones eran hacer que pareciera un accidente o, como mínimo, un golpe de mala suerte, por ejemplo, un robo de coche. ¡Desmembrar a alguien con un cuchillo de carnicero no es accidental!

—Te dije que no podía controlarlo.

—La policía lo está investigando a fondo. Eso va a complicar mucho las cosas.

—No creo que él esté preocupado.

—¿Por qué? ¿Porque es el mundialmente famoso señor Bosu? ¿Qué diablos significa eso?

—Es un aparato para hacer ejercicio.

—¿Qué?

—La pelota Both Sides Up —explicó Robinson—. La pelota BOSU. Es plana por un lado y abombada por el otro. Te mantienes en equilibrio sobre ella para hacer sentadillas o colocas el lado abombado hacia abajo para hacer flexiones. Es ideal para entrenar en espacios reducidos.

—¿Me estás diciendo que he contratado a un hombre que se cree un aparato de gimnasia?

Robinson respondió con seriedad: —Te estoy diciendo que has contratado a un hombre al que no le importa el dolor.

El interlocutor se quedó en silencio durante un momento. Robinson también.

—¿Está preparado para la próxima misión? —preguntó por fin la persona que llamaba.

—Estamos en ello. Por supuesto, ha habido un pequeño contratiempo —dijo Robinson con cautela.

—¿Un pequeño contratiempo?

—El señor Bosu tiene nuevas condiciones: en lugar de diez mil dólares por el nuevo trabajo, espera treinta mil.

La persona que llamaba se echó a reír.

—Ah, ¿sí? Pero si acaba de joder su primera misión.

—No creo que él lo vea así.

—¿Al menos ha abierto una cuenta bancaria?

—No.

—¿Por qué?

—Prefiere el dinero en efectivo.

—Oh, por el amor de Dios. Dile al señor Psicópata un par de cosas de mi parte.

Uno, no tengo disponible esa cantidad de dinero en efectivo.

Dos, recibirá diez mil dólares y ni un centavo más.

La verdad, debería estar contento de que esté dispuesto a pagarle tanto, dado que ambos sabemos que solo le pido que haga algo que ya quiere hacer.

—No creo que le guste negociar.

—La vida es una negociación.

Robinson inspiró hondo. Ya no había vuelta atrás.

—El señor Bosu ha enviado una nota. Dice que, si quieres resultados, te costará treinta mil dólares. Dice que, si no quieres resultados, también te costará treinta mil dólares. Dice que sabe dónde vives.

—¿Qué? No le has dicho nada, ¿verdad? Creía que lo habías recogido en un coche de alquiler y le habías dado un móvil robado. No debería tener forma de localizar…

—Creo que va de farol. Pero no puedo asegurarlo. Yo tengo mis contactos. Quizá él también tenga los suyos.

El interlocutor se quedó en silencio, respirando con fuerza. ¿Estaba enfadado o asustado? Era difícil saberlo.

—Yo le pagaría el dinero —dijo Robinson, serio—. O me largaría de la ciudad.

El interlocutor respiró ruidosamente.

—Dile que no habrá nuevas condiciones. Dile que yo lo saqué de la cárcel y que puedo volver a meterlo allí sin ningún problema.

Robinson se quedó en silencio durante un momento.

—¿Qué? —insistió la persona que llamaba.

—Bueno, para volver a meterlo en la cárcel…, primero hay que atraparlo.

Otra pausa.

—Mierda —dijo la persona que llamaba.

—Mierda —coincidió Robinson.

El señor Bosu tenía un cachorro. Había tenido que comprarlo en una tienda de mascotas.

No había sido su primera opción, pero era lo único que había disponible un domingo por la tarde.

La tienda, con sus estanterías abarrotadas, sus suelos de linóleo barato y su vago olor a antiséptico, le había dado escalofríos.

Dado que hasta solo cuarenta y ocho horas antes había estado encarcelado, ver un montón de cachorros y gatitos metidos en jaulas de alambre no le había sentado muy bien.

