Capítulo 19 #2
Bobby se puso de pie. Sacó su talonario. Tenía algunos ahorros. Pensaba en comprar más propiedades algún día o, tal vez, si las cosas entre Susan y él hubieran sido diferentes, le habrían servido para la boda. Extendió un cheque por cinco mil dólares y lo dejó sobre el escritorio de Harvey Jones.
Según el buen abogado, eso podría durar una semana. Por supuesto, Bobby ya sabía algo que el abogado no sabía: si su padre subía al estrado, perdería.
—¿Basta para los honorarios? —Harvey asintió—. Si sigo adelante —dijo Bobby—, lo llamaré mañana a las cinco de la tarde.
Se dieron la mano.
Bobby se fue a casa y cogió sus armas.
El campo de tiro cubierto de quince metros de la Asociación de Rifles de Massachusetts, en Woburn, estaba poco concurrido para ser domingo por la tarde.
Bobby hizo rodar dos tapones naranjas esponjosos entre el índice y el pulgar, se los colocó en los conductos auditivos y se ajustó las gafas de seguridad.
Había llevado su Smith así que lo único que importaba, día tras día, ejercicio tras ejercicio, era ese único disparo en frío.
Bobby dejó seis cajas de munición. Los casquillos de latón tintinearon dentro. Abrió la primera y cargó el arma.
Comenzó con la 38, a tres metros para entrar en calor, y luego alejó el blanco a seis.
Los estudios afirmaban que la mayoría de los tiroteos policiales medios se producían a menos de seis metros, lo que la convertía en la distancia favorita de los tiradores.
Bobby siempre se preguntaba quién hacía esos estudios y por qué nunca se molestaban en mencionar si la policía ganaba o perdía en esos infames tiroteos.
Empezó fatal. El peor disparo de su vida, sin duda vergonzoso para alguien que había obtenido la clasificación de gran maestro de la Asociación Nacional del Rifle.
Se preguntó si algún investigador privado esperaba ya entre bastidores para aprovechar ese blanco en el juicio de Bobby.
El tipo podría mostrarlo en el estrado, con sus dispersos disparos: —Vea esto, señoría.
Y esto es de un tipo que el estado dice que es un experto.
Quizá ya no pudiera disparar al papel. Quizá, una vez que habías disparado a un ser humano, nada más servía.
Esa idea lo deprimió. Le ardían los ojos. Estaba triste. Estaba enfadado. Ya no sabía qué demonios sentir.
Dejó la 38. Cogió la 45. La dejó y, durante un largo rato, se quedó allí de pie, en el cavernoso espacio, pellizcándose el puente de la nariz y luchando por mantener la compostura frente a una emoción que no sabía nombrar.
Al otro extremo, el experto en armas de la Asociación del Rifle de Massachusetts, J. T. Dillon, disparaba. Poco después, Bobby se alejó de la línea de tiro, retrocedió hacia las sombras y lo observó.
Esa tarde, Dillon disparaba una pistola del calibre 22 que ni siquiera parecía un arma real.
La empuñadura era una enorme pieza de madera que parecía más un trozo de árbol toscamente tallado.
El cañón era cuadrado, de bordes plateados, y la mira, color rojo brillante.
En conjunto, el arma parecía sacada de una película de Star Wars .
De hecho, la pistola de tiro al blanco superligera y hecha a medida en Italia costaba más de mil quinientos dólares. Solo los grandes usaban este tipo de armas y, en el mundo del tiro competitivo, Dillon era considerado uno de los grandes.
Dillon era competidor de la Confederación Internacional de Tiro Práctico, a quienes se consideraban los artistas marciales del tiro de combate.
Se los clasificaba por tiempo y precisión mientras realizaban ejercicios extraños, como disparar desde una silla de montar, correr por un paisaje urbano con un maletín esposado a la mano dominante o abrirse paso a tiros por la selva con un pie entablillado.
Cuanto más duro y desagradable era el ejercicio, más les gustaba a los participantes.
Los tiradores de la confederación siempre decían que el tiro al blanco, el tipo de ejercicios de francotirador que realizaba Bobby, era como ver crecer la hierba. En el tiro de combate estaba la verdadera acción.
Bobby observaba cómo J. T. Dillon cargaba su pistola personalizada, la cogía con la mano izquierda, la no dominante, y disparaba seis tiros rápidos. Suave. Controlado. Sin pestañear.
Bobby no tuvo que mirar al blanco para saber que los seis habían sido buenos. Dillon tampoco. Ya comenzaba a recargar el arma.
Para entonces, Bobby ya había oído todos los rumores: que Dillon era un exmarine licenciado con deshonor; que antes vivía en Arizona, donde, al parecer, había matado a un hombre.
Quizá fuera la cicatriz irregular que a veces se vislumbraba en su esternón.
O su complexión delgada y larguirucha, que los años no habían logrado disminuir.
O el hecho de que, aunque rondaba los cincuenta, todavía pudiera vencer a cualquier hombre con su mirada oscura e intimidante.
Bobby no estaba seguro de si esos rumores eran ciertos, pero, como agente de la Policía Estatal de Massachusetts, sabía algo sobre J.
T. Dillon que muy pocos sabían: hacía una década, un expolicía y asesino en serie llamado Jim Beckett se había fugado de la prisión de máxima seguridad de Walpole.
En sus breves meses de libertad, Beckett había dejado un largo y sangriento rastro a través de varias comisarías, al asesinar a varios policías estatales, incluidos un francotirador y un agente del FBI.