Capítulo 21 #2
—La cámara de seguridad del dormitorio principal estaba programada para apagarse a medianoche, pero, en lugar de eso, se apagó a las diez por arte de magia.
Catherine nos contó una historia sobre que el panel de control tenía mal puesta la hora.
Pero hablamos con la empresa de seguridad.
El martes, cuando Jimmy solicitó el divorcio, se puso en contacto con ellos.
Les dijo que tenía un problema en casa y que quería vigilar las habitaciones sin que nadie pudiera anular manualmente las cámaras.
Así que la empresa reinició todo el sistema y le dio un nuevo código.
A partir del martes, el panel de control funcionaba a la perfección y, lo que es más importante, la única persona que podía alterar el sistema era Jimmy Gagnon.
—Entonces, ¿él apagó la cámara del dormitorio principal?
—No —dijo Copley—. Él no lo hizo. Lo hizo ella.
—Pero acaba de decir que ella no podía…
—No podía. Y apuesto lo que sea a que no lo supo hasta las diez de la noche del jueves, cuando puso en marcha su plan.
Apuesto a que se quedó delante del panel de control durante diez minutos, tratando de averiguar por qué no podía anular el sistema, y se desesperó poco a poco.
Tenía que estar en el dormitorio. Usted, mejor que nadie, debería saber por qué.
—Bobby abrió la boca para protestar, pero de repente lo entendió.
Entendió toda la sórdida teoría. Se calló y se limitó a esperar a que Copley terminara su discurso.
»Usted tenía que poder verlos, agente Dodge.
Debía ver a Jimmy, que no tenía antecedentes con armas de fuego, amenazando de repente a su mujer y a su hijo con una pistola.
Las grandes preguntas, por supuesto, son qué lo llevó a hacerlo y qué, o quién, puso esa pistola en sus manos.
Eso es justo lo que Catherine no podía permitirse que viéramos.
El tipo de cosas que no quería que quedasen grabadas en el sistema de seguridad de su casa.
Así que se le ocurrió una idea: adelantó dos horas el reloj del panel de control y, ¡bum!
, su trabajo estaba hecho. La cámara creyó que era medianoche y se apagó.
Es inteligente, hay que reconocerlo. Casi demasiado para su propio bien.
—Copley cambió de tema—. ¿Quería ayudarla, agente Dodge?
¿Solo coqueteó un poco con ella en una fiesta al presumir de su vida con la Unidad de Operaciones Tácticas Especiales para impresionarla?
¿O hubo algo más? Después de unas cuantas citas, tal vez todo fuera, en realidad, idea suya.
—Por última vez, ¡no recuerdo haber hablado con ella!
Bobby negó con la cabeza, frustrado, harto.
Ni siquiera podía recordar ningún evento musical.
Con franqueza, esas funciones lo aburrían.
Asistía en piloto automático, esbozaba una sonrisa, estrechaba manos y contaba los minutos que faltaban para que terminara la velada y pudiera irse a casa, quitarse el traje de pingüino y acostarse con Susan.
Pero, entonces, de repente, recordó algo.
—¿Cuál es el tipo de aviso más habitual para un equipo como el suyo? ¿Atracos a bancos, situaciones con rehenes, delincuentes fugados?
— No. Sobre todo son incidentes domésticos. Un borracho se enfada y empieza a amenazar a su propia familia.
—¿ Y para eso llaman al SWAT?
— Si el tipo está armado, claro que sí. Se llama atrincheramiento doméstico, en el que los miembros de la familia se consideran rehenes. Nos tomamos esos avisos muy en serio, sobre todo si hay informes de disparos.
Había sido una fiesta carnaval y todos los patrocinadores de la sinfónica flotaban alrededor con elaboradas máscaras de plumas.
Jimmy y Catherine Gagnon se detuvieron para felicitar a Susan por su actuación.
Catherine llevaba el pelo negro recogido en lo alto de la cabeza y vestía un ajustado vestido dorado y una exótica máscara de pavo real.
A primera vista, Bobby fue consciente de una cierta respuesta visceral ante el impresionante disfraz.
Luego estuvo demasiado ocupado en observar cómo Jimmy devoraba a Susan con la mirada como para prestarle mucha atención a Catherine.
Interrumpió la conversación abruptamente y se llevó a Susan con alguna excusa poco convincente.
Más tarde, ambos se escandalizaron ante la evidente poca vergüenza de Jimmy, con esa vaga sensación de superioridad moral que tiene una pareja cuando se encuentra con otra que es más glamurosa, más exitosa y más desgraciada.
Bobby bajó la cabeza. Mierda, no quería recordar eso ahora.
—Vamos a atraparla —repitió Copley—. Y sabe que Catherine no es el tipo de mujer que se echa la culpa. A la primera señal de peligro real, se pondrá a llorar. No querrá verse envuelto en esa tormenta, agente Dodge.
—¿Tiene una fecha límite? —replicó Bobby, molesto—. Déjeme adivinar. Es mañana a las cinco.
Copley lo miró con el ceño fruncido.
—Ahora que lo menciona…
—Sí, bueno, ahí lo tenemos. Mañana será. Le llamaré.
Bobby les indicó que se levantaran de su destartalado sofá y salieran por la puerta principal. D. D. lo miraba de forma extraña. Él no la miraba a los ojos.
—Una última cosa. —Copley se detuvo en el umbral de la puerta—. ¿Dónde estaba anoche, entre las diez y la una de la madrugada?
—Matando a Tony Rocco, por supuesto.
—¿Qué…?
—Estaba durmiendo, desgraciado. Pero gracias por insultarme en mi propia casa. Lárguese.
Copley seguía en la puerta.
—Esto es un asunto serio…
—Es mi vida —dijo Bobby, y cerró de un portazo.