Había pensado en quedarse un rato. Las tiendas de mascotas, un domingo por la tarde, estaban llenas de gatitos peludos, cachorros suaves y montones de niños correteando. ¿Qué más se podía pedir? Pero el ambiente desalentador del lugar lo hizo huir.

El señor Bosu compró un cruce de beagle y terrier. El diminuto y extasiado cachorro era blanco, con enormes manchas marrones sobre cada ojo, largas orejas marrones caídas y una cola marrón que no dejaba de mover. Era el cachorro más bonito que había visto nunca.

Para su nueva mascota, compró una correa, un pequeño transportín que parecía una bolsa de viaje y unas cinco docenas de juguetes para morder.

Vale, quizá se había pasado un poco. Pero el cachorro —¿qué tal si lo llamaba Manchas?

— le había mordisqueado la barbilla y le había lamido el cuello con tanto entusiasmo que el señor Bosu había comprado casi todo lo que él había olfateado.

Ahora lo llevaba atado con la correa y ambos paseaban alegremente por Boylston Street. El cachorro —¿Caramelo? ¿Nieve?— parecía encantado de estar al aire libre en otoño. Ahora que lo pensaba, el señor Bosu también estaba feliz.

El señor Bosu y el cachorro —¿Vagabundo, tal vez?

Vamos, ¿cómo se podía tener un cachorro sin nombre?

— llegaron a la esquina. El señor Bosu sacó el mapa que llevaba en el bolsillo.

Una mujer se detuvo a su lado. Era rubia, guapa y vestía de arriba abajo con la colección de otoño de Ralph Lauren. Le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—¡Qué cachorro tan bonito!

—Gracias.

El señor Bosu miró a su alrededor. No había niños. Qué decepción.

—¿Cómo se llama?

—Lo he comprado hace solo quince minutos. Todavía nos estamos conociendo.

—Oh, es adorable. —La mujer se agachó, ajena a la gente que intentaba pasar a su alrededor. Le acarició las colgantes orejas marrones. El cachorro cerró los ojos para disfrutar de la auténtica felicidad canina—. ¿Es su primer perro? —preguntó ella.

—Tuve otro cuando era niño.

—¿Vive en la ciudad?

—Por ahora, sí.

—No será fácil tenerlo en un apartamento.

—Por suerte, mi trabajo me permite organizar mi horario, así que no será tan malo.

—Tiene mucha suerte —exclamó la mujer con entusiasmo. Admiraba su jersey de Armani y estaba claro que le gustaba lo que veía. Él flexionó los músculos solo por diversión y la sonrisa de ella se hizo más grande—. ¿A qué se dedica?

—Mato gente —respondió con jovialidad.

Ella se rio, con una carcajada profunda y sensual. Él apostó a que la ensayaba por las noches para hombres como él.

—No, en serio —dijo ella.

—Sí, en serio —insistió él, pero suavizó las palabras con una sonrisa—. Le contaría más —dijo—, pero entonces tendría que matarla también.

La observó mientras ella lo analizaba. ¿Le hacía gracia, estaba asustada o confundida? Ella volvió a mirar su suéter de Armani, luego al cachorro —Trampero, le estaba empezando a gustar Trampero— y decidió tomárselo a broma.

—Suena emocionante. Muy secreto.

—Oh, lo es. ¿Y usted?

—Estoy recién divorciada. Él tenía dinero, ahora yo me lo estoy gastando.

—¡Enhorabuena! ¿No tiene hijos de los que preocuparse?

—Por suerte, no. O quizá por desgracia. Con la manutención de los hijos se saca mucho más dinero.

—Es una pena, sin duda —asintió él. Los ojos de la mujer eran cálidos y casi resplandecían mientras le recorrían el pecho—. Quizá podríamos cenar juntos alguna vez —comentó.

Esas fueron las palabras mágicas. La mujer, como una ejecutiva experimentada, sacó una tarjeta con su nombre y su número. Él se la guardó en el bolsillo y le prometió que la llamaría.

Trampero estaba orinando en un quiosco de periódicos. No era muy agradable, así que el señor Bosu tiró del cachorro y siguieron su camino. Volvió a mirar el mapa. Seis manzanas más adelante, llegaron.

Era una calle encantadora, pequeña, escondida en un laberinto del centro de Boston.

Residencial. En la planta baja había una tienda de comida, una floristería y una pequeña charcutería.

Arriba estaban los apartamentos. Contó de izquierda a derecha hasta que encontró el número que buscaba. Luego volvió a mirar sus notas.

Bien, todo estaba en orden.

Encontró un banco junto a la tiendecita de la esquina. Dio unos golpecitos en el sitio vacío a su lado y Trampero saltó y se acurrucó junto a su pierna. El cachorro soltó un largo y suave suspiro, relajándose tras otra dura jornada de ajetreado trabajo canino.

El hombre sonrió. Aún recordaba a su primer perro, Popeye.

Un pequeño y adorable terrier de un compañero de trabajo de su padre, que habían llevado a casa a regañadientes.

A sus padres no les gustaban los perros, pero un niño necesitaba uno, así que se lo llevaron.

El señor Bosu se encargó de cuidarlo, y su madre aprendió a suspirar y cerrar los ojos con fuerza cuando Popeye mordisqueaba sus zapatos favoritos y el sofá cubierto de plástico.

Popeye había sido un buen perro. Corrían juntos por el barrio, jugaban sin parar a buscar la pelota y se zambullían en grandes montones de hojas.

El señor Bosu sabía lo que la gente habría esperado de un chico como él, pero nunca le había hecho daño a su perro. Ni siquiera lo había pensado. En la pequeña y silenciosa casa donde había crecido, Popeye había sido su mejor amigo.

Duró cinco años, hasta el día en que Popeye salió corriendo a la calle tras una ardilla y lo atropelló el Buick sedán de la señora Mackey.

El señor Bosu aún recordaba el grito horrorizado de la vecina.

Luego vio a su perrito retorcerse de agonía.

Ni siquiera se planteó llevar a Popeye al veterinario. El impacto había sido terrible.

El señor Bosu envolvió a Popeye en su camiseta favorita. Luego cavó un hoyo en el jardín trasero y enterró allí al perro. No lloró. Su padre estaba muy orgulloso de él.

El señor Bosu se acostó temprano esa noche, pero no consiguió dormir. Se quedó tumbado con los ojos muy abiertos en la cama, deseando que su perro volviera con él. Y se le ocurrió una idea.

Salió de casa poco después de la una de la madrugada. No le llevó mucho tiempo. La gente aparcaba los coches en la calle y, en un barrio como el suyo, nadie cerraba las puertas con llave. Abrió el capó. Utilizó un destornillador. Hizo unos cuantos agujeros. Al final, fue sencillo y limpio.

Dijeron que la señora Mackey no lo vio venir.

Frenó antes de cruzar la intersección y al momento siguiente pasó de largo la señal de stop .

Un coche que iba en sentido contrario la embistió a cincuenta kilómetros por hora.

El impacto le provocó una conmoción cerebral y le rompió varias costillas, por no hablar de la cadera.

Sin embargo, no la mató. Maldito Buick.

Aun así, no había estado mal para un niño de doce años. Por supuesto, desde entonces había mejorado mucho.

Ahora, el señor Bosu miraba la ventana del apartamento en el segundo piso. Todavía no había señales de movimiento. No importaba. Podía esperar.

Se recostó contra el banco. Cerró los ojos para protegerse del cálido sol. Dejó escapar un suspiro largo y profundo, muy similar al de Trampero. Luego le rascó las orejas al cachorro.

Trampero movió la cola, agradecido. Solo un hombre y su perro, pensó el señor Bosu.

Sí, solo un hombre, su perro y su lista de objetivos.